Quince. Dylan
Quince
Dylan
He metido la pata hasta el fondo, a ver quién me manda meterme en su vida, joder. No debería haberla presionado, si es que ya lo sabía… Pero aun así lo hice y ella se fue. Aunque la llamé para disculparme, me ignoró y yo me quedé con cara de imbécil, que es lo que soy.
A partir de ahora, y como llevaba haciendo hasta hace cinco días, voy a mantenerme alejado de esa chica. Al fin y al cabo, antes de que llegara al instituto ni siquiera sabía de su existencia.
«Deja de meterte en mi vida y déjame en paz. No nos conocemos y no tienes ni idea de absolutamente nada». Lleva razón.
No tiene sentido quedarme aquí después de lo que ha pasado, así que salgo cagando leches de la casa después de que Talya se encierre en el cuarto de Alice.
Cojo el coche y me dirijo a casa. Espero un par de segundos hasta apagar el motor. Siendo la hora que es, comeré algo y después iré a entrenar un rato.
La puerta de casa se resiste como siempre. Tengo que empujar dos veces hasta que la madera cede con un crujido que retumba demasiado alto para lo pronto que es. Hago una mueca y me cuelo rápido, esperando que nadie se despierte. Aún no ha amanecido y quedarán un par de horas hasta que lo haga.
El recibidor está en penumbra; aun así, me doy cuenta de que él está ahí, esperándome como si llevara toda la noche de guardia.
—Hola, Gary —susurro mientras coloco las llaves en el cuenco de madera de la entrada.
Él se estira sobre la alfombra, me dedica un maullido ronco que suena más a reproche que a saludo y me roza la pierna con la cola levantada. Siempre hace lo mismo, da igual a la hora que llegue: Gary está ahí, esperándome.
Me agacho para rascarle la cabeza y empieza a ronronear al instante, traicionando toda esa pose de tipo duro que se gasta. Yo tampoco soy mejor, en realidad confío más en este gato que en la mayoría de las personas que conozco.
Lo encontramos junto a sus cuatro hermanos recién nacidos en una caja de cartón frente a la entrada del parque al que siempre iba.
Yo tenía diez años y nunca antes había tenido una mascota.
Eran enanos y de pelaje negro. Ese día, los cinco chillaban como locos, con los ojos cerrados todavía.
Mamá me dijo que no podíamos quedarnos a ninguno, pero me aferré a esa caja como si dentro llevara un verdadero tesoro.
Estaba decidido: quería quedarme con ellos.
Y al final cedió, aunque dejó claro que sería solo «hasta que encontraran familia» .
Siete años después, Gary sigue aquí. Más bien, creo que fue él mismo quien decidió que nosotros seríamos su familia.
Mientras los otros cuatro detestaban el contacto humano, Gary lo ansiaba.
Se enganchaba a mí como una lapa, se subía a mi cama, aunque lo echara diez veces, y maullaba detrás de la puerta si me encerraba.
Supongo que, de alguna forma, él me adoptó a mí.
Dicen que los gatos negros, como Gary, dan mala suerte.
Pero, desde que está conmigo, me considero la persona más afortunada del mundo.
Por suerte, sus hermanos no tardaron en encontrar dueños. Una vecina se quedó con uno y los otros acabaron en casas de amigos del colegio.
Gary me sigue hasta la cocina, maullando como si llevara días sin comer. Su plato está medio lleno, pero eso le da igual: quiere comida nueva.
Abro un sobre y el olor me revuelve el estómago mientras se lo pongo en su cuenco. Pero él lo celebra como si le hubiera servido un festín de cinco estrellas. Mientras devora, me apoyo contra la encimera y lo observo.
Cada pocos segundos, me devuelve la mirada. Clavándome esos ojos redondos y brillantes de un amarillo casi dorado que, sin querer, me recuerdan un poco a los de Talya.
Joder, lo que me faltaba.
Abro la nevera y saco lo primero que pillo: un plátano y un yogur. No tengo ganas de nada, pero necesito algo en el estómago si no quiero caerme redondo en mitad del entrenamiento. Gary me observa como si esperara que también le ofreciera a él.
—Ni lo sueñes —le digo con la boca llena—. Ahí tienes tu comida.
Me contesta con un maullido y se tumba en el suelo, lamiéndose una pata como si fuera el rey de la casa. Mejor dicho, es que es el rey de la casa
Cuando termino, tiro la piel de plátano y el recipiente del yogur a la basura.
Después, subo las escaleras con cuidado.
Intento no hacer mucho ruido para no despertar a Elsie, que duerme en la habitación de al lado.
Por suerte, mi madre y Richard ocupan el dormitorio del final del pasillo, así que están a salvo de mis ruidos, pero con mi hermana es distinto.
