Si decides quedarte Once. Talya
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Once. Talya

Once

Talya

Miro el reloj cada dos segundos, como si así pudiera frenarlo. El tráfico de Edimburgo es tan denso que pareciera haberse puesto de acuerdo para impedirme llegar a casa.

Le dije a Dylan que no hacía falta, que cogería el autobús o que incluso podía pedir un taxi.

No me dio opción a seguir discutiendo y, a decir verdad, tampoco iba a negarme demasiado.

Dylan era la única oportunidad que tenía de llegar a tiempo a casa, así que me subí al coche agradeciéndole el detalle una y mil veces.

Pero esa oportunidad se va volviendo cada vez más lejana conforme pasan los minutos. Según la aplicación de mapas, quedan seis minutos para llegar a Ravelston y solo dos para que sean las siete.

El movimiento de mi pie balanceándose, el sudor en mis manos, el horrible dolor de estómago y la sensación de falta de aire me hacen darme cuenta de que estoy al borde de un ataque de ansiedad.

Necesito relajarme. Me repito que no pasa nada: llegaré un poco tarde y Margaret me lanzará un par de comentarios hirientes, haciendo que me arrepienta más de lo que ya lo estoy por haberme retrasado. Me recordará que vivo en su propiedad y que tengo que seguir sus normas.

Nada que no pueda soportar.

Respiro pausadamente para intentar tranquilizarme.

Inspiro.

Espiro.

Inspiro.

Espiro.

El coche avanza despacio entre un mar de luces rojas. Los frenos de los demás vehículos chirrían, un sonido que se mezcla con el tictac del intermitente, cada vez más insoportable. El semáforo cambia de color con una calma cruel, los peatones cruzan como si el tiempo no significara nada.

Noto la mirada de Dylan en cada frenada. Sé que se ha dado cuenta. Creo que era imposible no hacerlo, aunque me odio por no poder disimularlo. Sabe que no puedo llegar tarde y lo noto por cómo conduce. No corre, ni mucho menos se salta alguna norma, pero tampoco pierde tiempo.

Por fin giramos en mi calle y, en cuanto el coche frena, abro la puerta de un tirón.

—Gracias, ¡adiós! —me despido de manera atropellada.

Salgo del vehículo casi corriendo, sin detenerme a escuchar si responde.

El reloj marca las siete y cuatro minutos, seguro que Margaret ni se ha dado cuenta de que aún no he llegado. Al fin y al cabo…, tampoco soy tan importante para ella.

Las llaves tintinean en mi mano mientras subo los escalones del porche. Sin perder tiempo, las introduzco en la cerradura y giro con fuerza. Nada, no hay suerte. La cerradura está bloqueada por dentro.

El corazón me da un vuelco tan fuerte que casi me dobla por la mitad. Vuelvo a intentarlo, más brusca, como si la violencia pudiera convencer al metal.

—Vamos, abre… —susurro con la voz temblorosa.

Vuelvo a girar, más y más rápido, hasta que me arden los dedos. No se mueve. El pestillo está echado.

Trago saliva con la garganta seca.

Pulso el timbre.

Espero.

Nada.

Doy otra pulsación, más larga esta vez, hasta que el pitido se me clava en la cabeza.

Silencio.

Saco el móvil de un tirón. Marco el número de Margaret.

Tono. Tono. Tono.

Nadie contesta.

Vuelvo a intentarlo con Douglas.

Igual.

La pantalla iluminada es lo único que me responde.

¿Lo decía en serio?

«A las siete echamos la llave, así que, si tenías pensado volver más tarde, apáñatelas. Quédate en casa de alguno de esos», me espetó .

Lo decía completamente en serio.

El aire empieza a faltarme de nuevo. Siento la presión en el pecho, como si alguien hubiera echado un candado también ahí dentro. Mis manos tiemblan tanto que casi se me caen las llaves. Me apoyo en la puerta, tengo los nudillos blancos de tanto apretar.

Un sollozo se me escapa sin permiso. Y después otro. Hasta que las lágrimas me desbordan y resbalan por mis mejillas en un torrente que no consigo frenar.

¿Y mi tío? ¿No piensa hacer nada? ¿Van a dejarme aquí fuera toda la noche?

Me abrazo a mí misma, intentando que el temblor cese, pero cuanto más lo intento, más me sacude el cuerpo. La madera de la puerta es fría contra mi espalda y dura como la certeza de que ahí dentro no hay sitio para mí. Nunca lo ha habido.

