Catorce. Talya #2
No es la primera vez que las tengo, pero nunca termino de acostumbrarme. Son tan reales… No siempre son iguales, pero siempre me encierran en el mismo bucle: un espacio del que no puedo escapar y una voz que promete calma mientras me roba el aire de los pulmones.
La ansiedad me recorre de arriba abajo y siento que, si me quedo aquí, el cuarto entero va a derrumbarse sobre mí. Necesito tomar el aire, no puedo quedarme aquí.
Con cuidado de no despertar a Alice, aparto las sábanas y me pongo de pie. Camino de puntillas hacia la puerta, intentando no hacer ruido.
El pasillo está oscuro y en silencio, salvo por el crujido de la madera que parece delatar cada uno de mis pasos. Bajo las escaleras sujetándome a la barandilla para no temblar más de la cuenta.
Al llegar al salón, la televisión está encendida, con el volumen muy bajo e iluminando la estancia con reflejos azulados.
Distingo a Dylan dormido en el sofá, con una manta enredada a medias sobre las piernas.
La cabeza ladeada, el pelo despeinado y una calma en el rostro que contrasta demasiado con el caos en mi pecho.
¿Qué hace aquí? Se suponía que solo yo me quedaba a dormir en casa de Alice y Jamie.
Por un instante, me quedo quieta, sintiendo que me he colado en un lugar que no debería. El eco de la pesadilla me susurra que vuelva arriba y cierre los ojos hasta que amanezca.
Pero mis pies se mueven igual, empujándome hacia la cocina. Necesito agua, algo frío que me devuelva al presente.
Entro en mi destino con pasos rápidos, casi conteniendo la respiración y sin hacer ruido. Tampoco enciendo la luz para no despertar a Dylan.
Abro el mueble de arriba del fregadero, intuyo que los vasos deben de estar ahí.
Y acierto.
Cojo uno y lo lleno con agua del grifo. Por suerte está fría, pero mi garganta tarda en aceptarla. Aún puedo sentir el peso del cinturón sobre mi pecho. Apoyo ambas palmas sobre la encimera, inclinándome hacia delante. Y respiro.
Una.
Dos.
Tres veces.
Con el dorso de la mano me limpio disimuladamente otra lágrima que se había quedado atrapada en mi mejilla. Es justo en ese instante cuando escucho una voz:
—¿Talya?
La voz llega desde la puerta, algo ronca del sueño. Me giro sobresaltada y Dylan está ahí. Se frota los ojos con el puño, como si tuviera cinco años.
El brillo azul de la tele se cuela por detrás de él y lo envuelve en una atmósfera casi irreal.
—Lo siento —me apresuro a decir con la mirada baja—, no quería despertarte.
—No pasa nada. —Avanza un par de pasos y se apoya en la encimera, justo enfrente de mí—. Nos hemos puesto una serie y me he quedado frito. El idiota de Jamie me ha dejado ahí, tendría que haberme ido a casa. ¿Estás bien?
—Sí —me sale demasiado rápido y agudo. Me aclaro la garganta y sigo hablando—. No podía dormir y… tenía sed.
Balanceo el vaso medio vacío en la mano y doy un trago para terminarlo.
En cambio, él ladea la cabeza, como si evaluara mis palabras.
Se acerca hasta quedar a unos centímetros de mí y, a pesar de mi metro casi setenta, tengo que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos.
Le sostengo la mirada más tiempo de lo normal porque, por algún motivo, no puedo apartarla.
Y, justo cuando un nudo empieza a apretarme el estómago, alza un brazo sobre mí para abrir el armario de los vasos y agarrar uno.
El movimiento es tan natural que ni siquiera parece reparar en lo cerca que está, pero yo sí.
Puedo notar el calor de su brazo que casi roza mi hombro y me envuelve su aroma.
Ya no es la colonia intensa de antes, sino algo más sutil y personal: una mezcla de jabón, madera de sándalo y el calor de su propia piel.
Dylan huele muy bien.
Trago saliva y me pellizco el borde de la manga, obligándome a mirar hacia otro lado.
—Yo también tengo sed —dice mientras llena su vaso con calma.
Después vuelve a apoyarse en la encimera a pocos centímetros de mí y bebe un trago desde la distancia, para observarme por encima del borde del recipiente de cristal. Aunque no puedo comprobarlo del todo bien. La cocina está a oscuras, excepto por la luz tenue que llega del salón.
El corazón me va a mil por hora y no sabría decir si la culpa es de las pesadillas o de tener a Dylan tan cerca.
Está verdaderamente cerca.
Y madre mía.
¿Es posible que alguien se despierte así, despeinado, y a pesar de eso esté tan perfecto?
