Cuatro. Talya
Cuatro
Talya
Terminamos de llenar los platos con la comida del día y Alice nos guía hacía una mesa vacía junto a u na ventana. Deja su bandeja en una esquina y se sienta con naturalidad. Supongo que ya todos tienen un lugar asignado y yo soy esa nota disonante que todavía no encuentra su sitio en la melodía.
—Nos solemos sentar siempre aquí, normalmente los tres solos, pero hay veces que se unen Jamie y los demás.
—Jamie… —Recuerdo por primera vez en mucho tiempo al hermano de Alice—. ¿Qué tal está?
—Igual que siempre —responde, dándole vueltas a la pasta con el tenedor—. Ya verás cuando se entere de que has vuelto. De pequeño estaba obsesionado contigo, ¿te acuerdas?
Me río por lo bajo porque sí, me acuerdo. Recuerdo a Jamie sumándose a todos los planes que hacíamos su hermana y yo, incluso lo recuerdo enfadándose cuando me quedaba a dormir en casa de los Hartley porque no le dejaban dormir con nosotras.
También recuerdo una vez que, cuando cumplí siete años, me regaló un peluche de una jirafa porque, según él, regalarme un oso habría sido muy básico.
Y lo acompañó de una carta en la que me prometía que, cuando fuéramos mayores, nos íbamos a casar.
Confesión que le daría vergüenza admitir pasados un par de años.
—¿Cómo voy a casarme con mi casi hermana? —replicaba cuando se lo recordábamos.
Me acuerdo de que yo también lo quería tanto como a un hermano, al igual que a Alice.
Es reconfortante saber que, aunque ahora tenga que empezar de cero, hay personas que me recuerdan quién fui… y que, tal vez, sin saberlo, van a ayudarme a volver a sentirme en casa.
Pasamos casi toda la comida charlando, o más bien yo paso casi toda la comida escuchando anécdotas y nombres desconocidos.
Hablan de profesores, de compañeros que no reconozco, de fiestas que me suenan lejanas y de cosas de supuesto conocimiento obligatorio si estudias aquí.
Alice me va traduciendo en voz baja quién es quién, porque sabe que todo me suena a otro idioma.
Noa añade datos con precisión quirúrgica, como si tuviera un catálogo de todas las personas en su cabeza, y Erik completa los huecos con comentarios sarcásticos que aligeran la charla justo cuando empieza a desbordarme.
—Y luego está Dylan —añade Erik, justo después de mencionar a otro compañero—. Imposible no hablar de él cuando repasamos el mapa social de este sitio.
—¿Dylan? —repito el nombre sin saber a quién se refieren.
—Es el mejor amigo de Jamie —dice Noa.
Alice se ríe y se gira hacia mí.
—Ya lo conocerás. Jamie y él van a todas partes pegados como lapas, no se han separado desde que se conocieron en el primer año de instituto —continúa poniéndome en contexto—.
Todo el mundo lo conoce, aunque tampoco es que a él le guste especialmente llamar la atención.
De hecho, en el ranking de las personas más populares de todo el Evercrest, él encabeza la lista.
—¿Tenéis un ranking? —pregunto.
—Pues claro. —Alice pone los ojos en blanco, como si fuera lo más normal del mundo—. A ver, en el top cuatro está Jamie, ya sabes cómo es, se lleva bien con prácticamente todo el mundo.
—En el top tres: Violet Whitmore. —Noa se acerca un poco a mí para soltar en voz baja—: Es la hija del director, hay que tener cuidado con ella —advierte—.
En segundo puesto está Emma Blackwood —dice mientras señala con el dedo hacia una chica rubia en la otra punta del comedor—.
De hecho, es algo así como la novia intermitente de Dylan.
Asiento mientras intento retener toda esa información. Supongo que tiene sentido: la chica popular con el chico popular. Un clásico.
