Si decides quedarte Dieciocho. Dylan
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Dieciocho. Dylan

Dieciocho

Dylan

El partido de hoy es importante.

No porque defina la temporada ni porque nos juguemos un título, sino porque es el derbi. Y contra el Lochside no se juega para ganar puntos: se juega para ganar respeto.

En teoría, es un partido de liga más, tres puntos como cualquier otro. Pero, en la práctica, es el partido que divide el año en dos: antes y después del derbi.

La rivalidad entre el Evercrest y el Lochside viene de lejos y, si pierdes, no es solo que te quedes atrás en la clasificación, es que te van a recordar la derrota cada vez que te cruces con alguien de ese puto instituto.

Y no se les da nada mal. Tienen al maldito Peter Goldman, que es uno de los mejores porteros con los que me he cruzado en años, y a Malcolm Anderson, su capitán y delantero estrella.

Es rápido, ágil y con un ego que no le cabe en el campo.

Lleva semanas dando por culo en redes diciendo que nos va a pasar por encima.

El cabrón sabe jugar, eso no se lo quita nadie. Pero, si hay algo que haga que me hierva la sangre, es que lo sepa y se encargue de recordárselo al mundo cada dos malditos segundos.

Pero ni Peter ni Malcolm me preocupan. Sé que tenemos mejor plantilla.

Jamie, con su particular número nueve a la espalda, vive para este tipo de partidos.

Puede ser un payaso fuera del campo, pero cuando pisa el césped es un delantero letal.

Tiene olfato de gol y lo peor, o lo mejor, es que lo sabe.

Yo pienso la jugada y él ya está arrancando la carrera antes de que el balón salga de mis pies.

Es instinto. Basta con que levante la cabeza un segundo para saber dónde va a estar y casi siempre acierta.

Él mete los goles, yo se los pongo en bandeja.

Luego está Erik, nadie diría que nuestro lateral derecho, el número dos, es mil veces más rápido de lo que parece cuando lo ves callado en el pasillo del instituto.

Y le sobra resistencia. Es capaz de recorrer la banda entera durante noventa minutos sin aflojar el paso.

Más de uno acaba mordiendo el polvo intentando superarlo en carrera.

Y ahí entro yo, con el número diez. El que tiene que unir todas las piezas. El que decide cuándo acelerar y cuándo pausar, cuándo atacar y cuándo defender. Llámalo ego o realidad, pero el juego pasa por mí. Y con el equipo que tenemos, sé que hoy no vamos a fallar.

Con un equipo así, ni Peter Goldman ni el egocéntrico de Malcolm Anderson me quitan el sueño.

El vestuario es un hervidero, huele a nervios y a desodorante en espray. Normalmente los minutos antes de un partido son un caos ruidoso: música a tope, toallas volando y risas despreocupadas. Pero hoy es diferente. Hoy sentimos una tensión sofocante. Sabemos que no hay opción: tenemos que ganar.

Jamie se ha adueñado de un balón y no para de dar toques contra la pared como si fuera incapaz de estarse quieto.

—Tío, me estás poniendo más nervioso de lo que ya estoy —gruñe Erik, que está atándose las botas.

—Tranquilo, tío —responde Jamie con una sonrisa malvada—. Estoy calentando la pierna con la que voy a reventar la portería de Goldman.

—Lo único que vas a reventar es la pared del vestuario como sigas así —replica Erik con los ojos en blanco.

Me río por lo bajo. Esta es la forma de Jamie de controlar los nervios: bromear y no parar hasta que pite el árbitro. Luego, cuando pise el césped, se transformará.

—Estoy deseando verle la cara al subnormal de Anderson cuando pierdan —suelta Jamie—. ¿Creéis que eso también lo publicará en sus redes?

Su expresión se ilumina, como si imaginar la humillación fuera el mejor de los trofeos.

