Si decides quedarte Diez. Talya
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Diez. Talya

Diez

Talya

Dylan arranca sin prisas, conduce tranquilo, como quien lleva haciéndolo toda la vida.

Las luces del salpicadero iluminan a medias su perfil, recortando la línea recta de su mandíbula y el puente de la nariz.

No lo voy a negar: Dylan Ashmore es guapo.

Lo sabe, además. Se nota en la forma en que se mueve, en el aire despreocupado que lo acompaña a todas partes.

Se pasa una mano por el pelo, de uno de los tonos más negros que he visto nunca. Le cae sobre la frente en un desorden demasiado perfecto para ser casual. Ese tipo de peinado que parece fruto del descuido, pero que sospechas que le roba más minutos frente al espejo de los que admitiría.

Me descubro observándolo un segundo más de la cuenta, medio embobada. Y justo antes de que pueda despegar la vista, clava sus ojos en los míos. Dura medio segundo, el tiempo suficiente para fijarme en que los tiene de un tono de verde único.

¿Cómo es posible que un humano tenga ese color de ojos?

Imagínate la hierba, la que está recién cortada, ¿lo visualizas? Pues ese es exactamente el tono de ojos de Dylan, incluso bajo estas pésimas condiciones de luz.

Por alguna razón, no puedo dejar de mirarlo.

Mi mirada va de un lado a otro. Pasa de la carretera al salpicadero del coche.

De mis manos a la ventanilla. Pero siempre acaba volviendo a él.

A la curva de su boca, que, aunque solo deja ver el perfil izquierdo, muestra unos labios firmes, definidos, con esa forma que parece hecha para sostener una sonrisa arrogante.

No la lleva puesta ahora, pero basta recordarla para que mi pecho se apriete de alguna forma.

Lo confirmo: Dylan transmite seguridad. No solo por cómo agarra el volante o por su postura relajada, sino porque parece tener la certeza de que nada puede derribarlo. Esa clase de confianza que a veces resulta irritante, pero también magnética.

Si tuviera que diseñar al objetivo perfecto para quien prometió no volver a fijarse jamás en los chicos, saldría él. Alto, atractivo, con esa seguridad que descoloca y un toque de chulería que, por desgracia, funciona.

Vamos, el cliché personificado.

Dylan vuelve a apartar la vista de la carretera para mirarme durante un segundo. Y, cómo no, me descubre nuevamente con mi mirada clavada en él.

Que alguien me pare, por favor.

Se pasa la lengua por los labios y sonríe. Es perfectamente consciente de lo que está haciendo, del efecto que causa en las chicas.

—¿Te está gustando? —susurra, levantando apenas una ceja.

—¿Qué? —respondo nerviosa, clavando la vista en la carretera.

—El Evercrest. ¿Te estás adaptando bien?

—Ah, sí —suspiro, dándole a mi cuerpo el tiempo para relajarse—. Alice está siendo un gran apoyo.

—¿Qué te pasó?

Me quedo mirándolo, esperando a que diga algo más. No sé a qué se refiere exactamente, por lo menos no quiero que se refiera a lo que estoy pensando.

—¿De verdad fueron solo los nervios? —continúa, y me confirma que se refiere a mi primer día, en el baño.

—Sí, yo… —busco las palabras, mientras noto cómo los dedos se me enredan en el regazo—, solo estaba agobiada. El primer día siempre impone.

Lo digo rápido, demasiado ensayado. Dylan no me quita los ojos de encima durante unos segundos más de los necesarios.

—Ya —murmura, como si no estuviera del todo convencido—. Puedes contar conmigo si necesitas cualquier cosa.

Sube apenas el volumen de la radio, lo justo para que la música rellene el silencio. Acto seguido, apoya el codo en la ventanilla, como si no hubiera dicho nada importante.

Le respondo con una sonrisa. De verdad, le agradezco que intente ponerme las cosas fáciles, aunque todavía no pueda fiarme del todo.

Dylan realmente no parece un mal chico. Hay algo en él que desentona con esa apariencia de chico malo que intenta proyectar: esos gestos sencillos, sin pretensión, que lo vuelven demasiado cercano para alguien que debería ser inalcanzable.

La cafetería está abarrotada cuando llegamos.

El murmullo de las conversaciones se mezcla con el traqueteo de las tazas y el olor intenso del café recién hecho.

