Veintiuno. Dylan
Veintiuno
Dylan
Hemos ganado.
El vestuario es un absoluto caos en este momento, pero no me puede dar más igual, porque lo hemos hecho, joder.
N o es que tuviera ninguna duda. De hecho, estaba convencido de que íbamos a darles una paliza. Aunque no deja de ser una descarga brutal escuchar el pitido final, sentir que todo el esfuerzo ha merecido la pena y ver a Jamie gritando como si acabara de levantar un título.
—¡Campeones, campeones! —lleva cinco minutos repitiéndolo, dando saltos por el vestuario con la toalla en la cabeza como si fuera un estandarte—. ¿Has visto, Ash? Soy imparable.
—Imparablemente pesado, sí —respondo, y el vestuario estalla en carcajadas.
No puedo evitar sonreír también. Este es mi lugar, aquí, con ellos. Y no lo cambiaría por nada.
Jamie se acerca, ahora con la toalla colgando del hombro y me rodea los hombros con un brazo.
—En serio, Ash… —dice en voz más baja, aunque con esa sonrisa que nunca se le borra—, has estado increíble. ¿De dónde has sacado esos movimientos? ¿Y ese pase? Uf, se me pone dura solo de pensarlo.
Le suelto un codazo en las costillas y él se dobla de risa.
—Eres imbécil —murmuro, aunque no puedo evitar que se me curve la boca.
—Lo digo en serio, tío —insiste, recuperando el aliento—. Yo la he llevado hasta la portería, pero lo tuyo ha sido de otro planeta.
Suelto una carcajada seca y niego con la cabeza mientras me levanto del banco para ir hacia la ducha.
Jamie es capaz de mezclar la broma más absurda con un halago que sabes que dice de verdad.
Y, aunque no se lo diga, me gusta tenerlo cerca.
Es el tipo de delantero que cualquier mediocampista querría delante y el tipo de amigo que todo el mundo debería conservar.
—Deja de hacerte el humilde, que tú también has brillado —respondo, dándole un manotazo en el pecho—. Has estado brutal, tío. Enhorabuena.
Veo que Jamie me sonríe orgulloso. Y se lo he dicho en serio, a Jamie se le da muy bien. A pesar de que le gusta más vacilar que otra cosa, si entrenara aún más duro, llegaría muy alto.
La verdad, hoy todos hemos estado a la altura. Y eso que no ha sido fácil.
Peter ha hecho unas paradas imposibles. Y Anderson, con su puto ego de estrella…
, llevaba días pavoneándose como si fueran a aplastarnos.
Qué gusto me ha dado ver su cara cuando se ha dado cuenta de que el partido se le escapaba de las manos.
Que lo jodan, hoy hemos sido mejores. Y ya se encargarán los de la prensa de recordárselo.
Nada más acabar, me han rodeado con preguntas que apenas he contestado: si pensaba seguir en serio con el fútbol, qué sentí al dejar a Anderson atrás en la jugada del gol, que si era cierto que varios clubes me estaban observando.
A veces disfruto de esa atención, pero hoy solo me apetecía que me dejaran en paz. Estaba realmente agotado.
Después, entro en una de las duchas y cierro la cortina.
Abro el grifo y dejo que el agua caliente me golpee la espalda.
Dejo que arrastre todo el sudor, la tierra y un poco de la tensión que todavía siento en los músculos.
Cierro los ojos y, durante un segundo, me concentro solo en el sonido del agua contra los azulejos.
Pero, inevitablemente, me viene una imagen a la cabeza.
Talya.
La imagen de su rostro entre la multitud me asalta como un destello. Al final ha podido venir. Y ver que sus ojos alcanzaron los míos justo antes de que empezara el partido hizo que me quedara ahí clavado como un idiota.
Me desconcentró. Mucho más de lo que debería.
Pero después, por alguna extraña razón, saber que ella estaba ahí me ha encendido de una manera que no tiene nada que ver con la adrenalina del público ni con las órdenes del entrenador.
Ni siquiera con las ganas de callar al jodido Anderson.
Ha sido otra clase de presión silenciosa que me ha empujado a darlo todo solo porque ella estaba mirando.
Me río solo, apoyando la frente contra la pared mojada. No sé qué me pasa. Talya Monroe no debería tener ese efecto en mí. Y, sin embargo, lo tiene.
