31. Krystin #2
Me pasé toda la noche sin saber dónde estaba Warren, hasta que por fin lo vi aparecer en el entrenamiento de Wyatt, caminando hacia mí.
Durante los primeros segundos, lo único que sentí fue alivio.
Estaba vivo. Estaba bien. Todas las llamadas sin respuesta y todas las posibilidades horribles desaparecieron en cuanto lo vi.
Después me fijé en la ropa que tenía puesta.
Era la misma con la que se había ido la noche anterior. Los lentes de sol no eran suyos y, aunque le tapaban los ojos, había algo en su forma de moverse que me confirmó lo que ya sabía.
Estaba drogado.
Le pregunté dónde había estado, si estaba bien y por qué no había contestado ninguno de mis mensajes. Casi ni reaccionó. Se quedó ahí parado, como si desaparecer toda la noche no fuera nada y mi miedo fuera una molestia con la que no tenía por qué lidiar.
Seguí preguntando porque necesitaba al menos una respuesta sincera. En cambio, se fastidió y me acusó de hacer una escena. Cuando le pregunté si estaba drogado, no lo negó.
Hasta que me agarró.
Las marcas ya se están borrando. Quizás eso signifique que no fue tan grave, que no fue violento de verdad. O puede que esté haciendo exactamente lo que él me acusó de hacer: convertir un mal momento en algo más grande de lo que fue.
Pero me dolió.
Sus dedos me apretaron el brazo, y todo mi cuerpo se quedó inmóvil. Por primera vez desde que conozco a Warren, le tuve miedo.
Siempre me hizo sentir protegida. Segura. Confiaba en su fuerza porque creía que solo la iba a usar para que nadie me lastimara.
Hoy la usó contra mí.
El momento duró apenas unos segundos, pero no puedo dejar de revivirlo. Me acuerdo de la presión de sus dedos, de la frialdad en su voz y de cómo me miró cuando le dije que me estaba lastimando.
“Estás exagerando, como siempre.”
Esas palabras me dolieron más que su mano, porque las dijo como si eso fuera lo que soy: una mujer irracional a la que ya está cansado de aguantar.
No hace tanto, lloró con la cabeza en mi regazo y me prometió que podía confiar en él. Me pidió perdón por asustarme y me juró que no iba a volver a pasar.
Pero volvió a pasar.
No sé qué hacer con eso. No sé si lo de hoy fue otro error o la prueba de que algo entre nosotros está cambiando.
Solo sé que ahora, cuando miro a Warren, me acuerdo del miedo que sentí mientras me apretaba el brazo.
Y no sé cómo olvidarlo.
Diario28 de octubre de 2023
No sé cómo poner en palabras lo que pasó esta noche, pero necesito intentarlo. Necesito verlo escrito frente a mí, porque a lo mejor así se vuelve real. A lo mejor así entiendo cómo algo que se suponía que era una celebración se convirtió en una de las peores noches de mi vida.
Quería que todo fuera perfecto. Planeé mi vestido, me imaginé presentándole a Warren a mis compañeros de trabajo y tenía ganas de mostrarle la vida que había empezado a construir en la firma.
Necesitaba que entendiera que esta parte de mi vida también importaba.
Que no soy solo su prometida. Que todavía soy yo.
A Warren le cambió la cara en cuanto Scott me abrazó. En un segundo estaba parado cerca de la barra con nuestros tragos, y al siguiente me miraba como si lo hubiera traicionado.
Cuando le apoyé la mano en el pecho para tratar de calmarlo, me la agarró y me la arrancó con tanta brutalidad que el dolor me atravesó el pulgar. Antes de que pudiera hacer nada, ya estaba amenazando a Scott y empujándolo contra la barra.
Todo el mundo lo vio.
Mis compañeros vieron cómo Warren me lastimaba y yo me quedé ahí, deseando desaparecer.
Intenté convencerlo de que nos fuéramos antes de que las cosas empeoraran, pero fue como si yo no estuviera ahí. Salió hacia el auto sin esperarme, y tuve que ir detrás de él bajo la mirada de todos.
En cuanto nos quedamos solos, dio vuelta todo, y la culpable terminé siendo yo.
Traté de explicarle que Scott era solo un compañero de trabajo. Nunca nos hemos visto fuera de la oficina, y nunca ha pasado nada raro entre nosotros. Warren no quería explicaciones. Ya había decidido qué había sucedido, y nada de lo que yo dijera lo iba a hacer cambiar de idea.
Y entonces dijo las palabras que no me puedo sacar de la cabeza.
“Antes de que volviera, te estabas revolcando con medio mundo. Probablemente lo sigas haciendo.”
No pude contestarle. Me quedé en el asiento del acompañante, con la mano lastimada contra el pecho. Él gritaba, y yo temblaba entera, con la vista clavada en la ventanilla, tratando de no desmoronarme.
