Si decides quedarte Diecinueve. Talya
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Diecinueve. Talya

Diecinueve

Talya

No sé por qué siempre acabo metida en estos líos.

Le dije a Alice que de verdad no podía ir al partido de hoy porque tenía que ayudar a mamá con unas cosas. Y ahora está insistiendo en ser ella misma la que venga a casa a convencer a «mi madre» para que me deje ir.

Ojalá fuera verda d y tuviera alguna madre a la que ayudar.

Pero el problema son mis tíos; para ser más específica, mi tía.

No quiero tener que lidiar luego con sus comentarios pasivo-agresivos.

Ni que me recuerde que debería quedarme en casa para ponerme al día con todo el temario que llevo atrasado, usando la excusa de que voy a suspenderlo todo.

Ni mucho menos quiero que vuelva a cerrarme la puerta en la cara como la última vez.

Ella siempre encuentra la manera de señalar aquello en lo me equivoco, aunque no haga nada.

Hoy, al menos, tengo una pequeña ventaja, y es que mi tío Douglas está en casa y con él suele ser un diez por ciento menos insoportable. Al menos con él finge que no me odia y solo actúa como que no le importo.

Así que, si calculo bien mis movimientos, podré escabullirme un par de horas sin que se arme ningún drama después.

Lo que sí tengo claro es que Alice no puede venir aquí, ni por asomo. Me aterra que vea con quién vivo realmente. Porque ahí empezarían las preguntas y, tarde o temprano, acabarían en la que más temo: «¿Dónde está tu madre?».

Y no estoy preparada para contestar a eso.

Lo único que puedo hacer es decirle a Alice que no se preocupe, que lo he conseguido yo solita y que nos encontraremos en el campo. Ella ha aceptado porque lo que de verdad le importa es que vaya, da igual cómo.

Cada día me alegra más tener a Alice a mi lado. Es de esas amigas que hacen que todo sea más fácil. Sin ella, estas dos semanas habrían sido insoportables de llevar. Con ella siento que todavía alguien se preocupa por mí de verdad, y eso me hace sentir mucho mejor.

Es como si no hubiéramos pasado ni un solo día separadas en todos estos años.

Y justo por eso se me hace tan difícil no revelarle nada.

No es porque no quiera, es que no puedo.

Siento que, si se lo cuento, si se lo digo en voz alta, lo que ocurrió se terminaría de hacer realidad.

Y después vendría la compasión, las miradas delástima…

Ese papel de pobrecita que no estoy dispuesta a soportar.

Así que por eso me siento mal cada vez que me quedo sin respuesta cuando ella hace preguntas inocentes: «¿Cómo está tu madre? ¿Sigue trabajando de enfermera? ¿Por qué volvisteis a Edimburgo?». Preguntas normales para cualquiera, pero que para mí son trampas.

Me levanto de la cama, ese lugar en el que paso el noventa por ciento del tiempo, y me quito el pijama de franela que mamá me regaló el año pasado. Es rosa y en el centro tiene una frase bordada en español: «Si quieres, puedes». Supongo que no está de más tener ese recordatorio cerca.

Me visto rápido, sin darle demasiadas vueltas, con unos vaqueros negros y una sudadera azul. Nada especial. Me dejo el pelo suelto, como siempre, aunque hoy mi cabello parece estar de buen humor, es decir, menos encrespado de lo habitual.

Mis ojos se detienen en la bolsita de maquillaje que está encima de la mesita de noche. Lleva cerrada desde que llegué aquí. Nunca he sido de pintarme mucho, pero antes me gustaba ponerme un poco de máscara de pestañas y colorete. Me hacían verme más despierta.

Pero hoy todavía no me siento con ganas de volver a intentarlo.

Recojo el móvil del escritorio y me lo meto en el bolsillo.

Respiro hondo intentando reunir fuerzas.

Cada vez que cruzo esa puerta me preparo como si fuera a una especie de examen.

En este, en lugar de escribir acerca de un temario sobre el que he estudiado, tengo que medir las palabras, controlar la expresión y no darles motivos para lanzarme ningún comentario.

Abro la puerta despacio y empiezo a bajar las escaleras, pero una voz me frena desde detrás:

—¿Vas a salir?

Es el tío Douglas y eso me hace soltar el aire un poco más tranquila. Me giro para mirarlo. Está de pie en el umbral de su pequeño despacho, al final del pasillo, con unas gafas de lectura colgando del cuello y unos papeles en la mano. Me observa con curiosidad, pero sin rastro de enfado.

—Eh, sí. Hoy juega el equipo de fútbol y… —empiezo a justificarme antes de tiempo, como si necesitara permiso—. Bueno, van a ir todos. Y me han invitado.

Él asiente despacio con un gesto cansado, pero no hostil.

—Está bien. Te vendrá bien distraerte un rato.

Sus palabras me sorprenden. Normalmente se limita a ignorarme, así que ese pequeño atisbo de consideración casi me de­sarma. Me aferro a él como si fuera un salvavidas.

—Volveré pronto —añado rápido, por si acaso.

—Avísame si necesitas que te recoja.

—¿Recogerla de dónde? —Otra voz irrumpe desde su dormitorio.

