Trece. Talya
Trece
Talya
No estoy segura de dónde poner las manos.
En las rodillas, cruzadas, escondidas en las mangas del jersey.
El salón de los Hartley es acogedor y ruidoso a partes iguales: luces cálidas, una alfombra mullida que invita a tumbarse en ella y demasiadas voces a la vez.
Siento una tensión rara e n los hombros que me entra cuando soy «la nueva» en cualquier sitio y todo el mundo parece saber dónde sentarse, qué bromas entender y qué recuerdos compartir.
Me siento un poco fuera de lugar, aunque ya haya estado aquí antes.
Años atrás, cuando Alice me arrastraba con ella después de clase, este salón era casi una extensión de nuestra amistad.
Y, aunque la casa ha cambiado, reconozco pedazos casi intactos: la estantería de madera llena de libros que solía pensar que era demasiado alta, pero ahora ya no me lo parece tanto; las fotos enmarcadas en la pared, aunque ahora hay más; y el jarrón enorme junto a la ventana, del que ahora brota una planta tan grande que parece tragarse la luz.
Lo que sí es completamente distinto son esos detalles que gritan que el tiempo ha pasado: las cortinas ya no son las de flores desteñidas, ahora son lisas y elegantes; los cojines parecen multiplicarse en los dos sofás inmensos color crema; la mesita baja de madera clara está llena de bolsas de patatas a medio abrir; y la enorme televisión de setenta pulgadas que me hace imaginarlos a todos sentados alrededor viendo películas y jugando a videojuegos.
En esta casa todo transmite vida, a diferencia de en la que yo vivo.
Ese pensamiento me hace recordar por qué estoy aquí y que el motivo no es precisamente que mi madre me haya dado permiso. Parpadeo repetidas veces para disipar las lágrimas que amenazan con escaparse y hago todo lo posible por llevar mis pensamientos a otra parte.
A Dylan. Está sentado en el otro sofá, entre Harry y Nathan, con una lata de Tennent’s entre los dedos y una expresión que no termino de leer; no es distante y tampoco es invasivo. Está… atento. Lo noto por cómo lo descubro fijando su mirada en mí cada pocos minutos.
Desvío la mirada. ¿Por qué ha hecho todo eso por mí?
Ni siquiera tendría que haberse preocupado en un principio.
Pero lo ha hecho y he sentido por primera vez en mucho tiempo que alguien se preocupaba realmente por mí.
Quiero pensar que solo ha hecho lo que habría hecho por cualquier chica en una situación así.
No quiero confundirme ni empezar a pensar o sentir cosas que no debería.
Porque, de verdad: no debería.
Y pienso repetírmelo las veces que haga falta.
En Madrid, antes de que… Bueno, antes de que todo se jodiera, me habría fijado en alguien como Dylan sin ningún tipo de duda.
No es que haya tenido nunca un interés enorme en los chicos, lo mío solía ser algo más platónico.
Si me fijaba en alguien era en silencio y nunca iba más allá, no me gustaba que fuera más allá.
Dylan habría sido un amor platónico perfecto: atento, amable, guapo, con ese aire seguro de sí mismo que parece hacerle fácil existir en cualquier sitio y con esos ojos que podría mirar durante horas sin aburrirme ni un solo segundo.
El problema es que ahora no soy la misma y no puedo permitirme mirarlo más de la cuenta sin sentir que algo dentro de mí se encoge. No porque no me guste lo que veo, sino porque me asusta. Me asusta demasiado.
Aun así, cuando lo sorprendo de nuevo observándome, hay una parte de mí, una que odia lo rota que estoy, que querría volver a ser aquella chica que lo miraba todo y se permitía imaginar.
Me descubro sosteniéndole la mirada un segundo más de lo que debería hasta que Alice, sin saberlo, me rescata lanzándole un cojín a Jamie por algo que ha dicho.
—¿Quieres que te enseñe mi habitación? —me dice, pasando por completo de los comentarios de su hermano—. Han cambiado muchas cosas. Y ya de paso podemos ponernos el pijama.
Claro, si realmente mi madre me hubiera dado permiso para venir a dormir, me habría traído el pijama junto a un par de cosas de aseo. El caso es que ni siquiera me han permitido entrar. Me quedo callada unos segundos más de la cuenta, pensando qué decir para que suene creíble.
Mis ojos recorren la sala, buscando una vía de escape o una mentira piadosa que cuele. Y es entonces cuando me doy cuenta de que Erik está mirando a Alice con un brillo en las pupilas que me deja descolocada. La mira como si para él, en esta habitación llena de ruido, solo existiera ella.
Parpadeo sorprendida por haber pillado ese momento tan íntimo, pero Alice habla justo antes de que pueda inventar algo.
—¿No te has traído pijama? ¡Mejor! Así vamos a juego, tengo un par a conjunto que te van a encantar.
—Sin darme opción a contestar, me coge de la mano como cuando teníamos nueve años y me arrastra escaleras arriba.
El tirón es idéntico al de entonces, rápido y lleno de energía, y por un momento me siento como si el tiempo se hubiera plegado sobre sí mismo.
