Seis. Talya
Seis
Talya
—¿Y ahora vives en…? —me pregunta Jamie, bajando el volumen de la radio.
—Ah, sí. Lo siento, debería habértelo indicado. Sigue recto. Es por… ¿Ravelston? —pronuncio esto último a modo de pregunta, todavía no me acostumbro a nombrar esa zona.
Jamie silba para adentro.
—Guau, vaya nivel, ¿eh? —Me lanza una mirada rápida y sonríe—. Ravelston es territorio de gente muy estirada. No sé si esa zona termina de encajarme contigo.
—Ya, a mí tampoco.
Y lo digo en serio. Mis tíos viven en una zona de casas grandes y elegantes.
Con jardines cuidados al milímetro y setos recortados como si alguien midiera cada centímetro.
Las fachadas son tan impolutas que parece que dentro no puede ocurrir nada malo.
Todo transmite esa perfección que se compra con dinero, ese tipo de vida que desde fuera parece tan envidiable.
Pero yo sé la verdad: lo que ves desde la acera nunca refleja lo que hay dentro.
Por dentro esa casa no tiene nada que ver con la imagen perfecta que pretende reflejar.
La vida que parece tener desde fuera se apaga justo cuando cruzas la puerta.
Allí no hay ni risas ni abrazos ni olor a café recién hecho por las mañanas.
Quizá esa sea la diferencia entre una casa y un hogar. Una casa puede ser perfecta, limpia, ordenada, enorme, estar llena de muebles… y, aun así, sentirse vacía.
La casa de mis tíos es solo eso. Una casa.
—Buah, ¿sabes lo bueno de Ravelston? —suelta Jamie de forma eufórica.
—Sorpréndeme.
—Cerca hay una pastelería que hace las mejores tartas detoda la ciudad. Te lo prometo, hacen ellos mismos la salsa de chocolate con leche. —Hace un gesto exagerado con las manos, como describiendo una obra de arte—. Es otro rollo.
—Me lo has vendido muy bien. —Sonrío, me hace feliz ver a alguien tan emocionado por una cosa tan simple—. Tendrás que llevarme algún día.
—Eso está hecho. Pero —pone ojos de corderito— no se lo digas a Alice. Me lo tiene prohibidísimo.
—¿Por qué? —pregunto, aunque puedo imaginarme los motivos.
—Porque dice que, si sigo yendo, acabaré financiando la jubilación anticipada de toda la familia que lleva la pastelería.
Suelto una risa. Una de verdad. Jamie es de esas personas que consiguen hacerte reír sin intentarlo; echaba de menos rodearme de gente así.
Alice también tiene ese efecto. Aunque lo suyo es distinto: no necesita hacer un chiste para cambiar el ambiente, basta con que hable y, de repente, todo parece menos pesado.
Jamie, en cambio, lo llena todo de ruido, de bromas, de esa energía caótica que consigue que hasta lo más absurdo parezca importante.
Los hermanos Hartley son opuestos, pero, a la vez, no podrían ser más parecidos.
En Madrid también tuve amigos, pero nunca fue igual.
Tenía amistades, sí, pero siempre me quedó la sensación de que estaban construidas sobre lo inmediato: trabajos de clase, fiestas improvisadas, conversaciones que empezaban y terminaban en el mismo día.
No quiero ser injusta, hubo personas que de verdad se preocuparon por mí.
Pero nunca llegué a sentir esa conexión profunda.
Esa confianza que dice: «Pase lo que pase, voy a estar aquí».
Quizá porque desde lo que pasó… nunca me atreví a volver a confiar del todo en nadie.
Nunca me atreví a mostrarles quién era de verdad.
Óscar fue la excepción. Me convencí de que podía confiar en él. Aún recuerdo el momento exacto en el que me di cuenta de que nunca debería haberlo hecho.
Pero aquí, con Alice y Jamie…, no siento eso.
Con ellos es diferente. Como si hubiera un lazo que nunca se llegó a romper.
Me recuerdan a la Talya de hace seis años, cuando todo estaba bien, era feliz y mi vida era aparentemente perfecta.
