Doce. Dylan
Doce
Dylan
No me entra en la cabeza.
¿De verdad la han dejado en la calle por llegar cuatro minutos tarde? Es ridículo.
No son unos padres estrictos, son unos gilipollas.
Ni siquier a sé por qué no me largué en cuanto se bajó del coche, pero algo me hizo esperar a que estuviera dentro de casa.
Iba tan nerviosa por el camino… Podía sentir su angustia cuando nos quedábamos parados más de la cuenta en cualquier semáforo.
Ella sabía que no podía llegar tarde, pero aun así no me dijo ni una palabra.
«He llegado tarde y han cerrado la puerta».
¿Qué cojones? Y lo dice como si fuera algo a lo que está acostumbrada.
He tenido un millón de discusiones con mi madre y jamás me ha cerrado la puerta en las narices.
Y eso que ella tiene la paciencia justa, pero siempre está ahí al final del día. Porque para eso están los padres, ¿no?
Pero está claro que estos son otra cosa.
¿Qué clase de personas dejarían a su hija de dieciséis años en la calle como si fuera un perro?
Por cuatro minutos, joder. Ni aunque hubieran sido cuarenta.
Es que no consigo entenderlo. Hay otras mil formas de castigar a tu hijo.
Me los imagino dentro, cenando tan tranquilos mientras ella se queda fuera helándose, y me hierve la sangre.
Pensar en ella toda la noche sola sentada en esos escalones, sin saber si la van a dejar entrar o no, me revuelve el estómago.
Me dan ganas de estamparles la cabeza contra la pared a esos dos.
Lo que más me jode es que no sé por qué sigo dándole vueltas.
Está claro que no la iba a dejar ahí tirada, muerta de frío.
Me ha gritado que me fuera y, aun así, es lo último que se me ha pasado por la cabeza.
Podría haber llamado a Jamie. Que se ocupara él.
Se conocen desde pequeños, ¿no? Habría sido mucho más fácil para mí y para ella.
Está claro que no confía en mí. Es normal, conozco a esta chica hace menos de una semana y ni siquiera hemos mantenido una conversación de verdad.
Pero, joder, no es la primera vez que la veo así.
El primer día me la encontré en el baño con cara de haber estado los últimos tres días llorando.
Tenía los ojos hinchados y la piel roja, todavía con gotas de agua resbalando por su rostro como si quisiera borrar las pruebas a toda prisa.
Al principio pensé que era el típico agobio por ser la chica nueva.
Pero, cuanto más la conozco, más claro tengo que en el fondo hay algo más.
El caso es que tampoco quiero meterme donde no me llaman. Es obvio que no se siente cómoda respondiendo preguntas. Por eso se me ha ocurrido esa chorrada: decir que convencimos a sus padres, así se ahorrará tener que dar explicaciones de lo que le acaba de pasar.
—¿Estás mejor? —pregunto al fin, sin estar muy seguro de si debería haber abierto la boca.
Talya asiente despacio, sin mirarme.
—¿Quieres hablar de…?
—No, por favor —me corta enseguida—. Olvídalo. No pasa nada. Y no se lo cuentes a los demás. No quiero que se preocupen.
—Vale —respondo, y no insisto.
Está claro que no quiere hablar del tema y yo tampoco voy a presionarla.
Enciendo la radio y los primeros acordes de «Dakota» llenan el coche, como un ruido de fondo que rompe el silencio.
—¿Stereophonics? —pregunta, arqueando una ceja—. ¿Te gusta el grupo? Te hacía más escuchando rap o…, no sé, trap.
Casi me río.
—¿Te estás burlando de mi gusto musical?
—¡No, no! —responde algo nerviosa—. No es eso, a mí también me gusta.
La miro de reojo y noto cómo se recoloca en el asiento algo incómoda.
—Vaya. —Contengo una sonrisa—. Ya tenemos algo en común. ¿Qué más escuchas?
—Pues…, la verdad es que un poco de todo.
—¿Por ejemplo?
—Me gustan mucho Boygenius, Lana del Rey, Coldplay… Música del estilo —responde, casi como si temiera que me pareciera una tontería—. Pero me gusta escuchar de todo.
—A mí me gusta sobre todo el rock alternativo —digo, encogiéndome de hombros—. Me mola mucho Nothing But Thieves o Sam Fender. Dermot Kennedy también me flipa, ¿lo conoces?
—¿El que canta «Outnumbered»? Creo que la tengo en una de mis playlists .
—Sí, justo. —Sonrío, aunque niego con la cabeza—. Eso sí, tiene canciones mucho mejores. «An Evening I Will Not Forget», ¿la has escuchado?
Talya niega con la cabeza.
—Buah, pues tienes que hacerlo. Ya me lo agradecerás —añado, volviendo la vista a la carretera—. Y luego están Arctic Monkeys o Muse, son un clásico, esos nunca fallan.
—Estuve en un concierto de Arctic Monkeys en Madrid —dice. De reojo percibo que le brilla la mirada—. Me llevó mi madre. En directo son increíbles.
No puedo evitar mirarla un segundo más de la cuenta.
Después de la mierda que acaba de pasar, verla hablar con esa ilusión me arranca una sonrisa.
