Tres. Talya
Tres
Talya
He dejado pasar casi por completo mi primera hora de clase en mi nuevo instituto encerrada en el baño; sí, esta vez en el de las chicas. Quizá parezca una cobarde, y justo así es como me siento, pero ¿qué más da? Últimamente es el adjetivo que mejor podría definirme.
Me habría encantado que el momento más humillante de este día fuese haber salido corriendo delante de toda la clase. Pero no, me he superado. Ahora puedo decir que he sido descubierta por un desconocido mientras lloraba en el baño de los chicos. Genial, ¿no?
Podría quedarme aquí todo el día, esperar a que llegue la hora de irme a casa y hacer como que no ha pasado nada.
Como si no hubiera entrado en clase.
Como si no hubiera echado a correr.
Como si no me hubiera cruzado con unos ojos verdes que me pillaron en el peor momento posible.
Porque a veces fingir que no ha pasado nada… es lo único que te salva de romperte del todo.
El timbre suena de pronto, sacudiendo el aire con ese zumbido agudo que se mete en los huesos.
Me sobresalto. Ya ha terminado la primera hora.
Podría seguir aquí. De verdad que podría.
Me miro en el espejo y mis ojos, aunque aún rojos, han dejado de llorar.
Puede que hoy no sea el día en que me sienta fuerte.
Pero, si salgo de aquí, aunque sea solo para sentarme en el aula en silencio, tal vez mañana sí lo sea.
Suspiro hondo y me obligo a mover los pies.
Salgo del baño y camino por un pasillo ahora lleno de estudiantes. Algunos corren hacia sus taquillas para cambiar los libros, otros charlan entre ellos aprovechando el hueco entre clases, otros ríen mientras (supongo) se cuentan anécdotas divertidas.
¿En algún momento estaré en ese lugar? ¿En algún momento mi única preocupación será saber cuál es mi siguiente clase? Cierro los ojos y rezo para que así sea.
Al llegar al aula, la puerta está entreabierta.
Se escucha el murmullo de voces, risas suaves, el roce de mochilas y carpetas.
La mayoría ya ha vuelto de los pasillos para esperar a que empiece la segunda hora.
Nadie parece estar prestando demasiada atención a lo que ocurre a su alrededor.
La profesora ya no está y aún no ha llegado la de la siguiente clase, supongo.
Respiro hondo antes de empujar la puerta.
Nadie se gira esta vez. O, si lo hacen, no me doy cuenta. Hay un chico sentado encima de su pupitre comiendo algo a escondidas, una chica pintándose las uñas, otro grupo compartiendo auriculares en una esquina… Podría ser cualquier aula del mundo.
Camino hasta mi sitio, me siento y percibo que Alice gira la cabeza.
—Eh —dice en voz baja—. Me alegro de que hayas vuelto.
La miro de reojo. No sé qué decir, pero asiento.
—¿Te ha pasado algo antes? —pregunta con un tono tan suave que no parece querer respuestas, solo ofrecer espacio.
—No. Bueno, sí. Pero… estoy bien.
Miento. O no del todo. No estoy bien, pero estoy aquí. Y eso, para mí, ya es un paso.
Alice sonríe y vuelve a mirar hacia el frente, como si entendiera que no tengo más palabras ahora mismo.
—Siento… —comienzo a decir en un susurro—. Siento haber salido corriendo. Me ha alegrado verte, ¿sabes?
Alice sonríe. Tiene una sonrisa impecable, de esas que provocan que tú también quieras esbozar una mueca alegre. De esas que transmiten alegría.
—¡Pensaba que no me ibas a reconocer! —Se pasa un mechón de pelo por detrás de la oreja antes de continuar—. Aunque tampoco sería tan raro, parece que hayan pasado mil años desde la última vez que nos vimos.
La forma en la que lo dice, tan liviana, sin reproche, sin peso… me da un pequeño respiro. Como si de verdad no importara todo lo que no hemos compartido durante estos años.