Cuando llegamos al departamento, se metió en el cuarto y cerró la puerta de golpe. Yo me quedé en la cocina, apretándome una bolsa de arvejas congeladas contra la mano, esperando que, con un poco de tiempo, se me deshinchara.
Pero no sucedió.
Casi no podía mover el pulgar, y el dolor empeoraba con cada minuto. Estaba pensando cómo pedirle ayuda a Warren cuando salió del cuarto, vestido para salir y con las llaves en la mano.
—Me voy. No me llames ni me escribas. Necesito alejarme de ti.
Y me dejó ahí.
No sé cuánto tiempo me quedé en la cocina después de que se cerró la puerta.
Intenté sacarme el vestido, pero con una sola mano me costaba alcanzar el cierre. Para cuando logré quitármelo, el dolor era tan profundo y estaba llorando tanto que las lágrimas no me dejaban ver la pantalla para pedir un Uber.
Fui sola a la guardia.
Las luces eran demasiado brillantes, hacía un frío espantoso y cada pregunta me hacía sentir más expuesta.
¿Cómo le pasó esto?
¿La lastimó otra persona?
¿Se siente segura en su casa?
Mentí.
Les dije que me había caído y que había puesto la mano para frenar la caída. Repetí la historia hasta que sonó casi creíble, incluso para mí.
Las radiografías mostraron que tenía el pulgar fuera de lugar. El médico me lo acomodó de la forma más dolorosa que existe, me colocaron una muñequera y me mandaron a casa con instrucciones de hacer reposo y volver si el dolor o la hinchazón empeoraban.
Nadie me dijo que no me creía, pero les vi la preocupación en la cara.
Cuando volví, Bruno me estaba esperando cerca de la puerta. Por primera vez, no ladró ni saltó para llamar mi atención. Me siguió hasta el sillón y apoyó la cabeza en mi regazo, como si se diera cuenta de cuánto lo necesitaba en ese momento.
Ahora estoy aquí sentada, con la mano inmovilizada y el dolor que no se va, tratando de entender cómo mi vida terminó así.
Esta noche, Warren me lastimó.
Y aun así, mentí por él.
Peor aún, no sé qué voy a hacer cuando vuelva a casa.
Diario29 de octubre de 2023
Me sigo diciendo que no fue lo que sentí. Que no fue lo que creo que fue.
Pero yo no quería.
Me dolía el cuerpo, me latía la mano dentro de la muñequera, y lo único que quería era dormir. Quería volver a sentirme segura después de pasar la noche preguntándome si el hombre que amaba se estaba convirtiendo en alguien a quien tenía que tenerle miedo.
Warren no me preguntó, y yo nunca le dije que sí.
Cuando me desperté y me di cuenta de lo que estaba pasando, quise decirle que parara.
Quise apartarlo, pero me acordé de la furia en sus ojos la noche anterior.
Tuve miedo de que, si lo rechazaba, se enojara otra vez.
De que me acusara de rechazarlo por culpa de otro, o de que encontrara otra forma de hacerme responsable de lo que pasara después.
Así que me quedé quieta.
Cerré los ojos, escondiendo mis lágrimas de él, y esperé a que pasara. Cuando por fin se apartó, sentí alivio. Pude volver a respirar.
Después me besó la frente y me dijo que me amaba. Me dijo que ya estábamos bien, como si mi cuerpo hubiera sido otra discusión que tenía que ganar.
No le contesté.
Me di vuelta, me acurruqué de espaldas a él y esperé a que llegara el sueño, porque no sabía qué otra cosa hacer.
Todavía no sé cómo llamar a lo que pasó.
Lo único que sé es que yo no quería.
Diario5 de noviembre de 2023
Sabía que Warren no estaba bien. Me decía que era el estrés, que extrañaba a Wyatt y que estábamos pasando por una etapa difícil.
Nunca me imaginé que iba a encontrar pastillas escondidas en su bolsillo.
Según lo que encontré en internet, podrían ser oxicodona. También dice que las versiones falsificadas pueden tener fentanilo, y que no hay forma de diferenciarlas solo con mirarlas.
Todavía me tiemblan las manos de haber sostenido esa bolsita. Nada de esto debería tener sentido, pero explica más de lo que quisiera.
Las noches en que no volvía. Los cambios de humor. Esa forma en que su cuerpo nunca termina de estar tranquilo. Los momentos en que tiene la mirada vacía, como si estuviera parado frente a mí, pero con la cabeza en otro lado.
No es solo el alcohol o la marihuana.
Warren tiene una adicción, y ahora tengo miedo de lo que pueda hacer si se entera de que lo sé.
No quiero quedarme sola con él, pero esta noche tiene que llevar a Wyatt a su casa. No puedo dejar que maneje sin saber si tomó algo. Tengo que ir con ellos y encontrar la forma de manejar yo sin que sospeche.
Sin que se enoje.
Porque se va a enojar, y ya no sé de qué es capaz cuando se enoja.
No sé qué va a pasar esta noche.
Pero si algo me llega a pasar, fue Warren.