Si decides quedarte Ocho. Dylan
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Ocho. Dylan

Ocho

Dylan

Llevo casi diez minutos aparcado frente a la casa de Emma, con el motor apagado y preguntándome qué cojones hago aquí.

Me escribió hace un rato exigiéndome que viniera a buscarla porque era «urgente». Y yo, como el imbécil que soy, he venido. Pero mi cabeza está a kilómetros de esta calle. Exactamente, y por algún motivo que no logro comprender, en la chica nueva.

En cuanto Jamie ha mencionado que vivía por la zona de Ravelston, no he podido evitar enviarle un mensaje.

Me he excusado a mí mismo pensando que solo era un gesto de cortesía, pero sé que es mentira.

La imagen de esa chica temblando esta mañana, con los ojos de ese color tan peculiar llenos de pánico y la respiración rota, se me ha quedado clavada en el pecho como una astilla.

He visto a mucha gente agobiada por empezar en un instituto nuevo, pero lo de ella no era eso. Era terror puro.

«Si alguna vez te pilla mal el bus, puedes avisarme. Espero que estés mejor por lo de esta mañana».

La pantalla del móvil se ilumina boca abajo sobre el asiento. Lo giro a la velocidad de la luz sintiendo un latido estúpido e impropio de mí en la garganta.

Pero no es un mensaje suyo. Ni siquiera lo ha leído.

Es una notificación del grupo de los chicos. Jamie soltando otra parida.

Suelto el teléfono cuando una ráfaga de aire helado invade el coche, seguida al instante de un perfume dulzón que me satura las fosas nasales.

Emma se deja caer en el asiento, me da un beso rápido en la comisura de los labios y tira su bolso en la parte de atrás como si el coche fuera suyo.

—Menos mal que has llegado rápido. —Saca el móvil para comprobarse el maquillaje en la pantalla—. Arranca. Violet me ha enseñado esta mañana una foto del mismo top que tenía pensado comprarme para este viernes. Necesito llegar al centro comercial antes que ella.

Me quedo mirándola, con las manos apoyadas en el volante, asimilando lo que acaba de decir.

—Emma, ¿me estás jodiendo? —pregunto incrédulo—. Me has escrito diciendo que era una urgencia. Pensaba que te había pasado algo.

—¡Es una urgencia! —replica abriendo mucho los ojos como si yo fuera el que no entiende nada—. ¿Sabes cuánto tiempo llevo queriendo ese top? Además, necesito que vengas conmigo para que su estúpido novio nos vea llegar juntos si nos lo cruzamos. Arranca, anda.

La miro fijamente y siento cómo se me tensa la mandíbula. Ni siquiera me ha preguntado qué tal el entreno. Tampoco le importa que le haya dicho que estoy reventado.

—No voy a ir a ningún centro comercial, Emma. Estoy destrozado y le prometí a Elsie que hoy cenaría con ella.

Ella deja el móvil de golpe en su regazo y me mira muy ofendida.

—Por favor, Dylan, no me hagas esto hoy. Tu hermana pequeña ni se va a enterar si llegas un poco más tarde. Solo te estoy pidiendo que me lleves, me acompañes un rato y ya está. ¿Tanto te cuesta hacerme ese favor?

Y, de repente, la ola de hastío me golpea con tanta fuerza que casi me deja sin aire.

La observo y me doy cuenta de que no hay absolutamente nada detrás de esa fachada. Llevo muchísimo tiempo metido en este bucle, sirviéndole de chófer, aguantando sus rabietas y dejándome usar como un puto accesorio. Por pura inercia. Por comodidad. Pero esto no es comodidad, es un puto desgaste.

El vaso, que llevaba meses a punto de desbordarse, se derrama por completo.

—No soy tu puto bolso, Emma —suelto con un tono tan plano y frío que hasta yo me sorprendo.

Ella frunce el ceño, cambiando la táctica al instante. Endereza la espalda y usa ese tono afilado que saca cuando quiere ganar una discusión por las malas.