Pienso en Madrid, en aquel piso diminuto donde al menos sabía que alguien me esperaba al llegar.

Alguien que siempre me recordaba que no corriera, que siempre se llega a tiempo de alguna manera.

Está claro que en esta casa no piensan lo mismo.

Ahora ni siquiera puedo cruzar la puerta de lo que se supone que es mi casa. La palabra «casa» me sabe amarga. ¿Cómo puedo llamar «casa» a un lugar donde no soy bienvenida? Esta no es mi casa, solo un lugar de paso en el que dormir.

Aunque hoy ni siquiera es eso.

El llanto me ahoga. Todo se mezcla: la impotencia de esta puerta cerrada, el eco de Margaret repitiendo que vivo de su caridad, la certeza de que, haga lo que haga, nunca será suficiente. Y, por encima de todo, ese vacío.

Ese vacío que me persigue desde hace meses.

Me deslizo despacio hasta quedar sentada en el escalón, con la cara hundida entre las manos. El aire me raspa al entrar y salir, irregular, inútil. Ni siquiera soy capaz de controlar algo tan básico como respirar.

—Talya.

La voz me hace levantar la cabeza de golpe. No sé cuánto tiempo lleva ahí, de pie junto a su coche. Pensé que se había marchado en cuanto bajé, pero no: sigue ahí, con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido.

Me apresuro a secarme las lágrimas con la manga para fingir que no pasa nada.

—¿Qué haces ahí? —murmuro sin ser capaz de mirarlo a los ojos—. Pensé que te habías ido.

Dylan se encoge de hombros, incómodo. Como quien presencia algo que no debería estar viendo.

—Estaba esperando a que entraras.

—Ya puedes irte, han debido de dejar las llaves puestas y… —invento una excusa lo más rápido posible— no puedo abrir la puerta. Pero seguro que en un rato me abren.

—Ya… —Se pasa una mano por el pelo y, después, señala el coche—. ¿Quieres esperar dentro?

—No, no. De verdad, puedes irte, estoy bien. No tardarán mucho.

Noto cómo otra lágrima empieza a bajarme por la mejilla. La seco con la mano, justo antes de que él pueda verla. O eso es­pero.

Dylan da un par de pasos y se sienta en el escalón, justo a mi lado. Su hombro está tan cerca del mío que puedo notar el calor que desprende.

—¿Qué haces?

—Si quieres esperar aquí, helándote de frío…, lo haremos los dos. —Se frota las manos para entrar en calor.

Me quedo mirándolo de reojo, incrédula. ¿Por qué se queda?

¿Por qué no hace lo que le digo y se marcha de una vez?

Estoy segura de que habrá un millón de sitios en los que preferiría estar y, sin embargo, se ha topado con la chica rara que llora porque no puede abrir una puerta.

Claro, y ahora se ve con la obligación de hacerle compañía para no quedar como un imbécil.

—Dylan, vete.

Me dedica una expresión compasiva, como si pudiera salvarme. Y eso es lo que termina de romperme.

—¡No me mires así! —escupo con la voz temblando de rabia—. No necesito tu lástima, no soy una cría que necesita que alguien le haga de niñera. No tienes que quedarte conmigo ni venir a recogerme ni llevarme a casa. No tienes que hacer nada de eso por mí.

El silencio me devuelve el eco de mis propias palabras. Me arde la cara, más por la vergüenza que por el enfado. Dylan se pone en pie y yo contengo el aliento, convencida de que por fin va a marcharse después de lo que le he soltado.

Pero no lo hace. Se queda ahí, inmóvil, con las manos hundidas en los bolsillos y la mirada fija en mí. No titubea, no dice nada.

Y ese silencio, esa calma imposible después de mi rabia, me desarma. La garganta se me cierra y, antes de darme cuenta, el llanto me sacude con tanta fuerza que apenas puedo respirar.

—No van a abrir… —murmuro, rota, más para mí misma que para él—. Ya me avisó, no van a hacerlo.

Decirlo en voz alta lo hace más real, lo que no consigue otra cosa que acelerar mis sollozos. No puedo frenarlos y ya ni siquiera me avergüenzan.

Pongo los codos sobre mis rodillas y apoyo la cabeza en mis manos, escondiéndome.

¿Qué voy a hacer? ¿Voy a tener que dormir en la calle? ¿Esto se repetirá más veces? ¿O solo es una llamada de atención para que compruebe las consecuencias de incumplir sus normas?