Respiro hondo, termino de enjuagarme y me paso la toalla por la cara.
Será mejor que me centre en la victoria y en la celebración.
El resto no tengo por qué pensarlo ahora.
Salgo de la ducha y me doy cuenta de que he tardado más de lo normal porque ya solo queda Jamie, con el pelo mojado y vestido con un chándal limpio.
—¿Qué estabas haciendo ahí dentro? —me pregunta, arqueando una ceja.
—Pensando en lo insoportable que eres —le respondo mientras me subo los pantalones de chándal gris.
—Pues piénsalo rápido, que en el Rusty’s nos están esperando para cantar el gol por enésima vez.
Mi amigo me guiña un ojo y me acerca el desodorante de mi bolsa. Niego con la cabeza, dándolo por imposible porque no tiene remedio, pero sonrío mientras me rocío cada axila con el espray.
Jamie siempre consigue aligerar el ambiente.
Nos colgamos las bolsas de deporte al hombro y nos dirigimos juntos a la salida. El aire frío me azota la cara y lo agradezco después del calor insoportable del vestuario.
Lo que no me espero es lo que me encuentro a pocos metros.
Mi madre, con esa sonrisa serena que guarda siempre para después de los partidos.
No le entusiasma el fútbol, pero nunca deja de estar ahí.
A su lado, Richard sostiene a Elsie, que se ha quedado dormida contra su hombro.
Él asiente al verme y no puede evitar sonreír con fuerza.
Al lado de mamá está Eleanor Hartley, la madre de Jamie, charlando con Alice, Noa y prestando muchísima atención a Talya.
Mi mirada se clava justo ahí porque, entre todas esas caras familiares, está ella.
El aire frío que hace un segundo me despejaba, ahora se me queda atascado en el pecho. Verla aquí, tan cerca de ellos, meresulta casi imposible de procesar. Mi familia y ella en el mismo plano. Se me hace raro, incluso hace que me sienta algo… ¿nervioso?
Me quedo observándola medio embobado. Y, como si lo notara, Talya levanta la vista. Nuestros ojos se cruzan. Ella esboza una sonrisa pequeña y rápida, más de cortesía que de otra cosa, y enseguida aparta la mirada como si nada. A mí, en cambio, me deja clavado en el sitio con el corazón acelerado.
«Basta ya, Dylan. Tienes que parar».
«Te estás volviendo completamente loco».
«Ni siquiera la conoces, joder».
—¿Estás bien?
La voz de Richard me arranca en seco de mis pensamientos. Me doy cuenta de que llevo demasiado rato parado, con la bolsa colgando del hombro y mirando a Talya como un idiota. Asiento y le hago un gesto con la mirada para que entienda que no lo he oído.
—Te decía que ha sido un partidazo. —Me da una palmada suave en la espalda, con cuidado de no despertar a Elsie—. Has jugado muy bien.
—Gracias —murmuro, incómodo por recibir tanta atención.
—Nosotros nos vamos ya. —Mamá me da un beso en la mejilla—. Cariño, nos vemos luego, tened mucho cuidado y avísame si vas a llegar tarde.
—Tranquila, mamá —le digo mientras me acerco a Elsie, que sigue sobada en el hombro de Richard. Le aparto un poco el pelo de la cara para darle un beso suave en la frente—. Te quiero, Els.
Pero ella ni se inmuta. Ojalá yo tuviera esa facilidad para quedarme dormido.
Mamá y Richard se despiden de la señora Hartley y se alejan hasta quedar fuera de mi visión.
En ese momento, Jamie da una palmada que nos obliga a todos a prestarle atención.
—No es por nada, pero nosotros también tenemos que irnos —dice mi amigo con entusiasmo—. No quiero perderme la ronda gratis que nos da el Rusty’s por haber ganado.
—Entonces ¿vais a ir todos? —pregunta Eleanor.
—Parece que no nos queda otra —contesta Noa, encogiéndose de hombros.
—Venga ya, pero si luego eres la primera a la que le encanta estar ahí —la pica Jamie.
Noa resopla sin negar nada y le da un empujón con el hombro.
—Entonces ¿vas con ellos? —Eleanor se dirige a Talya con calidez—. ¿No necesitas que te acerque?
