Si Algo Me Llega A Pasar (La Historia de Georgia nº 1) 28. Georgia
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28. Georgia

El lunes siguiente vuelvo a la oficina por primera vez desde el evento, con el estómago hecho un nudo. Me pasé toda la mañana preocupada por los cuchicheos, las miradas y las preguntas que me esperan, pero una parte de mí todavía tiene la esperanza de que todos ya se hayan olvidado de lo que pasó.

Esa esperanza se esfuma en cuanto entro al edificio. A mi paso, las conversaciones se apagan y varias miradas se van directo a la muñequera. Algunos me sonríen con lástima; otros desvían la vista enseguida. Y yo no puedo dejar de preguntarme cuánto vieron y qué estuvieron diciendo de mí.

Me aferro a la correa del bolso y sigo hasta mi escritorio, fingiendo que no siento sus miradas. Todavía no terminé de acomodarme cuando me vibra el celular con un mensaje nuevo.

Greg (Supervisor):

Por favor, pasa por mi oficina cuando puedas.

Trago saliva.

Greg ha sido muy amable conmigo desde que entré a la firma, pero no llama a nadie a su oficina sin motivo. Me acomodo la blusa, respiro hondo para calmarme y me dirijo a su oficina.

—Adelante —dice cuando golpeo la puerta.

Greg está sentado detrás de su escritorio con una expresión que no logro descifrar. Me señala la silla frente a él.

—Gracias por venir, Georgia. Siéntate, por favor.

Me siento y apoyo las manos en el regazo. Bajo su mirada, la muñequera se siente más pesada, como un recordatorio visible de todo lo que trato de olvidar.

—Antes que nada, ¿estás bien?

Fuerzo una sonrisa pequeña.

—¿Esto? Fue un accidente sin importancia. Nada grave.

Me observa un momento antes de preguntar:

—¿Y lo del viernes a la noche? ¿Estás bien después de lo que pasó?

Se me tensan todos los músculos del cuerpo.

—Algunas personas que estaban cerca se mostraron preocupadas por lo que vieron entre tú y tu prometido. Quería saber cómo estabas y asegurarme de que estuvieras bien.

—Ah. —Niego con la cabeza y suelto una risa que suena forzada hasta para mí—. Fue un malentendido. Scott hizo un chiste y Warren lo tomó a mal. Había estado tomando y las cosas se fueron de las manos, pero no fue tan grave como pareció.

—Entiendo que para ti haya sido así, pero lo que me contaron me preocupó lo suficiente como para querer hablarlo contigo en persona.

—Les agradezco a todos la preocupación, pero Warren no quiso lastimarme.

La defensa me sale sola, antes de que tenga tiempo de preguntarme por qué soy yo la que lo está justificando.

—Creo que estoy pasando por un momento difícil —admito—. Eso es todo.

—No te voy a presionar para que me cuentes nada de lo que no estés lista para hablar —dice con calma—.

Sé que no hace mucho que estás en la firma, pero ya te convertiste en una parte valiosa de este equipo.

La gente aquí te aprecia y quiere lo mejor para ti.

Si alguna vez necesitas ayuda o alguien con quien hablar, no tienes que pasar por esto sola.

Su amabilidad casi me hace perder el control que vengo sosteniendo toda la mañana. Se me aprieta el pecho, bajo la mirada y empiezo a temblar.

—Creo que necesito tomarme unos días.

Greg se recuesta en la silla, y se le suaviza la expresión.

—Puede ser una buena idea.

—Hace tiempo que me siento perdida. —Me cuesta mantener la voz firme—. No sé si dejar el derecho migratorio fue la decisión correcta. Pensé que cambiar de trabajo me iba a hacer la vida más fácil, pero ahora siento que no pertenezco a ningún lado.

Me deja hablar sin interrumpirme. Cuando por fin me quedo callada, entrelaza las manos sobre el escritorio.

—Eres una abogada excelente, Georgia. Trabajas mucho, eres confiable y esta firma te valora. No quiero perderte porque estés pasando por una etapa difícil.

Me arden los ojos, pero logro contener las lágrimas.

—Todavía no llevas suficiente tiempo en la firma como para tener derecho a una licencia protegida y, es posible que tenga que ser sin goce de sueldo, pero puedo hablar con Recursos Humanos para que te guarden el puesto mientras decides qué necesitas.

Siento alivio y cansancio al mismo tiempo.

—Eso me ayudaría más de lo que te imaginas. Gracias.

Greg me dedica una sonrisa pequeña.

—Tómate el tiempo que necesites. Si alguna vez quieres hablar, mi puerta está abierta.

Me levanto con las piernas temblorosas y voy hacia la puerta.

—Gracias, Greg.

Un rato después, junto mis cosas y me voy de la oficina, aliviada de no tener que pasar el día contestando preguntas y fingiendo que todo esto es normal.

Por ahora, puedo irme a casa.

Ojalá mi casa todavía se sintiera como un refugio.

El viaje a casa es corto, y apenas me da tiempo para procesar todo lo que pasó en la oficina de Greg antes de entrar al garaje. Cuando me bajo del auto, suelto un largo suspiro y me digo que unas horas tranquilas en casa podrían ayudarme a despejar la cabeza.

Pero cuando abro la puerta de entrada, solo se abre unos centímetros antes de que la cadena de seguridad la frene desde adentro.

Me la quedo mirando, confundida. Warren siempre se va a trabajar antes que yo, y son apenas pasadas las diez de la mañana. Debería estar en el trabajo.

