23. Georgia
Warren me sorprendió con entradas para ver a uno de nuestros cantantes de música country favoritos en un bar con música en vivo de aquí de Houston.
Ya me estoy arreglando antes de que vuelva a casa.
Me puse la ropa con la que me siento más cómoda: jeans negros y una camisa negra.
Las botas vaqueras me esperan al lado de la cama, pero no me las voy a poner hasta que estemos por salir.
Todavía tengo el pelo con ruleros, y me apuro con el maquillaje para estar casi lista cuando llegue Warren. Así, mientras él se ducha, puedo encargarme de su ropa.
En cuanto se abre la puerta de entrada, Bruno sale disparado por el pasillo. Va patinando por el piso hasta llegar a Warren, y desde el baño lo escucho saltarle a las piernas, loco de contento.
—Uf —se queja Warren—. Aquí huele horrible. ¿Hiciste caca otra vez, Bruno?
Me quedo quieta, con el aplicador del rímel en el aire.
—¿Huele a caca? —pregunto mientras salgo al pasillo—. Acabamos de volver de caminar.
Warren cuelga la chaqueta en el armario y se saca las botas de trabajo, arrugando la nariz mientras mira alrededor.
—No sé. Algo huele.
Voy al living y reviso el piso, detrás del sillón y cualquier otro lugar donde Bruno podría haberme dejado una sorpresa desagradable. Bruno me sigue de cerca, con una cara demasiado inocente como para ser culpable de nada.
Warren entra al living detrás de mí.
—¿Encontraste algo?
—Ningún regalito de Bruno. —Me enderezo y le dedico una sonrisa pequeña.
—A lo mejor eres tú lo que huelo. —Se ríe mientras me da un beso en la frente, y sigue hacia el baño.
Me quedo ahí un momento antes de levantarme la parte de adelante de la camisa para olerla.
Nada.
Me reviso debajo de los dos brazos para asegurarme, pero lo único que huelo es el desodorante que me puse hace menos de una hora. Bruno me mira desde la alfombra, con la cabeza ladeada, como si él también estuviera tratando de entender qué estoy haciendo.
Bajo los brazos y sigo a Warren hasta el baño.
—¿Necesitas que te pase el vapor a algo? —le pregunto, apoyada en el marco de la puerta mientras él abre la ducha.
—La camisa negra.
—¿La de manga larga o la de manga corta?
—La de manga larga. —Se le endurece la voz—. Sabes que odio la de manga corta.
La irritación repentina me toma por sorpresa.
—Tienes razón. Perdón.
Se mete bajo el agua sin contestar, y me voy a buscar su camisa.
Cuando Warren termina de vestirse, me estoy poniendo los últimos toques de maquillaje. Me saco los ruleros, me peino los rizos con el cepillo y agarro el perfume.
Su comentario todavía me da vueltas en la cabeza.
Me perfumo el cuello y las muñecas, y después rocío también la camisa, por delante y por detrás. Dudo un momento, rocío el aire y paso a través de la nube, con la esperanza de que alcance para tapar lo que sea que él notó antes.
Warren se está abotonando la camisa cuando entro al living y me siento a ponerme las botas. Me mira y vuelve a arrugar la nariz.
—Uf. —Se ríe—. ¿Te bañaste en perfume?
Las manos se me quedan quietas sobre la bota mientras Warren niega con la cabeza, riéndose por lo bajo. Hace menos de una hora me hizo preguntarme si olía mal. Y ahora resulta que me puse demasiado perfume.
—Igual estás preciosa. —Se acomoda el cuello de la camisa y me sonríe—. ¿Lista? La vamos a pasar genial.
Termino de ponerme las botas y me obligo a devolverle la sonrisa.
—Lista.
O por lo menos, quiero estarlo.
Dos horas y unos cuantos shots de tequila después, el concierto termina, y el espacio libre frente al escenario se convierte en pista de baile. El DJ pasa de un clásico del country a otro, mientras Warren aprovecha cada oportunidad para hacerme girar bajo su brazo.
El baile siempre fue parte de mi vida, y estar con alguien que lo disfruta tanto como yo hace que la noche se sienta todavía más especial.
