Si decides quedarte Veinte. Talya
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Veinte. Talya

Veinte

Talya

Me tenso en el asiento en cuanto escucho mi nombre.

No me hace falta girarme para reconocer esa voz cálida, firme e imposible de olvidar.

Respiro hondo y, cuando levanto la vista, ahí está.

Eleanor Hartley.

Hace años que no la veía y, aun así, siento un nudo en el estómago.

De golpe, vuelvo a tener diez años y a cruzar la puerta de su casa, cuando me recibía con la misma ternura que lo hacía mamá.

El ruido de la grada se desvanece a mi alrededor y solo puedo fijarme en que está igual a como la recordaba.

Y en que me recuerda mucho a mi madre, a pesar de que no se parecen en nada.

El pelo rubio, aunque varios tonos más oscuro que el de sus hijos, está recogido en una coleta alta y bien peinada.

Los ojos son del mismo azul intenso que los de Alice, rodeados por esas arruguitas que se marcan más al entrecerrarlos.

Y su sonrisa, amplia y sincera, me hace sentir que de verdad se alegra de verme después de tanto tiempo.

—Señora Hartley —digo, poniéndome en pie con torpeza.

—Talya, cariño —responde, y antes de que pueda reaccionar ya me tiene entre sus brazos—. ¿Cómo que señora Hartley? Hace tiempo que no nos vemos, pero sigo siendo Eleanor para ti.

Vuelve a apretarme con fuerza, parece que no han pasado los años y, por un instante, me dejo envolver en ese cálido abrazo. Su familiar perfume me devuelve a una época en la que todo estaba aparentemente bien y todavía tenía a mamá.

No he sentido ese cariño maternal desde que…, ya sabes. Y no estaba preparada para lo mucho que duele con Eleanor.

El nudo en mi garganta amenaza con hacerse visible, así que me obligo a apartarme un poco y a sonreír como si nada.

—Has crecido tanto… —murmura Eleanor con los ojos brillándole de emoción—. Estás preciosa, Talya.

Intento contestar, pero mi voz se queda atrapada en un nudo que me impide hablar. Me limito a asentir.

Y entonces, con toda la naturalidad del mundo, lanza la pregunta que más temo.

—¿Y tu madre? ¿Cómo está? No he vuelto a saber nada de ella.

El aire se me queda atascado en la garganta y, durante un segundo, pienso que debería decir la verdad, soltarlo de golpe, como quien se arranca una tirita. Pero sé que no puedo.

—Bien —respondo demasiado rápido, forzando una sonrisa que espero que parezca convincente—. Trabajando mucho…, como siempre.

Eleanor me mira con ternura y asiente, sin sospechar absolutamente nada. A estas alturas me he vuelto una experta en fingir.

—Dile que me encantaría verla un día. Puedes darle mi teléfono —dice mientras saca una tarjeta del bolso—, sería genial que nos pusiéramos al día.

Asiento mientras me quedo mirando la tarjeta con la inscripción «Eleanor Hartley y asociados». Me la guardo en el bolsillo como un recordatorio más de lo mucho que estoy ocultando.

En algún momento, todo explotará y tendré que cargar con las consecuencias de haber guardado tantos secretos.

Pero me preocuparé de eso más tarde. Ahora seguiré fingiendo que todo está bien y me imaginaré a mí misma teniendo esa vida que ya no existe pero que invento en mi cabeza y ante los demás para poder sobrevivir.

—Mamá, ¡has venido! —Alice aparece de repente con tres botellas de agua en las manos.

—Me ha sido imposible llegar a la primera parte, pero no podía perderme esto de ninguna manera —contesta, y se inclina hacia Alice para acariciarle el pelo—. Tu hermano me lo habría recordado toda la vida.

—Lo que nos va a recordar ahora toda la vida es el gol que acaban de marcar —replica Alice mientras abre su botella—. Así que prepárate para aguantar a Jamie repitiéndolo cada cinco minutos.

Entonces, mi amiga da un enorme trago de agua. Eleanor suelta una risa y, antes de que pueda responder, otra voz se hace presente desde la escalera.

—¡Eleanor!

