Si Algo Me Llega A Pasar (La Historia de Georgia nº 1) 27. Georgia #2
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27. Georgia #2

Krystin se ríe, pero su expresión cambia cuando estiro la mano para agarrar el café.

—¿Qué te pasó en la mano?

Se me cae el alma a los pies cuando me doy cuenta de que me olvidé de la muñequera.

Le muestro la mano izquierda con toda la naturalidad que puedo fingir.

—¿Esto? No es nada. Me estuvo molestando la muñeca.

—¿Qué pasó?

—Creo que es por pasarme todo el día tecleando. —La mentira sale rápido—. Me paso casi todo el día frente a la pantalla, y ayer empezó a dolerme.

—Eso puede ser túnel carpiano, Georgia. Tienes que hacértelo ver antes de que empeore.

—Me lo voy a hacer ver.

—Prométemelo.

—Te lo prometo. —Desesperada por desviar su atención de mi muñeca, le pregunto—: ¿Hablaste con Valentina? Ayer me contó que a Claire ya le están saliendo los dientes.

A Krystin se le suaviza la expresión.

—Acabo de cortar con ella. Por eso tenía el celular al lado de los mellizos cuando a Marti se le ocurrió llamarte.

Hace una pausa antes de agregar:

—Me dijo que Warren pasó por su casa anoche. Me sorprendió que no fueras con él.

Se me hace un nudo en el estómago al pensar en Warren yendo a la casa de Valentina y Tom después de lo que pasó entre nosotros. ¿Les contó de la pelea? Y si les contó, ¿qué versión les dio? Peor todavía, ¿qué le voy a decir a Valentina cuando me pregunte por la muñeca?

—Tenía que terminar unas cosas del trabajo, así que me quedé en casa.

—La mentira me sale con demasiada facilidad.

Últimamente lo hago mucho, mentirle a la gente que quiero, y empiezo a preguntarme en qué momento me convertí en esta persona—.

Pensé que le venía bien pasar un rato a solas con Tom y Val. Hacía mucho que no los veía.

Krystin me estudia a través de la pantalla, pero sostengo la sonrisa hasta que asiente.

—Bueno, cuida esa muñeca. Ningún trabajo vale una lesión para toda la vida.

—Lo sé.

—Lo digo en serio, Georgia.

—Te escucho. —Le hago un gesto con la mano sana para restarle importancia—. Voy a darle un descanso.

—Bien. —Le vuelve la sonrisa, aunque la preocupación sigue en sus ojos—. Te dejo, pero cuídate, ¿sí?

—Sí. Dales un beso a los mellizos de mi parte.

—Obvio. Te quiero, Georgina.

—Yo también te quiero.

La llamada termina y dejo el celular en el sillón, a mi lado. Debajo de la muñequera, todavía me duele donde Warren me torció la mano.

Pero el dolor ya no es lo único que ocupa mis pensamientos.

Warren fue a ver a nuestros amigos más cercanos después de lastimarme, y ni siquiera se molestó en decírmelo.

Warren vuelve esa noche con cara sombría y agotada, pero no como alguien que pasó el último día arrepintiéndose de lo que hizo. Parece alguien que estuvo huyendo de algo.

Me encuentra en el sillón, con Bruno acurrucado contra mi cadera. Duda cuando ve la muñequera en mi mano izquierda, y frunce el ceño, confundido.

—¿Qué te pasó en la mano?

Su voz suena más suave de lo que esperaba.

—Tengo el pulgar dislocado.

Esas palabras le cambian algo en la expresión. Se le tensa todo el cuerpo antes de cruzar el living y arrodillarse frente a mí. Estira la mano para tocar la mía, pero se detiene a centímetros de la muñequera.

—¿Yo te hice eso?

Su voz es apenas un susurro, y aunque no sé qué contestarle, las lágrimas que se me juntan en los ojos lo dicen todo. Se le desarma la cara, se inclina hacia adelante y apoya la cabeza en mi pecho, con los hombros sacudiéndose en sollozos silenciosos.

—Perdóname —dice con la voz ahogada—. No quise lastimarte.

Me quedo quieta mientras las disculpas le salen una tras otra.

—Perdón por portarme como un idiota celoso.

Estabas tan hermosa, y todos te adoraban.

Todos en ese salón querían tu atención, y me sentí como un perdedor parado a tu lado.

Como si no fuera suficiente para ti. —Se le quiebra la voz—.

Y cuando Scott te tocó, perdí el control. Exageré. Perdóname, Georgia.

Debería ser yo la que se está desmoronando, pero es él quien llora contra mi pecho.

Levanto la mano sana hasta su pelo y empiezo a pasarle los dedos sin decir una palabra.

Nos quedamos así hasta que se le calman los sollozos y a mí se me secan las lágrimas. Su peso descansa sobre mí mientras mis dedos siguen acariciándole la cabeza, consolándolo por el dolor que él me causó.

Cuando por fin se aparta, se levanta y me alza en brazos sin preguntar. Estoy demasiado agotada para protestar, así que le permito llevarme al cuarto y dejarme sobre el colchón.

Me tapa con las mantas, las acomoda a mi alrededor y se mete en la cama conmigo. Se acurruca contra mí y me abraza fuerte, como si tenerme cerca alcanzara para borrar todo lo que pasó.

Por primera vez en más de veinticuatro horas, suelto el aire que siento que estuve conteniendo.

Está en casa, y está arrepentido. Esta noche me permito creer que eso significa que estamos bien, mientras cierro los ojos y me rindo al cansancio.

Cuando vuelvo a despertarme, no sé si pasaron minutos u horas. Warren tiene los labios en mi cuello y me va dejando besos suaves sobre la piel.

Todavía medio dormida, me quedo inmóvil mientras su boca baja por mi hombro y mi clavícula. Sus manos se mueven debajo de las mantas mientras yo trato de entender qué está pasando y si es algo que quiero.

Warren no pregunta.

Antes de que pueda despertarme del todo o encontrar las palabras para responder, ya está dentro de mí.

Me quedo completamente quieta.

No le digo que sí.

No lo busco.

Cierro los ojos y espero a que la pesadilla termine.