Si Algo Me Llega A Pasar (La Historia de Georgia nº 1) 26. Georgia
77%

26. Georgia

Dos meses después

—¿Y? ¿Te gusta? —me pregunta Krystin desde el celular, recostada en el sillón con una taza de café en la mano.

—Está bien. —Acomodo el ángulo del celular, con la esperanza de que la luz disimule lo agotada que me veo—. Mis compañeros son amables, pagan bien y la oficina queda cerca del departamento. No puedo pedir mucho más.

Su expresión me dice que no se lo cree, igual que yo.

—Sigo sin entender por qué dejaste el trabajo de tus sueños.

—Era lo que necesitaba.

—¿Lo que necesitabas tú o lo que quería Warren?

La pregunta me pega donde duele.

—Es lo que yo quería y lo que los dos necesitábamos.

Krystin suspira y deja el café.

—No es mi intención hacerte sentir mal, Georgia, pero no quiero que renuncies a algo que amas solo para hacer feliz a otra persona.

—No renuncié a mi sueño. Cambié de trabajo. —Fuerzo una sonrisa pequeña—. Warren y yo estamos construyendo un futuro juntos. Nos vamos a casar y vamos a formar una familia. Eso es mi prioridad ahora.

Las palabras suenan tan convincentes que casi me las creo. Krystin se acerca a la pantalla, con una expresión más suave, pero igual de preocupada.

—Quieres ayudar a familias inmigrantes desde que eras chica. Decidiste que ibas a ser abogada a los diez años, y no fue porque soñaras con estar sentada detrás de un escritorio revisando contratos para grandes empresas.

—Lo sé.

—Ese trabajo te importaba.

—Todavía me importa. —Me cambio el celular de mano—. Esto no tiene por qué ser para siempre. A lo mejor vuelvo al derecho migratorio en unos años, pero ahora necesito algo con horarios fijos. Necesito estar disponible para Warren y para Wyatt.

—¿Y cuándo estás disponible para ti?

La pregunta me toma desprevenida.

—Estoy construyendo una vida con el hombre que amo. Eso es algo que hago por mí.

Krystin me observa con atención, y me aguanto las ganas de apartar la mirada.

—Bueno —dice al final—. Si esto es de verdad lo que quieres, te apoyo.

—Lo es.

—Entonces es todo lo que necesitaba escuchar.

Siento alivio cuando por fin deja el tema.

—A veces eres más dura conmigo que mamá.

Krystin resopla.

—Mamá no te hace ciertas preguntas porque tiene miedo de que no se las contestes. Ya tiene una hija viviendo en la otra punta del mundo. Seguro que no quiere que la hija que todavía vive en el mismo país deje de hablarle.

El comentario me incomoda. Está claro que mi familia estuvo hablando de mí a mis espaldas.

—No dejaría de hablarle.

—Te pusiste a la defensiva cuando te pregunté si te gustaba el trabajo nuevo.

—No me puse a la defensiva.

Krystin levanta las cejas, pero tiene la sensatez de no discutir.

—¿Ya eligieron fecha? —me pregunta de repente.

Tardo un segundo en entender a qué se refiere.

—¿Fecha para qué?

—Para la boda, Georgia.

—Ah. —Bajo la vista al anillo—. No, todavía no decidimos.

—Bueno, avísame en cuanto la tengan. Necesito tiempo suficiente para organizar todo aquí, y me niego a perderme la boda de mi hermanita.

—Te aviso.

Le sonrío, ignorando la presión que vuelve a apretarme el pecho cada vez que intento ponerle fecha a nuestro futuro.

Diario18 de octubre de 2023

Antes tenía las cosas claras.

No todas, pero sí las que importaban.

Sabía qué tipo de abogada quería ser. Sabía que el trabajo iba a ser difícil, y lo quería igual.

Ahora no sé si cambiar de idea me hace práctica o cobarde.

Mi trabajo nuevo no tiene nada de malo. Eso casi lo hace peor. No odio ir a trabajar, pero tampoco siento nada cuando estoy ahí. Hago lo que me ponen adelante, cobro el sueldo y vuelvo a casa sin el peso de las historias de otros.

Debería sentirme aliviada.

Algunos días, lo estoy.

Otros días, siento que dejé mi propia vida para meterme en una que me pide menos, porque ya no confío en que pueda con más.

Eso no se lo pude decir a Krystin.

No le pude decir el esfuerzo que tengo que hacer para concentrarme, ni cuántas veces miro el celular por miedo a lo que pueda pasar si no le contesto una llamada a Warren.

No le pude explicar que los horarios fijos se sienten más seguros porque así puedo llegar a casa antes que él.

Puedo tener la cena lista, asegurarme de que el departamento esté limpio y no sacarle un motivo más para enojarse.

