Si decides quedarte Diecinueve. Talya #2
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Diecinueve. Talya #2

—¡Vamos, Jamie! —vitorea Alice, haciendo de altavoz con las manos.

Intento encontrarlo dentro del campo y no me cuesta demasiado distinguirlo con esa mata de pelo rubia tan clara como la de Alice. Lleva el número nueve en la espalda y corre hacia las gradas saludando a alguien del público, igual de desbordante que su hermana.

—Ya verás, hoy marca fijo. —Alice está tan convencida que parece que lo ha visto en una bola de cristal.

Noa niega con la cabeza, aunque se le escapa una sonrisa.

—Si no se distrae saludando a medio estadio, quizá.

—¡Erik, vas a reventarlos! —Alice sigue animando a los chicos mientras mis ojos intentan encontrar a una persona en concreto.

Justo un segundo antes de que mi mirada se cruce con la del número diez, es decir, con la de Dylan, el árbitro anuncia el comienzo del partido.

¿Dylan me estaba mirando?

Ha tenido que ser cosa mía, pero juraría que sus ojos estaban clavados en mí justo antes de girarse.

Estos últimos días casi no hemos coincidido.

Y, cada vez que me he cruzado con él por los pasillos, he tratado de ignorarlo con todas mis fuerzas.

Ya suficiente he tenido con sorprenderme a mí misma pensando en él.

En cómo se quedó conmigo aquella noche después de lo de mi tía.

En cómo me abrazó cuando no pude evitar ponerme a llorar.

En cómo me miraba con esos ojos tan verdes mientras hablábamos de música en el coche.

En el modo en que se me aceleró el corazón cuando se inclinó demasiado en la cocina.

También he pensado varias veces en la rabia que noté en su voz cuando se refirió a mis tíos y luego yo me fui corriendo porque no estoy preparada para que alguien conozca esos detallesque tanto odio de mi vida.

Así que decidí que la mejor idea era hacer como que no existía estos días.

Mantener la distancia es la única forma que conozco de protegerme.

Pero, claro, tampoco voy a negar que me he pasado más veces de las que me gustaría admitir observándolo con disimulo en el comedor.

Él suele sentarse con los chicos en una mesa cercana a la puerta, así que tenemos una visión casi perfecta de ellos desde el sitio que solemos ocupar, junto a una ventana.

Y siempre termino mirando hacia él. Aunque no quiera, de alguna manera, no puedo evitarlo.

Como el otro día, cuando nuestra mesa estaba ocupada y Alice decidió que sentarnos con ellos era la mejor idea del mundo.

Me pasé toda la comida clavando la vista en la bandeja, rogando que no notara lo rápido que me latía el corazón.

Me esforcé tanto en fingir que su presencia no me alteraba el pulso que acabé agotada.

Dylan es de esas personas que resultan imposibles de ignorar, por mucho que lo intentes. Y que sea uno de los chicos más populares del Evercrest tampoco ayuda.

Su nombre acaba apareciendo en muchas más conversaciones de las que me gustaría y, aunque intente actuar como que no me importa, siempre me quedo escuchando.

Por ejemplo, ahora sé muchas cosas sobre Dylan Ashmore.

Que toca la guitarra mejor de lo que cualquiera esperaría de alguien como él.

Que odia la clase de Historia y aun así el profesor lo adora.

Que, a pesar de ser el mejor jugador del equipo, no le gusta ir presumiendo.

Y que, aunque van y vienen, lleva dos años saliendo con Emma Blackwood de manera intermitente, como me aseguraron Noa y Alice.

Cosa que no debería importarme en absoluto, pero me cuesta no sentir esa punzada incómoda cada vez que alguien nombra lo buena pareja que hacen y que deberían formalizar la relación de una vez.

¿Es posible que esté, de alguna manera, empezando a sentir algo por Dylan?

Quiero decir, no sería algo raro, ya que reúne todas las cualidades posibles para gustarle a alguien.

No solo es, probablemente, el chico con el físico más increíble que haya visto nunca, sino que además su personalidad lo acompaña.

Va por ahí con esa actitud de que todo le da igual, pero al mismo tiempo no es chulo ni prepotente.

Camina con tanta seguridad que, sin ir buscándolo, llama la atención de cualquiera.

Y ahora, viendo cómo se mueve en el campo, no hay duda: aunque yo no tenga ni idea ni de táctica ni de posiciones, por algún motivo estoy hipnotizada viéndolo jugar.

Dylan acaba de recibir el balón en medio del campo. Tiene a dos chicos de amarillo cerrándole el paso y, justo cuando parece que van a quitarle la pelota, se gira con una rapidez que me hace dudar de lo que acabo de ver.

—¡Qué buena, Dylan! —Alice salta del asiento y, en consecuencia, me da un susto.

Él parece que sabe exactamente a dónde va y el resto del equipo se mueve en consecuencia.

Cuando un tercer jugador rival intenta cerrarle el paso, Dylan levanta la cabeza y patea el balón, que atraviesa medio campo hasta llegar a los pies de Nathan, que estaba pegado a la banda y ya está arrancando como un loco.

—Este tío es buenísimo —me explica Noa, viendo mi cara de pez fuera del agua—.

La mayoría en esa situación habría perdido la pelota.

Él no solo no la pierde, sino que acaba de convertir el lío en una ventaja.

Imagínate una partida de ajedrez: Dylan es el que mueve las fichas para conseguir el jaque mate.

