Dieciséis. Talya
Dieciséis
Talya
Siento un vacío en el pecho del que no consigo desprenderme mientras mi tío me lleva de vuelta a casa.
N o conseguí volver a quedarme dormida después de la conversación con Dylan. Así que me aferré a mi teléfono móvil esperando a recibir noticias por parte de mis tíos.
La primera llamada llegó más pronto de lo que habría esperado. Eran un poco más de las siete cuando la pantalla se iluminó con el nombre de mi tío. Me encerré en el baño para hablar, no quería que nadie más me oyera.
—¿Talya? —Noté su voz algo tensa—. He visto tus llamadas. ¿Qué ha pasado? Lo siento, he estado fuera de Edimburgo por trabajo y no llevaba el móvil encima.
Intenté tragar saliva como pude, poniendo todas mis fuerzas en no ponerme a llorar.
—Estoy en casa de Alice, una amiga. Tu… —Me quedé callada, buscando una palabra que no fuera «esposa».
Ese título le quedaba demasiado grande a la persona que me cerró la puerta en las narices ayer a las siete de la tarde, así que opté por la distancia más absoluta—.
Margaret me avisó de que no llegara tarde, pero…
—Me callé acto seguido, no estaba preparada para otra bronca—.
Lo siento. Me retrasé unos minutos y no me dejó entrar.
Te llamé para intentar que me abrierais.
Hubo un silencio al otro lado, como si necesitara procesar lo que acababa de oír.
—¿Margaret no te ha dejado entrar en casa? —repitió incrédulo—. ¿Estás segura de que estaba ahí? Quizá se quedó dormida… o no te oyó llamar.
Le expliqué que llevaba mis propias llaves, que la cerradura estaba bloqueada desde dentro.
Tampoco lo noté especialmente preocupado.
No sé si no terminó de creerse lo que había pasado o si estaba intentando proteger a Margaret.
Me dijo que ya hablaríamos cuando estuviéramos en casa y prometió venir a recogerme en cuanto llegara a la ciudad.
Le di las gracias a Alice por haberme dejado pasar la noche en su casa, aunque me costó apartar la mirada del calor de su salón antes de salir pitando en cuanto Douglas estuvo fuera.
—He hablado con Margaret —dice él mientras conduce—. Me ha contado otra versión de lo que pasó anoche.
Me encojo en el asiento, jugando con el borde de la manga de mi jersey. Claro que iba a contarle otra versión.
—¿Qué te ha dicho? —pregunto en voz baja, aunque no sé si quiero escuchar la respuesta.
Douglas tarda unos segundos en contestar. Suspira, como si estuviera eligiendo con cuidado las palabras.
—Dice que intentó llamarte varias veces, que estabas tardando demasiado… y que pensó que habías decidido pasar la noche fuera sin avisar.
Cierro los ojos durante un momento. Eso no es verdad.
—Tío Douglas, eso no es cierto —le hago saber, esperando que me crea.
Él aprieta fuerte la mandíbula, se pasa la mano por el cuello y añade:
—Mira, sé que esto no está siendo fácil para ti. —Aparta la mirada de la carretera un segundo para mirarme—. Pero tampoco lo está siendo para ella. No tenemos hijos, ella no ha tenido hermanos, no está acostumbrada a cuidar de nadie. Tú dale tiempo, ¿vale?
¿Lo está diciendo en serio? Me dan ganas de soltar una risa. Tengo dieciséis años, no cinco. Margaret no tiene que cuidar de mí. Simplemente tiene que aprender a no odiarme. Pero tengo claro que Douglas no va a entender eso. Así que decido asentir y mantener la boca cerrada.
Douglas para en un supermercado a comprar un par de cosas para la comida antes de llegar a casa, y yo tengo que respirar hondo varias veces antes de cruzar la puerta.
—¿Qué tal por Glasgow? ¿Todo bien? —Margaret saluda a su marido sin ni siquiera dirigirme la mirada.
Él asiente y empieza a contarle algo del trabajo mientras yo sigo en el recibidor sintiéndome una completa intrusa.
Pienso que debería disculparme por lo de anoche y fantaseo con que me responda con un: «Yo también lo siento, no volverá a pasar».
Pero también soy consciente de que eso no va a suceder y de que lo único que voy a conseguir es empezar otra discusión.
Así quela mejor opción es encerrarme en mi habitación hasta que tenga que volver al instituto.
Me hago un ovillo en la cama perfectamente estirada y empiezo a pensar en cómo era mi vida hace tan solo algunos meses.
Mi vida hace cinco meses era una vida completamente normal.
Hace seis años, mamá tomó la decisión de mudarnos a Madrid. Ella decía que era por un nuevo comienzo, pero, aunque no pudiera expresarlo en voz alta, yo sabía que en realidad estábamos huyendo.
Huyendo de algo que nunca he sabido poner en palabras sin que me tiemble la voz.
Las primeras semanas fueron complicadas, pero fue cuestión de un par de meses que empezáramos a adaptarnos.
Madrid nos recibió con calles demasiado abarrotadas y un calor sofocante al que yo no estaba acostumbrada.
Poco a poco, ese caos se convirtió en rutina.
Con mamá, todo era fácil: preparar juntas el desayuno mientras veíamos las noticias en un idioma que todavía no controlábamos del todo, pasear sin rumbo por El Retiro los domingos por la mañana y acabar siempre comprándonos un helado, aunque fuera pleno invierno.
Todavía recuerdo el esfuerzo que tuvo que hacer para que yo pudiera estudiar en un colegio inglés.
No era barato, pero ella quería que la transición me resultara más llevadera y sabía que el idioma podía convertirse en una barrera demasiado alta para mí.
Esos años con ella fueron lo más parecido a la felicidad que recuerdo.