Tiene cuatro años y un don para aparecer en mi cuarto justo cuando menos me lo espero, siempre con el pelo despeinado y su peluche bajo el brazo.
Me pongo la ropa de entrenamiento casi a oscuras y, cuando estoy vestido, salgo con las botas colgando de una mano. Hoy no hay entrenamiento con el equipo, pero me da igual. Necesito moverme, vaciar la cabeza a base de correr hasta que me ardan los pulmones.
La calle sigue desierta cuando arranco de nuevo y, en menos de diez minutos, aparco frente a las verjas del Evercrest. El instituto entero duerme, pero el entrenador me dio la llave del campo para que entrene cuando me apetezca. Supongo que no se imaginaba que acabaría viniendo a todas horas.
Empecé a jugar al fútbol a los cinco años.
Ni siquiera era porque me gustara al principio, sino más bien porque mi madre necesitaba que me cansara de alguna forma.
Siempre estaba corriendo de un lado a otro, trepando a cualquier cosa que pareciera mínimamente escalable y volviendo a casa lleno de barro y heridas.
Según ella, era «un culo inquieto» y necesitaba algo donde gastar mi energía.
Recuerdo el primer día como si fuera ayer. Mamá me compró unas botas que me quedaban grandes, para que pudiera usarlas durante más tiempo. Me acuerdo de estar más pendiente de no tropezar que de seguir la pelota.
Ese mismo día, marqué un gol de rebote, casi metiéndome dentro de la portería, y todos los niños se me echaron encima como si hubiera salvado una final de la Champions.
Fue la primera vez que sentí que valía para algo.
Empecé a obsesionarme. Quería ver todos los partidos, aprenderme el nombre de todos los jugadores de la Scottish Premiership y copiar los regates de cualquiera que me pareciera mínimamente bueno.
Mi madre me encontraba practicando en el pasillo, dándole toques a la pelota hasta que acababa rompiendo algo.
Al final tuvo que prohibirme jugar dentro porque me cargué todos los marcos de fotos que había por casa.
Con el tiempo, el campo dejó de ser solo un sitio para soltar energía. Se convirtió en mi refugio. Ahí todo tiene reglas: corres, pasas, fallas o aciertas. Un balón y once tíos con un mismo objetivo: ganar.
Ahora, casi trece años después, lo sigo necesitando. El fútbol ya no es solo un juego: es mi forma de ordenar la cabeza cuando todo lo demás parece un puto desastre. Ahora ya no me lo tomo a la ligera, esto ya va en serio.
Jugué en un club local desde los siete y de ahí pasé a un equipo regional que me exigía más: entrenamientos duros y viajar de vez en cuando. Entonces entendí que no bastaba con tener talento, había que currárselo. Cuando entré en el Evercrest, ya tenía ese rodaje.
El Evercrest no es cualquier instituto. Su equipo tiene bastante renombre y compite contra otros equipos importantes. Algunos lo ven como un simple hobby, pero los que queremos algo más nos lo tomamos en serio.
Mientras que Jamie es delantero, y Erik, lateral derecho, yo juego de mediocentro ofensivo.
Es la posición que mejor me va porque se me da bien dirigir a los demás: saber dónde está cada uno, a dónde va a correr, qué hueco va a quedar libre antes de que se abra.
Básicamente, mi objetivo en el campo es hacer que la jugada funcione, que el balón llegue en el momento justo a quien tiene que marcar.
No me llevo el mérito del gol, pero casi siempre la jugada empieza conmigo.
Eso no significa que no marque. También me toca llegar desde atrás y rematar. A veces soy yo el que define, otras, el que da el último pase. Me da igual mientras el balón acabe dentro. Pero lo que de verdad disfruto es saber que, si el gol ha entrado, es porque yo lo vi antes que nadie.
No voy a ir de sobrado, pero sé lo que valgo: cuando el balón está en mis pies, todos esperan que haga algo con él. Y la mayoría de las veces lo hago.
Recorro las instalaciones vacías del Evercrest y me siento en el banquillo, me ato las botas con fuerza y salgo corriendo hacia el centro del campo. El aire helado me corta los pulmones, pero aprieto más. Corro, chuto, vuelvo a correr. La pelota golpea la red una y otra vez.
El sudor me resbala por la frente y la camiseta se me empieza a pegar al cuerpo. Las piernas me queman y los pulmones me arden, pero no paro. Necesito reventarme aquí antes de que la cabeza me explote.
Es la única forma de apagar el ruido. Dejar de darle vueltas a la mirada de pánico de Talya, a mi torpeza, a la sensación de haberlo estropeado todo antes incluso de empezar.