Después de varias canciones rápidas, estoy sin aliento y a punto de pedirle un descanso para tomar agua cuando los primeros acordes de I Cross My Heart llenan el lugar.
Una de mis canciones favoritas de George Strait.
A Warren le cambia la expresión mientras me atrae hacia él y me rodea la cintura con firmeza. Apoya la cara junto a la mía y empezamos a bailar un two-step lento, moviéndonos juntos con la misma facilidad de siempre.
Me canta bajito al oído.
Me sé cada palabra, cada promesa que tiene la canción. Esta noche, con Warren abrazándome, siento que fue escrita para nosotros.
La gente a nuestro alrededor desaparece. Lo único que siento es su mano en mi espalda y el calor de su aliento sobre mi piel.
Warren me hace girar suavemente bajo su brazo, pero cuando vuelvo a mirarlo, lo encuentro arrodillado frente a mí.
Se me corta la respiración.
Las parejas que bailan más cerca empiezan a darse cuenta. Se escuchan exclamaciones entre la gente, que se va apartando hasta formar un círculo alrededor de nosotros, pero casi ni registro sus caras.
Lo único que veo es a Warren.
Me mira a los ojos bajo las luces cálidas mientras busca algo en el bolsillo. Cuando abre la cajita de terciopelo que tiene en la mano, parece que todo el lugar se queda en silencio.
Adentro hay un anillo hermoso.
—Georgia. —La emoción le quiebra la voz—. Desde el momento en que te conocí, fuiste lo mejor de mi vida. Incluso cuando estuvimos separados, nunca hubo nadie más para mí.
Las lágrimas me nublan la vista.
—Eres la mujer que amo, mi mejor amiga y la persona que quiero a mi lado por el resto de mi vida. —Me sostiene la mirada—. No quiero perder ni un día más sin saber que vas a ser mía para siempre. ¿Te quieres casar conmigo?
Por un momento, no puedo respirar.
Hace apenas unas horas, estaba parada en nuestro departamento cuestionando cómo me miraba con mi ropa y preguntándome por qué no parecía hacer nada bien.
Y ahora está arrodillado frente a mí, prometiéndome un para siempre.
La inquietud de antes parece mínima comparada con esto. Hasta me da vergüenza. ¿Cómo puedo dudar del amor de un hombre que me mira así?
Asiento, con una sonrisa temblorosa.
—Sí.
Se le ilumina la cara con una sonrisa.
—Sí —repito, lo bastante fuerte como para que me escuchen todos a nuestro alrededor.
El lugar estalla en aplausos y gritos mientras Warren me desliza el anillo en el dedo tembloroso. Es clásico y atemporal, más hermoso que cualquier cosa que yo hubiera elegido para mí.
Warren se pone de pie y me abraza. Cuando me besa, los gritos se vuelven más fuertes.
Hay desconocidos por todos lados felicitándonos, ofreciéndonos tragos y dándole palmadas en la espalda a Warren. Casi no me doy cuenta de ninguno.
Lo único en lo que puedo concentrarme es en el anillo en mi dedo, en los brazos de Warren a mi alrededor y en la certeza de que me eligió a mí.
Nunca fui tan feliz.
Diario4 de agosto de 2023
No puedo dejar de mirarme la mano.
Cada vez que el diamante refleja la luz, me recuerda que lo de anoche fue real. Warren me pidió que me casara con él, y le dije que sí.
Estoy comprometida.
Hasta escribirlo se siente irreal. Nunca creí que me fuera a pasar un amor así. De esos que te dejan sin aliento y te hacen sentir que eres la única mujer del mundo.
Pero así me miró Warren anoche.
Le tembló la voz cuando dijo mi nombre y le temblaban las manos cuando me puso el anillo. Después me abrazó tan fuerte que creí que nunca iba a querer soltarme.
Unas horas más tarde, me desperté sola.
Estiré la mano hacia él, pero solo toqué sábanas frías.
Al principio pensé que había ido al baño o que no podía dormir. Me quedé acostada, atenta a cualquier ruido en el departamento, pero todo seguía en silencio.