No me he mirado al espejo, pero podría asegurar que mis pintas ahora mismo dan miedo.
En cambio, él… está tal y como lo estaría alguien que lleva despierto toda la mañana después de haber descansado sus buenas ocho horas.
Se pasa una mano por el pelo, despeinándoselo aún más, y yo tengo que apartar la vista antes de que note que lo estoy mirando demasiado.
—Entonces… —empiezo a decir, sin saber muy bien cómo continuar, pero estoy nerviosa y necesito decir algo—. ¿Te vas a ir a casa?
—Debería irme a casa —responde, aún con la vista clavada en mí—. ¿Tú quieres que me vaya?
—¿Yo? No… —titubeo—. Bueno, puedes quedarte. A mí no me molestas y… no creo que a Jamie le molestes tampoco. Sois mejores amigos, ¿no?
Las palabras me salen atropelladas, como si mi propia boca estuviera intentando rellenar el silencio.
Ni siquiera estoy segura de lo que estoy diciendo.
¿Quiero que se vaya?
Mierda.
Creo que, por alguna extraña razón, no quiero que se vaya. Su presencia debería incomodarme, pero en lugar de eso me tranquiliza. Y eso no tiene ningún sentido.
Definitivamente, estoy perdiendo la cabeza. De verdad, todo lo que ha pasado en los últimos meses… ha hecho que pierda completamente la cabeza.
Conozco a Dylan Ashmore desde hace… ¿Cuánto? ¿Cinco días?
—Sí, es mi mejor amigo —responde con un leve encogimiento de hombros—. ¿Tú vas a irte a la cama? Aún es muy temprano.
La imagen de la pesadilla vuelve y me oprime el pecho. Aun así, intento que no se me note.
—Sí, es temprano. Pero ya no tengo sueño. Esperaré a que se haga de día y veré si mis tíos… —Abro mucho los ojos ante mi metedura de pata, demasiado tarde—. Quiero decir, mis padres… deciden responder a mis llamadas.
—¿Tus tíos?
—He dicho mis padres.
—Pero antes has dicho tus tíos…
—Me he equivocado. —Agacho la cabeza y aprieto el vaso, como si pudiera esconderme en él—. Quería decir mis padres.
—Aún no te han dicho nada —no pregunta, afirma. Baja un poco el volumen y noto un filo de ira que no va dirigida a mí, sino a ellos—: ¿Saben acaso dónde estás?
El nudo en mi garganta se hace más fuerte. Aprieto los labios y paso el pulgar por el borde del vaso, una y otra vez, para evitar mirarlo a la cara.
No saben dónde estoy.
Y ni siquiera han llamado para preguntarme si estoy bien.
¿Se habrán acordado siquiera de que existo?
¿De verdad no les importo en absoluto?
Suspiro y me giro, dándole la espalda a Dylan. Abro el grifo y empiezo a enjuagar el vaso con movimientos mecánicos; el agua disimula el ruido de mis propios pensamientos.
—Claro que no. —Oigo su voz por detrás—. Tampoco se han preocupado por eso, ¿no? Su hija podría estar en cualquier parte, sola, y aun así han decidido pasar del tema porque prefieren hacerse los importantes con castigos de mierda. —Su voz sube de nuevo, sin poder contenerse—. ¿Qué cojones les pasa?
Me quedo quieta mientras el agua sigue corriendo en el fregadero. Cuando por fin me atrevo a girarme, Dylan está tan cerca que no me da margen para escapar con la mirada. Lo miro y siento que mis ojos se empañan antes de que pueda controlarlo. Una lágrima se escapa y me arde en la mejilla.
—Talya… —Mueve la mano hacia mí con cuidado, pero lo aparto justo antes de que llegue a tocarme.
—No. No me toques. Deja de fingir que te preocupas por mí. —La voz me tiembla más de lo que debería, pero intento sonar firme—. Deja de meterte en mi vida y déjame en paz. No nos conocemos y no tienes ni idea de absolutamente nada.
Cierro el grifo de golpe y salgo de la cocina sin mirarlo.
Todo esto ha sido una mala idea. Entraré al cuarto de Alice y me quedaré ahí hasta que alguien decida responder a mis llamadas.
Oigo sus pasos detrás de mí y, cuando pongo un pie en la escalera, su voz me llama.
—Talya, espera.
Acelero el paso todo lo posible, pero sin hacer ruido.
—¡Talya! —repite ahora más fuerte.
No me detengo, me aferro a la barandilla y subo los peldaños de dos en dos, intentando tragarme las lágrimas.
Entro en la habitación despacio y me dejo caer en la cama, tapándome hasta la cabeza. Como si pudiera desaparecer. Pero lo único que consigo es quedarme a solas con el eco de su voz martilleándome desde dentro.