Escribirlo me incomoda.

A lo mejor porque en el papel suena distinto que en mi cabeza.

En mi cabeza, estoy apoyando al hombre que amo. Estoy cuidando nuestra relación y dándonos la atención que necesitamos. En el papel, parece que mi vida entera empezó a acomodarse alrededor de sus estados de ánimo.

No sé cuándo pasó eso.

No sé por qué mantenerlo contento empezó a sentirse como algo en lo que tengo que esforzarme todos los días.

Necesito creer que esto no es para siempre. Que, cuando esté lista, voy a poder volver al trabajo que amo y todavía reconocer a la persona que era antes de todo esto.

Es viernes por la noche, lo que significa que Wyatt se va a quedar con nosotros el fin de semana. También es el fin de semana del cumpleaños de Warren, y quiero que todo salga perfecto.

Mientras Warren va a buscar a Wyatt, me mantengo ocupada con los últimos preparativos. La cena está en el horno, el departamento está impecable y hasta bañé a Bruno esta mañana. Acomodé cada almohadón y limpié cada superficie de la cocina hasta que no quedó nada fuera de lugar.

Mantener el departamento ordenado se convirtió en una de mis prioridades. El desorden pone de mal humor a Warren. Dice que no puede pensar cuando todo a su alrededor está desordenado, así que todos los días lucho contra mi costumbre de dejar las cosas donde las usé por última vez.

Él bromea con que soy una desordenada, pero sé que en el fondo hay algo de verdad.

Si mantener el departamento limpio hace que las cosas sean más fáciles entre nosotros, vale la pena el esfuerzo.

La torta de chocolate se enfría sobre la mesada mientras las velas titilan en el centro de la mesa. Hay una botella de vino abierta al lado de dos copas, y el olor a lasaña llena la cocina.

Echo un último vistazo alrededor.

Todo está listo.

Cuando se abre la puerta y la voz entusiasmada de Wyatt llena el departamento, siento un alivio profundo. Warren entra detrás de él, y la sonrisa relajada que tiene hace que todas las horas que pasé preparando todo valgan la pena.

Todo se siente más liviano cuando Wyatt está aquí.

Vivo para estos momentos, cuando la tensión desaparece y estar juntos se siente tan fácil como antes.

Bruno lo recibe con un gemido de emoción, moviendo la cola tan fuerte que le tiembla todo el cuerpo.

—¡Qué rico huele aquí! —exclama Wyatt, mirando hacia la cocina.

Sonrío y lo abrazo.

—Debes estar muerto de hambre.

—Sí. ¿Qué hiciste?

Me doy unos golpecitos en el mentón, como si tuviera que pensarlo.

—Adivina.

Se le iluminan los ojos.

—¿Lasaña?

—Obvio. También hice el pan con ajo que tanto te gusta.

Wyatt sonríe de oreja a oreja.

—Esto va a estar buenísimo.

Warren entra a la cocina con una bolsita de papel madera.

—Le traje el parmesano que pidió, señorita.

—Gracias.

Deja la bolsa sobre la mesada, me agarra de la cintura y me atrae hacia él. Me da un beso cálido y largo, y me entrego a ese cariño que tanto extrañaba.

—¡Qué asco! —se queja Wyatt, tapándose los ojos—. Hay un niño presente.

Warren se ríe contra mi boca, y me rio con él, permitiéndome disfrutar de la paz que hacía semanas faltaba en nuestro departamento, con la esperanza de que por fin dure.

A la mañana siguiente, me despierto con los brazos de Warren alrededor de mí y su respiración entibiándome la nuca.

Hace tanto que no dormimos así que la cercanía casi me resulta extraña. Antes me abrazaba todas las noches, con el cuerpo curvado alrededor del mío, protegiéndome. Después algo cambió. Empezó a darme la espalda al dormir, y en algún momento, yo dejé de buscarlo.

No sé exactamente cuándo pasó. Solo sé cuánto extrañé esto.

Durante unos minutos de silencio, me quedo entre sus brazos y me permito disfrutar del calor de su cuerpo contra el mío. Respiro su aroma, deseando que pudiéramos quedarnos así un rato más, pero le hice una promesa a Wyatt.

Con cuidado de no despertarlo, le corro el brazo con cuidado y salgo de la cama. Se mueve un poco, pero se vuelve a acomodar.

Me visto rápido, me recojo el pelo en una cola de caballo floja y cierro la puerta del cuarto detrás de mí. El departamento está en silencio, salvo por el zumbido de la heladera, mientras voy hasta el cuarto de Wyatt.

Lo encuentro acurrucado bajo las mantas, profundamente dormido. Cuando me siento a su lado y le froto la espalda con suavidad.

—Despierta, dormilón —le susurro—. Llegó la hora de la fiesta.

