Doce. Dylan #2
Los dos van a nuestra clase desde mitad de segundo, cuando tuvieron que trasladar de manera aleatoria a todos los estudiantes de un instituto cercano por culpa de un derrumbamiento.
La mayoría fueron al Lochside High School, mientras que unos pocos afortunados acabaron en el Evercrest gracias a unas becas que el director se sacó de la manga solo para quedar bien públicamente.
No obstante, es bien sabido que a ese hombre solo le importa el dinero.
Pero le funcionó, salimos en las noticias durante semanas con titulares como « La solidaridad del Evercrest School tras el derrumbe: el centro acoge a decenas de alumnos desplazados y garantiza su continuidad académica ».
O « James Whitmore, director del Evercrest School, lidera la iniciativa solidaria que ofrece becas a los estudiantes afectados por el derrumbe ».
Al año siguiente, la demanda para entrar al Evercrest se triplicó.
El caso es que congeniamos desde el principio.
—¡Ey! —Nathan acompaña sus palabras con un leve movimiento de cabeza, pero no dice más.
—Él es Nathaniel —le explica Alice a Talya—. Pero lo llamamos Nathan.
Nathan es de los que suelen hablar poco; es más de escuchar que de meter baza, pero cuando lo hace suele ser para quejarse por algo o soltar algún comentario inoportuno.
Tiene ese aire de pasota, con la capucha siempre subida hasta las orejas, incluso dentro de casa, igual que hoy, como si el mundo le importara una mierda.
Solo le interesan dos cosas: el fútbol y las chicas.
A veces adopta ese tono creído que le sale casi sin pensar, aunque detrás no hay tanta maldad como parece.
Sus comentarios pueden ser de vestuario, algo brutos, pero nunca con intención de hacer daño.
Es buen tío, aunque a veces le cueste demostrarlo.
—Talya, ¿verdad? —interviene Harry—. Justo estábamos hablando de ti, ¡qué ganas tenía de que nos presentaran! Eso sí, tengo que hacerte una pregunta que determinará el futuro de nuestra amistad: ¿cuál es tu serie favorita y por qué es Breaking Bad ?
Ella se muestra nerviosa por si su respuesta no le sienta bien a nuestro amigo.
—Eh… No he visto Breaking Bad .
—¡Cómo puedes no haber visto la mejor producción audiovisual del siglo xxi y haber vivido tan tranquila! —Se coloca una mano en el pecho—. No, no. Eso tiene que cambiar. Al principio, puede parecer una simple historia de un profesor que fabrica drogas, pero…
Continúa hablando, pero yo ya no lo estoy escuchando.
Me pellizco el puente de la nariz mientras niego con la cabeza.
Desde luego, Harry es todo lo contrario a Nathan.
Habla por los codos de cualquier cosa: puede soltarte un discurso de media hora sobre la liga escocesa, sobre que los exámenes miden memoria y no inteligencia o sobre por qué Breaking Bad es la mejor serie de todos los tiempos, tal y como está haciendo ahora.
Talya fuerza una sonrisa para que no parezca que la está incomodando, pero a mí me queda claro que lo está haciendo.
—Va, tío —le suelto—, no la agobies con tu disertación de media hora sobre una serie de hace trescientos años.
A veces me pone de los nervios. Una vez tuvimos que presentar un trabajo en grupo y la profesora nos suspendió porque su exposición había triplicado el tiempo permitido.
Y eso que aún quedábamos tres personas por hablar.
Es imposible seguirle el ritmo, pero, por algún motivo, siempre acaba cayéndole bien a todo el mundo. Como a Talya.
—No te preocupes, Dylan. —Después se dirige a Harry—. Me la apunto para verla.
En el otro sofá, medio despatarrado, está Erik.
Ya lo conocía de antes, más que nada por ser uno de los mejores amigos de la hermana de Jamie, aunque lo que de verdad nos hizo congeniar fue el fútbol.
Entró en el equipo el año pasado y desde entonces nos hemos entendido bastante bien junto con Jamie en el campo.
Juega de lateral derecho y hay que reconocer que es lo suyo.
Tiene buen fondo físico y corre como un condenado.
No es de los que hacen florituras con el balón, aun así, cumple y mete unas entradas limpias que dejan al rival temblando.
Fuera del campo es más tranquilo; no obstante, cuando pita el árbitro, se transforma.
