Si Algo Me Llega A Pasar (La Historia de Georgia nº 1) 29. Georgia
86%

29. Georgia

Es nuestro fin de semana con Wyatt, y estuve contando los días, con la esperanza de que tenerlo aquí nos devolviera un poco de normalidad.

Últimamente Warren está distante, metido en sus pensamientos, y casi no habla salvo que le haga una pregunta directa. Aun así, una parte de mí cree que tener a Wyatt en casa podría sacarlo de lo que sea que le esté pasando por la cabeza.

Hago lo de siempre cuando Wyatt se queda con nosotros. Dejo todo lo demás de lado e intento que el fin de semana sea lo más perfecto posible. Mantengo la voz liviana, la sonrisa fácil y el cariño a flor de piel, fingiendo que entre Warren y yo no pasa nada.

Quiero creer que Wyatt no se da cuenta, pero pronto lo descubro observando a su papá con la misma atención que yo.

Empezamos el sábado con panqueques para Wyatt, huevos con panceta para Warren y café para mí. El departamento huele a canela y miel, y mientras Wyatt llena la cocina de historias sobre la escuela y los entrenamientos de béisbol, casi logro convencerme de que todo está bien.

—Hay un chico nuevo en mi equipo que lanza rapidísimo —nos cuenta entre bocado y bocado—. O sea, mucho más rápido que yo. Pero el entrenador dice que yo tengo buena puntería, y que eso también es importante.

—Por eso eres tan buen jugador. —Estiro la mano y le despeino el pelo.

Wyatt sonríe de oreja a oreja, pero Warren casi no reacciona. Asiente distraído y toma otro sorbo de café, con la mirada perdida, como si no estuviera sentado a la mesa con nosotros.

—¿Papá? —Wyatt le da un codazo en el brazo—. ¿Me estás escuchando?

Warren parpadea, sale de sus pensamientos y se gira hacia él.

—Claro que te escucho, campeón. El chico nuevo lanza rápido, ¿no?

Wyatt lo estudia un momento antes de asentir y volver a su desayuno. No le pregunta nada más a su papá, pero me doy cuenta de que nota algo raro, aunque no lo entienda.

Esa tarde llevamos a Bruno al parque. Hay sol, pero la brisa fresca hace que la tarde esté agradable mientras Wyatt y Warren juegan a la pelota en el pasto. Bruno corre de un lado a otro entre los dos, persiguiendo la pelota y ladrando cada vez que tardan demasiado en volver a tirarla.

Me siento en un banco cerca y los miro a los tres, tratando de disfrutar de la tranquilidad que tanto necesitaba volver a tener.

Ni siquiera con Wyatt ahí, Warren parece del todo presente.

Atrapa la pelota y la tira cuando le toca, pero reacciona más lento que de costumbre, y ninguno de sus movimientos tiene la energía de antes.

Es como si su cuerpo estuviera aquí y su mente siguiera en algún lugar al que los demás no podemos llegar.

Wyatt atrapa la pelota y se la aprieta contra el pecho.

—Papá, ¿estás bien?

—Sí, campeón. —Warren fuerza una sonrisa—. Solo estoy cansado.

—¿Estás enfermo?

—No —la respuesta sale demasiado rápido. Warren aparta la mirada y se acomoda la visera de la gorra—. Tengo muchas cosas en la cabeza. Eso es todo.

Wyatt acepta la explicación y le devuelve la pelota, pero yo no puedo dejarlo pasar tan fácil. Warren no está simplemente cansado. Hace días que algo anda mal, y sea lo que sea, no tiene ninguna intención de contármelo.

Esa noche, después de cenar, Wyatt pregunta si podemos ver Toy Story. Siempre ha sido una de sus películas favoritas, y a Warren le encanta casi tanto como a él.

Nos acomodamos en el sillón, con Wyatt entre los dos y Bruno acurrucado a nuestros pies. Wyatt se ríe de cada chiste y recita la mitad de los diálogos de memoria, pero Warren casi no mira la tele. Tiene la mandíbula tensa, y el pie le golpea el piso sin parar.

Le apoyo la mano en la rodilla, con la esperanza de que el contacto lo traiga de vuelta con nosotros. Se sobresalta, pero no se aparta. Dejo la mano ahí, aunque él no hace nada por tomarla.

Para cuando termina la película, Wyatt ya casi no puede mantener los ojos abiertos.

—Hora de ir a la cama, mi niño —le susurro, dándole un empujoncito suave en el hombro.

Se queja, pero se levanta sin protestar mucho y se estira con los brazos por encima de la cabeza.

—Buenas noches, papá. Buenas noches, Georgia.

—Buenas noches, corazón. —Lo abrazo antes de que se vaya a su cuarto.

Warren murmura un «buenas noches» sin levantar la vista.

