25. Georgia
Son las ocho de la mañana y estoy más despierta que nunca.
Aunque no es que me haya dormido.
Pasé toda la noche en el sillón, con el celular al lado, esperando que se abriera la puerta. Le escribí y lo llamé más veces de las que quiero admitir, pero lo único que recibí a cambio fue silencio. Ahora el teléfono me manda directo al buzón de voz, lo que significa que lo apagó o que me bloqueó.
Y no es que se le haya acabado la batería, porque siempre lleva un cargador extra en la camioneta.
Pensé en llamar a hospitales y a comisarías. Pensé en contactar a Tom y a cualquiera que pudiera saber dónde está Warren, pero algo me sigue frenando.
No es miedo por su seguridad. Es la certeza cada vez más fuerte de que no quiere que lo encuentren, de que me está escondiendo algo y de que cada momento de silencio tapa otra mentira.
Esa idea me hace sentir completamente traicionada.
Hasta engañada, aunque no sé si hay otra mujer de por medio.
¿Dónde diablos está?
Ya avisé que no voy a ir a trabajar. No hay forma de que pueda sentarme en mi escritorio y concentrarme en el futuro de otra persona cuando siento que mi propia vida se me está yendo de las manos.
Miro el reloj. El entrenamiento de béisbol de Wyatt empieza en una hora, y eso me da el primer momento de claridad de toda la mañana.
Warren le prometió a Wyatt que iba a estar ahí. Más allá de todo lo que estoy cuestionando, todavía creo que el hombre con el que acepté casarme nunca decepcionaría a su hijo a propósito.
Tiene que estar en la cancha.
La posibilidad de que Warren no aparezca me provoca otra ola de pánico. ¿Qué le diría a Wyatt si me preguntara dónde está su papá? ¿Cómo podría explicarle algo que ni yo misma entiendo?
Aparto ese pensamiento. Warren va a estar ahí porque lo prometió.
Eso tiene que significar algo.
Me obligo a levantarme del sillón y voy a ducharme. El agua caliente no logra calmarme, así que me froto la piel hasta dejarla roja, como si así pudiera sacarme de encima el miedo y el cansancio.
Me visto con unos leggings y una camiseta holgada, me escondo el pelo sin lavar debajo de una gorra de béisbol y me pongo unos lentes de sol para tapar los ojos hinchados. Le engancho la correa a Bruno, agarro las llaves y salgo antes de que pueda convencerme de no ir.
Llego tarde a propósito.
Si la camioneta de Warren no está en el estacionamiento, me voy a quedar en el fondo de las gradas y voy a mirar a Wyatt unos minutos. Lo voy a saludar si me ve, y después me voy a escabullir antes de que tenga la oportunidad de preguntarme por qué su papá no vino conmigo.
Es el único plan que tengo.
Bruno camina a mi lado mientras nos acercamos a la cancha, moviendo la cola y prestando atención a cada sonido y olor desconocido.
En cuanto llego a las gradas, varias integrantes del escuadrón de mamás se dan vuelta hacia mí.
Están reunidas con sus camisetas iguales, cuchicheando entre ellas mientras sus hijos hacen el calentamiento en la cancha.
Melissa está sentada en el centro del grupo, tan impecable como siempre. Tiene la piel perfecta, el pelo recién arreglado y, como siempre, esos lentes de aviador que no me dejan adivinar qué piensa al verme.
¿Esta mujer nunca tiene una mala mañana?
Logro esbozar una sonrisa educada antes de ir hacia la otra punta de las gradas, poniendo toda la distancia que puedo entre nosotras sin que se note demasiado.
Wyatt me ve casi enseguida y me saluda desde la cancha, con una sonrisa enorme. Algo del nudo que tengo en el pecho se afloja mientras le devuelvo el saludo y le levanto la pata a Bruno para que él también salude.
—¡Miren! ¡Esa es la prometida de mi papá! —anuncia tan fuerte que lo escucha medio mundo—. ¡Y ese es su perro, Bruno!
Algunos padres miran hacia mí y logro sonreír otra vez, aunque la palabra prometida se me retuerce por dentro.
Si supieras.
Me quedo en las gradas mientras el equipo se prepara para el juego, fingiendo prestar atención mientras miro a mis alrededores en búsqueda de Warren. No veo su camioneta en el estacionamiento, y él tampoco está cerca de la banca ni hablando con los otros padres.