—No me he olvidado —respondo. Y es verdad.
Alice asiente y, durante unos segundos, ambas nos quedamos en silencio. Pero es un silencio cómodo. Uno que es como un puente, no como un muro.
—Bueno, si necesitas ayuda con las clases, con los horarios o… lo que sea, solo tienes que decírmelo —añade—. Y no tienes por qué sentirte sola. Te presentaré a mis amigos. No están en nuestra clase, pero seguro que te caen bien.
Asiento otra vez. Todavía no me atrevo a prometer nada, pero esa invitación tan simple, tan cálida, me hace sentir menos fuera de lugar. Como si no hubieran pasado seis años desde la última vez que nos vimos.
Y, por primera vez en todos estos meses, me permito pensar que tal vez volver a ser feliz no es una misión del todo imposible.
Las siguientes horas de clase transcurren con normalidad, si es que puedo llamarlo así.
Los profesores colaboran para que me sienta un poco menos perdida y me han ofrecido todas las facilidades del mundo para que me ponga al día con el temario de los últimos meses.
Nada fuera de lo esperado, aunque sigo sintiéndome como una pieza suelta que intenta encajar en un puzle ya completo.
Ahora, Alice y yo caminamos juntas por el pasillo que conduce al comedor.
El suelo de baldosas grises resuena con los pasos de decenas de estudiantes que, como nosotras, se mueven en grupo hacia el mismo destino.
A lo lejos ya se escucha el rumor de bandejas, el murmullo de conversaciones y alguna que otra carcajada suelta.
Es curioso cómo el ambiente cambia a la hora de la comida, como si todos hubieran soltado por un momento el peso de las clases.
Alice habla. Lo suficiente para que no me sienta incómoda.
Me cuenta pequeñas cosas sobre el instituto, sobre algunos profesores, sobre que el menú de la mayoría de los jueves consta de sopa aguada y puré insípido, que Erik se queja cada semana como si fuera la primera vez.
El nombre de Erik suena en los recovecos de mi memoria, pero no termino de situarlo.
En algún punto dejo de escucharla y me quedo observándola. Ha cambiado, pero no tanto. Sigue siendo tan guapa como cuando éramos niñas.
Tiene ese tipo de rostro que miras y dudas de si es real o no. Los ojos redondos de un color azul intenso y las pestañas largas y cubiertas de maquillaje parpadean rápidas mientras habla.
Juega con un mechón de pelo entre los dedos y se lo aparta detrás de la oreja cada pocos segundos. Su melena rubia, lisa y brillante le cae como un río por la espalda, moviéndose al ritmo de sus pasos.
Acompaña cada frase con las manos, como si necesitara dibujar en el aire lo que cuenta.
Compartimos altura, cosa que me sorprende porque cuando éramos pequeñas me sacaba varios centímetros. Supongo que pegué el estirón en algún punto.
—Hoy toca pasta, creo. —Alice me saca de mis pensamientos, mientras empuja una de las puertas dobles que dan al comedor—. Con suerte, estará comestible. —Justo antes de cruzar el umbral, baja un poco el tono—. Oye… ¿Puedo preguntarte algo?
Mi pecho se encoge, no estoy segura de querer responder a lo que sea que va a preguntar. Aun así, asiento.
—Claro, dime.
—¿Cómo es que has vuelto? —pregunta sin sonar inquisitiva, más bien como si de verdad necesitara entenderlo—. O sea, sé que estuviste en Madrid…, pero no pensé que volverías así de repente.
Trago saliva. Por un segundo, el mundo se vuelve borroso, mi cuerpo se adelanta a mi mente y empieza a recordar todo lo que yo intento enterrar.
Vuelven las imágenes: una detrás de otra, sin orden, sin pausa.
Lo que pasó. Lo que no supe manejar. Lo que se rompió sin avisar.
