Si Algo Me Llega A Pasar (La Historia de Georgia nº 1) 24. Georgia #2
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24. Georgia #2

Me rio de sus chistes y acepto los cumplidos sobre mi vestido, mis zapatos, mi pelo y el anillo que brilla bajo la luz de las velas. La mano de Warren encuentra la mía una y otra vez, y cada vez que lo hace, la distancia entre nosotros se siente un poco más chica.

Hacía días que no me sentía así de presente. Rodeada de toda la gente que queremos y por fin me permito disfrutar.

Antes de la cena, Valentina anuncia que contrató a un fotógrafo para que nos saque fotos de compromiso. Warren se tensa a mi lado. A ninguno de los dos nos gusta mucho estar frente a una cámara, pero en cuanto salimos a la terraza y vemos la ciudad iluminada, la incomodidad empieza a desaparecer.

Corre un aire fresco a nuestro alrededor mientras el horizonte de Houston brilla a lo lejos.

La Georgia adolescente nunca se imaginó esta vida. Nunca se vio parada en un lugar tan hermoso, con un vestido de encaje y zapatos de satén azul, con un anillo de compromiso en el dedo y mirando a los ojos a un hombre que parece amarla tanto como ella lo ama a él.

El fotógrafo nos guía en algunas poses antes de dejarnos movernos con naturalidad. Captura a Warren acariciándome los nudillos con el pulgar, mi risa después de que me susurra algo al oído y a Wyatt metiéndose entre los dos con su sonrisa de siempre.

Seguramente esas van a ser mis fotos favoritas. No las que están cuidadosamente armadas, sino los momentos en los que parecemos lo que todavía creo que podemos ser.

Después de varias fotos de Warren y mías, se suma Wyatt, y después nuestros papás, Tom y Valentina. Con tanta felicidad alrededor, es más fácil dejar de lado todo lo que me pesó esta semana.

Cuando el fotógrafo saca la última foto, estoy sonriendo sin tener que recordarme hacerlo.

Por unos minutos, el trabajo, el miedo y las preguntas sin respuesta quedan lejos.

Solo queda este momento.

La cena logra sentirse lujosa e íntima al mismo tiempo.

Hay una sola mesa larga, cubierta con un mantel marfil, junto a unos ventanales de piso a techo que dejan ver toda la ciudad.

En el centro hay peonías rosadas y velas encendidas a lo largo de toda la mesa, y solo hay lugar para las personas más cercanas a nosotros.

La comida llega en varios platos, cada uno más impresionante que el anterior. El vino no deja de servirse, la conversación va y viene de un lado a otro de la mesa y nadie parece querer que la noche termine.

Wyatt le cuenta a mi papá su último partido de béisbol con tanto detalle que hasta recrea su mejor jugada desde la silla. Papá le contesta con anécdotas vergonzosas de mi infancia, incluida la del verano en que insistí en que de grande iba a ser bailarina profesional.

Valentina se pasa casi toda la cena tomándole el pelo a Warren por lo mucho que tardó en entrar en razón. Él le sigue el juego y responde cada broma con una sonrisa pícara, sin soltarme la mano debajo de la mesa.

Me doy cuenta de que casi no toca el vino que tiene adelante.

El alivio silencioso que eso me provoca me hace sentir culpable, pero igual me aferro a él.

Esta noche, Warren está presente. Se ríe con nuestras familias, escucha cuando Wyatt habla y me mira como si no hubiera ningún otro lugar en el que prefiriera estar.

Con sus dedos entrelazados con los míos y toda la gente que queremos reunida a nuestro alrededor, la distancia de esta última semana empieza a sentirse menos definitiva.

A lo mejor todavía somos esto.

A lo mejor una noche horrible no tiene por qué convertirse en el resto de nuestra vida.

Por primera vez en días, dejo de esperar que algo salga mal y deseo que la noche dure un poco más.

Volvemos al departamento unas horas más tarde, con los brazos llenos de regalos y la comida que sobró de la cena. Wyatt sigue con toda la energía de la fiesta y entra corriendo apenas se abre la puerta.

Bruno lo recibe con el mismo entusiasmo, ladrando y moviendo la cola con tanta fuerza que se le mueve todo el cuerpo.

—Hola, bebé. —Me agacho y le paso los dedos por el pelo suave—. Te extrañamos.

—¡Sí, te extrañamos! —Wyatt se tira al piso a mi lado y empieza a rascarle la panza—. ¿Quién es el mejor perrito?

