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Nueve. Talya

Nueve

Talya

Los siguientes días de clase transcurren sin demasiada novedad.

Continúo intentando adaptarme a las clases mientras Alice hace todo lo posible para que no me sienta fuera de lugar.

Aliceha tenido mucha paciencia. La clase de Matemáticas del miércoles estaba siendo un suplicio.

El profesor escribía fórmulas a una velocidad imposible y yo sentía que me hablaba en un idioma desconocido.

Mis apuntes parecían más un jeroglífico que algo que pudiera estudiar después.

Así que Alice, sentada a mi lado, se inclinó sobre mi cuaderno y, sin pedir permiso, escribió con su letra redonda:

«Respira. Lo importante está en la segunda columna».

Levanté la vista, confundida, y ella sonrió con esa calma que parecía decirme que no estaba sola en el naufragio.

Durante el resto de la clase, cada vez que yo fruncía el ceño, Alice me pasaba un pósit con una explicación rápida o un dibujito absurdo: una raíz cuadrada convertida en un árbol con hojas o un polinomio con bigote y gafas.

Cuando sonó el timbre, yo tenía la sensación de haber entendido menos de la mitad de la lección, pero aun así me descubrí riendo mientras guardaba los papeles.

Nunca he sido una mala estudiante, pero todo esto me viene demasiado grande.

Recordaba que el sistema educativo aquí era diferente al de España, pero no hasta este punto.

Ahora estoy en S5, el año de los temidos Highers , el penúltimo curso de educación secundaria .

Aunque es curioso, porque aquí todo va más rápido; si quisiera, podría saltarme el último curso y entrar a la universidad con diecisiete años.

Esa diferencia de ritmo hace que haya cosas que me resulten incomprensibles, como si me hubieran colocado en mitad de un examen de otra persona.

Aun así, entre tanto caos, de vez en cuando he encontrado pequeños respiros: fórmulas que ya domino, autores que reconozco, conceptos que me suenan familiares…

Es ese vaivén lo que hace que todo sea más soportable.

Respecto al grupo, estos días han hecho que me integrara mucho mejor.

A Noa empiezo a pillarle el punto poco a poco.

Al principio me parecía inaccesible: ese gesto serio, la forma en la que te clava la mirada como si siempre buscara la verdad detrás de lo que dices.

Pero, cuanto más tiempo pasamos juntas, más me doy cuenta de que esa dureza no es contra mí.

Es simplemente su manera de estar en el mundo: directa, sin rodeos.

Descubro que detrás de su silencio hay un humor afilado, casi escondido, que suelta de repente y me deja riéndome a carcajadas cuando menos lo espero.

Con Erik todo fluye mucho más fácil. Tiene esa forma tranquila de estar que relaja hasta los pasillos más alborotados.

Siempre parece guardar un comentario bajo la manga, no necesariamente gracioso, pero sí justo lo bastante irónico como para romper la tensión.

Me sorprende lo rápido que se da cuenta delos detalles, es bastante observador.

Su compañía es có­moda,de esas donde los silencios no pesan.

Jamie y Dylan, en cambio, son otra historia.

Se acercan a la hora de la comida, Jamie con su ruido constante y Dylan con su presencia tranquila.

Pero esas apariciones duran poco. Alice y yo salimos pitando hacia la biblioteca en cuanto terminamos el último bocado para que pueda ponerme al día con el temario.

Y, por si te lo estás preguntando: sí, terminé respondiendo a la propuesta de Dylan de llevarme a clase. Fue una respuesta impulsiva por la que me he estado arrepintiendo los últimos cuatro días.

Gracias, pero no es necesario.

Lo de esta mañana no ha sido nada,

eran los nervios del primer día.

Como era de esperar, no recibí respuesta.

Hoy ya es viernes y al final he decidido aceptar esa merienda con los chicos. Necesito salir un poco de esta casa que amenazacon aplastarme desde dentro.

Ahora estoy sentada enfrente del armario intentando decidirme entre la poca ropa que traje conmigo de España. Inevitablemente, me va a tocar ir a comprar más. El clima aquí es cien veces más frío.