—¡Qué va a publicar! —respondo—. Se tirará lo que queda de mes desaparecido y pondrá alguna excusa de que ha estado enfermo. Es lo que hace siempre que pierden.

Nathan, el extremo derecho del equipo, se sienta en el banco al lado de Erik y suelta un bufido.

—Tened cuidado con él —dice—. ¿Os acordáis de la que me lio el año pasado? Se tiró al suelo a llorar por un empujón que nunca existió.

Nathan tiene razón. Anderson no solo es bueno como delantero, es experto en convertir cualquier roce en falta. Y entonces es cuando se corta el ritmo del partido: con discusiones, tarjetas y pérdidas de tiempo.

—Hay que jugar con cabeza —advierto—. Si Anderson monta el teatrillo, no entréis. Si insiste en liarla, que lo haga solo. Nosotros seguimos jugando.

Los tres me miran y asienten casi al mismo tiempo. No es solo una afirmación automática, es aquella que te deja claro que creen en ti.

—Vale, cerebro. —Jamie rompe el silencio—. Pero, cuando ganemos, porque lo vamos a hacer, os quiero a todos en Rusty’s para celebrarlo. Nada de rajarse a última hora.

—Eso dalo por hecho —respondo, dándole una palmada en la nuca con la confianza de siempre.

Poco después, el entrenador nos da la charla táctica con un par de frases cortas. Pero todavía falta la voz que de verdad escuchamos todos.

Nuestro capitán y portero: Owen Whitaker.

No me imagino a nadie mejor representando al equipo.

No es de los que gritan ni de los que se echan encima de los demás, pero todos lo respetamos.

Es tranquilo, noble, justo, y tiene esa extraña capacidad de calmarte incluso en el puto caos de un partido.

Él es quien nos mantiene a todos centrados.

Yo puedo ser el cerebro del equipo, el que mete pases y jugadas que levantan al público, pero esto sería una guardería sin Whitaker controlando al resto.

Se pone en pie y se queda en medio del vestuario.

—Escuchad —empieza Owen—. Hoy no quiero a nadie guardándose nada.

No se trata de quién meta el gol más bonito ni de lucirse con una jugada.

Se trata de que ellos no tengan ni un espacio libre.

—Nos recorre a todos uno por uno con la mirada—.

Que cada vez que levanten la cabeza tengan a alguien encima.

Que sientan cada choque, cada carrera, cada segundo.

Que sientan que este partido se juega aquí, en nuestra casa.

Hay un silencio absoluto, todos lo miramos.

—¡Así que hoy vamos a salir ahí a dejarles claro de qué estamos hechos!

Un rugido de «¡sí!» llena el vestuario y, por un instante, todos estamos en la misma frecuencia. El corazón acelerado y la mirada fija, como si ya estuviéramos dentro del campo.

Antes de volver a su sitio, Owen me clava la mirada.

—Dylan, tú marca el ritmo. Confío en ti.

El peso de las miradas cae sobre mí, pero no como una carga, sino como un recordatorio: no estoy solo ahí fuera. Ellos confían en mí y yo no pienso fallarles.

Frank, uno de los defensas, me da un golpecito en el hombro para recordarme que, en efecto, soy yo quien marca el ritmo. Nathan asiente en silencio y Jamie, que siempre tiene algún comentario de sobra, esta vez solo suelta bajito: «Podemos hacerlo».

En ese instante, la puerta del vestuario se abre de golpe. El árbitro asoma la cabeza.

—Cinco minutos.

Cada uno empieza con su ritual para antes del partido.

Jamie besa una pulsera que le regalaron Noa y Alice, mientras que Erik se santigua tres veces y yo me ato las botas en orden.

Primero la de la izquierda, después la de la derecha.

Como si de verdad esa disposición fuera un ritual que pudiera marcar la diferencia.

—Vamos a machacarlos. Tú y yo. —Jamie me señala a mí y luego a él mismo—. Juntos.

Entonces, alarga el puño hacia mí.

