Siete. Talya
Siete
Talya
Alice me pidió en clase mi número de teléfono, por si necesitaba algo, y ahora me están lloviendo mensajes de un chat grupal llamado « Club de fans de Jamie Hartley » . Ese nombre consigue sacarme una sonrisa, porque podría apostar lo que fuera a que ha sido el propio Jamie quien lo ha elegido.
Club de fans de Jamie Hartley
Alice
Bienvenida al grupo!!!!!!
Jamie
Ahora eres oficialmente fan del menda, te daré
un autógrafo sin coste alguno.
Noa
Jamie, por favor…
Alice
No hagas caso al idiota de mi hermano,
no ha cambiado absolutamente nada en
todos estos años.
Alice
Espero que no hayas sufrido mucho en
el trayecto a casa con él, me ha contado
que ha tenido que acercarte. Lo siento,
prometo acompañarte la próxima vez.
Dylan
Bienvenida al grupo, chica nueva.
Erik
El chat sigue llenándose de mensajes de los chicos.
Pero, por alguna razón, tengo la vista clavada en el mensaje de Dylan: «Bienvenida al grupo, chica nueva».
No consigo entender los motivos del aceleramiento repentino de mi corazón.
Late tan rápido como un tambor fuera de compás, golpeando tan fuerte que parece querer abrirse paso a la fuerza por mis costillas.
Y no, tranqui. Antes de que pienses lo obvio: no es lo que te estás imaginando. Yo no siento esas cosas por los chicos. Al menos nunca antes me había fijado en ellos hasta… Bueno, hasta que conocí a Óscar.
Me permití hacerlo una vez y mira cómo terminó todo.
Ese mismo día prometí no volver a cometer ese error. No volver a bajar la guardia con nadie.
Así que no. Esto no es lo que parece. O, mejor dicho, no pienso permitir que esto sea lo que parece.
Sería demasiado obvio.
¿Fijarse en el chico popular del instituto?
¿Ese que roza el metro noventa con unos ojos tan verdes que parecen irreales y la sonrisa más absolutamente perfecta que probablemente exista en la faz de la tierra?
Venga ya, un completo cliché.
Así que, si es lo que estabas esperando, no pienso enamorarme de Dylan Ashmore.
El teléfono no ha dejado de vibrar, avisándome silenciosamente de que el grupo no ha parado de hablar.
Leo por encima los mensajes. Alice mete corazones en exceso, Jamie suelta alguna tontería cada tres líneas, Noa lo manda callar y Erik responde con ironías que parecen escritas sin esfuerzo.
Y Dylan… Dylan se ha limitado a ese único mensaje, escueto, como si no necesitara nada más para hacerse notar.
Escribo, borro. Vuelvo a escribir, vuelvo a borrar. Me debato entre saludar y agradecer que me hayan incluido en el grupo o continuar siendo una espectadora silenciosa. Pero… no quiero quedarme al margen. No otra vez. Así que respiro hondo y suelto lo primero que se me ocurre.
¿ Club de fans de Jamie Hartley?
¡Increíble! ¿Incluye camiseta oficial
o aún está en producción?
Le doy a enviar y me arrepiento al segundo.
Yo no suelo hacer bromas, no suelen salirme bien.
No es que lo haya intentado muchas veces, pero las pocas en las que me atreví a intentar ser divertida siempre terminé arrepintiéndome.
O porque nadie entendió la broma o porque me miraron como si hubiera dicho la cosa más rara del mundo.
Supongo que con el tiempo aprendí a callarme antes de hacer el ridículo.
Pero esta vez es distinto. En cuestión de segundos, la pantalla se llena de notificaciones.
Jamie
¡JAJAJA! Una fan con iniciativa,
me gustas.
Alice
Oh, madre mía, Talya, te recomiendo
que no alimentes su ego.
Erik
Si hacéis camisetas con la cara de Jamie,
yo quiero una para usarla de pijama.
Noa
Creo que prefiero estar muerta a llevar
una camiseta con tu cara, Jamie.
Jamie
¡Me tenéis envidia!
Me tapo la boca con la mano para intentar contener una risa que se me escapa igualmente. Es genial haberme cruzado con gente como ellos. A pesar de que solo conocía a Alice y a su hermano, Jamie, el resto me ha acogido con una naturalidad aplastante.
Es como si mi amistad con los dos hermanos hubiera servido de aval para que los demás me abrieran la puerta sin hacerme preguntas. Como si esos seis años en Madrid no hubieran existido y mi sitio en este grupo hubiera estado reservado para mí todo este tiempo.
Me dejo caer sobre la cama, el móvil apoyado sobre mi pecho mientras las notificaciones siguen iluminando la pantalla.
La vibración me hace cosquillas en la piel, como si el teléfono tuviera vida propia.