Miles de preguntas me golpean la mente, todas a la vez, hundiéndome aún más.

Cuando ya casi había olvidado que no estaba sola, noto un leve tirón del brazo, lo que me obliga a ponerme en pie.

Alzo la mirada y Dylan está frente a mí, tan cerca que apenas tengo espacio para respirar. Me sostiene por los hombros, inseguro, como si no supiera muy bien qué decir o hacer.

Entonces, sin pensarlo demasiado, me envuelve con sus brazos.

No es un gesto seguro ni perfecto, es algo torpe y un poco rígido, pero justo por eso me rompe aún más.

Está intentando ayudarme de alguna manera, intentando hacerme sentir mejor.

Se ha quedado conmigo, algo a lo que no estoy acostumbrada, y yo se lo he pagado de la peor manera.

Le correspondo el abrazo, apoyando mi cabeza en su pecho.

Dejo que las lágrimas recorran mis mejillas, mientras siento que me rompo un poco más cada segundo.

No sé por qué se queda cuando lo único que he hecho ha sido echarlo a gritos.

Pero lo hace y, de alguna manera, me reconforta.

—Lo siento —digo entre sollozos—. No tenía que pagarlo contigo. Tú… te has portado muy bien conmigo.

Tarda unos segundos en contestar. Siento cómo se encoge un poco de hombros.

—No pasa nada. —Su voz es baja, casi un murmullo junto a mi oído—. Todos tenemos días de mierda.

Me separo de Dylan, rompiendo el abrazo que, sin darme cuenta, ha conseguido tranquilizarme un poco. Me seco las lágrimas, que por fin parecen estar dándome algo de tregua.

—Vas a tener que comprarme una sudadera nueva… —bromea, señalando el círculo húmedo que le han dejado mis lágrimas—. Creo que ha encogido dos tallas con tanta agua.

Me tapo la cara con las manos muerta de vergüenza. Siento que debería disculparme otra vez, pero, por el tono con el que lo ha dicho, no puedo evitar soltar una risa torpe.

—Tengo un par de preguntas, pero antes… ¿podemos subirnos al coche, Talya? Te juro que me estoy congelando.

No estoy segura de querer responder a esas preguntas; no obstante, ya sabe que me han cerrado la puerta en las narices, sabe que no me dejan entrar en casa.

Asiento y lo sigo hasta el coche. Es irónico que hace unas horas me diera miedo entrar en él y ahora parece el único lugar seguro al que puedo ir.

Dylan arranca deprisa y enciende la calefacción. No era consciente del frío que tenía hasta que el aire caliente me da de lleno en la cara helada.

—¿Quieres contarme qué pasa? —Se acomoda en el asiento para mirarme de frente.

—Yo no…

Bajo la vista hacia mis uñas como si de pronto fueran lo más interesante del mundo. De reojo, observo que Dylan arquea las cejas, espera el final de la frase.

—Bueno, pues no hay mucho que contar… He llegado tarde y han cerrado la puerta.

—¿A qué hora tenías que volver?

—A las siete.

Levanto la mirada. Dylan toca la pantalla de su móvil para comprobar la hora.

—Y hemos llegado a las… ¿siete y cinco? ¿Y diez? —dice sin terminar de creerse que me hayan dejado fuera por unos minutos.

—Y cuatro exactamente.

—Vale… Eso sí que es tener unos padres estrictos.

«Padres estrictos». Ya. Al menos, si fueran mis padres, estaría acostumbrada.

—Se me ha ocurrido un plan genial. —Se vuelve a colocar frente al volante—. Nos vamos a casa de Alice. Le diremos que he conseguido convencer a tu madre para que vinieras con nosotros.

Trago saliva. Mi madre.

La palabra me escuece, pero corregirlo implicaría desenredar una madeja de explicaciones para las que no tengo fuerzas.

Tendría que hablar de Margaret, de por qué vivo con mis tíos y ver cómo su expresión cambia de la complicidad a la lástima.

Prefiero quedarme con la etiqueta de «hija con padres estrictos».

Es una mentira, sí, pero una que me hace parecer normal.

Asiento, supongo que no me quedan más opciones. Estar con Alice no me parece una mala idea. Y que haya sido él quien haya propuesto inventar una excusa para no tener que explicar la verdad al grupo me quita un gran peso de encima.