Si decides quedarte Diecisiete. Dylan
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Diecisiete. Dylan

Diecisiete

Dylan

Hoy me he cruzado con Talya por los pasillos un total de siete veces.

No me ha mirado ni una. Tampoco lo hizo las tres que nos c ruzamos ayer, ni las ocho del lunes.

Llevo todo el día con un cabreo de cojones y ni siquiera sé explicar muy bien por qué.

No suelo rayarme por este tipo de cosas y tampoco sé si realmente estoy preocupado o es que no estoy acostumbrado a que me ignoren.

Bastante tengo ya con haberme pasado todo el sábado preocupado por ella.

¿Qué cojones me pasa?

Tuve que escribirle a Jamie con un pretexto de mierda para saber si Talya seguía en su casa o si por fin sus padres habían decidido preocuparse por ella. Me quedé mucho más tranquilo cuando me dijo que habían ido a recogerla.

Pues ya está, ¿no? La chica está bien, llegó a casa sana y salva. Todo perfecto.

Me he convencido de que eso era lo único que me importaba, así que no sé por qué le sigo dando vueltas.

—Tío, ¿qué mierdas te pasa? —suelta Jamie en cuanto me ve clavar el tenedor en el plato con tanta fuerza que casi hago saltar la bandeja.

—¿Qué me va a pasar? Nada.

—¡Venga ya! —Se echa atrás en la silla, con esa sonrisa de imbécil que me dan ganas de borrarle de un puñetazo—. Llevas todo el día que no hay quien te hable. ¿Has dormido bien?

—He dormido de putísima madre, Jamie.

—Pues menos mal —dice mientras se lleva un trozo de pollo a la boca—, sabes que es malísimo no dormir, ¿verdad? Mínimo ocho horas.

Lucho por no poner los ojos en blanco.

—Lo sé.

—Vale, una vez aclarado eso, cuéntame. ¿Qué te perturba? —Levanta las cejas de una forma ridícula.

—Me perturbas tú, joder. Yo estoy genial.

—Venga, Ashmore, suéltalo ya. No tienes que ocultarme cosas.

Acto seguido, Jamie se inclina hacia mí, como si estuviéramos compartiendo un secreto importante.

Joder, el cabrón puede ser muy insistente cuando quiere.

—No tengo nada que ocultar —respondo seco y aparto la bandeja de golpe. La comida del instituto cada día está peor.

—Claro, y yo soy Mbappé —replica. Entonces se mete un trozo enorme de pan en la boca y habla con la boca llena a propósito—. No me jodas, Ash, llevas dos días con cara de perro apaleado.

Resoplo y me paso la mano por la cara. Jamie no se rinde, nunca lo hace. Este tío me conoce más que mi propia madre.

—¿Es por esa chica?

Casi me atraganto con el agua.

—¿Qué chica? —pregunto demasiado rápido, y me maldigo en cuanto escucho que mi propia voz suena a la defensiva.

Jamie me mira como si hubiera pillado a un niño robando galletas. Mastica despacio, saboreando el momento.

—Emma —dice mientras se gira en el banco del comedor para mirar a la rubia que está sentada en la mesa del fondo.

Suelto el aire tan fuerte que casi me río de lo absurdo que es. Emma. Ya, claro. A ojos de cualquiera, si estoy raro por alguna tía, tiene que ser por ella.

Lo mío con Emma es… raro.

Ni siquiera sé cómo empezó y mucho menos hacia dónde va.

Nunca hemos tenido nada serio. Nada de ir juntitos al cine ni mierdas de esas, no me queda tiempo para nada de eso.

Ella me busca de vez en cuando y yo no suelo decir que no. Supongo que es cómodo, en cierto modo.

No pienses que soy un cabrón que va jugando con las chicas: Emma también es así. Nunca nos hemos prometido nada.

La primera vez que estuvimos juntos fue hace dos años y desde entonces hemos tenido mil idas y venidas, incluso con otros líos de por medio. Pero a ella le encanta marcar territorio y tenerme atado, aunque sepa tan bien como yo que no hay futuro en esto.

Así que, de alguna manera, siempre volvemos a vernos.

No me quejo, es sencillo, con ella no tengo que pensar ni explicar nada.

—Venga, dímelo —insiste Jamie—. ¿Habéis discutido o qué? ¿Estás rayado?