Cierro los ojos un segundo, solo para escuchar el murmullo apagado de la casa: el reloj del pasillo marcando cada segundo con una precisión insoportable, el crujido de las tuberías, el sonido lejano de los platos en la cocina.
La rutina perfecta de un hogar que no me pertenece.
Y, aun así, en mis manos hay algo que me devuelve un poco de calor.
Me río bajito, sola, porque la escena es algo absurda: yo, escondida en un cuarto demasiado grande, riéndome por culpa de un grupo llamado «Club de fans de Jamie Hartley» .
Lo que me sorprende es lo fácil que parece acostumbrarse a esto.
Puedo imaginarlos perfectamente, sin haber compartido más de un par de horas con ellos.
Alice escribiendo mientras, seguramente, se muerda las uñas, concentrada.
Jamie enviando audios sin parar, sin dejar que nadie meta una palabra entre frase y frase.
Noa respondiendo con sequedad, con esa autoridad natural que hace que todos bajen la cabeza sin rechistar.
Erik entrando al grupo de vez en cuando solo para soltar ironías.
Y Dylan… A Dylan todavía me cuesta leerlo del todo.
La conversación grupal ahora gira en torno a un plan improvisado para el viernes: una especie de quedada en una cafetería cerca del instituto. Jamie afirma que va a ser un plan épico y Alice le rebate que no tendrá nada de épico porque solo será una merienda.
Mi dedo flota sobre el teclado. No digo nada. Aunque me encantaría escribir sin pensar un «Yo también me apunto» y dejar de ser la chica que tiene miedo hasta de su propia sombra.
Respiro hondo, dejo el móvil a un lado y me giro boca arriba, mirando el techo.
Es curioso cómo en cuestión de un par de horas puedo pasar de sentir que el mundo me pesa demasiado a tener la sensación de que hay un sitio esperándome ahí fuera.
Supongo que así es como funciona la esperanza.
Aparece a destiempo, cuando menos la esperas, y se aferra a cualquier resquicio por el que pueda colarse.
Aún tengo que cenar, pero los párpados me empiezan a pesar. Estoy a punto de quedarme dormida, todavía con el uniforme del Evercrest puesto, cuando la pantalla se ilumina. Es justo antes de desactivar las notificaciones cuando descubro que esta vez no ha sido un mensaje del grupo.
Esta vez es uno individual, de un número de teléfono que aún no he guardado en mis contactos.
Número desconocido
Hola, chica nueva.
Me ha dicho Jamie que vives por aquí
cerca. Estoy en Roseburn, si alguna vez
te pilla mal el bus, puedes avisarme.
Espero que estés mejor por lo de esta mañana.
Por la forma en que me llama «chica nueva», deja claro quién es. Aun así, pulso en la foto de perfil del susodicho para asegurarme.
Una imagen de Dylan ocupa la pantalla: lleva la equipación de fútbol del Evercrest y está girado hacia un lado, como si alguien lo hubiera llamado justo en ese instante, y sonríe con tanta fuerza que casi parece que estuviera riéndose de verdad.
Se le ve natural, como si no tuviera ni idea de que lo estaban enfocando, pero aun así transmite esa seguridad suya que parece imposible de apagar.
«Si alguna vez te pilla mal el bus, puedes avisarme».
«Espero que estés mejor por lo de esta mañana».
El aire se me atasca en la garganta. ¿Cómo pueden un par de frases tener tanto poder? Lo releo hasta que las letras empiezan a bailar en la pantalla. Dylan todavía se acuerda de mi ataque de pánico de esta mañana.
Ha visto lo que los demás prefieren ignorar y, en lugar de apartar la mirada, lo ha nombrado. Eso me desarma. Estoy acostumbrada a que la gente pase de largo, a que finja no notar las grietas. Pero él lo ha visto.
Cierro los ojos con fuerza, como si pudiera huir de la oleada de recuerdos. De todo lo que día tras día intento enterrar.
La tentación de responder me quema en la piel, pero la idea de abrir esa puerta me aterra más todavía.
No sé si podría soportar que él me viera de verdad.
Ya sé cómo termina todo cuando me permito confiar, cuando dejo que alguien se acerque demasiado.
Sin embargo, aquí estoy, con el corazón desbocado, visualizando en mi mente cómo sería que él viniera a recogerme algún día para llevarme al instituto.
Es ridículo. Estar pensando ese tipo de cosas es ridículo. Es un completo cliché y, a pesar de todo, me aferro a esas palabras como a un salvavidas.
Cierro el chat sin contestar, pero sostengo el móvil con la mano. El miedo y el deseo se enredan dentro de mí, tirando en direcciones opuestas.
Y me descubro pensando que el verdadero problema no es que Dylan Ashmore me haya escrito.
El problema es que me ha gustado que lo hiciera.