Alice levanta los brazos al vernos desde el fondo, sentada junto a la cristalera.

Erik está a su lado en el sofá, y Jamie, sentado enfrente de este, mantiene una conversación con Noa, que por su cara pareciera que va a estrangularlo en cualquier momento.

—Por fin —Alice se incorpora para saludarnos—, estaba empezando a pensar que Dylan te había secuestrado.

Mi amiga sonríe mientras me abraza.

—Aún es pronto —responde Dylan, mirándome de reojo y arqueando una ceja con esa media sonrisa que parece su sello personal.

El calor me sube a las mejillas y me obligo a reírme bajito, sin saber muy bien a dónde mirar. Me acomodo junto a Alice en el sofá, ocupando su sitio junto a la cristalera y dejándola a ella entre Erik y yo. Entonces, Jamie se pone en pie y exclama:

—¡Pues que empiece la fiesta! ¿Qué os pido?

—Lo que quieras, pero no te pases. —Noa pone los ojos en blanco—. La última vez pediste cinco brownies para compartir y te los comiste todos tú. —Dibuja unas comillas con los dedos al decir «para compartir».

—Mentira. —Jamie se lleva una mano al pecho, ofendido—. Erik se comió medio.

—Y tú el resto, que equivalían a cuatro y medio —replica Erik con su calma habitual sin despegar la mirada del menú.

Alice ríe mientras rebusca en su bolso.

—Bueno, pues esta vez prometo comerme solo mi parte. Talya, ¿te gusta el brownie ? Espero que tu respuesta sea un sí —Jamie me apunta con el dedo—, si no, voy a llevarme una terrible decepción.

—¿A qué clase de persona no le gusta el brownie ? —Finjo indignación con mi respuesta.

—¿Lo ves, tío? Eres un rarito en toda regla —dice Jamie dirigiéndose a Dylan—. Hasta ella lo dice.

—Técnicamente, Talya no ha dicho que yo sea un rarito. Además, te he dicho un millón de veces que sí que me gusta, solo que no es para tanto. —El aludido se encoge de hombros.

Jamie niega con la cabeza y, entonces, contesta:

—No te atrevas a desprestigiar así al brownie , no sabes de lo que hablas.

—Venga, deja de montar un numerito y vamos a pedir —termina Dylan, arrastrando a Jamie a la barra.

No puedo evitar reírme ante el surrealismo de la situación.

—¿Siempre son así? —pregunto.

—Siempre —contestan Alice, Noa y Erik al unísono.

—Ya te irás acostumbrando, pero no les hagas mucho caso. Jamie siempre está soltando disparates y Dylan intentando ponerle freno —dice Alice—. Aunque no siempre lo consigue.

—Son como un matrimonio —interviene Noa—. Dylan siempre finge estar harto de él, pero en realidad lo adora. No hay quien los separe.

Me descubro sonriendo. Es inevitable preguntarse cómo habría sido mi vida si no hubiera tenido que irme de aquí.

Si hubiera estado para ver nacer todas esas bromas internas en lugar de tener que aprenderlas ahora.

Envidio esa facilidad con la que ellos parecen encajar entre sí.

Cada gesto, cada broma, incluso las peleas tontas tienen ese aire de rutina que solo se consigue cuando alguien realmente te importa.

Me encantaría ser capaz de abrirme así, de hablar sin tener que medir cada palabra, de reírme fuerte sin pensar en si estoy haciendo el ridículo.

A veces siento que estoy atrapada en una especie de jaula invisible: veo a la gente moverse con total libertad y, en cambio, yo no sé muy bien cómo hacerlo. Me falta naturalidad.

Pero me gusta estar aquí. Más de lo que pensaba. Y a la vez me asusta reconocerlo. Porque, en cuanto admito que me importa, aparece ese miedo irracional a perderlo.

Dylan y Jamie regresan de la barra, cada uno con un par de tazas en las manos.

—Este es mío —murmura Jamie y deja una de las tazas en la mesa, frente a su silla—. Y este capuchino para… —hace una pausa dramática y lo deja delante de Noa— mi enanito gruñón de Blancanieves.

Ella levanta la vista de inmediato, frunciendo el ceño.

—Te he dicho que no me llames así.

—Así, ¿cómo? —Jamie sonríe descarado—. Si lo digo con cariño.