Sí, estoy rayado.

Pero no precisamente por Emma.

—Lo dejamos. —Discutimos, no había nada que dejar—. ¿Te acuerdas?

—Ya, bueno, pues como siempre. ¿La echas de menos?

—Para ya, tío. —Levanto la vista para fulminarlo con la mirada—. No la echo de menos. ¿Cuándo me has visto echar de menos a Emma?

—Pues nunca. Pero, oye, siempre hay una primera vez.

—Estás gilipollas —gruño.

Entonces, Jamie echa los hombros para atrás y se prepara como si fuera a darme el mejor consejo de su vida.

—¿Sabes qué? Deberías buscarte una novia. Una de verdad.

—Definitivamente estás para que te encierren. —Me aprieto el puente de la nariz. ¿Por qué tengo que aguantar esto?

—Piénsalo, Ash, te vendría bien para ablandarte un poco. —Pone una sonrisa socarrona—. Estoy cansado de aguantar tu mal humor ¿sabes?

Luego, Jamie cierra los ojos fingiendo indignación. Cualquiera que lo escuche creerá que encima lo trato como a una mierda. Lo que hay que aguantar.

En ese momento se abre la puerta y entran corriendo Noa, Alice y, un poco más atrás, Talya.

Entran como si llevaran la prisa metida en el cuerpo, riéndose de algo que no alcanzo a oír. Talya se pasa uno de esos mechones largos por detrás de la oreja y le dice algo a Noa mientras sonríe ampliamente.

Joder, tiene una sonrisa preciosa. Debería sonreír más a menudo.

Estoy seguro de que ni el mejor de los artistas sería capaz de dibujarla.

Me siento como en uno de esos momentos de la película en el que la protagonista entra en escena y la imagen empieza a ir a cámara lenta.

Es completamente ridículo, pero no puedo dejar de mirarla.

—Tío, qué descarado —suelta Jamie, dándome un codazo—. No hacía falta que te lo tomaras tan en serio.

—¿Qué dices?

—Que estás babeando. —Se ríe con la boca llena, dejando caer migas sobre la bandeja—. Un poco más y hay que llamar a los de mantenimiento para que vengan a limpiar el suelo.

—¿Eres imbécil? No estoy babeando.

—¿Te mola Talya?

Decido ignorarlo, no merece la pena darle más bola.

—A ver, que lo entiendo, eh. Siempre ha sido muy guapa y todo eso. ¿Crees que tienes oportunidad? —Chasquea la lengua y se encoge de hombros—. Joder, claro que no tienes oportunidad. Emma te cortaría las pelotas.

—Déjalo ya, ¿vale? Emma no va a cortarme nada y tampoco quiero ninguna oportunidad con nadie.

—¿Y si ese nadie está acercándose justo ahora? —susurra, poniendo su cara demasiado cerca de la mía.

Antes de que pueda mandarlo a la mierda, escucho el golpe de unas bandejas cerca de nosotros.

—Hemos llegado tarde y nuestra mesa está ocupada —anuncia Alice con toda la naturalidad del mundo. Mientras habla, se acomoda justo enfrente de mí.

Noa se encoge de hombros como si no hubiera alternativa y se sienta al lado de Jamie.

Y Talya… Talya se acomoda en silencio, con una sonrisa que nada tiene que ver con la de cuando ha entrado en el comedor. Ocupa el sitio al lado de Alice, frente a Jamie.

Él me mira con los ojos brillando de diversión y yo le doy un codazo por debajo de la mesa. Siento que acaban de quitarme el suelo bajo los pies.

Llevo días quejándome mentalmente de que me ignora, pero ahora que la tengo a centímetros y Jamie está de espectador, me doy cuenta de que en realidad no estoy preparado para tenerla tan cerca.

—¿Y esa cara, Noa? —le espeta Jamie—. ¿Vienes de clase o de un funeral?

Noa le dedica una mirada poco amistosa mientras clava la pajita en el zumo.

—Sigue hablando y el funeral será el tuyo.

Jamie suelta una carcajada y apoya el codo en la mesa para inclinarse hacia ella con descaro. Esboza una de esas sonrisas que irritarían a cualquiera.

—¿Vas a venir a vernos al partido del sábado?

