27. Georgia
Es viernes por la noche, y Warren y yo vamos a mi primer evento oficial del trabajo. La firma festeja su décimo aniversario, y todos los empleados pueden llevar un acompañante.
Cuando me enteré del evento, no estaba segura de que Warren quisiera asistir. Pero esta semana las cosas estuvieron bien entre nosotros, y cuando se lo pregunté, aceptó sin dudarlo.
La celebración es en el salón de baile de uno de los hoteles más prestigiosos de la ciudad. Es de etiqueta, y y Warren se ve increíble con su esmoquin negro. El saco le marca los hombros anchos a la perfección, y la seguridad con la que se mueve hace que parezca hecho para noches como esta.
Yo tardé una eternidad en decidirme por un vestido negro largo, plisado y de un solo hombro, y otro tanto en decidir como peinarme.
Esta noche importa cada detalle. Es la primera vez que Warren conoce a mis compañeros de trabajo y mi primera oportunidad de presentarlo como mi prometido en un ámbito profesional.
El salón está en penumbra y es elegante, lleno del murmullo de las conversaciones y del tintineo ocasional de las copas. Una barra libre ocupa toda una pared, y al frente del salón armaron un pequeño escenario para el cantante de música country que va a tocar más tarde.
Por primera vez en semanas, me permito tener ganas de que llegue la noche sin preguntarme qué podría salir mal.
Vamos hacia la barra, pero cada dos pasos nos frenamos para que le presente a Warren a algún colega. Todos lo saludan con calidez, casi siempre empezando con alguna versión de cuánto ya escucharon hablar de él, y él los conquista con la misma facilidad con la que conquista a todo el mundo.
Se acuerda de los nombres, hace preguntas interesantes y escucha como si cada persona fuera la más interesante del salón. Verlo encajar con tanta naturalidad en esta parte de mi vida me llena de orgullo.
Pedimos los tragos, una margarita para mí y un whiskey para Warren, y buscamos nuestros lugares asignados en una de las mesas largas cerca del escenario.
Durante la cena, la conversación fluye sin esfuerzo.
Mis compañeros hablan de viajes, de trabajo y de bodas que se vienen, mientras Warren cuenta anécdotas de la Guardia Costera y contesta preguntas sobre Wyatt.
Cuando alguien pregunta por los planes de nuestra boda, él sonríe y me apoya la mano en el muslo por debajo de la mesa.
—Todavía no elegimos fecha —dice, mirándome—, pero ojalá pronto.
Siento un calorcito en el pecho, y sé que no es culpa de la margarita.
A medida que avanza la noche, los mozos rellenan las copas casi tan rápido como las vaciamos. El whiskey de Warren parece no terminarse nunca, y lo alegre que me pusieron mis propios tragos me ayuda a relajarme y a disfrutar de la fiesta.
Después de la cena, la directora de mi departamento sube al atril y levanta una copa. Agradece a todos por los años de trabajo que llevaron a la firma hasta este momento, y se gana otra ronda de aplausos.
Mientras los mozos levantan los últimos platos, las luces bajan y el salón se queda en silencio.
Una banda de country sube al escenario.
La gente tarda apenas un momento en reconocer a Randy Rogers, y la emoción recorre el salón mientras los músicos toman sus lugares. Empieza a sonar una de sus canciones más románticas, lenta y conocida.
La pista de baile sigue vacía mientras todos miran desde sus mesas.
Warren se gira hacia mí, y el brillo juguetón en sus ojos me recuerda al hombre que una vez esperó afuera de un club porque se negaba a entrar sin su pareja de baile.
—Vamos. —Se levanta y me tiende la mano—. Mostrémosle a esta gente cómo se baila un two-step.
Se me dibuja una sonrisa mientras pongo mi mano en la suya.
Me lleva al centro de la pista sin la menor duda. Con una mano toma la mía y la otra la apoya firme en mi cintura, y empezamos a movernos con la música.
Nos movemos con la facilidad de siempre. Warren me lleva por la pista con la seguridad de aquella primera noche en que bailamos juntos, me hace girar bajo su brazo y vuelve a atraerme hacia él.
La música nos envuelve, lenta e íntima, y por un rato es como si nada se hubiera roto entre nosotros.
Su mano se mueve sobre mi espalda, y un calor conocido recorre mi cuerpo mientras los recuerdos de pistas llenas de gente y besos robados empiezan a reemplazar todo lo que pasó entre aquel momento y este.
Al rato se suman otras parejas, que llenan el espacio de risas bajitas y movimiento, pero casi ni me doy cuenta.
Warren tiene toda su atención puesta en mí.
Lo miro, al hombre que todavía puede acelerarme el corazón con una sola sonrisa, y su expresión se suaviza mientras me atrae más hacia él.
Durante lo que dura la canción, dejo de cuestionarnos.
Dejo que me abrace, me dejo llevar y creo que este es exactamente el lugar donde tengo que estar.
Después de horas de baile, la banda toca su última canción y saluda antes de dejarle el salón al DJ. La música, las risas y las conversaciones llenan el lugar mientras los invitados vuelven a la barra o se quedan en la pista.
Warren sigue de buen humor, con los brazos alrededor de mi cintura.
—Tengo que ir al baño —le digo.
—Voy a buscar otra ronda.
Me besa la frente antes de ir hacia la barra, y yo me abro paso entre la gente.
