Si Algo Me Llega A Pasar (La Historia de Georgia nº 1) 30. Georgia
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30. Georgia

El domingo a la noche siempre es la parte del fin de semana que más me angustia. No porque no quiera que Wyatt vuelva con su mamá, sino que odio ver a Warren despedirse de su hijo, sabiendo que no lo va a volver a ver por otras dos semanas.

Pero esta noche, esa no es la única razón por la que temo que llegue el final.

Cuando Warren le dice a Wyatt que es hora de irse, fuerzo una sonrisa y busco mis zapatos.

—Voy con ustedes. Quiero pasar todo el tiempo que pueda con los dos antes de que tengamos que despedirnos.

A Wyatt se le ilumina la cara.

—¡Sí! Ven con nosotros, por favor.

Warren duda. Se le tensa la mandíbula, y veo una sombra que le cruza la cara antes de que logre disimularla.

—No hace falta —dice, con una naturalidad que suena forzada.

—Ya sé, pero quiero ir. —Me pongo los zapatos antes de agregar—: Además, te pasaste todo el fin de semana diciendo que estás cansado. Puedo manejar yo, así descansas.

Wyatt no pierde ni un segundo en apoyarme.

—Sí, papá. Que maneje Georgia, y tú descansas.

A Warren le tiembla un músculo de la mejilla. No quiere que vaya, y mucho menos que maneje yo. Pero con Wyatt mirándonos, no puede discutir sin despertar preguntas.

—Está bien —murmura y agarra las llaves de la mesada.

Siento alivio mientras bajamos al garaje, pero tengo cuidado de no demostrarlo. Después de lo que encontré en el bolsillo de Warren, necesito saber que Wyatt llegará a su casa sano y salvo.

La despedida es más fácil de lo que esperaba. Wyatt me da un abrazo fuerte y sale corriendo hacia la casa de su mamá. Melissa nos saluda desde la puerta, le apoya una mano en el hombro y lo hace pasar.

Espero a que se cierre la puerta antes de arrancar.

En cuanto Warren y yo nos quedamos solos, la tensión dentro de la camioneta cambia. Está sentado a mi lado, rígido, mirando fijo por el parabrisas mientras me alejo de la casa. Ni siquiera llegamos a la esquina cuando rompe el silencio.

—¿Por qué quisiste venir?

No hay nada casual en la pregunta. Su voz es cortante, y sé que ya decidió que no va a creerse ninguna respuesta que le dé.

—Quería pasar un ratito más con ustedes.

Warren gira su cuerpo en su asiento hacia mí.

—Mentira.

Aprieto el volante con fuerza, pero no saco los ojos de la calle.

—No confías en mí, ¿no? —sigue—. Pensaste que iba a dejar a Wyatt y me iba a ir a otro lado. De eso se trata todo esto en realidad.

—Yo nunca dije eso.

—No hace falta que digas una puta palabra.

Respiro hondo, despacio, decidida a no discutir ni darle más motivos para enojarse conmigo.

—Ya te dije que soy un hombre adulto —dice, levantando cada vez más la voz—. Puedo hacer lo que se me dé la puta gana. No eres mi madre, Georgina. No eres quién para decirme qué puedo hacer, adónde puedo ir ni a quién puedo ver.

—No estoy tratando de decirte qué hacer.

—Sí, lo estás haciendo. Te pasaste todo el fin de semana vigilándome, haciéndome preguntas, y ahora me seguiste hasta aquí porque crees que tienes derecho a controlarme.

—Vine porque dijiste que estabas cansado.

—Y decidiste que eso significaba que no podías confiar en mí para llevar a mi propio hijo a su casa.

No le contesto, porque es exactamente lo que pensé. Aunque no por las razones que él cree.

Warren toma mi silencio como una confirmación.

—No me vas a controlar —repite—. No necesito tu permiso para vivir mi vida.

Las acusaciones siguen mientras manejo. Cada respuesta que se me ocurre me parece peligrosa, así que mantengo la vista adelante y espero a que se quede sin cosas que decir.

Pero las palabras no se le terminan nunca.

Su voz llena la camioneta y se vuelve más fuerte cada vez que me niego a entrar en la discusión.