Una mujer muy guapa, de pelo castaño oscuro y con un jersey sencillo, le sonríe mientras se abre paso entre la gente hasta nosotras. Lleva a una niña de no más de cinco años agarrada de la mano que justo está mirándome con los ojos muy abiertos. Supongo que intentando averiguar quién soy.

—Estamos sentados justo ahí. —Señala un par de filas más atrás—. Te hemos guardado un sitio, aunque no estábamos seguros de si vendrías.

—Oh, Bell, muchísimas gracias —responde Eleanor, ponién­dole una mano de forma cariñosa en el antebrazo. Luego desvía toda su atención a la niña pequeña, que ahora la está mirando a ella con una sonrisa tímida—. ¡Elizabeth! Estás mucho más grande que la última vez que nos vimos.

La pequeña se esconde medio segundo detrás de la pierna de su madre, pero acaba soltando una risita cuando Eleanor le guiña un ojo.

—Ya casi me alcanzas a mí —añade con tono juguetón.

—Bueno, espero que todavía le quede mucho —responde la tal Bell.

No creo haber visto a esta mujer nunca, pero hay algo en su rostro que se me hace familiar.

—El tiempo pasa tan rápido… —Eleanor se endereza de nuevo—. Bueno, vamos, no quiero que perdáis el sitio por mi culpa.

Bell asiente y hace un gesto para que la sigan. Antes de subir las escaleras, nos dedica a Alice y a mí una sonrisa cordial.

—Te espero cuando termine el partido para que volvamos todos juntos —dice Eleanor a su hija. Después, me mira a mí—. Talya, puedo acercarte a ti también.

Asiento devolviéndole la sonrisa antes de que vaya detrás de Bell y la pequeña Elizabeth. Tendré que pensar en algo más tarde para evitarlo.

El murmullo de la grada vuelve a crecer cuando los jugadores aparecen otra vez en el campo. Justo cuando el árbitro pita y la segunda parte arranca con un estallido de silbidos, gritos y aplausos, Noa aparece de la nada y vuelve a sentarse a mi derecha.

—¿Por qué has tardado tanto? —le pregunta Alice.

—El baño estaba a reventar.

Continúo viendo el partido, esta vez tengo que obligarme a concentrarme en los chicos para no dejar que mi mente siga atrapada en la imagen de Eleanor abrazándome.

Ha sido agradable, eso de estar en los brazos de un adulto. Hace meses que nadie me trata de esa forma, como si yo siguiera siendo una niña que merece ser cuidada sin pedir nada a cambio.

Sacudo la cabeza y fuerzo mi atención de nuevo en el campo. El balón rueda de un lado a otro con una velocidad que me marea, pero al menos me mantiene anclada al presente.

El tiempo corre hasta que el pitido final estalla en el aire. Han ganado y, aunque no han vuelto a marcar, la pelota ha estado dirigida la mayoría del tiempo por los verdes, es decir, por Evercrest.

Alice está emocionada y me repite sin parar que ha sido un partido increíble. Cosa que puedo asegurar por la cantidad de veces que se ha levantado a aplaudir y a gritar el nombre de los chicos.

Ahora estamos caminando hacia la salida y Noa comenta algo sobre una celebración a la que están obligadas a ir.

—Ya lo verás —afirma Noa con un bufido—. Van a querer arrastrarnos allí y no sé si quiero estar rodeada de tanta testosterona junta.

—¿Allí a dónde? —pregunto, intentando participar en la conversación.

—Al Rusty’s —responde Alice—. Es el bar al que suelen ir cuando ganan un partido. Y hoy me huelo que no van a dejarlo pasar.

Noa pone los ojos en blanco con gesto cansado.

—¿Y tenéis que ir con ellos? —inquiero.

—No siempre —me aclara Alice—, pero suele llenarse de gente del instituto cuando es algún partido importante como el de hoy. Todo el mundo lo celebra como si ellos mismos hubieran ganado.

—Suena… agobiante —suelto al imaginarme un bar pequeño tan abarrotado de gente que resulte hasta imposible respirar.

—Un poco, pero ahí es cuando ser la hermana de uno de los jugadores tiene sus ventajas. —Se gira hasta quedar frente a mí para empezar a caminar de espaldas—. A la familia y amigos nos dejan una parte reservada para que podamos entrar.