A veces me sorprende lo observador que es.
No habla mucho, pero suele acertar cuando suelta algo.
Tiene ese humor seco e irónico que te pilla desprevenido y te hace reír cuando menos te lo esperas.
Supongo que por eso, aunque no sea tan ruidoso como Harry o tan descarado como Jamie, siempre acaba siendo alguien con quien te apetece estar.
Y, por último, dando vueltas por el salón, porque no sabe estarse quieto, está Jamie.
Nos conocimos el primer año de instituto y desde entonces no nos hemos soltado.
Es la típica persona que siempre tiene algo que decir.
Pero no te lo imagines montando discursos; él es más de soltar la primera tontería que se le cruza por la cabeza y hacer que te rías, aunque estés de mala leche.
Me suele volver loco con tanta energía, pero la verdad es que es imposible aburrirse con él.
Jamie Hartley es, sin duda, una de las mejores personas que he conocido a lo largo de mis diecisiete años.
Es como un hermano para mí. Tenemos nuestras broncas, y no pocas, porque le encanta tocar las narices y sabe exactamente cómo hacerlo, pero nunca duran demasiado.
Daría mi vida por ese cabrón y sé que él también lo haría por mí.
Alice conduce a Talya hasta el sofá donde está despatarrado Erik y le da varios toquecitos para que se incorpore y les deje espacio para sentarse.
Yo cierro la puerta y las sigo hasta dejarme caer en un hueco del otro sofá y estirar las piernas.
Enseguida Jamie aparece con dos latas en la mano y me tira una.
—Antes de que digas nada: mañana no tenemos entreno. —Me apunta con el dedo, abre la lata de cerveza y pega un trago exagerado.
Pongo los ojos en blanco y bebo un sorbo, más por no darle la razón que por otra cosa.
Tampoco es que yo sea el más responsable del planeta, pero me gusta cuidarme cuando juego.
No me mola la sensación de levantarme con la cabeza embotada y tener que correr como si nada.
Jamie dice que soy un paranoico, que un par de cervezas no van a arruinarme la carrera, pero yo no lo veo así.
Me gusta estar en condiciones, sentir que controlo.
Me gusta tomármelo en serio. Para mí el fútbol es importante.
—Ya te había visto por el insti —le comenta Nathan a Talya, levantando la barbilla.
—Sí, yo también. No es que te esté espiando ni nada, ¿eh?
—Harry empieza a soltar palabras como un torrente—.
Pero, claro, es que tampoco es difícil fijarse en alguien nuevo.
Sobre todo porque entraste en mitad del curso y eso siempre es raro.
—Harry le sigue hablando a Talya mientras esta frunce el ceño como si no terminara de entender lo que dice—.
Bueno, raro no, diferente, ya me entiendes.
Aunque, claro, supongo que para ti será un rollo, porque ya todos nos conocemos y tú tienes que adaptarte y…
—Harry, respira, tío —lo corto dándole una palmada en el hombro.
—Perdona, a veces no controlo —dice, dirigiéndose a ella—. El caso es que estoy encantado de conocerte oficialmente.
—Gracias, yo también —responde Talya, ofreciéndole una sonrisa.
—Talya —dice Jamie, moviendo la lata que lleva en la mano—, ¿quieres una?
—No, gracias, no me gusta la cerveza.
Jamie la mira como si se hubieran metido con alguien de su familia.
—Eso es porque todavía no has probado una buena cerveza escocesa. —Niega con la cabeza.
Me quedo embobado mientras estudio a Talya con atención. Parece mentira que hace apenas veinte minutos estuviera llorando en mis brazos. Me alegra ver que la tormenta ha pasado y me siento extrañamente orgulloso de haber sido yo quien la ha traído hasta aquí.
Hay algo en ella que me cautiva y necesito conocer exactamente el qué. Encariñarme con esa chica que conocí el otro día en el baño no entraba en mis planes.
Y, desde luego, no se parece en nada a lo que siento por Emma.
Con Emma todo es ruido, intensidad, una actuación constante para el resto del instituto.
Una montaña rusa de la que acabas mareado.
Con Talya es algo distinto… No siento la necesidad de impresionarla, solo unas ganas inmensas de quedarme aquí, mirándola, y descubrir qué hay detrás de esa barrera que levanta.