Asiento como si estuviera entendiendo algo y veo que Nathan avanza unos metros a toda velocidad y se desprende del balón. Apenas tengo tiempo de procesar lo que está pasando antes de que Jamie aparezca de la nada, se lance en carrera y remate con fuerza hacia la portería.

Pero el portero rival se estira en el aire y consigue despejar con una mano.

El estadio entero ruge, unos de frustración, otros de alivio. Yo solo estoy boquiabierta.

—¡Sois los mejores! —grita Alice—. ¡Los estáis machacando!

—Pero si no han marcado —digo, mirando a ambas. No entiendo nada.

Alice se queda mirándome, incrédula por lo que acabo de decir, y Noa se ríe por lo bajo.

—No siempre se trata de marcar —me aclara Noa con paciencia—. Se trata de crear ocasiones. Esa jugada ha sido medio gol, aunque no haya entrado.

—Exacto —salta Alice todavía vibrando—. ¿Has visto cómo se ha girado Dylan con esos dos encima? ¡Eso ha sido brutal! En cuanto levantó la cabeza, todos se abrieron porque sabían que iba a soltar un pase.

Yo sigo con cara de no entenderlo del todo, sigo viendo solo a varios chicos corriendo tras una pelota, y Alice me mira sin creerse mi ignorancia futbolera.

—Vale, para que lo entiendas: Jamie es el delantero, quien normalmente mete los goles. Dylan tiene que pensar las jugadas y organizarlo todo, por eso siempre lo buscan. Erik está atrás, defendiendo la banda y Nathan es el que intenta desbordar a los que están defendiendo la portería contraria.

—Ah —murmuro, definitivamente no lo tengo nada claro.

Me quedo en silencio, procesando lo que estoy presenciando. Puede que no entienda las reglas, pero hasta yo puedo reconocer cuando alguien destaca. Y, por lo que estoy viendo, Dylan lo hace.

Conforme van pasando los minutos, empiezo a ponerme más nerviosa cada vez que alguien del equipo rival posee el balón.

Me descubro llevándome las manos a la boca en alguna que otra ocasión y cerrando los ojos cada vez que alguien chuta hacia nuestra portería. Cuando el portero, creo que se llama Owen, se lanza al suelo para parar algún disparo, suelto el aire al quedarme mucho más tranquila.

El partido continúa y, justo cuando quedan dos minutos para el descanso, un rugido recorre la grada y todo el mundo se pone de pie.

Levanto la vista justo a tiempo para ver a Dylan avanzar con el balón pegado al pie.

No parece que esté corriendo, más bien diría que flota.

Se mueve con tanta seguridad que parece que haya practicado ese movimiento exacto un millón de veces.

Tiene a un jugador rival delante y otro pegado al costado, pero en lugar de frenarse amaga hacia un lado y cambia de dirección con una rapidez que me hace parpadear para comprobar que no me lo he imaginado.

—¡Vamos, Dylan! ¡Lo tienes! —chilla Alice, agarrándome del brazo como si yo pudiera hacer algo para ayudarlo.

El balón termina en los pies de otro de los delanteros, que ya está arrancando por el lado izquierdo. Corre como si lo persiguiera el mismísimo diablo, tanto que apenas puedo seguirlo con la vista. Pero Dylan no le quita ojo y se coloca justo detrás, pidiéndole que se la devuelva.

—Si la pasa ahora… —murmura Noa, inclinándose hacia delante.

Y lo hace. Lanza la pelota justo en el momento en que Dylan entra con fuerza. Apenas roza el balón, lo justo para cambiarle la dirección y dejarlo a los pies de Jamie, que aparece desde el otro lado como una bala.

Jamie chuta sin pensárselo. Un golpe seco, potente. La pelota cruza el área y entra directa a la portería.

Ahora sí, el estadio explota. Los aficionados saltan, gritan, animan. Incluso se meten con los rivales.

Alice me sacude los hombros, fuera de sí, y casi me caigo hacia delante, riéndome nerviosa mientras intento apartarle las manos. Siento el corazón tan acelerado que parece que he estado corriendo con ellos.

—¡Gol! ¡Gol! ¡Lo sabía! —Mi amiga está tan emocionada que parece que haya marcado ella misma.

Me descubro sonriendo y animando, pero mis ojos siguen fijos en Dylan, que ni siquiera mira a la grada. Solo levanta un brazo y choca la mano de Jamie, como si fuera lo más normal del mundo haber fabricado un gol así.

Para todos los demás, acaba de marcar Jamie.

Pero yo sé, aunque no entienda de fútbol, que la jugada nació en los pies de Dylan.

El árbitro pita el final de la primera parte y las gradas comienzan a despejarse un poco. Alice se levanta para ir a buscar algo de beber y Noa se pone en pie al mismo tiempo.

—Yo voy al baño —anuncia, estirándose un poco—. No aguanto otros cuarenta y cinco minutos ni de broma.

—¿Vienes con nosotras? —me pregunta Alice.

Sacudo la cabeza, todavía con el corazón acelerado por lo que acabo de ver.

—Tranquilas, prefiero quedarme. Así guardo el sitio.

La verdad es que la idea de tener que volver a caminar entre toda esa marea de gente me agobia un poco. Ellas asienten y se pierden entre el gentío mientras yo me acomodo en el asiento.

La multitud se mueve a mi alrededor, pero entonces escucho una voz familiar que llama mi atención:

—¿Talya?

Me congelo antes de girarme, he reconocido esa voz al instante.