Hasta que pensé que a lo mejor estaba en el gimnasio.
Está solo unos pisos más abajo, y Warren a veces va cuando no puede dormir. Me puse un buzo, agarré a Bruno con la correa y bajé a buscarlo.
Pero ahí tampoco estaba.
Cuando volví al departamento, me di cuenta de que los jeans y las botas que había dejado al lado de la cama ya no estaban. Las llaves tampoco.
Que falten la ropa y las llaves deja claro que no salió solo un ratito. Se vistió y se fue sin despertarme.
Le escribí para preguntarle si estaba bien y adónde había ido, pero todavía no me contestó.
Han pasado horas sin una llamada, sin un mensaje, sin ninguna explicación. Me sigo diciendo que tiene que haber una razón lógica para que mi prometido se haya ido en medio de la noche.
Mi prometido.
Esa palabra debería hacerme feliz. En cambio, estoy aquí sentada, con el anillo de compromiso puesto y un nudo en el estómago, preguntándome adónde fue.
Y lo peor es que tengo miedo de que una parte de mí ya sepa que la respuesta no me va a gustar.
El celular suena y contesto sin mirar quién llama. Después de horas aguantándome las lágrimas, me sale una voz que ni yo reconozco.
—¿Hola? ¿Warren?
—No, tonta. Soy Val. —Se ríe—. ¿Por qué hablas tan raro? ¿Estás bien?
El nudo en la garganta se me hace más grande.
No le puedo contar. Se va a asustar y no tengo suficiente información para tranquilizarnos a ninguna de las dos. No puedo hacerme cargo de su miedo mientras todavía estoy tratando de controlar el mío.
—Ah, hola, Val. —Fuerzo una sonrisa que no puede ver—. Estoy bien.
—¿Warren ya se fue a trabajar? Es temprano.
Aprieto el celular con más fuerza.
—No. Está en el gimnasio.
La mentira me sale con tanta facilidad que me asusta.
—¿Qué haces despierta? —le pregunto antes de que pueda seguir preguntando—. ¿No deberías estar durmiendo?
—Soy madre de una recién nacida —responde—. Ya no duermo.
Me rio, pero la risa me sale hueca.
—¿Cómo está?
—Perfecta, obvio. Pero deja de cambiarme de tema. ¿No tienes algo que contarme?
Me quedo inmóvil. ¿Sabe que Warren desapareció? ¿Tom tuvo noticias de él? ¿Por eso me llama? Todas las posibilidades que estuve tratando de evitar me pasan por la cabeza al mismo tiempo.
—¿Georgia?
—Perdón. Bruno estaba mordiendo algo que no debía.
La segunda mentira me sale casi tan fácil como la primera.
—Ese cachorro te va a destruir el departamento entero. —La diversión le dura solo un momento—. Ahora cuéntame qué pasó anoche. No me hagas preguntártelo.
El alivio me deja temblando. No se está preguntando dónde está Warren, como yo.
—¿Tú sabías?
—¡Obvio que sabía! —chilla—. Pero ¿dijiste que sí? Tom le escribió a Warren esta mañana y no le contestó.
El alivio desaparece. Warren no me está ignorando solo a mí.
—Dije que sí.
—¡Ay, Dios mío! —su grito me obliga a alejarme el teléfono de la oreja—. ¡Felicitaciones! Estoy tan feliz por ti.
—Gracias.
La puerta de entrada se abre antes de que pueda decir algo más.
Warren entra arrastrando los pies. Tiene la camisa arrugada, el pelo revuelto y los ojos rojos. Cierra la puerta con más esfuerzo del que debería costarle un movimiento tan simple.
Parece borracho.
—¿Y qué te pareció el anillo? —pregunta Valentina.
—Es hermoso. —No puedo sacarle los ojos de encima a Warren mientras camina tambaleándose hasta la cocina y abre la heladera.
—Sabía que te iba a gustar. Vino hace unas semanas y me mostró fotos. Se las mandé a Krystin para asegurarnos de que estuviéramos todos de acuerdo.
—¿Krystin también sabía?