En el baño, me retoco el brillo labial y me acomodo los mechones que se me escaparon del recogido. Tengo las mejillas encendidas de tanto bailar, y el alcohol me dejó una tibieza agradable. Hasta ahora, la noche ha sido todo lo que esperaba.
Cuando vuelvo al salón, veo a Warren cerca de la barra con un trago en cada mano. Empiezo a caminar hacia él, pero alguien me llama antes de que llegue.
—¡Georgia!
Scott, uno de mis compañeros de trabajo, se acerca con una sonrisa enorme. La corbata floja y la cara colorada me dicen que aprovechó al máximo la barra libre.
—Te estuve buscando por todos lados —dice.
—Hola, Scott. ¿La estás pasando bien?
—Genial.
Antes de que pueda contestar, me da un abrazo.
Me pongo rígida de la sorpresa. Scott fue quien me capacitó cuando entré a la firma y trabajamos juntos a menudo, pero fuera de la oficina casi no nos conocemos. Le devuelvo el abrazo un segundo antes de apartarme.
Su confianza me incomoda, pero lo que me llena de inquietud es ver a Warren acercándose.
La expresión relajada que tenía hace unos segundos desapareció. Tiene los hombros rígidos, y se le tensa la mandíbula mientras mira a Scott y después a mí.
Hablo antes de que cualquiera de los dos tenga la oportunidad.
—Warren, él es mi compañero de trabajo, Scott. Scott, él es mi prometido, Warren.
Scott le tiende la mano.
—El famoso prometido. Escuché hablar mucho de ti.
Warren no le da la mano.
Deja nuestros tragos en la mesa más cercana sin sacarle los ojos de encima a Scott.
—Yo soy su esposo del trabajo —agrega Scott con una risa—. Pasamos tanto tiempo juntos que es como si estuviéramos casados.
Me da un empujoncito juguetón en el hombro, al parecer demasiado borracho como para darse cuenta de lo mal que cae el chiste.
Warren baja la mirada al lugar donde Scott me tocó.
—¿Esposo del trabajo? —repite.
—Es una broma —digo enseguida—. No lo dice en serio.
Warren da un paso hacia él y usa su tamaño para obligar a Scott a retroceder sin tocarlo.
—Scott, ¿no? —su voz sigue controlada, y eso me asusta más que si hubiera gritado—. Te recomiendo que te mantengas lejos de ella si no quieres problemas.
A Scott se le borra la sonrisa.
—Ey, tranquilo, era un chiste.
—Me importa un carajo tu chiste.
Los invitados que están cerca empiezan a mirar y siento que me arde la cara mientras me meto entre los dos.
—Warren. —Le apoyo una mano en el pecho—. Vámonos.
Su mano se cierra sobre la mía y me la arranca del pecho de un tirón. Me atrapa el pulgar y me lo dobla hacia atrás. El dolor me sube por la muñeca tan rápido que el grito se me escapa antes de poder contenerlo.
Cuando por fin me suelta, la mano me late entera.
Y él ni siquiera me mira. Sigue con los ojos clavados en Scott, como si yo no estuviera ahí.
La expresión de Scott cambia al instante.
—La lastimaste.
Esas palabras terminan de hacerlo estallar.
Empuja a Scott con tanta violencia que lo hace tambalearse hasta chocar contra la barra.
—¡Warren, basta!
Scott se agarra del mostrador y se endereza.
—¿Qué carajo te pasa?
Warren vuelve a ir hacia él.
—Ni se te ocurra volver a acercártele.
Lo empuja otra vez, más fuerte que la primera. Las copas tintinean sobre la barra mientras varias personas se apartan.
En la cara de Scott ya no queda ni rastro de diversión ni de confusión. Solo miedo.
Con la mano lastimada contra el pecho, miro a Warren plantado entre Scott y yo, como si me estuviera defendiendo.
Pero no es a Scott a quien le tengo miedo.
Es a él.
A la mañana siguiente, me suena el celular y en la pantalla aparece el nombre de Krystin.
Dudo antes de contestar. Casi no dormí y no tengo energía para fingir que todo está bien, pero si ignoro a mi hermana, solo va a volver a llamar.
Respiro hondo y acepto la videollamada.
En lugar de Krystin, me recibe la cara cachetona de mi sobrino. Marti sostiene el celular con las dos manos y me mira con sus ojos llenos de curiosidad.
—¿Marti, eres tú? —Se me dibuja una sonrisa cansada, pero sincera—. ¿Qué haces llamándome, bandido?
Balbucea algo que no entiendo y aprieta los deditos contra la pantalla. De fondo se escucha la voz de Krystin, seguida de una risa.
—Marti, ¿qué estás haciendo? Dame eso, terremoto.
La imagen se mueve mientras ella le saca el celular. Cuando por fin aparece su cara, niega con la cabeza.
—Ay, Dios mío. ¿Este niño hizo una llamada internacional?
—Sí, señora.
—Dejé el celular al lado de ellos dos segundos y se las arregló para hacerte una videollamada. Estos niños nacieron sabiendo usar la tecnología.
Acomoda la pantalla, y fija la atención en mí.
—¿Cómo estás, amor?
—Bien. —Mantengo un tono liviano y acomodo el ángulo del celular, con la esperanza de que no note lo agotada que me veo—. Me siento honrada de ser el contacto internacional preferido de Marti.