31. Krystin
Sentí que algo le pasaba a Georgia mucho antes de saber qué.
Lo notaba en su voz cada vez que hablábamos. Había una duda que antes no estaba, como si tuviera que pensar cada respuesta antes de dármela. Cuando le preguntaba cómo estaba, me decía que estaba ocupada o cansada, pero nunca decía lo suficiente como para que me creyera ninguna de las dos excusas.
Conozco a mi hermana. Sé cómo suena cuando está feliz, y hacía meses que Georgia no sonaba feliz.
Mamá también se había dado cuenta. Cuando la llamé hace unos días, admitió que Georgia ya no iba a visitarla tan seguido como antes. Las conversaciones entre ellas se habían vuelto más cortas y hasta cuando Georgia se reía, sonaba forzada.
Algo le pasa, me dijo mamá. No es la misma.
Escucharla confirmar lo que yo ya sentía fue suficiente. Saqué el primer pasaje que pude sin avisarle. Una parte de mí tenía la esperanza de llegar y descubrir que nos habíamos preocupado por nada más que el estrés de la boda o problemas en el trabajo.
El resto de mí sabía que no era así.
Cuando aterricé, fui directo a la casa de Valentina, porque era la única persona lo bastante cerca de Georgia como para ver lo que los demás no veíamos.
No hizo falta convencerla mucho.
—Hace tiempo que siento que algo no está bien —admitió después de que le explicara por qué había cruzado medio mundo sin avisar—.
Pero después de todo lo que viví, veo señales por todos lados.
A veces no sé si de verdad pasa algo o si estoy viendo fantasmas de mi propio pasado.
—Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Georgia me decía que estaba bien, así que me convencí de que tenía que confiar en ella.
Pensé que, si me necesitaba, me lo iba a decir.
Entonces le sonó el celular.
Georgia todavía tenía a Valentina como contacto de emergencia. Una enfermera le dijo que a Georgia la habían llevado al hospital después de que alguien la encontró inconsciente dentro de la camioneta.
En cuanto Valentina mencionó un golpe en la cabeza y la cara cubierta de sangre, todos los miedos que había tratado de descartar se volvieron reales.
Casi no hablamos en camino al hospital. Valentina iba aferrada al volante con las dos manos, mientras yo miraba la ruta y rezaba en silencio para que mi hermana siguiera viva cuando llegáramos.
En el hospital, nos enteramos de que la camioneta no había tenido ningún accidente. No tenía ni un rasguño por fuera, y no había nada que explicara la nariz rota de Georgia ni los moretones que le cubrían la cara.
Alguien le había hecho esto, y en el fondo, yo ya sabía quién.
Para cuando nos dejaron entrar a la habitación, Georgia estaba inconsciente bajo unas mantas blancas, con un cuello ortopédico sosteniéndole la cabeza y la cara deformada por los golpes, mucho peor de lo que me había preparado para ver.
Quería sentarme a su lado y esperar a que se despertara. En cambio, agarré la bolsa con las cosas que los paramédicos habían traído con ella.
Georgia escribe un diario y lo lleva a todos lados desde que tenía diez años. Escribe cuando está feliz, cuando tiene el corazón roto, cuando está confundida o cuando tiene demasiado miedo de decir algo en voz alta. Si nos había estado ocultando la verdad, era posible que la hubiera escrito.
Y ahí estaba, en el fondo de su bolso.
Al hojearlo, me di cuenta de que faltaban algunas páginas. Las habían sacado con tanto cuidado que casi no se notaba, pero cerca del lomo todavía quedaban unos bordes finos de papel. Lo que fuera que Georgia había escrito ya no estaba.
Fui directo a la última página con su letra.
“Si algo me llega a pasar, el código es el cumpleaños de los mellizos.”
Me quedé mirando esas palabras sin poder moverme.
Georgia había tenido miedo suficiente como para dejar instrucciones. Lo que fuera que había escondido, sabía que existía la posibilidad de que otra persona tuviera que encontrarlo.
Me giré hacia Valentina y le pasé el diario.
—Tenemos que ir a su departamento.
Valentina leyó la frase solo una vez y agarró su bolso. Georgia le había dado una copia de la llave hacía meses. Ninguna de las dos habló hasta que llegamos.
El departamento estaba en silencio, salvo por Bruno, que empezó a gemir en cuanto entramos.
Estaba encerrado en su jaula, cerca del living, dando vueltas en ese espacio chiquito y moviendo la cola desesperado.
Valentina corrió a abrirle, y Bruno salió disparado por todo el departamento, como si buscara a Georgia.
Mientras ella lo sacaba un rato, miré a mi alrededor y algo me llamó la atención: todo estaba demasiado limpio. Demasiado perfecto.
Georgia nunca fue sucia, pero siempre ha sido de dejar rastros de sí misma por todos lados: libros apilados en cualquier parte, café a medio tomar sobre la mesada, zapatos tirados al lado del sillón o alguna manta sin doblar.
Pero no había nada de eso. Las superficies estaban despejadas, los almohadones perfectamente acomodados, y en ese departamento no quedaba ni rastro de mi hermana.
