Si decides quedarte Dos. Talya
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Dos. Talya

Dos

Talya

Las clases ya han empez ado, por lo que los pasillos están desiertos.

Camino deprisa sin saber muy bien a dónde voy, simplemente siento la necesidad de alejarme. Siento que es demasiado pronto para todo esto.

Cuando tu vida acaba de dar un giro de ciento ochenta grados, lo último que quieres es continuar como si nada. Y yo me siento perdida ante todo.

¿Estoy preparada para reencontrarme con personas que solían conocer a una Talya que ya no existe?

La respuesta no la tengo clara, porque te podría decir que no. No quiero sentirme obligada a explicar por qué ya no soy la que era antes y tampoco quiero interpretar el papel de una persona que no soy. Nunca se me ha dado del todo bien actuar.

Pero la respuesta también podría ser que sí; porque, aunque me asuste, una parte de mí se ha alegrado de ver a alguien conocido.

Porque por un segundo no me he sentido tan sola, uno diminuto, frágil, casi invisible.

Porque reconocer a alguien en un lugar desconocido es como encontrar un faro en mitad de la niebla.

Y aunque ese faro ilumine recuerdos que me duelen, también me recuerda que hubo una vez en la que fui feliz. Una vez en la que reír no me parecía imposible.

Así que no sé cuál es la respuesta correcta. Supongo que las dos y, al mismo tiempo, ninguna.

Alice Hartley. Hacía años que no pensaba en ella y, al mismo tiempo, nunca he podido olvidarla del todo. Éramos inseparables. De esas amigas que se pasan los recreos inventándose historias, que se aprenden los números de teléfono de memoria y se juran amistad eterna con una pulsera de colores.

Pero, cuando me mudé a España, dejamos de hablar.

No porque quisiéramos, sino porque a los diez años no sabes cómo mantener a alguien en tu vida desde otra ciudad, mucho menos desde otro país.

No teníamos redes sociales ni móviles propios, ni formas reales de sostener una amistad infantil a distancia.

Y, aunque nos prometimos escribirnos cartas, creo que solo llegamos a enviarnos tres. El tiempo hizo lo suyo. Yo seguí creciendo con otras personas y otros miedos, y ella… supongo que también.

Por eso, verla hoy, con los ojos tan abiertos, tan segura de que aún soy yo, me ha roto algo por dentro. Porque sí, nos conocimos cuando éramos niñas. Pero yo ya no soy aquella Talya. Y no sé si quiero que ella lo vea.

Veo una puerta al final del pasillo y me dirijo hacia ella sin tener muy claro a dónde lleva exactamente.

La abro y, por suerte, es el baño.

Está vacío y un olor fuerte a desinfectante me hace arrugar la nariz. Pero eso es lo que menos me importa ahora.

Me miro al espejo que recorre por completo una de las paredes y me apoyo en el lavabo.

Ahora que estoy sola, las lágrimas comienzan a caer por mis mejillas, sin freno, sin señal de stop que las detenga.

Ojalá la vida fuera como un videojuego, ojalá poder hacer clic en un botón que diga «reiniciar partida» para poder cambiar aquellas decisiones erróneas que tomé en el pasado.

Volver al momento exacto en que todo empezó a romperse.

Solo para ver si esta vez… sería diferente.

Aunque hay videojuegos que, por mucho que quieras reiniciar la partida, solo tienen un final posible y creo que, irremediablemente, mi vida es uno de ellos.

Decido que ya es suficiente por hoy, que de nada vale seguir lamentándome por cosas que no puedo cambiar, aunque me gustaría, y empiezo a secarme las lágrimas que me cubren toda la cara.

Estoy demasiado roja, de esta forma no podría convencer a nadie de que no me acabo de pasar los últimos diez minutos llorando.

Así que abro el grifo y me mojo la cara.

Está congelada, pero lo agradezco porque consigue devolverme a la realidad de un tirón: es mi primer día de instituto en una ciudad casi desconocida y, definitivamente, no estoy empezando con buen pie.

La puerta se abre de golpe.

Me giro sobresaltada. Un chico entra sin mirar, como si tuviera prisa o simplemente no esperara que hubiera nadie dentro. Pero, en cuanto me ve, se detiene en seco.

Nos quedamos los dos en silencio, por lo que me parece una eternidad. Yo estoy con la cara y las manos empapadas; él, de pie en la entrada, con la sorpresa dibujada en el rostro.

Vuelve a abrir la puerta y la mira desde dentro, como si necesitara comprobar algo. Y cuando consigo ver el cartel que claramente contiene la figura de un hombre, es cuando me doy cuenta: he entrado en el baño equivocado.

—Creo que este no era el baño que buscabas —dice al fin. Su voz es baja, nada cortante. Casi suena divertida, aunque no se esté riendo.

Pero yo me muero de vergüenza por dentro. ¿Te acuerdas de lo que he pensado esta mañana? ¿Eso de que tenía la certeza deque hoy iba a ser un mal día? Pues aquí va uno de los motivos que confirman ese pensamiento.

—Ya, sí. Me acabo de dar cuenta —balbuceo con una risa tensa que no me creo ni yo—. Lo siento, ya me iba.

Evito mirarlo directamente mientras me seco las manos con un trozo de papel que ni siquiera sé de dónde he sacado.

Él asiente con la cabeza con una media sonrisa. Incluso te diría que está a punto de echarse a reír.

—Eres nueva. —No pregunta, afirma.

—¿Tanto se me nota?

Se encoge de hombros sin quitar esa sonrisa que ya empieza a molestarme un poco.

—Bueno, las chicas de por aquí no van entrando en el baño de los chicos a menos que…

—Se calla de golpe y en sus ojos noto que acaba de darse cuenta de que la broma no tiene gracia ahora mismo, no en este momento.

Desvía la mirada y carraspea—. No te preocupes, el baño de chicas está justo enfrente.

Asiento, incómoda.

Estoy a punto de agradecerle la indicación y salir corriendo, pero entonces añade:

—Aunque no te voy a mentir, ha sido entretenido.

Lo miro, ahora sí, con el ceño fruncido.

—¿Te parece gracioso ver a alguien llorando en el baño?

Me sorprendo a mí misma hablando en un tono más agresivo de lo que pretendía, pero no puedo evitarlo. Estoy al límite.

Él se cruza de brazos, apoyado aún en el marco de la puerta, y niega con la cabeza.

—No, eso no. —Hace una pausa. Se le curva una comisura—. Lo gracioso ha sido ver tu cara cuando te has dado cuenta de que te habías equivocado de baño.

Abro la boca para responder algo, lo que sea, pero no me sale nada.

—Tranquila, no diré nada —afirma con una inclinación leve de cabeza, como si estuviera dándome permiso para olvidarlo todo.

—Gracias.

—Cuando te cruces conmigo en los pasillos, solo finge que no me conoces —añade mientras abre la puerta—. Así no tenemos que dar explicaciones de lo que acaba de pasar.

—No va a ser difícil —respondo más rápido de lo que debería.

Y él se ríe, por primera vez. Una risa auténtica, sin burla.

Paso por su lado sin mirarlo, necesito salir de aquí ahora mismo.

—Bienvenida al Evercrest, chica nueva —dice justo antes de cerrar la puerta a mi espalda.