Si decides quedarte Catorce. Talya
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Catorce. Talya

Catorce

Talya

Jamie levanta las manos como si acabara de marcar un gol en plena final.

—¡He ganado, pringados! —anuncia, tirando el mando al sofá.

Alice y yo acabamos de entrar al salón después de estar casi una hora en su cuarto poniéndonos al día y no tardo en descubrir que el motivo de tanto escándalo es Jamie celebrando su victoria a la consola, mientras Dylan, su único rival en la partida, lo observa con el mando sobr e las rodillas.

—Jamie, te has dado cuenta de que has ganado porque estabas jugando solo, ¿verdad? —le dice Dylan con calma, como si ya conociera la respuesta.

—¿Qué? —pregunta indignadísimo, mirando a los chicos—. ¿Por qué no me habéis avisado?

—Te he dicho que me había quedado sin batería —responde Dylan, agitando el mando apagado—. Y te ha dado completamente igual. ¿No has visto que mi equipo no se movía?

Jamie busca un modo de defender su nada merecida victoria.

—¡Excusas! En realidad, has preferido dejarte ganar porque sabes que es una derrota menos humillante para ti.

Esto despierta las risas de sus demás amigos, que no parecen estar de acuerdo con él.

—Jamie, te quiero, tío —dice Dylan, poniéndole las manos en los hombros—. Pero me alegra que tus dotes en el campo no se parezcan en nada a las de la consola —termina con una media sonrisa que suena a burla cariñosa.

Harry suelta una carcajada tan fuerte que casi tira el bol de palomitas que tiene en la mano y Erik asiente a modo de «menos mal», agradeciendo que Jamie no sea tan malo en la vida real.

Alice se deja caer en el hueco libre del sofá, entre Dylan y Erik. Yo dudo un segundo, hasta que Dylan se aparta un poco para hacerme sitio. Me siento entre él y Alice, incómoda al principio, pero la calidez del ambiente termina envolviéndome sin darme cuenta.

—¿Os habéis puesto pijamas a juego? —pregunta Jamie, alternando la mirada entre Alice y yo.

—¿A que estamos monísimas?

Alice se levanta y da una vuelta sobre sí misma, para luego volver a sentarse donde estaba.

—Parecéis las gemelas de El resplandor —comenta Harry sin filtro, con la boca llena de palomitas—. Talya, no te lo tomes a mal.

Me río del comentario porque, en parte, lleva razón.

—Sí, pero en versión menos terror y más revista para adultos —añade Nathan con una sonrisa ladeada.

—Eres un cerdo. —Alice responde con una naturalidad que deja claro que ya está acostumbrada a ese tipo de comentarios y remata la frase enseñándole el dedo corazón con una sonrisa inocente.

Yo, en cambio, noto que la incomodidad me atraviesa el estómago.

No es que me sorprenda lo que ha dicho, parece una broma común que forma parte de su papel en el grupo.

Pero me pesa más de lo que debería. Me dan ganas de subir, volver a ponerme mi ropa y dejar de llamar la atención.

Aprieto los labios y me obligo a sonreír como si no pasara nada.

Erik me saca del estupor al levantarse del sofá con demasiada energía.

—Vale, como nueva integrante del grupo, te toca hacer los honores de elegir el sabor de la pizza —me explica mientras me pasa un menú de una pizzería llamada Fornetto’s , con el logo medio arrugado por las veces que lo habrán usado.

—¿Yo?

Sujeto el papel, incrédula, y miro a Alice en busca de ayuda.

—Tú, sí —responde Dylan, centrando toda su atención en mí.

—Presión máxima, Monroe —añade Jamie, inclinándose hacia mí—. Ten en cuenta que de tu decisión depende nuestra cena y, posiblemente, la amistad de este grupo.

Trago saliva. Sé que lo dice en broma, veo la chispa divertida en sus ojos, pero mi estómago se encoge igual. Es el problema de sentirte una intrusa, cualquier tontería se convierte en una prueba final. ¿Y si escojo mal y eso realmente afecta a mi relación con el grupo?

Es estúpido, lo sé, pero el miedo a no encajar es más rápido que mi sentido común.

—No seas dramático. —Nathan le tira una palomita que rebota en su camiseta—. Pide barbacoa, Talya, siempre pedimos barbacoa.

—No, no, no. —Harry se incorpora en el sofá—. Barbacoa otra vez no. Cuatro quesos es un acierto seguro.

Mejor que elijan ellos.

—¿Hawaiana? —propone Jamie.

—Jamie, eres un tío raro de cojones —contesta Dylan—. A nadie le gusta la pizza con piña, joder.

—La pizza hawaiana es el claro ejemplo de innovación culinaria —defiende con una seriedad exagerada—. El problema es vuestro, que tenéis un paladar poco desarrollado.

Todos lo miran con el ceño fruncido, como si acabara de soltar la mayor estupidez de la historia de la gastronomía.

—Venga, Talya. —Dylan me propina un leve codazo—. Sálvanos de esta locura y elige tú.

Todos se giran hacia mí a la vez, expectantes. El menú en mis manos empieza a pesar y noto cómo me sudan un poco las palmas. Parece que estoy a punto de tomar una decisión de vida o muerte.

Y para mi ansiedad, lo es.

