Si decides quedarte
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Uno. Talya
Uno
Talya
¿Sabes esas veces en las que te despiertas con la certeza de que va a ser un mal día?
Yo lo he sabido incluso antes de abrir los ojos.
No me considero una persona negativa, en absoluto, pero aun así sé que llegar nueva a un instituto en mitad del curso es algo que no puede salir bien.
No es que me asusten las clases ni los profesores. Me asusta tener que fingir que estoy bien. Que no pasa nada. Que solo soy la chica nueva y no la chica rota que ha tenido que volver a una ciudad que ya no siente como suya, a una casa que no es su hogar y a una vida que no eligió.
No sé qué se supone que debo decir cuando me pregunten de dónde vengo. O por qué he acabado aquí. Tal vez me invente alguna historia que no me duela tanto como decir la verdad.
Termino de vestirme con el espantoso uniforme del Evercrest School: una falda de tablas a cuadros en tonos grises y verde oscuro, una camisa blanca recién planchada que me hace sentir como si llevara puesto un disfraz, y una chaqueta verde botella con el escudo del instituto bordado a la altura del pecho.
La corbata, de rayas diagonales, me obliga a ir «presentable» incluso cuando no tengo ganas de estarlo.
Me ofrecieron calcetines altos o medias negras; por supuesto, elegí las medias.
¿Piernas al aire en mitad del otoño escocés? No, gracias.
Justo después me dirijo al baño. Necesito con urgencia, al menos, lavarme la cara.
Me miro en el espejo, algo que llevo intentando evitar prácticamente desde que llegué a esta casa. No parezco yo. O sí, pero una versión opaca. Como si alguien me hubiera bajado el brillo desde dentro. Mis ojos están hinchados, aunque anoche no lloré. Ni la anterior.
Al principio sí lo hacía, hasta quedarme dormida.
Ahora no hay lágrimas, solo un vacío que se me instala en el pecho y no me deja pensar en nada más.
Es como que no llego a creerme del todo el giro que ha dado mi vida en cuestión de unos cuantos meses.
Y el darme cuenta de que la vida sigue a pesar de que la mía pareciera haber quedado en pausa después de todo lo ocurrido… me hace sentir más sola que nunca.
Abro el cajoncito donde guardo el peine y lo cierro sin llegar a sacarlo. ¿Qué sentido tiene arreglarme por fuera cuando por dentro estoy tan destrozada?
Inspiro hondo y finjo una sonrisa ante el espejo.
Tengo que acostumbrarme, ¿sabes?, a fingir.
Recojo la mochila, me la cuelgo del hombro y salgo de la habitación con el mismo cuidado con el que se camina en una casa ajena. Aunque técnicamente esta también sea mi casa ahora. O al menos eso dicen.
Mi tío ya está esperándome fuera, dentro del coche, con el motor encendido y los ojos fijos en la pantalla del móvil.
No levanta la vista cuando salgo, ni cuando abro la puerta trasera y dejo la mochila en el asiento.
Tampoco dice nada cuando me siento junto a él en el asiento del copiloto. Solo arranca.
—Gracias por llevarme —digo apenas en un susurro.
Aún me cuesta dirigirme a él; al fin y al cabo, lo siento casi como un desconocido.
—Es tu primer día. —Esboza una sonrisa breve y algo torpe—. He podido retrasarme un par de horas en el trabajo. A partir de mañana tendrás que coger el bus. ¿Crees que podrás?
—Claro, no hay problema.
Durante el trayecto no hablamos. La radio está encendida, pero a tan bajo volumen que solo se perciben algunos acordes sueltos, un murmullo leve que apenas consigue suavizar el silencio.
Me concentro en las calles que vamos dejando atrás, en los árboles sin hojas, en el gris del cielo que parece querer reflejar el mío.
Llegué a Edimburgo, la ciudad en la que nací, hace un mes y aquí todo parece igual que antes. Las calles, el frío de noviembre, incluso los parques por los que solía correr cuando tenía diez años. Pero yo ya no soy esa niña.
Y volver no es volver, no cuando lo haces sin la persona que le daba sentido a todo lo demás.
Cuando el coche se detiene frente a las verjas del Evercrest School, trago saliva con fuerza.
Hay algo en ese edificio de ladrillo grisáceo, en las columnas del pórtico principal, en los alumnos que caminan en grupo con paso decidido, que me hace sentir fuera de lugar. Como si no perteneciera a ningún sitio. Como si estuviera invadiendo algo que ya estaba completo sin mí.
Y ¿te cuento un secreto? Cuando vivía aquí e iba al colegio, soñaba con entrar en este instituto algún día.
Era lo más parecido a Hogwarts que conocía: enorme, elegante y tan ostentoso que me parecía un privilegio inalcanzable.
Me imaginaba cruzando esas puertas con el pelo suelto, una carpeta bajo el brazo y toda la vida por delante.
En ese entonces creía que este era el lugar donde pasaban las cosas importantes.
Donde empezaban las historias que merecían ser contadas.
Ahora, en cambio, lo único que quiero es pasar desapercibida.
Ahora no tengo ninguna historia que contar, al menos no una que quiera compartir.
Ya no me ilusiona cruzar esas puertas, solo me da miedo.
—Suerte —dice mi tío. No es brusco, tampoco cálido. Simplemente, correcto.