Con ellos es como si nunca me hubiera ido, como si nunca hubiera ocurrido todo aquello que me llevó a ser la Talya que soy ahora.
Eso es algo que, en parte, me asusta. Porque ya no soy esa niña y no sé si es lo que ellos esperan que sea.
Pero, a pesar de todo, me alivia que estén aquí.
Después de un par de indicaciones más para llegar a mi calle, Jamie aparca justo delante de mi puerta.
—Gracias por traerme, me has salvado. —Me desabrocho el cinturón.
—No iba a dejar que murieras de hipotermia. De todas formas, ya he pensado varias formas en las que podrías agradecérmelo.
—A ver, ¿cuáles son? —Sonrío, esperando a que suelte cualquier cosa.
—Por ejemplo, pidiéndole a tu madre que prepare esa tarta de queso que solía hacer. Te juro que aún sueño con ella.
Me quedo quieta con la mano en la manilla de la puerta.
El comentario cae como una piedra en medio del silencio.
Siento que el aire se me atasca en la garganta.
El simple hecho de traerla a esta conversación es como un golpe bajo que no vi venir.
Sé que Jamie lo ha dicho como algo natural; él no tiene ni idea de todo lo que ha pasado, para él es solo un recuerdo cálido de la infancia.
Pero a mí ese recuerdo me aprieta el pecho hasta dejarme sin respiración.
Ojalá pudiera verlo de otra forma, ojalá pudiera tomármelo con ligereza. Reírme, asentir y prometerle que la próxima vez le guardaré un trozo de esa tarta. Pero eso es imposible. Jamie no va a volver a probar esa tarta de queso.
La calefacción está apagada y, aun así, tengo la piel cubierta de un sudor frío. La manilla se escurre entre mis dedos, los aprieto con fuerza, como si ese gesto pudiera sostenerme.
Acto seguido, Jamie rompe el silencio que se estaba haciendo demasiado pesado.
—Oye, que si ha dejado de hacerlas, no pasa nada. Lo decía de broma.
—No. O sea, sí —miento—, se lo diré.
Abro la puerta del coche y salgo disparada. Estoy a punto de ponerme a llorar por segunda vez en el día y no necesito más espectadores.
Corro hacia la entrada sin mirar atrás, aunque siento la mirada de Jamie clavada en mi espalda.
Las llaves me tiemblan en la mano mientras intento abrir lapuerta, pero antes de que consiga meterla en la cerradura, la puerta se abre desde dentro y aparece mi tía con los brazos cruzados y esa expresión que parece guardar solo para mí y a la que empiezo a acostumbrarme.
—Anda, has decidido aparecer —dice, dándose la vuelta para entrar a la cocina—. La próxima vez que decidas retrasarte, avísanos. No quiero tener que estar pendiente de ti todo el día.
—Lo siento, el autobús cambió el recorrido y no me di cuenta, un amigo ha tenido que…
—Me da igual lo que decidas hacer con tu vida —me interrumpe Margaret—. Simplemente avisa. Tienes un móvil, ¿no?
Asiento en silencio mientras trago saliva para intentar disipar el nudo que se me está empezando a formar en la garganta. No importa que apenas conozca la ciudad, no importa que no hubiese tenido forma de volver a casa de no ser por Jamie. Para ella, parece que siempre soy un problema.
De reojo, a través de la ventana, observo que el tío Douglas está aparcando el coche. He tardado tanto por culpa del percance con el autobús que hasta a él le habría dado tiempo de venir a recogerme.
Mamá me contó que Margaret era una de sus mejores amigas; así fue como conoció a su hermano, el tío Douglas, y acabaron casándose. Para cuando yo nací, ya no se llevaban bien. Nunca me dio demasiados detalles de por qué, pero la tía Margaret no podía ni verla.
Al principio, Douglas seguía visitándonos.
Venía de vez en cuando, se interesaba por mí, incluso intentaba mantener ese lazo con mamá.
Pero las visitas se fueron haciendo cada vez menos frecuentes.
Una comida rápida, una Navidad a medias.
Hasta que al final solo coincidíamos en casa de la abuela una vez al año.