Necesito una zona neutral, una respuesta que mantenga el equilibrio y me permita seguir siendo invisiblemente aceptada.

—Vale… —Me muerdo el labio, pensativa, mientras repaso las opciones—. ¿Mitad queso y mitad barbacoa? Así todos estamos contentos.

Un silencio breve, seguido de un murmullo colectivo que aprueba la decisión.

—Estáis ignorando la revolución que supondría la hawaiana —protesta Jamie, aunque nadie le hace caso.

En ese momento, Dylan se inclina hacia mi oído, para que solo yo lo escuche.

—Me parece la mejor idea que hemos escuchado en toda la noche.

Le sonrío y siento que me suben los colores.

Sé que es una tontería de decisión sobre el sabor de la pizza, pero me hace sentir integrada.

Como si, de repente, no fuera la invitada que acaba de llegar, ni la chica que no sabe dónde meter las manos en una sala llena de voces.

Por un segundo, siento que llevo años aquí y que mi opinión cuenta igual que la de todos.

Siento, por primera vez desde que llegué a Edimburgo, que pertenezco a algo.

Aunque, por otro lado, sé que esta sensación va a terminar en cuanto cruce la puerta de casa de mis tíos.

Vamos en el coche. El olor a orégano y masa caliente inunda el espacio, aunque las cajas están en el asiento de atrás.

Fuera chispea, de ese modo fino que no parece lluvia, pero empaña las farolas y les deja un halo turbio.

El parabrisas va y viene marcando un ritmo cansado.

Él conduce con una mano y, con la otra, juguetea con el dial de la radio.

—El reparto a domicilio tardaba un siglo —dice, sin apartar los ojos de la carretera—. Mejor haber ido nosotros a recogerlas.

Asiento. Tengo las manos entre las piernas para que no me delaten. El cinturón me roza justo por la clavícula.

—¿Tienes frío? —pregunta.

—Un poco.

Sube la calefacción y el ventilador sopla una brisa tibia. En la radio suena una canción suave que no consigo reconocer. El limpiaparabrisas avanza.

Retrocede.

Avanza.

Retrocede.

Avanza.

Retrocede.

Pasamos un semáforo justo en el instante en que cambia a rojo. Me estremezco por si tenemos un accidente, aunque no hay más coches. La carretera está vacía. Él sonríe.

—Tranquila, lo tengo todo controlado.

El corazón me golpea tan fuerte que me cuesta respirar. El aire se me atasca en la garganta y me arden las manos. La radio se acopla un segundo y la voz del cantante se entrecorta, como si la emisora perdiera señal. La música vuelve, pero la misma estrofa se repite dos veces seguidas.

Me humedezco los labios.

—¿Puedo bajar un poco la ventanilla? —pregunto.

—Claro, pero te vas a helar.

Aun así, busco el botón. El cristal desciende dos centímetros y entra un aire frío y cortante, con olor a asfalto mojado.

Respiro hondo. El coche gira a la izquierda.

La calle no me suena en absoluto. «¿Estamos volviendo a casa de Alice?

», me pregunto. Las fachadas se repiten, idénticas, como si diéramos vueltas a la misma manzana.

Parpadeo, pero el cristal empañado no aclara nada.

Me digo que es la lluvia, que lo deforma todo.

El cinturón se me clava un poco más.

¿Estaba así de apretado hace un minuto?

Paso los dedos por la cinta y lo separo del pecho.

—Tranquila —repite bajito.

Asiento, aunque él no me esté mirando.

—¿Falta mucho?

No contesta. La radio se apaga de golpe, o eso me parece. Y el coche frena frente a una casa que no reconozco.

—¿Dónde estamos? —pregunto, mirando por la ventana.

Noto un roce en la mejilla. Me pasa un mechón por detrás de la oreja. Está más cerca que hace un segundo.

¿Por qué está tan cerca?

De repente no veo nada, todo está algo borroso.

¿Qué está haciendo?

¿Está aún más cerca?

—Oye, para. Tenemos que volver.

Tengo que salir de aquí.

Intento abrir la puerta. La manilla está fría y no se mueve. Vuelvo a intentarlo, pero no funciona.

No puedo salir de aquí.

—Para, de verdad, tienes que parar.

Pero no se detiene, está tan cerca que puedo sentir su respiración en mi cuello. Su mano resbala por mi brazo, atrapán­dome.

—Por favor, déjame —suplico—. No puedo respirar.

—Te he dicho que estés tranquila.

Su rostro está tan cerca que ya no lo reconozco. La sonrisa cambia, se estira demasiado y forma una mueca extraña. En ese instante todo se vuelve negro.

Me incorporo de golpe en la cama, con un grito ahogado en la garganta y el pijama pegado a la piel. Tardo unos segundos en recordar dónde estoy: la habitación de Alice, oscura y tranquila. Ella respira hondo a mi lado, ajena a lo que acaba de pasar.

Miro el teléfono: las 05.28.

Me paso una mano temblorosa por la frente, empapada en sudor.

El corazón me late desbocado, como si todavía estuviera encerrada en ese coche.

Me doy cuenta de que también estoy llorando: las lágrimas me corren por las sienes y han empapado la almohada.

Me las seco con la manga del pijama, intentando borrarlas, como si al hacerlo pudiera borrar también las pesadillas.