—Y en el top uno, como te decía, está Dylan. —Alice hace una pausa, como buscando las palabras exactas—. Te diría que el motivo es que es la estrella del equipo de fútbol, pero en realidad va mucho más allá. Tiene una especie de don que atrae todas las miradas sin ni siquiera proponérselo.
Me limito a asentir de nuevo. Sigo intentando ordenar todo el repertorio de nombres nuevos en mi cabeza, cuando una voz masculina me interrumpe.
—¡Ya están aquí vuestros chicos favoritos! —dice el dueño de esta voz mientras se sienta en el banco en medio de Alice y yo—. ¿Os estabais aburri…?
Entonces, deja la frase a medias mientras me mira con tal cara de sorpresa que parece que acabe de ver a su cantante favorito.
Le aparto la mirada, un poco avergonzada y a la vez temerosa de que él sí que quiera obtener respuestas reales sobre por qué he vuelto de repente.
—¿Talya? —pregunta con una mezcla de incredulidad y asombro mientras me mira con una sonrisa de niño pequeño. Es Jamie.
Asiento, un poco incómoda, sin saber cómo reaccionar. Pero Jamie no duda: se lanza a abrazarme como si no hubiera pasado ni un solo día.
Me aprieta tanto que siento los pulmones encogerse.
—Madre mía, estás igualita. —Me encantaría responderle que no tengo nada que ver con la Talya que conocía hace seis años, pero prefiero callarme—. ¿Qué haces aquí? ¿Cuándo has vuelto? ¡Alice! ¿Por qué no me lo habías dicho?
Lo confirmo: él sí es el mismo Jamie de hace seis años. Divertido, nervioso, con esa forma de llenar el espacio sin darse cuenta, dejando que sus palabras se atropellen unas a otras antes de lograr ordenarlas en su cabeza.
Verlo ha sido como abrir una caja vieja y descubrir que aún huele igual por dentro.
—Pero ¿cómo te lo voy a decir si ha llegado esta mañana? —le responde Alice mientras tira de él para que deje de abrazarme—. ¡Jamie! No seas pesado, la vas a agobiar.
Suelto una risita, me alegra mucho estar viviendo esta normalidad.
—No pasa nada, hacía mucho que alguien no me abrazabade esa forma —suelto casi sin pensar y me arrepiento al instante de haberme mostrado tan vulnerable.
Jamie se ríe bajito y, por suerte, no se da cuenta de que esa frase se me ha escapado sin filtro.
—Pues prepárate, porque yo soy muy de abrazar —añade con una sonrisa torcida antes de volver a ponerse de pie.
Y al darme la vuelta es cuando compruebo que Jamie no viene solo, sino que va acompañado. Entonces lo veo: el chico del baño. El estómago me da un vuelco. Habrá más de mil personas en este instituto y justo tuve que toparme en uno demis peores momentos con uno de los amigos del hermanode Alice.
Está apoyado junto a la mesa de nuestra espalda.
El pelo, de uno de los negros más intensos que he visto nunca, le cae desordenado por la frente.
Lleva las manos en los bolsillos del pantalón gris del uniforme, como si nada de lo que pasara a su alrededor le importara.
Aun así, me doy cuenta de que varias miradas se giran hacia él, parece que su mera presencia modifica el aire.
Me está mirando con una sonrisa casi invisible y, cuando mis ojos se encuentran con los suyos, me guiña uno de ellos para decirme en silencio: «Tranquila, tu secreto está a salvo conmigo».
—Ah, Talya, este es Dylan Ashmore, mi mejor amigo —me presenta Jamie—. Dylan, ella es Talya, una amiga de la infancia.
Me giro hacia el otro lado buscando al ya famoso Dylan, pero no veo a nadie más.
Ah, claro, el chico del baño también resulta ser el famoso Dylan Ashmore.
No debería estar sintiéndome de esta forma, pero aquí estoy, con el corazón a punto de salírseme del pecho.