—Pues guárdate el cariño —replica ella, aunque sus mejillas se tiñen de un rojo que contradice su tono frío.

Dylan coloca enfrente de mí una de las tazas de café y me ofrece una leve sonrisa.

—Gracias —murmuro, envolviéndola con las manos frías.

—Te va a gustar, es chocolate caliente especiado. —Se acomoda en su sitio, enfrente del mío—. Está de locos.

Mi corazón se acelera casi sin darme cuenta. Que Dylan haya pensado en lo que me apetecería antes de que yo misma lo hiciera es un detalle tonto, pero me hace sentir presente, menos invisible.

—No te sientas mal si no te gusta, puedo bebérmelo yo —suelta Jamie, apuntando mi taza con el dedo.

—Ni lo sueñes. —Alice le aparta la mano.

La camarera se acerca con una bandeja con las bebidas que faltan y dos platitos llenos de brownies. Los deja encima de nuestra mesa y Jamie, sin esperar, atrapa el trozo más grande, como si fuera una misión de vida o muerte.

—¿Acabas de quedarte con el trozo más grande? —le pregunta Noa con el ceño fruncido—. Eres un ansias.

—Eres una malpensada, te lo iba a dar a ti —dice él, ofendido, y se lo acerca a la boca.

—Quita. —Noa le aparta la mano—. A saber dónde has metido esas manos.

—Pues luego bien que…

—¡Calla! —Ella lo interrumpe antes de que suelte cualquier burrada.

Me río en silencio por todo el rollo que se traen estos dos y soplo el chocolate, esperando a que se enfríe un poco antes de probarlo.

—Hala, está buenísimo —admito, dirigiéndome a Dylan sobre todo—. Qué pasada, nunca había probado un chocolate tan rico.

Dylan sonríe enseñando los dientes.

—Te lo he dicho y yo nunca miento. —Me guiña un ojo, ese gesto que acostumbra a hacerme. Después me ofrece un pañuelo—. Tienes chocolate por todo… —Se señala sus propios labios.

Siento cómo el calor me sube por las mejillas, debo de estar tan roja como un tomate. Le acepto el pañuelo y miro mi reflejo en la cristalera. Efectivamente, tengo un perfecto bigote de espuma de chocolate recorriéndome todo el labio superior.

—No te queda nada mal. —Dylan intenta contener una risa para quitarle hierro al asunto—. Incluso te da un toque.

Los demás siguen a lo suyo, sin enterarse de nada, y entiendo que no es una burla, ni una humillación, sino un momento divertido.

Primero se me escapa una sonrisa torpe… y, después, sin poder evitarlo, termino riendo a carcajadas.

La tarde pasa sin darme cuenta. Entre risas y anécdotas, en las que me incluían para contarme con todo lujo de detalles y que no me perdiera nada, el tiempo parecía correr a otra velocidad. Cuando por fin miro el reloj, el corazón me da un vuelco: faltan apenas diez minutos para las siete.

—Me tengo que ir —digo de golpe, poniéndome en pie.

—¿Tan pronto? —se queja Alice—. Os iba a decir que os vinierais a casa, mis padres se han ido de noche romántica y tenemos la casa para nosotros solos.

—Nuestros padres —la corrige Jamie.

—Me encantaría, de verdad. Pero no puedo. —Me pongo el abrigo apresuradamente, aunque soy consciente de que, por mucho que corra, el autobús no va a tardar diez minutos en llegar a casa—. Se me ha hecho demasiado tarde. Nos vemos el lunes en clase.

Me despido y corro hacia la salida, tropezándome varias veces por el camino. El estómago me da vueltas, Margaret me avisó: a las siete cerraban la puerta.

¿Qué pasará si llego tarde? ¿Realmente no me dejará entrar?

Obviamente, no va a dejarme en la calle, ni siquiera ella es tan cruel como para hacer algo así.

Pero no me gustaría tener que comprobar las consecuencias.

Puedo imaginármela enfadada, soltando esos comentarios hirientes que me hacen sentir que no valgo nada.

Y no me apetece, estaba siendo un día increíble y lo último que me gustaría es estropearlo con un mal final.

Justo cuando estoy a punto de salir, alguien me agarra de la mano. Un tacto demasiado caliente que siento como una descarga eléctrica.

—Vamos, te llevo —dice Dylan aún con su mano sujetando la mía.