—Lo pensaré —responde, llevándose la pajita a la boca sin mirarlo.

—Traducción: sí, pero no quieres admitirlo.

—Traducción: no, pero me divierte verte insistir —le devuelve Noa, quien por fin alza una ceja.

—Te dedicaré todos los goles —suelta él decidido—. Y, cuando ganemos, tendrás el honor de verme sin camiseta.

—¡Puaj! ¡Jamie! —grita Alice, tapándose la cara con ambas manos—. Soy tu hermana pequeña y Noa es una de mis mejores amigas. Muéstrame algo de respeto.

—Ya has completado el cupo de gilipolleces de hoy —le lanzo a Jamie.

Jamie se encoge de hombros con una sonrisa aún más amplia. Después levanta las manos como si fuera inocente.

—Tranqui, tía, paso de él —responde Noa, aunque la media sonrisa que intenta esconder con el cartón de zumo la delata.

Todos se ríen menos yo. Tengo los ojos puestos en Talya, que está rompiendo un trozo de pan en pedacitos y se los lleva a la boca casi sin levantar la vista. Sonríe de vez en cuando a Alice y a Noa. Incluso a Jamie. Pero ni una sola vez a mí.

Está enfadada de verdad, joder.

—Deja de mirarla, tío —me susurra Jamie al oído—. Vas a hacerle un agujero en la cara.

Lo peor de todo es que lleva razón.

Aprieto la mandíbula y me fuerzo a apartar la vista justo cuando ella levanta los ojos, fugaz, como si hubiera sentido el peso de los míos.

Durante un segundo se cruzan y siento que se me encoge el pecho.

Ella es la primera en apartar la mirada, pero ese gesto mínimo me deja el corazón desacompasado. Ya está bien. Tengo que parar de una vez, debo de estar enfermo o algo por el estilo.

A lo mejor tengo fiebre y por eso estoy delirando. Tiene que ser eso.

—¿Tú vienes al partido, Monroe? —pregunta Jamie antes de llevarse una uva a la boca.

—¿Yo? —Talya se señala a sí misma y Jamie asiente—. Eh…, pues yo… No creo que pueda.

—¿Cómo que no? —Jamie frunce el ceño de una manera exagerada—. Es el primer derbi de la temporada, los retrasados del Lochside contra el Evercrest. Va a ser un partidazo.

—Ya, pero… —Talya se encoge de hombros y baja la vista al plato.

—Vamos, venga. —Jamie le retira la bandeja para que lo mire—. Tienes que estar presente cuando meta el gol de la victoria. —Se da un golpe en el pecho y añade con solemnidad—: Va a ser un momento histórico, Monroe. Hasta mis nietos hablarán de él.

Este tío está pirado. De verdad que me pregunto cada día cómo es posible que sea mi mejor amigo. Luego recuerdo que no sé qué haría sin él y se me pasa.

Pero, igualmente, ¿qué cojones está diciendo?

Talya arquea una ceja mientras intenta contener la risa.

—¿Y si no metes ningún gol? —pregunta.

—Eso no va a pasar. —Hace un gesto con la mano como si acabara de oír la mayor gilipollez del mundo—. Por eso mismo no te lo puedes perder.

—Me encantaría verlo, pero no puedo. Todavía tengo que ponerme al día con las asignaturas y… —Juguetea con el tenedor, como si buscara una salida rápida—. Tengo muchas cosas que hacer en casa. Tal vez el próximo.

Ni ella misma termina de creerse esa excusa. Que no quiere tener movidas con su familia sería la respuesta correcta.

—Solo serán un par de horas, después Alice puede ayudarte con tus cosas.

—Déjalo ya, tío —intervengo, quizá demasiado brusco—. Si ha dicho que no puede, será por algo.

Jamie levanta las manos y arquea las cejas como si no hubiera roto un plato, aunque el mensaje le ha quedado claro.

Talya me clava la mirada apenas un instante. No sonríe, ni dice nada, pero hay algo en la forma en que me mira. Algo parecido a un asentimiento silencioso que podría interpretarse como un agradecimiento por sacarle de un aprieto.

Y yo me quedo con esa tontería mínima que probablemente ni siquiera haya sido intencional.

Pero he conseguido que me mire por primera vez en estos días.

Y la imagen de sus ojos no para de repetirse en mi cabeza.