Si decides quedarte Cinco. Talya
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Cinco. Talya

Cinco

Talya

Ahí está el famoso Dylan, el que hasta hace unos minutos para mí era «el chico del baño».

Me está mirando con la ceja izquierda levantada y una media sonri sa.

Lleva la corbata ligeramente aflojada y la chaqueta abierta, con esa apariencia despreocupada que esperarías que tuviera el chico más popular del instituto.

De hecho, no sé por qué no he reparado en él cuando estaban hablando de ese tal Dylan.

Parece decirme algo, pero mi sorpresa es tal que no soy capaz de escucharlo.

—¿Te ha comido la lengua el gato? —dice al cabo de unos segundos, sin despegar la mirada de mí.

Parpadeo para intentar salir de mi estupor. No sé cuánto tiempo llevo mirándolo fijamente. Tal vez segundos, tal vez una eternidad.

—¿Qué? —respondo, sintiendo cómo me arden las mejillas.

—Decía que encantado de conocerte —añade con un tono burlón que solo yo parezco notar. Hay algo en su mirada que parece estar contando un secreto que solo conocemos los dos.

—S-sí—balbuceo—, lo mismo digo.

Dylan asiente con lentitud. Sus ojos verdes brillan un segundo más de lo normal antes de apartar la vista.

Y luego, justo cuando pienso que va a dejarlo pasar, se sienta enfrente de mí, al lado de Noa, y dice con naturalidad:

—Aunque creo que técnicamente ya nos conocíamos.

Mi corazón da un salto. Me prometió que no iba a mencionarlo. Que el haberme encontrado llorando encerrada en el baño masculino iba a ser nuestro secreto.

Noa frunce el ceño.

—¿Os conocíais de antes?

—Nos cruzamos justo esta mañana —responde él enseguida, como si hubiese preparado esa excusa de antemano—. En el pasillo.

Alice me mira de reojo y yo asiento con rapidez.

—Sí. Nada importante —añado casi demasiado rápido.

Dylan vuelve a guiñarme un ojo, gesto que empiezo a reconocer como su forma de decirme que esté tranquila. Justo después empieza a hablar con Erik sobre algo del entrenamiento de fútbol, como si nada.

Como si no hubiese sido testigo de una parte de mí que intento enterrar desde hace años. No estoy preparada para dejarla salir, ni para que nadie piense que tiene que salvarme. A estas alturas, no necesito que lo hagan.

El resto del día transcurre de la manera más normal posible, dentro de lo normal que puede ser tu primer día de instituto en otra ciudad.

Después de convencer a Alice para que no esperara conmigo a que pasara el autobús, ya que iba a llegar tarde a su cita con el dentista, me siento en la parada que se supone que va a llevarme a casa.

Bueno, a casa de mis tíos. Según la aplicación debería pasar cada quince minutos, pero en los veinte que llevo aquí sentada solo he visto circular los coches de los estudiantes que tienen la suerte de contar con uno.

Y me encantaría tener esa suerte, porque me estoy congelando.

El aire es tan frío que me escuecen los dedos, aunque los esconda dentro de los bolsillos.

Cada vez que respiro, mi aliento se dibuja en el aire como una nube pequeña que desaparece en segundos.

Ha dejado de llover, pero el suelo está manchado de charcos que reflejan un cielo gris plomo, igual de apagado que mi ánimo.

Me descuelgo la mochila y abro la cremallera para poder acceder al bolsillo interior.

Aquí está. La carta que llevo conmigo a todas partes, pero que no me atrevo a abrir todavía.

Siento que, si lo hago, estaría poniendo por fin un punto final.

Y no estoy preparada para eso, no sé si lo estaré algún día.

Pero, al menos de momento, me tranquiliza tenerla cerca.

Aprieto los dedos alrededor del sobre, lo bastante fuerte como para sentirlo real, y luego lo dejo donde estaba, escondido entre mis cosas.