Wyatt suelta un quejido, se estira y hunde todavía más la cara en la almohada.

—Cambié de idea. Hazlo tú sola.

Me rio.

—Ni lo sueñes. Me prometiste que me ibas a ayudar.

Abre un ojo, me espía y suelta un suspiro dramático.

—Bueno.

La sonrisita que se le escapa lo delata.

Lo llevo hasta el escondite secreto donde guardé todo, y en cuanto ve los globos, las flores y el resto de la decoración, se le va el sueño de golpe.

—¡Guau! Compraste un montón de cosas.

—Dijiste que querías que fuera perfecto.

Wyatt asiente con entusiasmo y agarra un manojo de globos con forma de flamenco.

—Bueno —anuncia—, mejor nos ponemos a trabajar.

En menos de una hora, el departamento se transforma en una fiesta hawaiana. Hay flamencos flotando en cada rincón, vasos tiki alineados sobre la mesa, flores de colores cubriendo cada superficie libre y una falda hawaiana de paja colgando alrededor de la mesa del comedor.

Mientras doy vuelta los panqueques en la cocina, Wyatt le hace una tarjeta de cumpleaños a su papá, sacando la punta de la lengua de tanta concentración.

Se abre la puerta del cuarto, y Warren sale al pasillo con el pelo todavía revuelto de dormir. Se detiene al ver la decoración y mira despacio todo el caos festivo que lo rodea.

—¡Feliz cumpleaños! —grita Wyatt antes de correr a sus brazos.

Warren se ríe y lo abraza fuerte.

—Gracias, campeón.

Mira otra vez a su alrededor, sin poder dejar de sonreír.

—¡Está todo increíble! ¿Tú hiciste todo esto?

Wyatt se endereza con orgullo y me mira de reojo.

—Casi todo Georgia, pero yo ayudé.

—Ayudaste muchísimo —le aseguro.

Warren me busca con la mirada y la ternura en su expresión me recuerda al hombre que extrañaba. Cruza el living, me rodea con los brazos y me atrae hacia él antes de darme un beso suave en los labios.

—Gracias —murmura.

Apoya la cara en la curva de mi cuello. El abrazo se siente tan conocido que, por un momento, me acuerdo de lo que era creer que nada podía salir mal entre nosotros.

Se me cierra la garganta de emoción y lo abrazo un poco más fuerte.

—Feliz cumpleaños.

Warren levanta la cabeza y me mira, con esos ojos azules llenos de la misma calidez que antes le salía con tanta naturalidad.

—Gracias —repite, y me besa la frente—. Todo huele increíble.

—El desayuno está listo. Solo me falta hacer el café. No quise prepararlo muy temprano para que no se enfriara.

—Yo lo hago.

Me dedica otra sonrisa suave antes de ir hacia la cafetera. Wyatt corre a buscar la tarjeta, ansioso por mostrarle a Warren lo que hizo, mientras yo doy un paso atrás y los observo juntos.

Por una mañana, aunque sea breve, somos una familia.

Ojalá supiera cómo hacer que dure.

Diario23 de octubre de 2023

Me había olvidado de lo felices que podemos ser.

A lo mejor por eso este fin de semana me afectó tanto. Por primera vez en meses, no estuve pendiente de cada gesto de Warren ni de cada cambio en su tono de voz. No estuve buscando señales de que me estuviera escondiendo algo, ni de que yo hubiera hecho algo mal.

Pude volver a respirar a su lado.

Todo se sintió fácil. Se rio. Me tocó sin que yo tuviera que preguntarme qué quería a cambio. Cuando me miraba, sus ojos tenían otra vez esa calidez que tanto había extrañado.

Y por fin me sentí yo otra vez.

No estaba ansiosa ni midiendo cada paso. No me estaba achicando para dejarle más lugar a lo que él sentía. Simplemente estaba feliz.

A lo mejor estuve tan concentrada en lo que salió mal que dejé de ver lo que todavía está bien. Warren pasó por muchísimo, y sé que la gente no siempre sabe cargar con el dolor de la mejor manera. A veces se enoja. A veces se aleja. A veces lastima a las personas más cercanas sin querer.

Eso no lo convierte en un mal hombre, y este fin de semana me lo recordó.

Me recordó por qué dije que sí y por qué me esforcé tanto en proteger lo que tenemos. El amor entre nosotros sigue aquí. A lo mejor está enterrado debajo del estrés, del duelo y de todo lo que ninguno de los dos sabe cómo decir, pero lo sentí en cada abrazo, en cada vez que me tomó de la mano.

No sé si un buen fin de semana puede reparar estos últimos meses.

Solo sé que esta noche tengo esperanza.

Y después de todo lo que pasó, con eso me basta.