Si decides quedarte Trece. Talya #2
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Trece. Talya #2

—Hubo un poco de todo. —De repente, la manga del pijama se vuelve muy interesante para evadir su pregunta—. Algunas amigas, aunque ya casi no hablo con ellas. Los profesores bien…, la mayoría. Nada fuera de lo normal.

—Ajá. —Me observa con media sonrisa, intentando leer entre líneas—. Y seguro que también hubo algún chico…

Me río por lo bajo y niego con la cabeza.

La risa es mi único escudo, porque si dejo de reír, igual me pongo a llorar. El nombre de Óscar todavía escuece como una herida infectada. Fue el error más doloroso de mi vida. Porque fui yo quien dejó que aquello ocurriera. Ahora es solo un motivo más para que confiar sea tan complicado.

—Siempre con lo mismo.

—¡Qué! Es información básica —se defiende—. No me creo que no te haya gustado nadie en seis años.

—Sí, bueno, pero nada importante —me encojo de hombros—, de verdad. No hay nadie en Madrid esperando a que vuelva.

Ese pensamiento hace que se me encoja el pecho.

Alice me lanza una mirada de esas que dicen: «Me estás ocultando la mejor parte » . Aun así, decide dejarlo pasar.

—Ya te sacaré la información poco a poco. —Me guiña un ojo.

—¿Y tú qué? —Adopto su papel de detective y la señalo con la barbilla.

—¿Yo? Pues… —Mira hacia la puerta, como si temiera que alguien estuviera escuchando, y se inclina un poco hacia mí—. En verano, Erik y yo…

Me incorporo de golpe, casi atragantándome con las palabras que estoy pronunciando.

—¿Erik? ¿El mismo Erik que está sentado en tu sofá ahora mismo?

—Sí, ese Erik. —Se lleva un dedo a los labios en señal de silencio y abre mucho los ojos, como si fuera un secreto de Estado—. Baja la voz, Jamie no lo sabe.

—Pero ¿estáis juntos?

—¡No! —responde enseguida—. Solo fue un besito de nada, sin importancia alguna.

—¿Un besito de nada? No existe tal cosa, Alice Hartley.

—Claro que existe. Fue… una tontería. Ya sabes, calor, verano, aburrimiento…

—Ajá. —Cruzo los brazos como si la estuviera interrogando—. Y entonces ¿por qué bajas la voz cuando lo cuentas?

Alice se tapa la cara con el cojín en forma de corazón y suelta una risa ahogada.

—Porque, si Jamie se entera, me lo va a recordar todos los días de mi vida. Y paso. —Se destapa un poco y me mira con los ojos entrecerrados—. Además, a Erik no le intereso en absoluto.

—Pero él a ti sí.

—¡Que no! —Desvía la mirada a un lado, pensativa—. A ver, es guapo, es evidente. Pero nos conocemos desde pequeños y sería… raro.

—¿Y eso es un problema? —pregunto retórica, porque realmente no me parece ningún problema—. Además, ahora que lo dices…, ya entiendo por qué no te quita el ojo de encima.

Me lanza el cojín a la cara y yo suelto una carcajada.

—Él mira así a todo el mundo, no me mira de ninguna forma especial.

—Te estás haciendo la tonta —digo para picarla—. Te gusta, te gusta mucho.

—Talya Monroe, estás empezando a hacer que me arrepienta de haberte contado nada. —Se tapa la cara con las manos—. ¡Bueno! Ya que nos ponemos así… Dylan y tú, ¿qué?

Ahora soy yo la que abraza el cojín contra el pecho.

—Es buen chico, ¿no? Me ha… a-ayudado. —Me escucho a mí misma tartamudear un poco—. Ya sabes, con lo de venir a recogerme y lo de convencer a mi… a mi madre.

—Sí, Dylan es buen tío. A veces se hace el duro de más. Pero se puede confiar en él.

—¿Sí?

Intento sonar desinteresada, aunque noto que me traiciona la voz.

—Créeme, lo conozco de sobra. —Se deja caer de espaldas sobre la cama, con el pelo extendiéndose sobre la almohada—. Lleva casi seis años sin despegarse de Jamie ni un solo segundo. Desde que entraron al instituto.

—Y… ¿con las chicas?

Me sale sin pensar, no sé por qué lo he hecho. Es algo que no me importa en absoluto.

—La última fue Emma Blackwood. Bueno, eso ya te lo contó Noa el otro día en el comedor.

—Alice se incorpora un poco, como si la sola mención del nombre requiriera énfasis—.

Ni siquiera estoy segura de que lo hayan dejado del todo.

Y, si soy totalmente sincera, no le pega nada a Dylan.

Aparte de que ambos son conocidos en todo el Evercrest, no se parecen en nada.

—¿Y cómo es? —pregunto demasiado deprisa. Aclaro la garganta e intento sonar casual—. Me refiero… ¿cómo es que estaban juntos?

—Pues porque Emma siempre consigue lo que quiere —responde como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Y Dylan se le metió entre ceja y ceja. Y supongo que él vio a una tía guapa y pensó: «Vale, ¿por qué no?». No le veo otra explicación.

Asiento. Mis dedos aprietan el cojín con fuerza, como si necesitara algo donde anclarme. No sé por qué imaginar a Dylan con esa rubia perfecta que me mostraron el otro día en el comedor me revuelve el estómago de alguna forma.

—¿Te gusta Dylan? —Alice entrecierra los ojos con picardía antes de soltar una carcajada—. ¡Te gusta Dylan! —añade, dándome un pequeño empujón con el pie.

—¡No! —exclamo enseguida, quizá demasiado alto. Me escondo un poco más tras el cojín, como si pudiera taparme con él—. Estoy intentando enterarme de las relaciones del grupo.

—Ajá, claro. —Alice estira las palabras con una sonrisa socarrona, pero al final levanta las manos como si se rindiera—. Si dices que no, te creo. Pero, Talya Monroe —me señala con el dedo, acusándome—, si no soy la primera en enterarme cuando de verdad empiece a gustarte, tendremos problemas.

Pongo los ojos en blanco, fingiendo que no me afecta, aunque el calor me sube a las mejillas. Ojalá pudiera asegurarle con la misma convicción que ese momento no va a llegar, pero ni yo misma estoy segura de creerlo.