Me dice que soy desconfiada, controladora, y que estoy decidida a convertir cada error suyo en otro motivo para castigarlo.

Para cuando me acusa de usar a Wyatt para tenerlo vigilado, me tiemblan las manos sobre el volante.

Con sus gritos al lado, ya no puedo concentrarme en la calle, así que tomo la primera salida y estaciono detrás de una estación de servicio.

—¿Qué mierda estás haciendo? —me exige Warren—. Quiero ir a casa.

Estaciono la camioneta y dejo las dos manos sobre el volante mientras trato de calmar mi respiración.

—No puedo manejar mientras me gritas.

—Entonces deja de hacerme gritar.

Cierro los ojos un momento y trato de recomponerme antes de volver a hablar.

—Quizás sea mejor si hablamos antes de seguir.

Warren levanta los brazos, exasperado.

—¿Hablar de qué, Georgia? Por Dios, siempre tienes que convertir todo en un maldito problema.

Lo miro, con el pulso golpeándome tan fuerte que lo siento en la garganta.

—Las encontré.

Su enojo desaparece por una fracción de segundo.

—¿Qué?

—Las pastillas, Warren. Las encontré en tu pantalón.

Warren se queda completamente inmóvil.

—Esta mañana estaba lavando la ropa y estaban en tu bolsillo. Pastillas celestes en una bolsita de plástico.

El silencio llena la camioneta.

Por un instante, el pánico le cruza la cara. Después se ríe, pero es una risa sin nada de humor.

—No tengo idea de qué estás hablando.

—Basta.

—Estás loca.

—No. —Me tiembla la voz, pero me niego a apartar la mirada—. No me vas a hacer esto. Las vi Warren y sé que son oxicodona, o algo hecho para parecerse.

A Warren se le oscurecen los ojos y la boca se le endurece en una línea.

—¿Dónde están?

La pregunta me hiela la sangre.

—En un lugar seguro.

—¿Dónde mierda están mis pastillas, Georgia?

—Eso no es lo que importa, Warren.

Se inclina hacia mí hasta que su cara queda a centímetros de la mía. Cuando vuelve a hablar, su voz me asusta más que nunca.

—¿Revisaste mi ropa, agarraste algo que era mío y ahora me lo escondes?

—Estaba lavando nuestra ropa. No estaba buscando nada.

—Así que por eso viniste esta noche. Pensaste que estaba demasiado drogado para manejar.

—No sabía si habías tomado algo. —Se me empieza a quebrar la voz—. Necesitaba asegurarme de que Wyatt llegara bien a su casa.

—No metas a mi hijo en esto.

—Estoy preocupada por él. Llevaste esas pastillas en el mismo pantalón que te pusiste para ir al parque con él. Las dejaste en un canasto abierto donde podría haberlas encontrado, y no quería que, sin querer, terminaras lastimando a tu propio hijo.

Su puño me golpea la cara antes de que lo vea moverse.

El dolor me estalla en la nariz. La cabeza se me va de costado y choca contra la ventanilla. Todo se vuelve blanco. La camioneta, el estacionamiento, todo desaparece.

No sé si grito. No sé si hago algún ruido.

Siento el gusto de la sangre en la boca mientras me desplomo contra la puerta. En algún lugar a mi lado, la voz de Warren me llega a través del dolor, grave y llena de rabia.

—Te dije que dejaras de provocarme, carajo.

Después, la oscuridad me cubre como una manta, y por primera vez en meses, no siento nada.

TRANSCRIPCIÓN DE LLAMADA AL 911Condado de Harris, TexasFecha: 5 de noviembre de 2023Hora de recepción: 21:47Número de incidente: HC-23-110547

OPERADOR: 911. ¿Cuál es la dirección de su emergencia?

TESTIGO: Estoy en un estacionamiento junto a la interestatal 45, en dirección sur, a la altura de la calle Sunnyland, detrás de una estación de servicio. Hay una mujer dentro de una camioneta y está sangrando. ¡Dios mío, no se mueve!

OPERADOR: Necesito que mantenga la calma. ¿Sabe el nombre de la estación de servicio?

TESTIGO: No, no sé. Perdón. Está justo al lado de la autopista. La camioneta tiene el motor encendido y ella está desplomada en el asiento del conductor. ¡Por favor, manden a alguien!