—Mira, Dylan, si vas a ponerte en este plan de niñato aburrido, me pido un taxi y me voy sola. Pero te aviso: si me dejas tirada hoy, olvídate de buscarme este fin de semana.

Cree que es un chantaje. Cree que es otra de nuestras mil discusiones.

Pero ya estoy cansado, estoy cansado de verdad.

—Me parece perfecto —respondo sin un ápice de duda—. Olvidado. Ya me he cansado de este jueguecito, Emma. No quiero seguir con esta mierda que tenemos. Bájate de mi coche.

El silencio llena el habitáculo. La sorpresa le cruza la cara durante un segundo antes de que la indignación se apodere de ella. Odia que le lleven la contraria y odia aún más que no le supliquen. Agarra su bolso de la parte de atrás de un tirón y abre la puerta de una patada.

—Eres un imbécil, Dylan. ¿Me oyes? —escupe—. Hazte el duro todo lo que quieras. Para el miércoles se te habrá pasado la rabieta y serás tú el que venga a buscarme. Pero ya veremos qué pasa.

Da un portazo que hace temblar los cristales y camina de vuelta hacia su casa, pisando fuerte, convencida de que su pequeño mundo sigue intacto y de que yo volveré a llamarla. Como ya ha pasado un millón de veces.

Discutimos. La busco. Discutimos. Me busca. Así es nuestra «relación».

Pero algo me dice que se ha acabado de verdad, estoy verdaderamente cansado de sentirme un puto complemento.

La veo alejarse y espero sentir algo. Pena, enfado, lo que sea. Pero lo único que me inunda el pecho cuando la pierdo de vista es un alivio inmenso.

Arranco el motor y conduzco hacia mi casa en absoluto silencio. Justo cuando estoy aparcando, me encuentro a Richard haciendo lo mismo.

Richard es el marido de mi madre. Y lo quiero de la misma forma en la que debería quererse a un padre.

Apago el motor, pero me quedo un momento dentro, con las manos aferradas al volante y la cabeza apoyada en el asiento.

Escucho el portazo del coche de Richard y, unos segundos después, dos golpecitos suaves en mi ventanilla. Bajo el cristal.

—Huele a que alguien necesita dormir catorce horas seguidas —comenta, asomándose ligeramente. Lleva el traje del trabajo, pero ya se ha aflojado la corbata.

—Ojalá. —Abro la puerta y salgo al frío de la calle. Me apoyo en la carrocería y me paso las manos por la cara—. Estoy reventado, Richard.

Él no me presiona. Se queda a mi lado, mirando hacia la calle vacía. Entró en la vida de mi madre y en la mía hace años, y se ganó el título de padre a pulso simplemente estando ahí. Y una de las cosas que mejor sabe hacer es leerme.

—A veces se te olvida que tienes diecisiete años, Dylan —dice con su tono tranquilo de siempre—. Te exiges demasiado. Con el fútbol, con tus responsabilidades… Incluso con las cosas que no dependen de ti.

Me encojo de hombros.

—Ya sabes cómo soy.

—Ese es el problema. —Se gira un poco hacia mí y me pone una mano en el hombro—. No tienes que cargar con todo. Y, sobre todo, no tienes que aguantar situaciones que te agotan solo porque estés acostumbrado a hacerlo.

Sus palabras se me clavan directamente en el pecho.

Joder, él cree que me habla del estrés en general, pero acaba de describir exactamente lo que me pasaba con Emma. Y tiene toda la puta razón.

Me tranquiliza hablar con él. Siempre lo hace.

Noto cómo el último nudo de tensión que me quedaba en los hombros desaparece.

—Gracias.

—No hay de qué. —Richard sonríe y me da dos palmadas en la espalda—. Ahora, entra antes de que tu hermana piense que nos hemos olvidado de ella.

Se me escapa una media sonrisa mientras él se aleja hacia la puerta de casa.

Me quedo un segundo de más apoyado en el coche, sintiendo que el aire frío me llena los pulmones de una forma distinta.

Tengo mucha suerte de tenerlo.