Talya parece darse cuenta de que, de vez en cuando, mis ojos se posan en ella. Aun así, desvía la mirada para que no la descubra observándome.
—O, simplemente, Talya no quiere una cerveza porque no todo el mundo es un alcohólico como tú —interviene Alice.
—¿Alcohólico yo? Lo dice la que se pasó una semana entera sin querer ir a clase porque hizo el ridículo en una fiesta delante de medio Evercrest.
Después, Talya vuelve a cruzar una mirada conmigo, la cual sostiene durante un segundo de más. Parece un poco avergonzada por habernos pillado conectando en mitad del caos. Pero, si estuviéramos a solas, le diría que no hay razón para ello.
Sin embargo, esa expresión tímida se oscurece de golpe con algo que parece… miedo. Aparta la mirada bruscamente y trata de recuperar la compostura. Se le ha tensado la mandíbula.
Frunzo el ceño. No entiendo qué acaba de suceder. ¿He sido demasiado intenso? Joder, parece asustada de verdad.
—Eres un idiota, eso fue un día puntual e hice el ridículo por tu culpa —responde Alice indignada mientras le lanza un cojín a la cabeza.
Jamie consigue esquivarlo por los pelos y se parte de risa.
Después se gira hacia Talya—. ¿Quieres que te enseñe mi habitación?
Han cambiado muchas cosas. Y ya de paso podemos ponernos el pijama.
Talya se queda callada mirando a Alice, por la forma en que alza las cejas intuyo que está buscando qué decir.
—¿No te has traído pijama? —adivina Alice antes de que pueda contestar—. ¡Mejor! Así vamos a juego, tengo un par a conjunto que te van a encantar.
La hermana de Jamie no le da opción, tira de ella y la arrastra hacia las escaleras.
El salón se queda en silencio, solo se escucha el crujido de las patatas cuando Harry mete la mano en la bolsa. Nathan estira las piernas y suelta un resoplido.
—Pues, oye, la nueva está bastante buena —comenta este último.
Jamie le lanza una mirada asesina.
—Tío, cállate. La conozco desde pequeña. Es… como una hermana, supongo.
—En ese caso, tienes dos hermanas que están bastante buenas —continúa Nathan, encantado de tocarle un poco las narices.
—Eres un pedazo de cabrón.
Y, como era de esperar, Jamie se abalanza contra él en el sofá como cada vez que este suelta algún comentario sobre Alice.
Jamie está encima de él, forcejeando y retándolo a que repita el comentario si se atreve.
Harry se parte de risa, animando la pelea como si fuera un árbitro de feria.
Erik ni se inmuta, se limita a llevarse una patata a la boca y mirar la escena como quien la ha visto mil veces.
Y yo también, la verdad. Todos estamos acostumbrados a eso: Nathan suelta burradas sobre Alice porque le encanta picar a Jamie, aparte de porque es un salido, y a Jamiele molesta y se pone como un loco. Es lo normal.
Lo que no es normal es que yo haya sentido esas mismas ganas de abalanzarme contra él cuando ha hecho ese comentario de mierda sobre Talya.
Con Alice sé que es pura coña: a Nathan le encanta joder a Jamie y todos lo sabemos.
Hasta Alice está acostumbrada a sus comentarios, lleva años aguantando sus tonterías y sabe defenderse.
De todos modos, con Talya me ha parecido distinto.
Es cierto que acaba de conocerla y que la típica broma de «está buena» le sale sola.
Pero, aunque lo haya soltado sin pensar, no me mola ni un pelo que empiece con ella así.
Acaba de llegar, no conoce a nadie y ya tiene bastante con adaptarse como para encima tener que aguantar comentarios de ese estilo.
Me excuso mentalmente pensando que tampoco me gusta cuando hace ese tipo de comentarios en general. Que hable de las chicas como si fueran cromos que coleccionar. No me parece. Punto.
Y no es que yo sea ningún santo. He estado con chicas, claro. Pero nunca me ha molado ese rollo de ir contándolo después como si fueran medallas. Nathan se apunta cada lío en la lista mental de trofeos que lleva en la cabeza y lo suelta a la mínima. Yo no. Si pasa, pasa, y ya está.
Así que, supongo que después de todo lo de hoy, lo último que me apetece es escucharlo soltar esas gilipolleces.
Esas gilipolleces sobre Talya Monroe.