Talya se endereza de golpe. Sus manos empiezan a enredarse entre sí, frotándose los nudillos con un gesto nervioso.
—No, no —responde demasiado rápido, y fuerza una sonrisa breve—. De verdad, no hace falta. Muchísimas gracias de todas formas, señora Hart…, quiero decir, Eleanor.
—Pasadlo bien, entonces. Ya tienes mi número por si necesitas cualquier cosa.
Eleanor reparte un beso rápido a Alice y un abrazo a Jamie. Se despide con un gesto de mano y una sonrisa y se encamina en la misma dirección que lo han hecho mamá y Richard.
Jamie da otra palmada impaciente.
—Ahora sí que sí, vámonos. —Mira a las chicas—. Venís en mi coche, ¿no?
—Chicos, yo… —murmura Talya, y agacha la cabeza un segundo, como si buscara la forma de decir algo sin estropear el momento—, en realidad no puedo ir. Pero pasadlo bien.
Alice frunce el ceño al instante.
—¡No! ¿Qué? —La agarra de la mano—. ¡Va a ser solo un ratito! Luego puedo acompañarte a casa, lo prometo.
Ella sonríe y se muerde el labio a modo de disculpa.
—No es eso, de verdad, me encantaría ir. Pero le prometí a mi madre que iba a ayudarla con unas cosas y ya bastante me he escaqueado con esto del partido.
—Eres demasiado responsable —se queja Alice mientras le hace pucheros—. Pero no pasa nada, en la próxima no te escapas. Podemos llevarte a casa de todas formas, ¿verdad, Jamie?
—Claro —responde él sin pensárselo.
—No tenéis que desviaros por mí, puedo coger el autobús.
—De eso nada, Monroe. —Jamie niega con la cabeza y le lanza una sonrisa amplia—. Si alguien merece chófer privado hoy, eres tú por haber hecho el esfuerzo de venir.
Ella deja escapar una risa nerviosa, pero el gesto apenas le dura un segundo. El silencio se estira y noto cómo se pone rígida; está deseando desaparecer.
Antes de que se enrede más, abro la boca casi sin pensarlo.
—Yo la llevo. Así vais tirando vosotros.
Alice me mira sorprendida, Noa arquea una ceja y Jamie sonríe como si acabara de pillar algo. Talya, en cambio, parece aún más desconcertada que yo mismo.
No sé qué estoy haciendo.
Solo sé que he notado que se ha puesto nerviosa y que intentaba buscar excusas. Ya empiezo a ser consciente de cada vez que lo hace. Y no he podido evitar sacarla de ahí, aunque no tenga ni idea de por qué cojones lo he hecho.
Talya fija su mirada en mí, como si quisiera asegurarse de que hablo en serio, luego asiente y aprieta los labios. Alice se cruza de brazos y me observa entre la confusión y la sospecha.
—Cuídala, Ashmore. Sé dónde vives —me advierte, llevándose dos dedos a los ojos y luego apuntándome a mí. Acto seguido, se acerca para abrazar a Talya.
—Lo haré.
—Nos vemos en el Rusty’s —se despide Jamie.
Entonces me da una palmada en la espalda con una sonrisa cómplice que me revienta los nervios. Después echa a andar hacia el aparcamiento.
Cuando nos quedamos unos pasos atrás, Talya se aclara la garganta.
—Gracias, otra vez —susurra, pasándose un mechón por detrás de la oreja—. Alice puede ser muy insistente. Pero puedes irte, no quiero atrasarte. Esa celebración debe de ser importante.
—Sí, bueno. —Me encojo de hombros para restarle importancia—. Va a alargarse, así que no voy a perderme nada. Quiero llevarte.
—Ya —murmura, y se humedece los labios—. Vale, está bien.
Hago un gesto con la cabeza para indicarle que me siga y ella duda un segundo antes de dar el primer paso.
Caminamos en silencio, con la distancia justa para que nuestros hombros no se rocen y me descubro deseando que el trayecto se alargue más de lo necesario.
Me gustaría pensar que puedo controlar esto.
«Solo voy a llevarla a casa», pienso.
Pero me doy cuenta de que me estoy metiendo en un problema del que no voy a saber salir.