—Como siempre —contesto, chocando el suyo con el mío.

Nos levantamos casi a la vez y ese momento, cuando las botas golpean el suelo al unísono y salimos todos juntos, siempre me recuerda por qué amo este deporte.

Avanzamos hacia el pasillo que nos lleva al campo. No es un túnel de estadio, es un pasillo estrecho con paredes llenas de humedad. Pero para mí como si es un pasillo de mármol, lo único que importa es lo que espera al final. El ruido de la grada se filtra desde fuera, amortiguado todavía.

Hoy jugamos en casa y sé que ahí fuera está todo el instituto, además de profesores, familiares y algún que otro ojeador.

A nuestra derecha, los del Lochside forman fila.

Amarillo contra verde. Anderson encabeza su fila con la barbilla alta, disfrutando demasiado de su propio teatro.

Me sostiene la mirada con esa sonrisa de sobrado que me revuelve las tripas.

No necesito que hable, su cara ya es suficiente para provocarme.

Se ajusta la cinta del brazalete con exageración, como si necesitara que todo el pasillo supiera quién manda.

—Vaya, Ashmore —suelta, apenas lo bastante alto para que yo lo escuche—. ¿Me estás mirando porque tienes miedo? Todavía puedes darte la vuelta e irte corriendo a casa.

Suelto el aire por la nariz.

—Estoy deseando ver tu cara al final del partido, cuando ni siquiera hayas tenido la oportunidad de tocar el balón. —Me paso la lengua por los dientes y esbozo una media sonrisa que sé que lo revienta.

Ahora tengo todavía más ganas de reventarlos en el campo.

El árbitro hace una señal y las puertas dobles se abren de par en par.

Los vítores de la grada nos golpean como una ola.

El murmullo que antes se filtraba por el pasillo ahora es un rugido que me atraviesa el pecho.

El aire frío me golpea en la cara y me corta la respiración un segundo.

El olor a hierba mojada se mezcla con el de la comida grasienta que llega desde los puestos junto a la valla.

Pisamos el césped y siento el suelo vibrar bajo los tacos.

La grada contraria también hace ruido. Gritan, silban, provocan. No me importa. Cuanto más ruido hagan, más fuerte va a ser nuestra respuesta.

Formamos en el centro y Owen estrecha la mano de Anderson. La moneda sube al aire y todo se congela un instante. No importa quién saque, lo único que importa es que ya no hay marcha atrás. El árbitro da la orden y, mientras nos vamos colocando, miro hacia las gradas.

En primera fila, acompañada de otras dos chicas que parecen cortadas por el mismo patrón, veo a Emma.

Está de pie, con la cara pintada de verde y azul —los colores del equipo—, aplaudiendo y saltando como si quisiera que la viera todo el estadio. El griterío que la rodea se mezcla con su voz chillona. Distingo que está gritando mi nombre demasiado fuerte.

Me sorprende tanto que, por un segundo, pierdo el hilo de todo lo demás.

¿Qué está haciendo aquí? No hemos vuelto a cruzar palabra desde que discutimos y ahora está saludándome con la mano y tirándome besos como si no hubiera pasado nada.

Le sonrío brevemente. Joder, estoy acostumbrado a esto. Es lo que hacemos siempre. Dejamos de vernos un tiempo y luego hacemos como si nada.

Lo normal sería que verla aquí me diera la seguridad de siempre. Pero esta vez es distinto.

La sonrisa se me borra antes de darme cuenta.

Porque, un poco más al centro, una fila más arriba, la veo.

Talya, sentada entre Noa y Alice. El sol se refleja en su pelo, que le cae desordenado por los hombros.

No aplaude, no grita. No intenta llamar mi atención como Emma. Simplemente mira al campo, como si no entendiera qué hace aquí.

El silbato corta el aire. El balón empieza a rodar. Y, justo cuando iba a apartar la mirada, la suya me alcanza.

De repente, el partido deja de ser lo más importante.