La abuela murió poco después de mi noveno cumpleaños. Y con ella también murió esa costumbre. No volví a ver a Douglas en años. No hasta hace un par de meses, cuando no me quedó más remedio que venir aquí, a invadir su espacio y su familia.
En parte, entiendo que a Margaret no le agrade mi presencia. Odiaba a mi madre, ¿por qué iba a quererme a mí? Pero también pienso que no debería pagar conmigo las diferencias que tuvieron ellas.
Margaret es de esas mujeres que nunca levantan la voz, no necesita gritar para herir; sabe qué decir y cómo hacerlo para hacerte daño.
Es una mujer alta, rozará el metro ochenta, delgada y siempre va perfectamente peinada.
Suele llevar los labios pintados de un rojo impecable, aunque no salga de casa. Todo en ella está controlado, medido.
Encaja perfectamente en esta casa. Fría, impecable, silenciosa.
Una fachada bonita para los demás, un espacio vacío para quienes la habitamos.
A veces pienso que no es ella la que se ha adaptado a esta casa, sino que la casa es un reflejo exacto de su forma de ser. Cada rincón ordenado, cada superficie limpia, cada gesto contenido… Todo parece una extensión de Margaret.
Douglas, en cambio, es otra cosa. Nunca ha sido un mal hombre. No es cruel, ni me habla con la dureza con la que lo hace su mujer. Pero su indiferencia me duele mucho más que la crueldad de ella.
Justo como ahora, que ignora los reproches de su esposa hacia mí en cuanto pone un pie en casa.
Su casa. Cuando nos mira es solo para saludarnos con una tímida sonrisa y seguir de largo hacia el salón.
Es el tipo de persona que siempre parece estar en segundo plano.
Habla poco y, cuando lo hace, rara vez se moja.
Asiente, se encoge de hombros, cambia de tema.
Parece que ha hecho de la neutralidad su forma de vida.
Con Douglas no hay reproches, pero tampoco hay calor.
Y aquí estoy yo, atrapada entre los dos. Entre la perfección implacable de Margaret y la indiferencia pasiva de Douglas.
Dos extremos que, de algún modo, se complementan: ella se asegura de recordarme que soy un problema y él se asegura de no contradecirla nunca.
Subo las escaleras hasta llegar a un pasillo oscuro y sin vida.
La casa es amplia y, como los tíos vivían solos, les sobraban un par de habitaciones.
No me hubiese gustado tener que quitarles su despacho o algo así.
Por suerte, tenían un cuarto libre al final del pasillo.
Es amplio, aunque a la vez está demasiado vacío.
A la derecha está la cama, impoluta, como todo en esta casa, y las sábanas huelen al suavizante que usa Margaret, un olor limpio y frío que no reconozco como mío.
Sobre la mesilla derecha hay una lamparita y un despertador digital cuyos números brillan con una intensidad molesta. La de la izquierda la he llenado con algunas de mis cosas: un libro, el cargador del móvil y un marco de fotos.
En la pared frente a la puerta hay dos grandes ventanales, cubiertos por unas cortinas blancas por las que ya apenas se cuela la luz, y, en una esquina, un pequeño escritorio blanco que desentona completamente con el resto del mobiliario.
Lo único que rompe con el ambiente prestado es la montaña de libros apilados al lado de este.
No pude viajar con tantos como me hubiera gustado, pero al menos conseguí traer algunos de mis favoritos y un par que aún están sin leer.
La pared contraria a las ventanas está cubierta por un armario demasiado grande para la poca ropa que traje conmigo de España.
Me dejo caer en la cama sin deshacerla y cierro los ojos. Las lágrimas acumuladas empiezan a caer sin pedir permiso. Quisiera poder desaparecer dentro de este silencio, pero un zumbido suave me obliga a abrir los ojos.
El móvil vibra en el bolsillo de mi mochila.
Paso unos segundos debatiéndome entre responder o no. Total, al fin y al cabo, ya no espero mensajes de nadie.
Al final, decido mirar y descubrir al menos quién ha escrito.
Y me alegra haberlo hecho.