Es el primer día que voy a salir oficialmente de casa sin tener que llevar el uniforme del Evercrest, así que cojo unos vaqueros sencillos y el jersey más calentito que tengo en el armario, uno gris de lana.

Rebusco entre los abrigos que Margaret me dejó. Ese signo de amabilidad se fue al traste cuando añadió, cito textualmente: «Lo hago para que no parezcas una vagabunda».

Elijo el menos llamativo, uno negro, demasiado rígido, que parece pesar el doble de lo que debería.

Me lo pruebo frente al espejo de cuerpo entero que hay en la puerta del armario.

Este me devuelve una imagen que no es tan terrible como me esperaba.

El pelo me cae suelto, todavía un poco húmedo de la ducha.

Nunca he sabido muy bien qué hacer con él, así que lo dejo como está: liso en las raíces con un par de ondas rebeldes en las puntas.

El castaño parece aún más oscuro que de costumbre, si es posible.

Me recojo un mechón detrás de la oreja y me descubro con la mirada fija en mis propios ojos.

Miel. Así los describía mamá, aunque a mí siempre me han parecido más ámbar que otra cosa. Los suyos eran azules, así que no los heredé de ella. No recuerdo de qué color los tenía mi padre, pero tampoco sé si quiero hacerlo.

Respiro hondo y bajo la mirada. Los vaqueros se ajustan sin apretar, el jersey me hace sentir un poco más segura, como si pudiera esconderme dentro de él. No tengo la figura atlética de Alice ni las despampanantes curvas de Noa, pero tampoco tengo energía para preocuparme por eso.

Aprieto los puños y me relajo. La Talya que me observa desde el espejo parece más tranquila de lo que realmente está. Me pregunto si alguien más sería capaz de notar que la calma no me acompaña en este momento.

Cojo el móvil de la mesilla y repaso el chat del grupo.

Jamie sigue insistiendo en que va a ser un plan épico.

Noa ya ha dejado claro que, si él sigue usando esa palabra, no piensa ir.

Alice ha mandado tres audios seguidos, cada uno acompañado de su foto correspondiente, explicando por qué debería o no llevar cada outfit.

Y la verdad es que está preciosa con los tres.

Me encantaría tener su energía y que mis máximas preocupaciones fueran esas. Quizá algún día.

Respiro hondo y guardo el teléfono en el bolsillo. Ya no tengo excusas. No puedo seguir escondiéndome en esta habitación como si el mundo real no existiera. Hoy voy a verlos fuera de clase. Hoy voy a ponerme a prueba, aunque me tiemblen las piernas.

Recojo la bufanda de lana que mamá me tejió el invierno antes de que todo se viniera abajo. Es lo único verdaderamente mío en este armario, lo único que guarda algo de calor real. Me la enrollo al cuello con cuidado, como si fuera un talismán.

Y entonces bajo las escaleras, decidida a enfrentarme a la primera tarde con ellos.

Margaret está sentada en el sofá. Se gira un segundo para mirarme, pero vuelve a enfocar la vista en la televisión, como si le molestase haber cruzado su mirada conmigo.

—¿A dónde vas a estas horas? —dice, dándome la espalda.

—He quedado para merendar con gente del instituto.

—A las siete echamos la llave, así que, si tenías pensado volver más tarde, apáñatelas. Quédate en casa de alguno de esos.

No respondo, sería inútil. Su tono deja claro que no espera explicaciones. Solo quiere recordarme, una vez más, que soy una intrusa en su rutina. Siento en mis ojos el ya conocido escozor de las lágrimas. Pero consigo reprimirlas una vez más.

Me gustaría pedir ayuda al tío Douglas, aunque desde luego sería en vano, pero no ha vuelto todavía a casa.

Cruzo la puerta y el aire frío de Edimburgo me sacude de golpe, áspero como una bofetada. Aspiro con fuerza, dejando que el viento me limpie los pulmones de la tensión que se había acumulado en ellos. Fuera, incluso en la penumbra de noviembre, me siento más libre que dentro de esa casa.

