Si Algo Me Llega A Pasar (La Historia de Georgia nº 1) 22. Georgia
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22. Georgia

Es viernes por la tarde, y Warren y yo nos estamos preparando para ir a cenar con mis papás.

Le conté a mamá que Warren y yo habíamos vuelto, pero esta va a ser la primera vez que mis papás lo ven desde que regresó a Houston. Él está en la ducha, y yo estoy parada en el medio del vestidor, rodeada de ropa descartada y tratando de encontrar algo que me quede bien.

Nada me queda bien.

Mi peso sube y baja desde que tengo memoria, y comprar ropa siempre fue un suplicio para mí. Hoy todo se me pega donde no quiero o me hace fijarme en alguna parte de mí que preferiría esconder.

Y para colmo, estoy con el período. Me siento hinchada, pesada e incómoda en mi propia piel. Una parte de mí quiere cancelar la cena y meterse en la cama por el resto de la noche, pero sé que evitar a mis papás solo postergaría lo inevitable.

Después de cambiarme varias veces más, me decido por un vestido floreado y vaporoso, con mangas que me tapan la parte de los brazos que no me gusta mostrar.

La tela cae suelta sobre mi cuerpo y me llega a las rodillas y esconde lo suficiente como para que pueda mirarme al espejo sin ponerme a buscar todas mis imperfecciones.

No es perfecto, pero va a tener que servir.

Estoy buscando unas sandalias en la zapatera cuando Warren entra al vestidor, todavía secándose el pelo con una toalla.

—¿Eso es lo que vas a usar? —pregunta.

Lo dice en tono casual, pero la pregunta hace que me enderece.

—Creo que sí. —Miro el vestido—. ¿Por qué?

Me observa un momento.

—¿Por qué no te pones los jeans negros y una de esas camisas sueltas? Siempre te queda bien el negro.

Me vuelvo hacia el espejo.

No dice que el vestido me queda mal. No critica mi cuerpo ni me dice que tengo que cambiarme. Solo me sugiere otra cosa, algo que cree que me podría quedar mejor.

Aun así, de repente el vestido se siente mal.

—Okey.

Me lo saco y me pongo los jeans negros con una camisa negra suelta que me cae por debajo de las caderas. La tela oscura disimula las partes de mi cuerpo en las que ya estaba tratando de no pensar, y pienso que Warren tenía razón. Esto es más cómodo. Me favorece más.

Cuando vuelvo a mirarme al espejo, él sonríe.

—Ahí está.

Su aprobación debería hacerme sentir mejor. En cambio, me aliso la camisa con las manos, más consciente de mi cuerpo que antes.

—¿Tu camisa necesita ser planchada? —le pregunto.

—Sí. Está sobre la cama.

La busco y la llevo al living. Mientras el vaporizador se calienta, Warren sigue vistiéndose en el cuarto, tarareando bajito.

A Warren siempre le gustó cómo me queda el negro, y solo me hizo una sugerencia. Soy yo la que aceptó cambiarse.

Mientras el vapor sisea sobre su camisa, no puedo dejar de preguntarme qué fue lo que no le gustó cuando me vio con ese vestido.

La cena con mis papás sale mejor de lo que me hubiera atrevido a esperar.

Toda la incomodidad que me imaginaba desaparece en cuestión de minutos.

Warren se suma a la conversación con total naturalidad, como si no hubiera pasado el tiempo desde la última vez que lo vieron.

Está sentado frente a mi papá, contándole anécdotas de Wyatt y pasando el celular de mano en mano para que vean las fotos, mientras mamá le toma el pelo diciéndole lo viejo que lo hace ver tener un hijo tan grande.

—Me encantaría que Wyatt pasara tiempo con ustedes —dice Warren cuando el celular por fin vuelve a sus manos—. Quiero que crezca rodeado de gente que lo quiera.

La sinceridad en su voz me aprieta algo en el pecho.

—Nos encantaría tenerlo aquí —responde papá sin dudar—. Cualquier hijo tuyo es bienvenido en esta familia.

Miro alrededor de la mesa y me imagino a Wyatt sentado con nosotros, mientras mamá insiste en que coma más y papá le pregunta por el béisbol. La imagen me sale con tanta facilidad que se siente menos como una fantasía y más como algo que está esperando a pasar.

El celular suena sobre la mesa y me saca de mis pensamientos. En la pantalla aparece un mensaje de Tom.