OPERADOR: La ayuda ya va en camino. ¿Hay alguien más cerca del vehículo?

TESTIGO: No. No veo a nadie.

OPERADOR: ¿Está respirando?

TESTIGO: ¡No sé! Desde aquí no alcanzo a ver si respira.

OPERADOR: ¿Puede acercarse para comprobarlo sin ponerse en peligro?

TESTIGO: Sí. Un momento.

[Pasos sobre el asfalto. Respiración agitada. Se abre la puerta de un vehículo. Se escucha el motor en marcha. El testigo ahoga una exclamación.]

TESTIGO: Dios mío. Dios mío, hay sangre por todos lados. Tiene la cara cubierta de sangre, y la ventanilla también está llena. Creo que tiene la nariz rota. Jesucristo…

OPERADOR: Mírele el pecho. ¿Sube y baja?

TESTIGO: Creo que sí. Sí, respira, pero apenas. No se despierta. ¿Señorita? ¿Me escucha? [Pausa.] No reacciona.

OPERADOR: No la mueva. Quédese cerca y fíjese en su respiración. ¿Ve algún daño en el vehículo?

TESTIGO: No, la camioneta está bien. Está estacionada y el motor sigue en marcha. No entiendo qué pasó.

OPERADOR: ¿Ve a alguien que pueda haber estado involucrado?

TESTIGO: No, pero también hay sangre del lado del acompañante. Esto no fue un accidente. Alguien le hizo esto.

[Pausa.]

TESTIGO: Tiene un anillo de compromiso. Alguien tiene que estar buscándola.

OPERADOR: La policía y los paramédicos están llegando. Quédese con ella y avíseme enseguida si cambia su respiración.

TESTIGO: Por favor, dígales que se apuren. Necesita ayuda. ¡Por favor!

OPERADOR: Ya casi están ahí. Por favor, no corte.

[Se escuchan sirenas a lo lejos.]

TESTIGO: Ay, gracias a Dios. Ya escucho las sirenas.

FIN DE LA TRANSCRIPCIÓNDuración de la llamada: 4 minutos, 12 segundos.

Lo primero que noto es el ritmo constante de un monitor. Pita en algún lugar a mi lado, por encima del murmullo de unas voces y de pasos que van y vienen por el pasillo.

Ni siquiera tengo que abrir los ojos para saber que estoy en un hospital. El olor a desinfectante me lo dice.

Siento el cuerpo más pesado de lo normal. Cuando intento moverme, un dolor me atraviesa la cara y me obliga a quedarme quieta otra vez. Tomo aire de golpe, y las voces cercanas se callan.

Abrir los ojos me cuesta más de lo que debería. Las luces fluorescentes se ven borrosas sobre mí, demasiado brillantes contra la niebla que tengo en la cabeza. Algo rígido me sostiene el cuello, y cuando intento tragar, siento la garganta en carne viva.

Se me escapa un sonido débil, y una silla se arrastra contra el piso.

—Ay, Dios mío. ¿Georgia?

Es una voz conocida, temblorosa de alivio. Giro hacia ella todo lo que me permite el cuello ortopédico, esperando a que se me aclare la vista.

Valentina está parada al lado de la cama, aferrada a la baranda con las dos manos.

Está pálida y tiene los ojos hinchados de tanto llorar.

Krystin está del otro lado, sosteniéndome la mano con fuerza entre las suyas.

Tiene la mandíbula apretada, pero no puede disimular las lágrimas que se le juntan en los ojos.

Trato de recordar cómo llegaron hasta aquí. Trato de recordar cómo llegué yo.

Entonces los recuerdos vuelven en pedazos: Warren gritándome, las pastillas en su bolsillo, su puño contra mi cara y mi cabeza chocando contra la ventanilla.

Abro los labios, pero me cuesta más de un intento sacar la pregunta.

—¿Dónde está Warren?

Ninguna de las dos contesta.

Valentina baja la mirada, mientras Krystin me aprieta los dedos con más fuerza.

—No está aquí —dice.

El corazón me da un golpe doloroso contra las costillas.

—Pero…

Krystin se acerca un poco más, con la voz baja y firme.

—Y no va a volver nunca más. Ya estás a salvo, Georgia.