Parada en el medio de ese departamento perfecto, entendí hasta qué punto Georgia se había ido borrando para hacer feliz a otra persona.
Valentina volvió con Bruno y empezamos a buscar. Revisamos el vestidor, los armarios de la cocina, los cajones del baño y cualquier lugar que Georgia pudiera haber usado para esconder algo de Warren.
No encontramos nada.
Después de una hora, me senté en el borde de la cama, agotada y aterrada de haber entendido mal el mensaje.
Mientras miraba alrededor, vi una vieja caja de recuerdos debajo de la cama y la reconocí enseguida.
Georgia la tenía desde hacía años y la iba llenando de fotos, cartas, entradas de recitales y pedacitos de su vida.
Saqué la caja y levanté la tapa. Debajo de años de fotos y recuerdos, había una pequeña caja fuerte. Con las manos temblorosas, marqué el cumpleaños de los mellizos y contuve la respiración hasta escuchar el clic de la cerradura.
Cuando por fin se abrió, encontré adentro las hojas que faltaban del diario de Georgia, junto con la bolsita de pastillas celestes. Saqué las hojas y empecé a leer.
Cada entrada revelaba un poco más de lo que mi hermana había estado escondiendo: el alcohol y las drogas de Warren, las noches en que desaparecía, cómo controlaba lo que ella se ponía, dónde trabajaba y cómo se comportaba.
Leí sobre su enojo, las disculpas que venían después y todas las veces que Georgia se había convencido de que el miedo era amor.
Para cuando llegué a la última hoja, las lágrimas casi no me dejaban leer, pero la verdad era imposible de ignorar.
Georgia no había tenido un accidente.
Había sido Warren.
Diario4 de agosto de 2023
Nunca le había ocultado nada a Valentina.
Siempre ha sido la persona a la que corro cuando algo anda mal, casi siempre hasta antes de entender del todo qué es lo que estoy sintiendo. Sabe cuándo miento, cuándo me escondo y cuándo necesito que me haga las preguntas que me da demasiado miedo contestar.
Esta mañana me llamó, emocionadísima por mi compromiso, y no fui capaz de decirle la verdad.
Quería decírselo.
“Val, algo anda mal. Warren desapareció anoche y no sé qué hacer.”
En cambio, la escuché hablar del anillo, de la fiesta de compromiso y de cómo toda mi familia sabía que me iba a pedir matrimonio. Me reí cuando correspondía y fingí que no estaba ahí sentada preguntándome si había aceptado casarme con alguien a quien ya no conozco del todo.
Si le contaba lo que pasó, se iba a volver real. Me iba a hacer preguntas que no estaba lista para contestar, y yo iba a tener que escucharme admitir que el hombre que me prometió un para siempre se fue de nuestra cama unas horas después para emborracharse y drogarse con otra persona.
Todavía me da náuseas pensarlo.
Warren me dijo que no es algo que haga normalmente. Me miró a los ojos y me dijo que pasó porque estaba estresado.
Una parte de mí le cree, porque necesito creerle. Extraña a Wyatt. Se está adaptando a una ciudad nueva, a otro trabajo y a una vida que seguramente no se parece en nada a la que se imaginaba. Lo amo lo suficiente como para querer entender lo que está pasando.
Pero hay algo que no me cierra.
No es solo la marihuana, ni el alcohol, ni que se haya ido sin avisarme. Es la cara que puso cuando le pregunté, como si estuviera cargando algo mucho más pesado de lo que está dispuesto a admitir.
Parece perdido, y me sigo diciendo que amarlo significa ayudarlo a encontrar el camino de vuelta.
A lo mejor por eso no puedo dejar de pensar en lo que pasó antes del concierto.
Cuando Warren llegó a casa, dijo que el departamento olía mal. Yo había limpiado, había sacado a pasear a Bruno, me había duchado y me había puesto desodorante, pero bastó un comentario para que dudara de mí misma. Me olí la ropa y me revisé debajo de los brazos en cuanto salió de la habitación.
Después me puse más perfume, y él se rio porque me había puesto demasiado.
Primero me preocupó oler mal. Después me dio vergüenza haber intentado arreglarlo.
Fue algo tan chiquito, pero no dejo de volver a cómo me sentí en ese momento. Igual que cuando me sugirió que me sacara el vestido que había elegido y me pusiera algo negro. Nunca me ordenó que me cambiara. Me hizo una sugerencia, y la que le hizo caso fui yo.
A lo mejor por eso no se lo conté a nadie. Nada suena grave cuando lo separo en momentos sueltos. Incluso escrito, parece que me estoy quejando de cosas que no deberían importar.
A lo mejor mis inseguridades están haciendo que todo parezca peor de lo que es.
O a lo mejor estoy empezando a notar algo que todavía no estoy lista para entender.
Lo amo. Es lo único que todavía sé sin ninguna duda.
Así que voy a seguir creyendo que es una etapa difícil que podemos superar. Voy a tener paciencia, darle tiempo y recordarle que no tiene por qué pasar por esto solo.
Porque, cuando amas a alguien, no lo sueltas.
Te aferras.
¿Verdad?
Diario13 de agosto de 2023
Todavía me tiemblan las manos, y no sé por dónde empezar.