Empiezo a apretar el paso para llegar a la parada del bus, pues no quiero llegar tarde y ya voy con el tiempo justo, cuando el móvil me vibra repetidas veces en el bolsillo. Es un mensaje de Alice.

Le he dicho a Dylan que pase a por ti.

¡Estará al llegar!

Así no te lías con el bus.

Me detengo en seco en medio de la acera. No. No puede estar hablando en serio. Empiezo a sentir calor, a pesar de que el termómetro marca apenas tres grados.

Tiene sentido, claro. Dylan no vive lejos, no le viene tan mal pasar a recogerme, es lo más fácil, lo más lógico.

Excepto que mi lógica me grita otra cosa.

Dylan y yo.

Solos.

En un coche.

La idea me aprieta el estómago como un puño invisible. El aire se me queda atascado en la garganta, mis manos se cierran dentro de los bolsillos buscando algún ancla. El simple pensamiento me devuelve imágenes que intento rechazar.

Parpadeo con fuerza, intentando eliminar todos los pensamientos que amenazan con abrirse paso. Pero los recuerdos tienen esa mala costumbre de no pedir permiso para aparecer.

Una mano cerrándose sobre mi muñeca.

Sacudo la cabeza.

Una mano agarrándome demasiado fuerte.

La sacudo de nuevo.

Una puerta bloqueada.

No es lo mismo, me repito. Dylan no es él. Todo está bien.

Un par de faros iluminan la calle. Mi respiración se acelera más todavía.

Lo reconozco antes de que se detenga: la silueta alta en el asiento del conductor, una mano apoyada en el volante con una naturalidad irritante. El coche negro frena justo delante de mí.

—Chica nueva —dice, con esa media sonrisa que acostumbra a poner—. Sube.

Quiero moverme, andar hasta la puerta del copiloto y entrar en el coche. Actuar normal, como cualquier chica de dieciséis años. Pero mi cuerpo se queda inmóvil, como si mis pies estuvieran pegados al suelo. La bufanda me aprieta demasiado y tengo que tragar saliva para que no me falte el aire.

—¿Estás bien? No muerdo, ¿eh? —añade él, arqueando una ceja.

—Yo… —intento formular una frase coherente—. No hacía falta que vinieras, puedo ir en bus. La parada está justo ahí.

Señalo la parada que hay a apenas cien metros. Dylan ladea la cabeza, sigue la dirección de mi dedo hacia la parada del bus y luego vuelve a mirarme. Después, apoya el brazo en la ventanilla y me sostiene la mirada.

—Podrías ir en bus, sí. Pero… a mí no me cuesta nada venir a por ti. Así te ahorras el frío. Además —hace un gesto con la mano, como señalando lo evidente—, ya estoy aquí.

Sus palabras caen con demasiada naturalidad. Como si venir a recogerme fuera lo más normal del mundo.

Dylan abre la puerta y baja del coche. El aire frío se cuela entre nosotros cuando se acerca un par de pasos, casi demasiado cerca.

—Vamos, tienes que estar helándote aquí fuera —dice mientras rodea el coche para abrir la puerta del copiloto—. Alice ya me ha amenazado para que te arrastre aunque no quieras.

Me quedo observando la puerta abierta, un umbral demasiado grande para un gesto tan simple. Dylan espera, sin impacientarse, con una mano apoyada en el borde del coche. Me deja ese tiempo extra que necesito para terminar de decidirme.

Al final doy un paso. Y luego otro. Cuando me siento definitivamente en el asiento del copiloto, el olor a cuero frío y colonia masculina me invade. Trago saliva mientras clavo la mirada en el salpicadero para no cruzarme con la suya.

Dylan cierra la puerta con suavidad y rodea el coche hasta el asiento del conductor. Se sienta, pero no arranca de inmediato.

—¿Lista? —pregunta sin prisa, dándome la opción a decir que no.

Y no estoy segura de si me encuentro lista, pero asiento atreviéndome a mirarlo por fin a los ojos.

Él me dedica una mueca alegre, esta vez es una sonrisa completa, y algo en mi interior se enciende.

Mi corazón late con fuerza entre mis costillas.