En cuanto se cierra la puerta del cuarto de Wyatt, el calor que trajo al living parece irse con él. Quiero preguntarle a Warren qué le pasa, dónde estuvo su cabeza todo el día y por qué parece estar cargando con algo que se niega a compartir conmigo.

Pero no digo nada. Me quedo a su lado en silencio sabiendo que no importa lo que diga, no me va a contestar con sinceridad.

La mañana siguiente, la luz del sol se cuela entre las cortinas mientras ordeno el departamento. Warren y Wyatt fueron a comprar medialunas para el desayuno, y me dejaron disfrutar de un raro momento de silencio.

Fue un fin de semana de béisbol, parque y películas, y las cosas de Wyatt quedaron desparramadas por todos lados.

Voy de un lado a otro juntando vasos vacíos, doblando mantas y devolviendo juguetes a su cuarto.

A mí el desorden no me molesta ni la mitad de lo que le molesta a Warren, así que me aseguro de que todo esté en su lugar antes de que regresen.

La mañana viene tranquila, y quiero que siga así.

Cuando termino con el living, decido aprovechar para lavar algo de ropa. Como lo mío solo no alcanza para una carga entera, junto también lo que Warren y Wyatt usaron ayer en el parque y lo agrego al canasto.

Reviso cada bolsillo antes de meter la ropa en el lavarropas, una costumbre que me quedó después de arruinar más pañuelos de papel, tickets y lapiceras de los que puedo contar.

Cuando meto la mano en el pantalón de Warren, mis dedos rozan algo de plástico.

Lo saco, y me encuentro con una bolsita llena de pastillas azules.

Por un momento, no entiendo qué estoy viendo. Nunca vi pastillas como estas, pero sé que los medicamentos con receta suelen venir en un frasco con etiqueta, no sueltos en una bolsa. Warren nunca me dijo que estuviera tomando nada.

Con las manos temblorosas, doy vuelta la bolsa para verla mejor. Las pastillas son chiquitas, redondas y celestes. Aprieto una contra el plástico hasta que puedo leer lo que tiene grabado.

Una M de un lado.

Un 30 del otro.

Saco el celular y escribo pastilla azul M 30 en el buscador.

Los primeros resultados dicen que es oxicodona de treinta miligramos, un opioide recetado para tratar el dolor intenso.

Leo la descripción dos veces mientras comparo las fotos de la pantalla con las pastillas que tengo en la mano.

El color, la forma y la inscripción coinciden.

Se me encoge el estómago. Warren no se lastimó, y que yo sepa, ningún médico le recetó analgésicos. Sigo bajando, con la esperanza de encontrar algo que haga que la situación parezca menos grave, pero lo que encuentro la empeora.

Muchas veces, las pastillas falsificadas se fabrican para que se parezcan a la oxicodona recetada, con el mismo color azul y la misma inscripción M30.

Muchas contienen fentanilo fabricado ilegalmente, y es imposible saber si una pastilla es auténtica solo con mirarla.

La cantidad puede variar de una pastilla a otra, y una sola pastilla falsificada puede tener suficiente fentanilo como para provocar una sobredosis mortal.

Dejo de leer, pero las palabras se me quedan grabadas.

Fentanilo.

Sobredosis mortal.

La bolsita me tiembla entre los dedos mientras los últimos meses empiezan a tener sentido. Los ojos rojos, las noches en que desaparecía, las palabras arrastradas, los movimientos lentos y los arranques de enojo seguidos de horas en las que casi no podía mantenerse despierto.

Le eché la culpa al alcohol, al estrés, a la marihuana y al duelo, porque cada una de esas explicaciones me dejaba creer que lo que le pasaba era temporal. Encontrar estas pastillas cambia todo.

Sean oxicodona recetada o falsificadas, Warren estuvo llevando algo peligroso en el bolsillo y escondiéndomelo. Se puso estos pantalones para ir al parque con Wyatt y después los dejó en un canasto abierto, donde Wyatt podría haberlos encontrado sin ningún problema.

Me siento en el borde de la cama, aferrada a la bolsa, preguntándome desde cuándo las toma, de dónde las saca, cada cuánto las usa y si alguien más lo sabe.

Lo primero que siento es miedo por Warren. Pero enseguida aparece otro miedo, más grande. Pienso en Wyatt durmiendo todo el fin de semana en el cuarto de al lado. En Warren manejando con él en la camioneta. En todas las veces que desapareció y volvió a casa convertido en otra persona.

Durante meses, traté de entender qué le estaba pasando al hombre que amo. Ahora, una parte de la respuesta puede estar en la palma de mi mano.

¿Por qué no vi las señales antes? ¿Qué significa esto para nosotros? ¿Para Wyatt?

Las preguntas se me vienen encima, una detrás de otra.

Y la vida que tanto me esforcé por sostener empieza a desmoronarse entre mis manos.

Diario5 de noviembre de 2023

Si algo me llega a pasar, el código es el cumpleaños de los mellizos.