Aunque al mismo tiempo me descoloca. Me cuesta entender cómo la misma madre que la acompaña a conciertos puede ser capaz de dejarla tirada en la calle. No tiene puto sentido.
No digo nada más. Dejo que la canción siga sonando mientras mis dedos golpean el volante al ritmo de la batería.
Talya está mirando por la ventanilla, se le nota más tranquila desde que he encendido la radio. Pero, aun así, no para de morderse la uña del pulgar.
—¿Por qué estás tan enfadada con esa uña? —pregunto, más por romper el silencio que por otra cosa.
Ella me mira con los ojos muy abiertos, como si la hubieran pillado haciendo algo malo.
—Oh. Bueno, es una mala costumbre —murmura, y enseguida aparta la mano.
No sé por qué me da la sensación de que todo dentro de ella son «malas costumbres» que en realidad esconden otra cosa. Ojalá las personas vinieran con un manual de instrucciones cuando las conoces. Así sabría leer a Talya, porque siento que hay algo que se me escapa y me encantaría saber el qué.
¿Por qué ha vuelto a Edimburgo? Jamie me contó que se mudaron a Madrid y ahora han vuelto.
Pero ¿por qué? ¿Movidas de trabajo de sus padres?
¿O algo más chungo? No me sorprendería que hubiera tenido algún problema allí.
Se me viene a la cabeza el tema del bullying .
¿Alguien estaría haciendo bullying a Talya?
No creo, joder. ¿Por qué alguien se metería con ella?
Es una chica tranquila, al menos por lo que veo.
Se la ve buena persona. Y amable, correcta, educada.
Y es preciosa.
Es un hecho, no pienses movidas que no son.
Tiene la nariz puntiaguda y los labios gruesos.
No tan gruesos que parecen exagerados, pero sí en comparación con sus facciones pequeñas.
Pero lo que más llama la atención de su cara sin ninguna duda son sus ojos.
Los tiene grandes y alargados, pero lo más flipante no es eso.
¿Has visto alguna vez a alguien con los ojos amarillos?
Yo tampoco, hasta que vi por primera vez a Talya.
Ni marrones ni verdes ni avellana. Una mezcla imposible de colores que hace que a primera vista parezcan amarillos. Son una puta pasada.
Y pensándolo bien, nada de eso te libra de acabar siendo el blanco perfecto para los capullos de turno.
Aunque… No sé, me sigue pareciendo demasiado extremo. ¿Mudarse de país solo por eso? Si te hacen la vida imposible, te cambias de instituto y listo. Para huir a miles de kilómetros tiene que haber algo mucho más gordo. Algo que la obligó a dejarlo todo atrás de verdad.
Sea lo que sea, no es asunto mío. Pero no puedo evitar darle vueltas.
Aparco delante de la casa de los Hartley. Las luces de dentro están encendidas y desde fuera puedo escuchar las voces de Jamie. Este chico no tiene remedio, no sabe estar sin llamar la atención.
Quito el contacto del coche y miro a Talya, que se está mordiendo el labio inferior como si no supiera dónde meterse.
—Gracias por todo lo de hoy —murmura sin atreverse a mirarme.
—No tienes que volver a darme las gracias. No iba a dejarte ahí tirada. —Finjo indignación—. ¿Tan cruel crees que soy?
Se le escapa una sonrisa y niega con la cabeza.
—No cuentes nada, porfa.
—No voy a hacerlo, tranquila. Ahora, vamos, estoy seguro de que Alice va a dar saltos cuando te vea —respondo para calmarla.
Talya camina detrás de mí a un paso demasiado lento. Juraría que no termina de creerse que no vaya a contarles nada y está atrasando el momento.
A ver, que no es por falta de ganas. Si por mí fuera, les contaría tanto a Jamie como a Alice lo que acaba de pasar.
Son sus amigos, deberían saber lo poco que se preocupan por ella en casa.
Pero no soy tan gilipollas como para cargarme de primeras la mínima confianza que acaba de poner en mí al soltarme algo que claramente no quería revelar.
—Has tardado mucho, tío, te estábamos esperando —dice Jamie al abrir la puerta—. Espera, ¿Talya? ¡Alice! —grita—. Ven a ver esto, ¡ahora sí que empieza la fiesta!
—¡Que dejes de gritar, retrasado! —lo reprende Alice, apartándolo de la puerta para mirar afuera—. ¡Talya! Pero ¿qué haces aquí? ¿Cómo es que has venido?
Entonces la hermana de Jamie la abraza como si llevara medio año sin verla. Talya duda un segundo, pero intervengo por ella.
—He convencido a su padre para que la dejara venir. Hasta para quedarse a dormir —suelto intentando sonar casual.
—A mi madre. —Talya me corrige demasiado rápido—. Ha convencido a mi madre. No se le da nada mal.
Alice me lanza una mirada rara, como si no entendiera nada, pero al segundo vuelve a sonreír y la arrastra hacia dentro.
—Menos mal que has venido, Noa se ha tenido que ir y me ha dejado aquí sola con esta panda de descerebrados. —Señala a los chicos.
No termino de pillar muy bien qué pasa con Noa. Debería estar aquí, pero a veces sale corriendo con alguna excusa y sin dar muchos detalles.
Sentados cada uno en una punta de uno de los sofás están Nathan y Harry, que no se pierden un viernes de pizza y consola por nada del mundo.