Ahí está. Margaret. Apoyada en el marco con los brazos cruzados, como quien lleva un rato esperando la oportunidad de intervenir. Su mirada recorre de arriba abajo mis vaqueros y la sudadera, y sé lo que viene: la inspección disfrazada de comentario casual.

—Va a salir un rato —responde Douglas. Sin darle más importancia.

—¿Salir a dónde? —Su tono es tan cortante que me clava en el sitio—. Lo digo porque, con esa cara lavada y esa ropa tan simple, no pareces muy lista para que te vea nadie.

—Voy a ver un partido, juega el equipo del instituto.

Ella arquea una ceja.

—Un partido. Vaya, qué interesante —comenta irónicamente—. Con todo lo que tienes que hacer por aquí y resulta que tienes tiempo para ir a gritarle a unos críos corriendo detrás de una pelota.

Me muerdo la lengua. Ya empiezo a acostumbrarme a esos comentarios que siempre encuentran la manera de hacerme sentir culpable.

Douglas carraspea incómodo.

—Solo será un rato —salta en mi defensa—. Le vendrá bien tomar el aire.

Abro un poco los ojos, casi sin dar crédito a lo que acabo de escuchar.

¿Douglas llevándole la contraria a Margaret por mí?

Debería tomarle la temperatura. Seguro que tiene fiebre.

Margaret resopla. Por un segundo, la sorpresa le cruza la cara; no está acostumbrada a que Douglas le lleve la contraria y mucho menos para ponerse de mi lado.

—Haced lo que queráis —finge indiferencia mientras se da la vuelta y vuelve a entrar en su habitación—. Luego no quiero quejas cuando lleguen las notas y veas que no vas a ser capaz de pasar de curso.

Douglas me dedica una mirada breve y una sonrisa compasiva.

—No te preocupes, Talya, vete tranquila a ese partido —dice en tono amable—. Pero no llegues tarde.

Asiento sin confiarme demasiado. Sé que cualquier mínimo paso en falso me puede salir caro después, pero igualmente agradezco ese respiro.

Cojo la chaqueta del perchero y salgo por la puerta antes de que Margaret cambie de idea.

El aire frío hace que me estremezca. Está nublado, pero no parece que vaya a llover.

Incluso puede que salga el sol más tarde, en Edimburgo nunca se sabe.

La parada del autobús está solo a un par de calles y el trayecto hasta el instituto me lleva casi media hora.

Me paso todo el camino con la frente apoyada en el cristal de la ventanilla, agradeciendo haber podido escapar de casa, aunque sea solo un par de horas.

Ya en el Evercrest, entro por la puerta que da acceso al campo de fútbol y veo a Alice haciendo aspavientos con las manos junto a Noa para que sepa dónde están. Ambas llevan camisetas con los colores del equipo puestas por encima de otras de manga larga.

—¡Sabía que vendrías! —grita Alice para hacerse oír por encima del murmullo.

—Te dije que lo intentaría —respondo, devolviéndole el abrazo de oso que me está dando.

—Venga, vamos a sentarnos antes de que la grada se llene —comenta Noa con una de esas sonrisas indiferentes.

Subimos entre empujones, voces y el sonido metálico de las vallas temblando cada vez que alguien las golpea.

No entiendo muy bien por qué hay tanta gente.

Pensaba encontrar a algunos alumnos y tal vez a algún familiar, pero aquí parece estar toda la ciudad.

La grada está a rebosar, juro que parece que regalen dinero en vez de que sea un partido de instituto.

Alice va delante saludando a todo el que se cruza. Parece conocerlos a todos. Yo solo me concentro en no perderla de vista porque sería muy difícil encontrarla después. Noa, en cambio, camina con paso decidido sin perder de vista tres huecos vacíos en la segunda fila.

—Desde aquí se ve perfecto —dice Noa, prácticamente empujándome hasta el asiento del medio.

—Tiene que estar a punto de empezar. —Alice se sienta a mi izquierda y se frota las manos mientras sonríe mirando al campo.

¿De verdad están tan emocionadas por ver un partido?

A mí no me gusta el fútbol. De hecho, creo que jamás he visto un partido completo. Mi padre era… un aficionado al Celtic y alguna que otra vez lo vi pegado a la tele gritando como un loco cuando marcaban.

Pero mamá no era fan, así que, cuando nos mudamos a Madrid, este desapareció de casa como si nunca hubiera existido. Y yo nunca me interesé, ni siquiera cuando en España parecía ser lo más importante.

Alice da un salto en el asiento y me arrastra de vuelta al presente.

—Mira, ahí salen ya.

El griterío aumenta de golpe. La gente se pone de pie, agita bufandas, silba, aplaude. Yo me quedo quieta, no entiendo qué pasa exactamente, solo que el ambiente agitado se multiplica por diez de repente.

Los jugadores entran al campo en fila. Reconozco al instante la equipación del Evercrest: camisetas verdes y pantalones azules. Los que van de amarillo, por descarte, son el equipo rival.

Alice aplaude como si le fuera la vida en ello. Noa silba con los dedos en la boca, fuerte y segura, y me pregunto de dónde ha sacado esa habilidad. Jamás he sido capaz de aprender a silbar.

Yo intento imitar el entusiasmo, pero lo único que siento es que estoy en medio de una fiesta a la que no me han invitado.