No está.
Cuanto más tiempo me quedo ahí sentada, más me cuesta respirar. No me puedo quedar y arriesgarme a que Wyatt me haga preguntas que no sé cómo contestar, así que me levanto y llevo a Bruno hacia el puesto de comida.
Si me voy ahora, a lo mejor puedo evitar llamar más la atención.
Ya casi llegamos a la salida cuando Bruno se frena tan de golpe que la correa se me tensa en la mano. Levanta las orejas, suelta un ladrido y empieza a mover la cola como loco.
Sigo su mirada y encuentro a Warren caminando hacia nosotros. El alivio me recorre, pero solo dura hasta que veo cómo está.
Tiene la misma ropa con la que se fue del departamento anoche.
La camiseta está arrugada, y tiene el pelo hecho un desastre, como si se hubiera pasado las manos por la cabeza toda la noche.
Unos lentes de sol que no reconozco le tapan los ojos, y levanta una mano para protegerse la cara del sol de la mañana, como si no soportara la luz.
Cualquier alivio que sentí desaparece cuando Warren me ve y se detiene. Antes de decidir qué decir, acorto la distancia entre los dos.
—Te llamé. —La voz me sale más firme de lo que me siento.
—Lo sé.
—También te escribí.
—Lo sé —repite.
Le estudio la cara, buscando algún rastro del hombre que me tomaba de la mano en nuestra fiesta de compromiso hace menos de doce horas.
—Esos lentes no son tuyos.
—Son de Pete. —Se los acomoda sin mirarme directamente—. No tenía los míos.
—¿Anoche estuviste en lo de Pete?
—Sí.
—¿El mismo Pete con el que estuviste la última vez que pasó esto?
Aprieta la boca, pero no contesta. Respiro hondo, despacio, y cierro los dedos con fuerza alrededor de la correa de Bruno, tratando de que dejen de temblar.
—¿Estás drogado ahora mismo?
Warren se queda callado.
—Por favor, contéstame.
Se le tensa la mandíbula antes de que por fin mire hacia las gradas cercanas.
—No creo que este sea el lugar apropiado para que hagas una escena.
Durante varios segundos, lo único que puedo hacer es mirarlo.
—¿Una escena? —Bajo la voz, consciente de las familias que están lo suficientemente cerca para poder escucharnos—.
Desapareciste toda la noche sin decirme dónde estabas.
Ignoraste todas mis llamadas y leíste mis mensajes sin contestar.
Ahora apareces en esta condición al entrenamiento de tu hijo, ¿y piensas que la que se está comportando de forma inapropiada soy yo?
A Warren se le endurece la expresión.
—Es solo marihuana.
—Eso dices tú.
Las palabras me salen antes de que pueda suavizarlas, pero no me arrepiento. Ya no sé qué creer.
Warren mira más allá de mí, hacia la cancha, dando la conversación por terminada antes de que lo esté.
—Me voy a casa.
Intento pasar a su lado, pero apenas doy un paso, me agarra del brazo. Me aprieta con tanta fuerza que me obliga a frenar.
—Estás haciendo un escándalo de algo que no es para tanto —dice por lo bajo.
Bajo la vista a sus dedos cerrados alrededor de mi brazo y después lo miro a él.
—Me estás lastimando, Warren.
En lugar de soltarme enseguida, suelta una risa despectiva.
—Estás exagerando, como siempre.
Después me suelta. Siento la piel latiendo donde me apretaban sus dedos, pero no me muevo.
No puedo.
Warren pasa a mi lado sin decir una palabra más y va hacia las gradas, donde varios padres apartan la mirada enseguida y hacen como que no estaban mirando.
Bruno se pega a mi pierna con un gemido bajito.
Le apoyo una mano en la cabeza, porque necesito sentir algo firme bajo los dedos mientras veo a Warren alejarse.
Durante semanas, traté de justificarlo todo.
Me convencí de que su distancia era por el estrés, de que tomaba de más por el duelo y de que sus desapariciones habían sido un error.
Hasta su irritabilidad me parecía comprensible mientras se adaptaba a un trabajo nuevo, a una casa nueva y al dolor de extrañar a Wyatt.
Seguí buscando razones, porque eran más fáciles de aceptar que la verdad.
Pero ninguna de esas razones puede explicar cómo me agarró ni cómo descartó mi dolor después de que le dije que me estaba lastimando.