El piso de arriba está tal y como lo recordaba: al subir las escaleras, en la pared que queda justo enfrente, hay tres puertas.
La de la izquierda es la habitación de Alice, lo habría reconocido igualmente porque hay un cartel con su nombre pegado en la puerta, rodeado de pegatinas de unicornios y corazones.
En el centro está lo que reconozco como el baño, y a la derecha, elcuarto de Jamie.
Tampoco me cabe ninguna duda por el cartel gigante con la señal de peligro, no pasar en el centro de la puerta.
En la pared de la derecha, queda la habitación de sus padres.
Alice empuja la puerta de su habitación y me invita a pasar con la misma emoción que si estuviera enseñándome un lugar nuevo.
Pero no lo es. Reconozco la disposición en cuanto cruzo el umbral.
La cama sigue pegada a la pared derecha.
El escritorio continúa bajo la ventana, y a la izquierda se ubica otra puerta que lleva a un pequeño vestidor.
Antes solía ser nuestro sitio favorito cuando jugábamos al escondite.
Lo que sí ha cambiado es el aspecto del mobiliario.
La cama, que era de una plaza, ahora es doble.
Por otro lado, la colcha ya no es rosa chillón, como recordaba, ahora es blanca con pequeños bordados celestes.
El escritorio, antes lleno de cuadernos de dibujo y rotuladores de colores, ahora se divide en dos: un lado funciona como tocador, con un espejo rodeado de frascos y mil productos diferentes; y el otro hace la función que haría cualquier escritorio.
Con un tablero de corcho lleno de fotos, entradas y notas que parecen resumir su vida en fragmentos.
La pared está ahora pintada de un suave color gris y hay algunos marcos con fotos sacadas de Pinterest que completan el conjunto.
Todo es familiar y extraño a la vez. Es una habitación bastante más pequeña que la mía, pero se ve infinitamente más grande. Más viva. La mía solo es un lugar de paso, esta es hogar.
—¿Morado o azul? —me pregunta de repente.
—¿Recuerdas mi color favorito? —la reto, alzando una ceja—. Sigue siendo el mismo.
Entonces la veo salir del vestidor con un pijama en cada mano y una sonrisa que ilumina todo el cuarto.
—Entonces, este es para ti. —Me guiña un ojo mientras me tiende el morado—. No me he olvidado.
Le sonrío mientras desdoblo el pijama. Alice se desviste delante de mí y yo dudo en hacer lo mismo. No estoy acostumbrada a este tipo de confianza. Pero decido darme la vuelta y cambiarme rápidamente.
Es de un algodón grueso y suave, de un tono lila apagado con pequeños estampados de estrellitas blancas.
El pantalón es largo y suelto, con un cordón en la cintura del mismo color que el pijama de Alice.
Cuando vuelvo a mirarla, me fijo en que el suyo, azul cielo, tiene exactamente el mismo diseño, solo que elcordón es lila.
—Me encanta que vayamos a juego. —Termino de pasar los brazos por las mangas.
—Tía, te queda ideal.
Mi amiga de la infancia me escudriña de arriba abajo con una sonrisa que me hace ruborizarme un poco.
—Lo dices porque es tuyo.
—Lo digo porque es verdad. —Se deja caer en la cama de golpe, lo que causa que el colchón rebote—. Además, ¿te imaginas a Jamie entrando ahora y viéndonos iguales? Se moriría de la risa.
Lanzo una carcajada suave al pensar en Jamie soltando cualquiera de sus bromas.
—Ya veo que no ha cambiado nada, ¿eh? —Me acomodo en la cama junto a ella.
Alice pone los ojos en blanco.
—Sigue igual de payaso que siempre. Aunque ahora se cree gracioso de verdad, no solo con mamá.
—A mí me parece gracioso de verdad —digo, mordiéndome los labios en un gesto divertido, disculpándome por reconocerlo.
—Tú dale tiempo y verás. —Coge un cojín en forma de corazón con la frase «I love you» en el centro y lo abraza—. Vale, necesito que nos pongamos al día ahora de verdad. Cuéntamelo todo. ¿Qué tal por Madrid?
—Madrid es… grande —respondo con una sonrisa que no termina de llegarme a los ojos.
—¿Grande? —Enarca una ceja, divertida—. ¿Eso es todo lo que tienes para contar de una ciudad en la que has vivido seis años?
—Bueno, también hay mucho tráfico y gente que anda con prisa. Y es bonito. Es una ciudad muy bonita.
Alice se ríe ante mi descripción sobre la ciudad.
—Vale, gracias por el folleto turístico —la ironía le sale por los poros—, pero sabes que no me refiero a eso.
—Entonces ¿a qué?
—Pues a ti. —Se incorpora un poco, apoyándose en un codo—. ¿Cómo te ha ido? ¿Hiciste amigas? ¿Algún profesor insoportable? Venga va, dame carnaza.
Me tenso. Alice espera historias de adolescentes normales, no imagina que mis recuerdos en Madrid son un campo minado que prefiero no pisar. Si le contara la verdad, las traiciones y el miedo, esa sonrisa expectante se borraría de golpe.
Y no quiero eso. No quiero ser la víctima otra vez.