Golpeo despacio al principio, y más fuerte cuando nadie contesta.

Minutos más tarde, escucho pasos lentos y pesados que se acercan del otro lado.

La cadena se corre, y Warren abre la puerta con cara de que acabo de sacarlo de la cama.

Tiene el pelo revuelto, los ojos cansados, y la camiseta arrugada confirma que seguramente estaba acostado.

—Pensé que tenías que estar en el trabajo —le digo mientras se corre para dejarme pasar.

—Yo pensé lo mismo de ti.

Tiene la voz ronca y se mueve con lentitud mientras cierra la puerta detrás de mí. Quiero preguntarle por qué está en casa y si se siente mal, pero por cómo me mira, está claro que espera que la que se explique primero sea yo.

—Hablé con Greg esta mañana. —Dejo el bolso sobre la mesada de la cocina y me tomo un momento para decidir cómo decir el resto—. Me sugirió que me tomara una licencia, y le dije que sí.

El cansancio desaparece de la cara de Warren, y se pone rígido.

—¿Qué?

—Cree que tomarme un tiempo fuera del trabajo me podría hacer bien.

—¿Por lo que pasó con Scott?

—En parte —admito—. Algunas personas fueron a hablar con él porque estaban preocupadas por lo que vieron, pero le expliqué que fue un malentendido. Greg se dio cuenta de que venía mal desde hace un tiempo, y cuando me ofreció unos días libres, decidí aceptarlos.

Warren me mira fijo, y la confusión en su cara rápidamente se transforma en enojo.

—No pueden hacer eso, Georgia. No te pueden castigar por algo que pasó en una fiesta.

—No me están castigando. Greg me ofreció una licencia, y yo la acepté.

—¿Y por qué aceptarías algo así?

Levanta la voz, y se me tensa todo el cuerpo, pero me obligo a hablar con calma.

—Porque necesito tiempo para pensar qué quiero hacer. No soy feliz ahí, y después de todo lo que pasó, tomarme un descanso me pareció lo correcto.

—Toda esta exageración me parece una estupidez. —Empieza a caminar de un lado a otro de la cocina, pasándose una mano por el pelo una y otra vez—. Eres abogada. Deberías saber que no tienes que dejar que te pasen por encima.

—No creo que nadie me esté pasando por encima.

—Le tendrías que haber echado la culpa a Scott. Total, el culpable es él.

Me lo quedo mirando, segura de haber entendido mal.

—¿Qué?

—Les podrías haber dicho que te hizo sentir incómoda y que yo te estaba protegiendo. Él fue el que te puso las manos encima.

—Mucha gente vio lo que pasó, Warren. No podía decirles que la culpa era de Scott cuando te vieron empujarlo contra la barra.

—Podrías haberlo intentado. —Se le tensa la mandíbula al mirarme—. En cambio, dejaste que pensaran lo que quisieran de mí.

—Sí lo intenté. Le dije a Greg que fue un malentendido y que no quisiste que pasara nada de eso. Igual seguía preocupado por mí.

Warren niega con la cabeza, murmurando entre dientes mientras sigue caminando de un lado a otro. Cierra los puños a los costados del cuerpo, y la tensión que va creciendo en la cocina me aprieta el pecho.

—No puedo creer que nos estén haciendo esto.

—No nos están haciendo nada. Tomé una decisión sobre mi trabajo porque necesito tiempo para pensar.

—¿Así que el viernes pasa lo que pasa, y el lunes, de la nada, decides que necesitas una licencia?

—No es de la nada. Hace tiempo que vengo mal, y lo sabes. —El cansancio me cae encima otra vez, más pesado que antes—. No quiero pelear por esto, Warren. No puedo.

Me mira un momento antes de agarrar las llaves de la mesada de un manotazo.

—Necesito salir de aquí.

No intento detenerlo mientras cruza el departamento y abre la puerta. La cierra de un portazo, y me deja sola con el silencio y con todo lo que ninguno de los dos dijo.

Recién entonces me doy cuenta de que Warren nunca me explicó por qué él tampoco estaba en el trabajo.

Diario2 de noviembre de 2023

Hace tres días que empecé la licencia, y Warren todavía no fue a trabajar.

Pensé que tomarme un tiempo lejos de la oficina me iba a dar espacio para respirar y entender qué quiero. En cambio, me paso casi todo el día preguntándome dónde está, adónde va y por qué se niega a contarme qué está pasando.

Cuando está en casa, casi no me habla. Cuando se va, nunca sé cuándo va a volver.

Anoche se fue sin decir una palabra y no volvió hasta las cuatro de la mañana. Me quedé despierta, atenta a la puerta, cada hora un poco más asustada.

Cuando por fin volvió, olía a alcohol y casi no podía mantener los ojos abiertos. Le pregunté dónde había estado, pero lo único que me dijo fue: «No quiero hablar de eso». Después se desvistió, se metió en la cama y se quedó dormido, como si yo no hubiera pasado toda la noche preocupada por él.

No sé qué se supone que tengo que hacer.

Una parte de mí está enojada. Otra tiene terror de que le esté pasando algo grave y de que yo, por estar tan pendiente de lo que siento, no me dé cuenta.

No dejo de preguntarme si tendría que insistir más o darle espacio. Si necesita mi ayuda o si le molesta que intente dársela. Cada opción me parece la equivocada, y estoy agotada de tratar de adivinar.

Quiero llegar a él, pero no sé cómo.

Y empiezo a preguntarme si él siquiera quiere que lo haga.