24. Georgia
El celular no paró de sonar en toda la semana.
Todos en mi familia llamaron para felicitarnos.
Hasta los papás de Warren, que hasta ahora casi no se habían involucrado en nuestra relación, se comunicaron.
Krystin ya me está preguntando si tenemos fecha para la boda, así puede empezar a buscar vuelos.
Ayer las tres estuvimos casi una hora en videollamada, y Krystin y Valentina hablaban al mismo tiempo de vestidos, flores y todo lo que, según ellas, no puede faltar en el gran día.
Las escuché, sonreí y contesté cada vez que alguna hacía una pausa lo bastante larga como para dejarme hablar, pero en realidad no estaba ahí. Desde la mañana en que Warren volvió a casa, no termino de estar presente.
Algo cambió entre nosotros. Va a trabajar, vuelve a casa, cena a mi lado y duerme en nuestra cama, pero una parte de él se queda en algún lugar al que no llego. Está callado, se irrita con facilidad y carga con algo que se niega a explicarme.
Cada vez que intento preguntarle si está bien, me dice que está cansado.
Anoche estuvimos juntos por primera vez desde que desapareció. Tenía la esperanza de que eso nos acercara, o que nos devolviera a lo que éramos antes.
En cambio, me sentí más sola a su lado de lo que me habría sentido estando sola de verdad. No hubo nada de la ternura ni de las risas que compartíamos antes, solo la sensación de que era algo que él necesitaba y que yo permitía.
En algún momento, las lágrimas se me escaparon por el rabillo de los ojos y se perdieron en mi pelo. No sé cuándo empecé a llorar.
Warren nunca se detuvo.
A lo mejor no se dio cuenta. O a lo mejor vio mis lágrimas y eligió ignorarlas. Todavía no sé cuál de las dos cosas me duele más.
Hoy es nuestra fiesta de compromiso.
Valentina me prometió que iban a estar solo la familia y los amigos más cercanos, pero la conozco lo suficiente como para esperar algo mucho más elaborado.
Warren salió temprano a buscar a Wyatt, y yo estoy sola en el departamento, tratando de verme tan feliz, entusiasmada y enamorada como todos esperan que esté.
Esta mañana llegó un paquete de Krystin. Adentro había un vestido corto y suelto, de encaje delicado color marfil. Encima había una nota.
Me muero por estar estar ahí hoy, hermanita. Ponte esto y acuérdate de que, aunque esté en la otra punta del mundo, lo estoy festejando contigo. Te quiero muchísimo.
Poco después llegó otro paquete, esta vez de Valentina. Debajo de varias capas de papel de seda había unos zapatos de tacón Manolo Blahnik Hangisi de satén azul, con hebillas de pedrería, idénticos a los que usa Carrie cuando se casa con Mr. Big.
Su nota me hizo reír antes de hacerme llorar.
Nadie se los merece más que tú. Nos vemos más tarde, à la Sex and The City.Con amor, Valentina.
Ya tuve que dejar el maquillaje a medias varias veces porque las lágrimas no paraban de arruinármelo.
Se supone que hoy debería estar feliz. Y una parte de mí lo está. Amo a Warren, amo la vida que estamos construyendo y, esta noche, la gente que más queremos se va a reunir para celebrar nuestro futuro.
Pero debajo de esa felicidad hay una tristeza que no sé cómo explicar. Me seco las lágrimas con cuidado, agarro el corrector y vuelvo a empezar, como si un poco de maquillaje pudiera borrar el dolor que siento.
La puerta de entrada se abre y me saca de mis pensamientos. Warren y Wyatt entran, y Bruno enseguida se vuelve loco, ladrando y saltando alrededor de su humano chiquito favorito.
—Bruno, ¡ya! —La impaciencia le endurece la voz a Warren.
—¡Brunooooo! —Wyatt se tira al piso y empieza a rascarle la panza—. ¡Ay, estás más grande que la última vez que te vi!
Me reviso debajo de los ojos una última vez antes de salir del cuarto, con la esperanza de que no quede ningún rastro de las lágrimas que acabo de tapar.
—Hola, Wyatt.
—¡Hola, Georgia!
Se levanta de un salto y viene corriendo a abrazarme por la cintura. El cariño le sale con tanta naturalidad que lo abrazo un poco más fuerte antes de soltarlo.
Cuando se aparta, me mira el pelo y se le dibuja una sonrisa enorme.
—Lindos ruleros.
—¿Te gustan? —Me toco uno cerca de la sien—. Estaba pensando en ir así a la fiesta.
—¡No, no vas a ir así! —Su cara de horror me hace reír.
—No voy a ir así —le prometo—. Pero mírate. Qué botas vaqueras más elegantes.
—Papá me dijo que me las pusiera porque él también va a ir con botas. —Wyatt levanta un pie y se sube el pantalón para que pueda ver todo el diseño.
—Son muy lindas. Excelente elección.
Satisfecho con mi aprobación, vuelve con Bruno, que está esperando impaciente que le hagan más caso.
Miro a Warren, pero ya va camino al cuarto sin haberme saludado.
—Voy a terminar de arreglarme —le digo a Wyatt, y le doy un beso en la frente—. Si necesitas algo, ven a buscarme.
Cuando vuelvo al cuarto, Warren ya se está desvistiendo. Se saca la camisa y la tira sobre la cama sin mirarme.