Asiento, aunque no estoy segura de que tenga algo que ver con la suerte.
Abro la puerta del coche y salgo del vehículo, agarrando las asas de la mochila con fuerza. El aire frío me da de lleno en la cara. Me recuerda que estoy viva. Aunque a veces duela.
Camino hacia la entrada sin mirar atrás, sin pensarlo demasiado. Porque, si me detengo a hacerlo, si dejo que el miedo y la pena me agarren por el tobillo, no sé si voy a conseguir moverme.
Y sé que tengo que moverme. Por mucho que todavía no sepa muy bien hacia dónde.
El interior del enorme edificio huele a una mezcla entre detergente y papel viejo. Las paredes están cubiertas de tablones con anuncios, actividades extracurriculares y mensajes motivacionales que suenan tan falsos como mi sonrisa.
Respiro hondo, saco el mapa arrugado que me dieron en secretaría y trato de ubicar el aula que aparece en mi horario. No sé por qué me molesto: ni siquiera entiendo el nombre de algunas asignaturas.
Un grupo de chicas se cruza frente a mí riendo por algo que no escucho.
Me hago a un lado sin decir nada. Me fijo en sus uniformes impolutos, en lo valientes que son al atreverse a llevar calcetines altos, en las mochilas de marca, en que parecen encajar perfectamente en este lugar.
Y entonces me miro a mí. Y es inevitable la comparación: este no es mi sitio.
—¿Perdida? —me pregunta una voz desde el otro lado del pasillo.
Levanto la mirada. Es una mujer de pelo oscuro y gafas redondas. No parece antipática.
—Un poco —respondo, intentando que no se note demasiado la tensión en mi voz.
—Eres la alumna nueva, ¿verdad? —Se para a buscar entre el montón de papeles que lleva en las manos—. Talya Monroe.
Asiento.
—Perfecto. Soy la señora Campbell —dice mientras me tiende la mano—. Estás en el grupo B de S5. Vamos, te acompaño.
S5, el penúltimo año de instituto aquí, algo así como primero de bachillerato en España.
Una de las cosas que más vértigo me da es todo el cambio: las asignaturas tienen otros nombres, los horarios son distintos.
Cuando mamá y yo nos mudamos de Edimburgo a Madrid hace seis años, ambas estábamos deseando empezar de cero, así que adaptarme al sistema fue lo de menos. A excepción del idioma, que reconozco que fue una pesadilla al principio, todo lo demás lo asimilé sin problema.
Ahora… todo es distinto. Más difícil. Más ajeno.
Sigo a la señora Campbell por lo que me parecen una infinidad de pasillos y un par de tramos de escaleras. Me habla en voz baja, me cuenta cosas sobre el horario y las clases, pero solo retengo una parte mínima. Estoy demasiado concentrada en no parecer asustada. Y en no llorar.
Cuando llegamos al aula, se detiene frente a la puerta.
—Tranquila. Estoy segura de que te adaptarás enseguida —me promete y yo intento creerla, aunque no me sale.
Abre la puerta. Todas las conversaciones se detienen al instante y ella comienza a hablar.
—Buenos días. Tenemos una nueva incorporación al grupo: Talya Monroe. Quiero que le hagáis un hueco y le facilitéis estos primeros días, ¿de acuerdo? —Luego se gira hacia mí—. Puedes sentarte donde prefieras, Talya.
Respiro hondo. Entro sin levantar la vista del suelo. Siento todas las miradas sobre mí, como cuchillos silenciosos. Camino despacio, con la boca seca y las manos frías.
Me duele el estómago, quiero salir corriendo e irme a casa, a mi verdadera casa, hacerme un ovillo en la cama y que mamá venga a darme un abrazo.
«No me voy a poner a llorar, no me voy a poner a llorar», me repito en bucle porque, si no, sé que voy a hacerlo.
Levanto la mirada, tengo que encontrar un sitio libre.
Y es entonces cuando reparo en un rostro que me resulta familiar.
Una chica rubia sentada junto a la ventana.
Me está mirando. No como los demás. Su expresión no es de curiosidad ni de juicio, es algo más…
atónito. Como si acabara de ver un fantasma o algo parecido.
¿Es ella? No puede ser.
Hay miles de estudiantes en Edimburgo, miles de rostros que podrían parecerse, y miles de institutos más en los que…
—Hola. —La chica se dirige a mí con una sonrisa y apunta con la mirada al pupitre que está justo a su lado—. Puedes sentarte, está libre.
Asiento mientras camino hacia la mesa, cuelgo la mochila en el respaldo de la silla y me siento, entonces ella suelta:
—¿De verdad eres tú? ¿Talya? La profesora ha dicho Monroe, pero juraría que…
Mi silencio es la confirmación a su pregunta. Parece que ella no se ha olvidado de mí en todo este tiempo.
—¡No me lo puedo creer! —celebra casi demasiado alto—. Dime que te acuerdas de mí. ¡Soy Alice Hartley!
Y en ese momento se me revuelve algo por dentro. Me arden los ojos. Me tiembla la barbilla.
Me levanto de golpe. Murmuro una disculpa a la profesora y salgo del aula antes de que nadie pueda detenerme.
No pienso romperme delante de toda la clase. No en mi primer día.