—Bruno, ¡ya! —Se le nota la impaciencia en la voz a Warren mientras deja las bolsas sobre la mesada de la cocina—. Wyatt, prepara tu mochila.

Wyatt deja de acariciar a Bruno y levanta la vista hacia su papá.

—¿Tengo que irme esta noche? Quería quedarme aquí.

Warren se masajea las sienes.

—Hicimos un acuerdo con tu mamá. Este no es mi fin de semana, y ella me pidió que te llevara a casa esta noche.

—Pero mañana tengo béisbol. —Wyatt se levanta, sin intención de rendirse todavía—. Vas a ir, ¿no?

—Sí.

—Entonces me puedes llevar tú a béisbol por la mañana, y mamá nos encuentra ahí.

Para él es así de simple. Y, sinceramente, a mí también me parece lógico.

A Warren se le tensa la mandíbula.

—No vamos a discutir esto. Busca tu mochila. Te llevo a casa esta noche.

Me muerdo la lengua mientras los observo. Manejar cuarenta y cinco minutos para llevar a Wyatt a su casa tan tarde, solo para volver para el partido a la mañana, no tiene mucho sentido. Aun así, Warren y Melissa tienen un acuerdo, y no sé qué arreglaron antes de que él lo pasara a buscar.

No soy la madre de Wyatt, así que tengo que confiar en que Warren maneje la situación, aunque no entienda su decisión.

Wyatt suelta un suspiro largo y dramático.

—Bueeeno.

Warren se va al cuarto sin contestar.

En cuanto se va, Wyatt me mira con ojos suplicantes.

—No me quiero ir.

—Lo sé. —Me arrodillo y lo abrazo, acariciándole el pelo—. Pero el fin de semana que viene le toca a tu papá, y vas a estar aquí dos días enteros. Vamos a planear algo divertido. Eliges tú.

—¿Lo que sea?

—Dentro de lo razonable.

Eso le saca una pequeña sonrisa.

—¿Me lo prometes?

Le doy un beso en la frente.

—Te lo prometo.

Me da otro abrazo y sale corriendo a buscar la mochila.

Unos minutos después, Warren vuelve vestido con ropa deportiva. El cansancio se le nota en la forma en que se pasa la mano por la cara.

Veo su billetera al lado de las bolsas y se la alcanzo.

—No te olvides de esto.

—Gracias.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No, está bien. —Se acerca y me da un beso en la frente—. Vuelvo enseguida.

—Okey.

Wyatt se da vuelta para saludarme una última vez antes de salir detrás de su papá. La puerta se cierra, y de repente el departamento se siente demasiado silencioso sin ellos.

Empiezo a ordenar las bolsas: guardo la comida en la heladera y dejo los regalos en la mesa para que podamos abrirlos juntos. Después me pongo una camiseta y un pantalón deportivo, me desmaquillo y me cepillo el pelo.

Saco a Bruno a dar una vuelta corta, vuelvo al departamento y miro la hora.

Pasaron dos horas desde que Warren se fue. El viaje a la casa de Melissa es de cuarenta y cinco minutos de ida y otros tantos de vuelta. Ya debería estar por llegar, pero cuando miro el celular, no tengo ningún mensaje suyo.

Me digo que no hay motivo para preocuparme. Puede haber parado a cargar gasolina, o puede haber entrado a hablar con Melissa sobre los horarios de Wyatt.

Aun así, le mando un mensaje.

Yo:

Hola, amor. ¿Está todo bien?

Le llega, pero no contesta.

—Seguro que está manejando —le digo a Bruno.

Pongo Friends y me acomodo en el sillón, con la esperanza de que esas voces conocidas me calmen los pensamientos. Pasan dos episodios sin ninguna señal de Warren, y cuando vuelvo a mirar la hora, ya hace tres horas que se fue.

Yo:

Me tienes preocupada. Hace tres horas que te fuiste. Por favor, avísame que estás bien.

El mensaje pasa de Entregado a Leído, pero no llega ninguna respuesta. Me quedo mirando la pantalla mientras la tele sigue sonando de fondo, sin poder entender por qué Warren vería que estoy preocupada y aun así elegiría no contestarme.

Subo el volumen y trato de concentrarme en el episodio, pero los minutos se arrastran mientras sigo esperando que conteste. Seis horas después de que se fue, Warren todavía no volvió a casa.