Todo giraba en torno a nosotras dos. Estuvimos unidas cada día, sin excepción.
Incluso cuando el trabajo la devoraba, ella sacaba tiempo para preguntarme cómo me había ido el día.
Nunca tuvimos secretos. Me dio la confianza suficiente para contarle absolutamente todo: lo que me ilusionaba, lo que me dolía, lo que me daba miedo. Nunca tuve que fingir con ella.
A mis diez años, desde que ocurrió aquello que nos obligó a huir de Edimburgo, mi primera gran fractura, me había convertido en una niña desconfiada, incapaz de abrirme a nadie más.
Me costaba hacer nuevos amigos y hablar con la gente.
Sentía que había una parte de mí que se había roto para siempre.
Pero ella estaba ahí para recordarme cada día que no todo el mundo iba a hacerme daño, que aún podía volver a sentirme a salvo.
Y poco a poco, con ella a mi lado, empecé a creerlo.
Hasta que un día, todo volvió a romperse.
Por primera vez en años, me atreví a bajar la guardia.
Estaba verdaderamente ilusionada. Durante años pensé que sería incapaz de encontrar a alguien con quien pudiera ser yo misma. Y acababa de hacerlo.
Tenía una forma de hablar que me hacía creer en todo lo que decía.
Pero aprendí, de la peor manera, que la confianza puede convertirse en un arma contra ti. Que basta un solo gesto equivocado para recordarte por qué juraste no volver a abrirle la puerta a nadie.
Quería esconderme para siempre.
Quería desaparecer.
Gracias a mamá, comprendí a medias que esa segunda herida tampoco había sido mi culpa.
Me explicó que yo había hecho bien en confiar en alguien que se había ganado mi confianza a pulso, porque de verdad lo hizo.
Pero añadió, con esa voz que siempre usaba cuando algo era serio y no quería asustarme, quetambién existían personas capaces de traicionar esa confianza de la forma más cruel.
Comprendí aquello: yo no tenía la culpa. Pero no iba a dejar que nada de eso volviera a pasarme. Nadie volvería a tener la oportunidad de hacerme daño de ese modo.
Lo que todavía no sabía era que había formas mucho peores de sentir dolor. Formas irremediables e irreparables.
Todo pasó muy rápido y de repente. Un día estaba escuchando sus palabras de consuelo y, al siguiente, ya no.
Se fue sin darme ni una sola advertencia, arrebatándomelo todo de un plumazo.
Fue como una pesadilla de la que estaba deseando despertar.
Y estaba segura de que lo haría, de verdad que pensaba que nada de eso era real.
Entraba en su habitación cada mañana, esperando encontrarla tumbada en la cama leyendo un libro tal y como hacía siempre.
Abría la puerta con la esperanza de ver el borde del libro asomando entre las sábanas, el brazo apoyado en la frente, el sonido lejano del televisor que no apagaba nunca completamente.
Pero la cama estaba vacía. El libro seguía ahí: en su mesita de noche, completamente cerrado.
Los días fluyeron en mi vida como lo hace la corriente del río.
Empecé a vivir en automático, sin ser realmente consciente de nada de lo que ocurría a mi alrededor.
Abría puertas, contestaba llamadas, daba las gracias sin tener muy claro por qué me escribían para darme sus condolencias.
No servían de nada. Respondía con gestos, con monosílabos, con la atención dispersa.
Había momentos en los que la esperaba en el umbral de cualquier puerta, en el trabajo, en nuestra librería favorita, en la parada del bus.
Me agarraba a la idea de que volvería a entrar por la puerta con ese olor a caramelos de menta y a flores, como siempre; a que me diría algo tan absurdo como: «¿Has comido?
». Y yo, obediente, respondería que sí, aunque no lo hubiera hecho.
Esas escenas se repetían en mi cabeza con la exactitud de una película vieja y mal proyectada; cada vez que imaginaba su risa, el cristal roto de la pérdida me cortaba un poco más.
Lo peor no era la ausencia física; era el huracán de preguntas que se quedaron flotando en mi mente sin respuesta. ¿Por qué no la protegí? ¿Por qué no pude ver las señales de que algo iba mal? ¿Qué parte de mí habría podido cambiarlo todo?
No supe llorar del todo en público. Nunca había tenido anadie más que a ella y no estaba acostumbrada a abrirme con nadie más.
Lloré sola, con las manos hundidas en la cabeza.
Lloré en la parte de atrás del coche, en silencio, cuando nadie podía verme.
Lloré cada noche hasta quedarme dormida.
Lloré por las pequeñas cosas que creía imposibles de perder: su forma de ordenar los libros en la estantería, su colección de pegatinas en la nevera, la manera en la que me llamaba por ese apodo que solo ella usaba.
Lloré por las mañanas que ahora no tendrían sentido, por los planes que ya no haríamos.
Lloré por la costumbre de hablar con ella de cualquier asunto trivial y por todo lo importante que, sin querer, habíamos dejado para después.
Lloré tanto que hasta mis lágrimas dejaron de obedecerme, cansadas de trabajar para mí.
El tío Douglas se encargó de todo lo que yo no podía hacer: papeles, firmas, decisiones. Yo, mientras, permanecía en silencio, escuchando cómo mi vida se decidía en una conversación en la que yo no participaba.
Cuando consigo darme cuenta, la colcha está empapada.
Ni siquiera era consciente de haber estado llorando todo este tiempo.
Ni de estar sujetando en mis manos esa carta.
La carta que mamá escribió para mí antes de irse y que no me he atrevido a leer porque eso significaría despedirme completamente de ella.
¿Pasaré el resto de mi vida sintiéndome así?
¿Habrá algún momento en el que pensar en todo esto no duela tanto?
Quizá esa sea mi condena de por vida.