—Hoy pasé a buscar tu ropa a la tintorería. —Busco las prendas cubiertas de plástico que cuelgan en el vestidor—. Te plancharon unas cuantas camisas, y pensé que a lo mejor querías ponerte una con jeans. ¿Sabes cuál?
Se encoge de hombros.
—Me da igual. Elige la que quieras.
Miro las camisas antes de decidirme por una.
—Me gusta la celeste de manga larga con tus jeans oscuros.
—Me parece bien.
—¿Botas y cinturón marrones?
—Sí.
Va hacia el baño, pero se detiene al ver el vestido colgado en la puerta del vestidor.
—¿Te vas a vestir de blanco? — Lo dice con media sonrisa y un tono que no me gusta nada.
Lo miro a él y después al vestido. Hay algo en su tono que no entiendo, una diversión que me hace sentir que me perdí el chiste.
—Sí. —Observo su expresión con atención—. Es un regalo de Krystin.
—Lindo.
La palabra sale corta y sin ninguna emoción.
—Valentina también me mandó unos zapatos.
—Qué maravilla —murmura antes de entrar al baño.
Me quedo junto al vestidor, con su camisa en la mano, tratando de entender qué acaba de suceder.
A lo mejor no quiso decir nada con eso. A lo mejor está cansado, y todo se siente más filoso por la distancia que hubo entre nosotros esta semana.
Aun así, cuando vuelvo a mirar el vestido blanco, ya no veo lo que debe haber visto Krystin cuando lo eligió para mí.
Solo me pregunto qué vio Warren.
Al final vuelvo al maquillaje y empiezo a sacarme los ruleros, convencida de que va a ser más fácil dejar pasar su reacción.
Los rizos me caen suaves sobre los hombros y me paso los dedos por los mechones cobrizos mientras los miro en el espejo. El color brilla con la luz, y hace años que no tenía el pelo tan sano.
Hace unos días, Warren comentó que prefería mi castaño oscuro natural.
Lo dijo al pasar, como si se le acabara de ocurrir, pero el comentario se me quedó grabado. Ahora me descubro tratando de recordar si alguna vez me dijo que le gustaba el cobrizo.
A lo mejor tiene razón. Hace unos años que tengo este color, y un cambio podría estar bien.
Me anoto mentalmente pedirle turno a Julia para la semana que viene.
Ya decidido eso, agarro el perfume. Me pongo un poquito en las muñecas y en el cuello, con cuidado de no exagerar, antes de regresar al living.
Warren y Wyatt están parados frente al espejo. Warren le abrocha uno de los puños de la camisa a Wyatt y después le acomoda el cuello.
—¿Alguno de los dos necesita algo? —pregunto.
—Estoy bien. —Warren no le saca los ojos de encima a Wyatt.
Wyatt se gira hacia mí, y se le iluminan los ojos.
—¡Estás hermosa!
Cruza el living corriendo y me abraza. La sinceridad en su voz llena un poco el vacío que tengo en el pecho y lo abrazo fuerte antes de darle un beso en la cabeza.
—Gracias.
Se aparta para admirar el vestido.
—¿Ese va a ser tu vestido de novia?
Sonrío.
—No, mi amor. Es solo un vestido lindo para una ocasión especial.
Warren por fin me mira.
Me recorre el vestido con la mirada antes de acercarse y apoyarme una mano en la parte baja de la espalda. Me besa la frente.
—Es verdad, Georgia. Estás hermosa.
El cumplido debería hacerme sentir bien, pero suena como algo que se acordó de decir después de escuchárselo a Wyatt.
Me digo que eso no importa.
Esta noche festejamos nuestro compromiso, y me niego a dejar que algo lo arruine.
El hotel queda a pocos minutos de nuestro departamento. Cuando entramos, una empleada que está esperando cerca de la entrada nos recibe con una sonrisa cálida.
—La fiesta de compromiso Sutton es en el último piso. —Señala hacia los ascensores.
No podía ser de otra manera.
Tom y Valentina nunca entendieron el significado de la palabra sencillo. Aun así, saber que organizaron esta noche solo para nuestra familia y nuestros amigos más cercanos hace que el despliegue se sienta personal en lugar de abrumador.
Entramos al ascensor, y Warren me toma de la mano cuando se cierran las puertas. Me aprieta los dedos, y cuando levanto la vista, la tensión que cargó toda la semana parece haberse ido. Tiene la mirada más suave que en días.
Por primera vez desde que nos comprometimos, se lo ve en paz, y parte de la tensión que tengo adentro empieza a aflojar.
Las puertas del ascensor se abren entre aplausos y gritos.
La luz de las velas baña todo el piso con un resplandor dorado y cálido.
Las peonías rosadas, mis flores favoritas, cubren las mesas y llenan el lugar con su perfume delicado.
Por los parlantes suena bajito una canción de Luis Miguel que conozco bien, y sé enseguida que Valentina eligió cada detalle.
Casi no tengo tiempo de asimilarlo todo antes de que mis papás me rodeen. Mamá me abraza mientras papá me da un beso en la mejilla, y los dos me susurran lo felices que están por nosotros.
Después vienen más abrazos y felicitaciones.
Warren se mueve por el salón con soltura, riéndose con mi papá, dando apretones de mano y manteniendo a Wyatt cerca. Se lo ve relajado y feliz, más parecido al hombre que conocía antes de nuestro compromiso.
A él siempre se le dio bien esto. Yo respiro hondo y les doy a todos la versión de mí que vinieron a celebrar.