Después de casi una hora haciendo todo tipo de movimientos con el balón, me acerco a mi mochila para beber agua y, al hurgar dentro, siento el móvil vibrar.
Es un mensaje de mamá:
¿Ya estás otra vez entrenando a estas horas?
Sonrío de lado, todavía jadeando. Mamá nunca entiende por qué necesito tanto esto. Para ella el fútbol nunca dejó de ser un pasatiempo. Cree que me lo tomo demasiado en serio y que solo me sirve para presionarme en exceso.
Richard sí lo entiende.
Desde que apareció en nuestra vida, cuando yo tenía once años, fue como si alguien encajara las piezas que faltaban en el puzle. Con él todo se hizo más estable, más fácil. Luego llegó Elsie y todo terminó de tener sentido.
Estoy en casa de Jamie, llego en un rato.
Decido mentirle para que deje de darme la vara de una vez.
Dylan James Ashmore, no me mientas.
He visto que tu bolsa de entrenamiento
no está en tu habitación.
Me ha pillado.
Vale, sí. Estoy aquí, pero ya he
terminado, te veo ahora.
—¿Tanto te cuesta enviarme un mensaje para avisarme de que vas a pasar la noche fuera? —me reprende mi madre con los brazos cruzados en cuanto entro por la puerta.
—Fue sin querer, nos quedamos dormidos viendo una película. —Dejo caer la bolsa en el suelo y me acerco a ella.
—Elsie no dejó de preguntar por ti. Le prometiste que ibas a dormir con ella.
Con toda la movida de ayer, me olvidé por completo.
No me gusta fallarle a mi hermana. Siempre está deseando pasar tiempo conmigo.
Y entre las clases, el fútbol y tener un mínimo de vida social paso poco tiempo en casa.
Hoy era uno de esos pocos sábados libres de partidos o entrenamientos, tendría que haber aprovechado para estar con ella.
—Lo siento, mamá, ayer tuve un día complicado —me disculpo, aunque no es excusa. Podría haber dejado a Talya en casa de los Hartley y venirme a la mía a estar con mi hermana. Pero algo, más bien alguien, me impidió hacerlo.
—No me lo digas a mí, díselo a ella.
Mamá apunta a mi hermana con la mirada, que se encuentra detrás de mí.
Me giro y ahí está Elsie, con el pelo suelto despeinado y bajando las escaleras con torpeza.
Lleva su peluche de un gato apretado contra el pecho.
Solemos bromear con que es el hermano pequeño de Gary, igual que ella es mi hermana pequeña.
—¡Dylan! Te chado de menos —exclama mientras corre hacia mí.
La levanto del suelo con un movimiento rápido y ella me rodea el cuello con los brazos, apretando su peluche contra mi espalda.
—Yo también te eché de menos, peque —le susurro, besándole la frente.
—No he dormido contigo —dice mientras hace esos pucheros que hacen que se me derrita el corazón.
—Pues de hoy no te escapas.
Empiezo a hacerle cosquillas en la barriga y ella suelta carcajadas estridentes mientras se retuerce entre mis brazos.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo, Els. —Y esta vez me aseguro de que suene tan serio como real.
Verla sonreír hace que me olvide de todo lo demás.
Joder, no sabía que era capaz de querer tanto a alguien hasta que vi por primera vez a Elizabeth.
Tenía trece años cuando nació y lo recuerdo como si hubiera sido ayer: una cosita diminuta, con los puños apretados y la cara roja como un tomate.
No entendía cómo algo tan pequeño podía hacerme sentir tanto de golpe.
Pero, desde ese día, todo gira un poco en torno a ella.
Había pasado mis primeros once años de vida viviendo solo con mamá, después de que mi «padre» biológico nos abandonara para empezar otra vida, cuando yo apenas era un bebé, olvidándose por completo de que tenía un hijo y apareciendo de vez en cuando solo para calmar su conciencia.
Nunca ha estado de verdad, y cada vez que vuelve lo único que consigue es recordarme que no le debo nada.
Mi madre siempre hizo lo posible para que no notara la ausencia de una figura paterna, y la verdad es que nunca me hizo falta.
Pero entonces, justo cuando cumplí once, apareció Richard, y me hizo darme cuenta de que no importan los lazos de sangre, sino quién está ahí de verdad.
Él no necesitaba demostrar nada, pero lo hizo igual: apoyándome con el fútbol, estando pendiente de mamá y cuidando de mí como si hubiera estado desde siempre.
Cuando Elsie nació, todo terminó de encajar. Richard nunca hizo diferencias entre nosotros, nunca le importó que no compartiéramos sangre.
Entonces sentí que de verdad tenía una familia completa.