Noa se ríe por lo bajo mientras se pone la chaqueta. Había salido el sol, pero ya está volviendo a esconderse entre las nubes. Seguimos avanzando hacia la salida y la corriente de gente es tan densa que a veces me cuesta mantener el paso.

Junto a la puerta está Eleanor acompañada de Bell y de un hombre que, por la forma en que carga a la pequeña Elizabeth en brazos, debe de ser su marido. La niña descansa apoyada contra su hombro, con los párpados medio caídos, pero aun así vuelve a dedicarme una mirada curiosa.

—¡Alice! —Eleanor levanta la mano y la agita con entusiasmo en cuanto nos ve acercarnos.

Alice responde con el mismo gesto y acelera un poco el paso. Cuando está lo bastante próxima a ellos, se dirige a su madre, emocionada.

—Ha sido superemocionante, ¿verdad? —Luego sonríe a la pareja de al lado—: Vuestro hijo ha estado increíble.

Bell asiente con una sonrisa leve, pero es el hombre que está a su lado quien habla.

—Ha jugado muy bien, sí —añade con un deje de orgullo—. Pero Jamie tampoco ha estado nada mal, ¿eh?

Eleanor ríe suavemente.

—No seas tan modesto, Richard, sabes que Dylan se ha llevado toda la atención hoy.

El estómago me da un vuelco tan violento que por instinto doy medio paso atrás.

Claro, la pareja que tengo enfrente son los padres de Dylan.

Llevo días esforzándome al máximo por mantener las distancias con él y, de repente, la vida me pone a menos de un metro de su familia.

Es demasiada cercanía de golpe, una intimidad para la que no estoy acostumbrada.

El corazón me empieza a latir tan fuerte que temo que puedan escucharlo.

Ya decía yo que el rostro de Bell se me hacía familiar.

Tiene la misma mirada que él, aunque el color de los ojos no se parezca en absoluto; ella los tiene marrón claro mientras que los de Dylan son extremadamente verdes.

Me fijo en que los de Richard tampoco son de ese color, sino de un tono miel tan claro y brillante que casi parece artificial.

«Qué cosas», pienso. A veces la genética se entretiene jugando a lo impredecible.

Richard se encoge de hombros mientras sonríe y se lleva una mano a la nuca como restándole importancia, aunque puedo notar el orgullo que siente de que a su hijo se le dé tan bien jugar.

Me quedo pensando en lo injusta que puede ser la vida a veces. Dylan lo tiene absolutamente todo: aparte de ser extremadamente guapo, atlético, querido por todo el mundo y una estrella del fútbol, tiene una familia que parece sacada de un retrato perfecto.

Una madre que muy probablemente no se pierda ninguno de sus partidos.

Un padre que rebosa orgullo.

Y hasta una hermana pequeña que seguro que lo adora sin medida.

Vive una vida perfecta en el instituto, y al llegar a casa esa vida continúa.

Yo, en cambio, siento que vivo en la versión agrietada de esa misma realidad. Como si a mí me hubiera tocado habitar los escombros de lo que para otros es una vida perfecta.

No tengo nada de eso.

Dudo que mi padre me haya querido realmente en algún momento, de hecho, preferiría que nunca lo hubiera hecho.

Hasta hace unos meses, al menos tenía a mi madre. Ella era la única que celebraba mis pequeños logros, que nunca tuvieron nada que ver con los de Dylan porque nunca he destacado especialmente en nada, y me hacía sentir que con eso bastaba.

Pero ahora ni siquiera me queda eso.

Lo mío no es un retrato familiar, sino un lienzo manchado.

Un padre al que no quiero nombrar.

Una madre que ya no está.

Y unos tíos que me han abierto las puertas de su casa, pero no de su vida.

A mí no me alegra llegar a casa, porque no tengo a nadie que me espere con los brazos abiertos y me pregunte qué tal me ha ido el día o se preocupe por cómo me siento.

Por eso, al ver vidas tan perfectas como la de Dylan, siento una envidia que se escapa de mi control.

No es solo querer lo que él tiene; es darme cuenta de que nunca lo tendré.

Que hay personas destinadas a brillar, a ocupar un lugar en el mundo.

Y otras, como yo, que solo aprendemos a sobrevivir en los huecos que dejan los demás.