—Toda tu familia sabía. Warren hasta le pidió la bendición a tu papá. ¿No te lo contó?
—No.
El hombre que se paró frente a mi padre y le prometió construir una vida conmigo ahora está apoyado contra la heladera, con los ojos rojos, negándose a mirarme.
—Ah, y no hagas planes para el sábado que viene —sigue Valentina—. Les vamos a hacer una fiesta de compromiso. Después te mando los detalles.
—No tienes porqué hacer eso.
—Claro que sí. Tengo que llamar al catering, pero hablamos después, ¿sí?
—Sí.
—Felicitaciones, amiga. Te quiero.
—Yo también te quiero.
La llamada termina, y el departamento queda en un silencio que duele.
Warren ahora está en el sillón. Está sentado con la cabeza apoyada en los almohadones y una botella de agua fría contra la frente.
Dejo el celular a un lado.
—Avisé que estoy enfermo —dice antes de que yo pueda hablar.
—¿Estás enfermo?
—Me siento como la mierda.
Miro el anillo en mi mano y después al hombre que me lo puso.
—¿Dónde estabas?
Suelta un quejido, como si contestarme le costara demasiado.
—Warren, te fuiste en medio de la noche sin decirme nada. Me desperté sola y no contestaste ni uno de mis mensajes. ¿Adónde fuiste?
—A la casa de un amigo.
Lo dice en un tono tan cortante que parece que soy yo la irracional por preguntar.
—Llegamos a casa pasadas las dos. Me desperté antes de las cinco y ya no estabas.
—No podía dormir, así que le escribí a un amigo. Me invitó a su casa y fui.
—¿A hacer qué?
—Tomamos unas cervezas y jugamos al dominó. Eso es todo.
Me quedo mirando su ropa arrugada y sus ojos rojos.
—Eso no es todo.
Aparta la mirada, y la respuesta me queda clara antes de que esté lista para aceptarla.
—¿Estás drogado?
No dice nada.
El corazón me late más fuerte.
—Warren, mírame.
Cuando por fin lo hace, no hay forma de esconderlo.
—¿Me pediste matrimonio delante de cientos de personas, me trajiste a casa y después te fuiste mientras yo dormía para emborracharte y drogarte?
—No me fui para drogarme —salta—. Salí a festejar.
—¿Nuestro compromiso?
—Sí, Georgia.
—¿Sin mí?
Se frota la cara con las dos manos.
—No tenía sueño. Me quedé acostado a tu lado un rato, pero no me podía dormir. Mi amigo estaba despierto, así que fui para allá. No fue para tanto.
—Para mí sí.
Su silencio contesta por él.
—¿Qué tomaste?
El enojo en su cara empieza a desmoronarse. Se le llenan los ojos de lágrimas mientras baja la cabeza.
—Por favor, dime la verdad.
—Solo marihuana —susurra—. Nada más.
—¿Y cuánto tomaste?
—Unos tragos.
—Ya habías estado tomando en el concierto. —El miedo atraviesa mi enojo cuando se me ocurre otra pregunta—. ¿Volviste manejando así?
No contesta.
—Warren.
—Estoy bien.
—No te pregunté eso.
—Llegué a casa, ¿no?
La respuesta me deja helada.
—¿Esto fue lo que pasó la noche que nació Claire?
Su cara cambia de forma que ya ni siquiera necesito que conteste.
—¿Hace cuánto que andas en esto?
—No ando en nada. —Se inclina hacia adelante y se desliza del sillón hasta quedar de rodillas frente a mí—. Lo de anoche fue un error. Estuve estresado y tomé una decisión estúpida. Eso es todo.
Apoya la cabeza en mi regazo y me rodea la cintura con los brazos.
—Perdóname —susurra—. No quería asustarte.
Le empiezan a temblar los hombros. Debería estar furiosa. Debería exigirle mejores respuestas y no dejar que sus lágrimas terminen la conversación.
En cambio, miro al hombre que amo mientras se desarma en mis brazos.
Las lágrimas me caen sin que pueda frenarlas. Le acaricio la nuca y lo abrazo más fuerte, como si así pudiera mantener juntos los pedazos de lo que hemos sido.