El dolor en el brazo hace que cada excusa sea más difícil de creer. Por primera vez, no solo estoy preocupada por Warren.
Le tengo miedo.
Dos horas más tarde, estoy sentada en el sillón con mi diario en el regazo cuando Warren por fin vuelve a casa.
No me mira mientras se saca las zapatillas y los lentes de sol. Se frota la cara con las dos manos, como si así pudiera borrarse el cansancio y después camina por el departamento con el peso del mundo sobre los hombros.
Lo veo ir a la cocina, sacar una botella de agua de la heladera y tomarse casi la mitad de un trago.
—¿Comiste? —me pregunta, con la voz ronca y casi sin fuerzas.
—No.
—¿Quieres que pida algo para almorzar?
Todavía no me miró.
—No tengo hambre.
Algo en mi voz por fin le llama la atención. Cuando levanta la vista, me encuentro con unos ojos hinchados y ojeras más profundas que nunca.
—Te ves cansada —dice.
—No dormí.
No me pide perdón ni reconoce que pasé toda la noche despierta, preguntándome dónde estaba y por qué se negaba a contestarme. En cambio, abre la alacena y se pone a buscar algo para comer, como si entre nosotros no hubiera nada que resolver.
—Creo que voy a pedir un sándwich al deli de abajo —dice—. Como no fuiste al súper.
Siento que el enojo me aprieta el pecho.
Se suponía que yo iba a hacer las compras mientras él estaba en el entrenamiento de Wyatt. Ese era el plan antes de que desapareciera, ignorara mis llamadas y apareciera a la mañana siguiente todavía drogado y con una resaca terrible.
Me quedo callada, esperando que reconozca lo que pasó sin que tenga que obligarlo. Pero cuando por fin se gira hacia mí, no tiene cara de arrepentido, sino de irritado.
—¿Vas a seguir enojada conmigo? —pregunta—. ¿No vamos a poder dejar esto atrás?
—¿Dejarlo atrás? —Me lo quedo mirando—. Desapareciste en plena noche y me ignoraste durante horas. Apareciste drogado en el entrenamiento de Wyatt y me agarraste tan fuerte que me lastimaste.
—Volví.
Lo dice como si volver a casa justificara todo lo que hizo mientras no estaba.
—Sí, volviste. —Se me escapa una risa hueca—. Supongo que tendría que estar agradecida por eso.
Se le tensa la mandíbula.
—¿Qué quieres de mí, Georgia?
—Quiero que seas el hombre con el que acepté casarme.
Se me quiebra la voz, pero no aparto la mirada.
—Soy el hombre con el que aceptaste casarte. —Se le endurece la expresión—. Lo que pasa es que esperas que sea alguien que no soy.
Trato de encontrar en sus ojos al hombre del que me enamoré, pero ya no está.
—Esta no es la vida que quiero, Warren. Si desaparecer, drogarte y negarte a hablar conmigo es lo que nos espera, entonces tenemos que replantearnos lo que estamos haciendo.
Warren suelta una risa amarga y niega con la cabeza.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Dejarme?
—Te estoy diciendo cómo me siento.
—Por favor. —Se pasa una mano por el pelo y me mira con un desprecio que ni intenta disimular—. ¿Me vas a dejar? ¿Le vas a decir a toda tu familia que se terminó el compromiso, después de la fiesta que nos hicieron? ¿Vas a admitir que dijiste que sí y después te arrepentiste?
Da un paso hacia mí.
—No me vas a dejar.
La seguridad en su voz me inquieta más que las palabras.
Abro la boca para contestar, pero se acerca todavía más antes de que pueda hablar.
—Soy un adulto, Georgia —dice, bajando la voz—. Puedo ir y venir cuando quiera. No necesito tu permiso, y no te lo voy a pedir. Deja pasar esto. Va a ser más fácil para los dos.
Siento un peso frío en el estómago cuando me doy cuenta de que no me está pidiendo que lo perdone. Me está diciendo que lo que siento no importa.
Warren se inclina y me da un beso en la frente, como si la conversación hubiera terminado. Después se aleja y me deja en el sillón, con su advertencia hundiéndose en mí.
No me vas a dejar.
Por primera vez, me pregunto si lo dijo porque confía en mi amor o porque cree que ya no tengo otra opción.