Empiezo a desesperarme, llevo más de media hora esperando un autobús que parece que nunca va a llegar, cuando escucho voces masculinas a mi espalda.

—Era tuya, tío, estás despistado, acéptalo —sentencia la voz grave de Dylan.

—Que sí, que Dylan siempre lleva razón y Jamie siempre está despistado. Vale, tú ganas —replica Jamie con un tono de falsa resignación.

—Venga, matrimonio feliz, dejad de discutir. Nos vemos mañana.

No reconozco esa última voz, pero sí las otras dos. Los veo salir de la parte de atrás del instituto vestidos con la equipación de fútbol del Evercrest, de color verde y azul. Supongo que han terminado el entrenamiento.

Los tres se despiden y el tercero se aleja calle abajo. Dylan y Jamie siguen avanzando, riéndose por algo que no escucho, hasta que sus miradas me encuentran sentada en la parada.

—¿Sigues aquí? —pregunta Jamie con la misma sorpresa que si acabara de encontrar un perro perdido.

—El autobús no ha pasado todavía —respondo, encogiéndome de hombros.

Dylan señala con la barbilla el cartel que cuelga de la esquina de la marquesina, arrugado por la humedad.

—Hoy esa línea no circula, chica nueva. Obras en el centro.

Me quedo mirando el cartel como si hubiera aparecido de la nada.

¿Cómo no he podido verlo antes?

Ahora tendré que encontrar otra forma de volver a casa.

—¿Dónde vives? Tengo el coche ahí, puedo llevarte —añade al darse cuenta de que me he quedado boquiabierta, y la naturalidad con la que lo dice me pone más nerviosa aún que la propuesta.

—No, gracias. Ya encontraré otra manera.

Jamie levanta las cejas divertido.

—¿Otra manera? A no ser que quieras dejarte la pasta en un taxi, no vas a encontrar muchas. Venga, yo te acerco, no voy a dejar que sufras la conducción temeraria de Dylan en tu primer día.

El hermano de Alice sonríe mientras se aparta justo a tiempo para esquivar el manotazo que le lanza Dylan con esa complicidad que solo existe entre amigos.

—¿Temeraria? Ya nos dirás quién es el que conduce como un loco —replica Dylan, dirigiéndose a mí—, y te aseguro que no soy yo.

Jamie me hace un gesto con la cabeza dejando claro que no hay nada más que discutir.

—Vamos, no voy a dejar que te congeles aquí fuera.

No tengo fuerzas para inventar otra excusa y tampoco me apetece andar casi una hora con este frío para llegar a casa, así que asiento despacio y me pongo de pie.

Noto cómo Dylan aprieta la mandíbula, se aparta un paso para dejarme pasar y, durante un segundo, me late el corazón demasiado fuerte, como si me hubiera quedado sin aire.

Llegamos al coche, un Mini Cooper rojo. No me imaginaba a Jamie conduciendo un coche así y, sin embargo, le encaja perfectamente.

—Su carruaje, señorita —bromea Jamie mientras me abre la puerta con una exagerada reverencia.

—Payaso —murmura Dylan, poniendo los ojos en blanco.

Me siento en el asiento del copiloto y me abrocho el cinturón muy rápido, buscando seguridad en alguna parte.

El interior huele a una mezcla de un ambientador de pino bastante intenso y el cuero frío de los asientos.

Justo cuando arranca el motor, la calefacción me golpea en la cara, demasiado brusca después del frío de fuera.

Jamie empieza a hablar sin parar, golpeteando el volante al ritmo de una canción pop demasiado alegre para cómo me siento ahora mismo.

Miro por la ventanilla cada vez más empañada. Dylan abre la puerta de su coche un par de metros más allá y, antes de montarse, clava su mirada en mí.

No dura más de un segundo, pero basta para que mi estómago se retuerza por algún motivo que no pienso permitir.