Cierro los ojos y es como si alguien proyectara en mi mente cada uno de los momentos que me han traído hasta aquí.
Intento pensar en otra cosa, no puedo volver a derrumbarme tan pronto. Tengo que empezar a acostumbrarme a las preguntas. Así que le doy una respuesta vacía.
—Pasaron cosas —digo, y siento que mi voz se encoge—. Nada salió como pensábamos y… al final esta era la única opción.
Me encojo de hombros, intentando quitarle peso, aunque por dentro me duela más de lo que estoy dispuesta a admitir.
—Oye, ¿y qué tal está tu madre?
Cuando creía que las preguntas incómodas se habían terminado, llega la más difícil como una flecha al corazón.
No es que Alice lo haga a propósito. Es que hay heridas que no necesitan intención para sangrar.
Me gustaría no responder, pero sé que, si no lo hago, levantaré sospechas. Así que suelto la primera mentira, inaugurando oficialmente mi farsa.
—Bien, bien. Está… bien —respondo de manera escueta para intentar terminar la conversación.
Alice me mira y creo que va a seguir indagando. Pero no lo hace. Solo asiente con una especie de comprensión tranquila que me desarma.
—Me alegro de que estés aquí —dice y, aunque no lo diga con grandes palabras, su tono lo llena todo.
Le dedico una sonrisa pequeña, pero sincera.
Caminamos unos pasos en silencio. El comedor del Evercrest School es enorme. Las mesas alargadas están repartidas por secciones, algunas ya ocupadas por grupos que parecen tener sus territorios bien definidos. Huele a comida recién servida y a adolescencia en hora punta.
Nos ponemos en la cola, bandeja en mano. Alice me señala con la cabeza hacia el menú del día: pasta boloñesa, pan, fruta y,con suerte, una bebida fría.
—Hoy hemos tenido suerte —dice con una sonrisa que me contagia un poco de calma.
—Lo dirás tú —responde una voz femenina justo detrás de nosotras.
Nos giramos al mismo tiempo.
Una chica morena de pelo rizado y ojos muy oscuros me observa sin disimulo. Tiene los brazos cruzados, el ceño ligeramente fruncido y una energía que parece rezumar: «Sé exactamente quién soy y también estoy decidiendo si tú mereces saberlo».
A su lado hay un chico negro, alto y con gafas de montura gruesa que me resulta vagamente familiar.
—¡Eh! Justo a tiempo —comenta Alice—. Talya, estos son Noa y Erik, mis mejores amigos.
Por un segundo, me pasa por la cabeza que, si nunca me hubiera marchado, probablemente yo estaría en ese grupo de «mejores amigos».
Pero me marché. Y ahora solo soy la nueva.
—Hola —dice Noa, escaneándome con la mirada de arriba abajo. No como quien juzga. Más bien como quien está acostumbrada a leer a la gente en segundos.
—Ey —dice Erik, ladeando la cabeza con una media sonrisa que no sé si es amable o divertida—. Yo a ti te conozco de algo —añade sin dejar de mirarme.
Alice ya me ha hablado de él y al principio me cuesta ubicarlo en mis recuerdos. Pero hay algo en su forma de moverse, en cómo arrastra las sílabas al hablar, que me lleva directa a otro tiempo.
—Creo que… —empiezo a hablar sin estar muy segura de lo que voy a decir.
—Es Talya —interviene Alice, como si hubiera estado esperando ese momento—. Iba a nuestra clase en primaria.
Erik asiente despacio, encajando por fin la información en su cabeza. Y yo confirmo que, efectivamente, Erik iba a nuestra clase. Por ese entonces no habíamos intercambiado muchas palabras, pero recuerdo que ya era muy amigo de Alice.
—Vaya. Has cambiado.
No sé si lo dice en plan «has crecido» o si realmente nota que soy otra persona.
Porque lo soy.
Él me sostiene la mirada como si pudiera averiguar por qué.
Y eso me pone nerviosa.