Tom:

Llegó la hora, tía. Tiene contracciones cada seis minutos. Vamos camino al hospital.

El corazón se me sube a la garganta.

—Ay, Dios mío. —Levanto la vista hacia Warren y mis papás—. Valentina está en trabajo de parto.

Nos vamos de la casa de mis papás poco después, y Warren me lleva de vuelta a mi departamento para que pueda cambiarme y agarrar todo lo que pueda necesitar en el hospital.

El viaje es silencioso, pero cómodo. Warren tiene que estar temprano en el trabajo mañana, así que ya sé que no va a venir conmigo. Lo entiendo. Valentina es mi mejor amiga, y no hay forma de saber cuántas horas vamos a pasar esperando a que la bebé nazca.

Aun así, me gustaría que pudiera estar ahí.

En cuanto llegamos a mi departamento, me pongo unos leggings y una sudadera cómoda.

Warren espera mientras lleno un bolso con snacks, un cargador para el celular y cualquier otra cosa que pueda hacer más llevadera una noche larga.

Lleno la botella de agua, reviso el bolso dos veces y trato de no pensar en cuánto quiero que se ofrezca a venir conmigo.

Cuando me doy vuelta, está parado cerca de la puerta, mirándome.

—Avísame en cuanto nazca la bebé. —Se acerca y me da un beso en la frente.

—Te aviso.

Me dedica una última sonrisa antes de abrir la puerta. Me recuerdo que mañana tiene que trabajar y que yo nunca le pedí que viniera.

Saberlo no alcanza para borrar del todo la desilusión que siento cuando se va.

Lo que empieza como un parto normal cambia después de seis horas de trabajo de parto, cuando los latidos de la bebé empiezan a bajar. Al revisarla, descubren que viene de nalgas, y el médico decide que tienen que hacerle una cesárea de urgencia.

Tom desaparece con Valentina y yo me quedo en la sala de espera sin más información que la promesa de que alguien me va a avisar pronto. Camino de un lado a otro entre filas de sillas vacías, aferrada al celular e imaginándome todo lo que podría salir mal.

No puedo seguir esperando sola.

Yo:

A Valentina le están haciendo una cesárea de urgencia. ¿Hay alguna posibilidad de que vengas antes de la mañana? Estoy aterrada.

Me quedo mirando la pantalla, esperando que aparezcan los tres puntitos.

No aparecen.

La hora siguiente pasa más lenta que las seis anteriores. Cada vez que se abren las puertas me levanto y vuelvo a sentarme cuando entra otra enfermera u otro familiar nervioso.

Por fin, las puertas se abren y Tom entra apurado a la sala de espera. Tiene los ojos rojos, pero la sonrisa en su cara me da la respuesta antes de que diga nada.

—Es perfecta. —Se le quiebra la voz—. Las dos están perfectas.

El alivio me recorre tan rápido que me tiemblan las rodillas. Cruzo la sala y lo abrazo.

—Ya las están llevando a una habitación —me dice mientras me devuelve el abrazo—. Vas a poder verlas pronto.

Cuando me suelta, echa un vistazo por la sala de espera.

—¿Estás sola? Pensé que Warren iba a estar contigo.

—Tenía que trabajar temprano. —Fuerzo una sonrisa pequeña—. Seguro que viene más tarde.

A Tom se le agria la expresión, pero no dice nada.

—Felicitaciones —agrego, parpadeando para contener las lágrimas—. Me alegra tanto que las dos estén bien.

Me da otro abrazo rápido.

—Gracias por estar aquí para Val.

—Siempre.

Tom vuelve a la sala de recuperación y me deja sola otra vez. Me dejo caer en la silla más cercana y miro el celular.

Sigue sin haber respuesta.

Yo:

Ya nació la bebé. Las dos están bien.

Lo envío y me quedo mirando la pantalla hasta que se oscurece.

Cuatro horas después, estoy sentada al lado de Valentina en su cama del hospital, con su hija recién nacida en brazos.

Pasamos las últimas horas estudiando cada uno de sus diminutos detalles, pasándonosla de una a otra y sacando tantas fotos y videos como para llenar la memoria de los tres celulares.

Llamamos a nuestras familias y a los amigos más cercanos, incluida Krystin, que se largó a llorar en cuanto Claire apareció en la pantalla.

—Todavía no puedo creer que hayas elegido Claire —le digo, mirando cómo sus deditos se cierran alrededor de mi pulgar—. Sabes que la voy a llamar Sassenach.

La cara cansada de Valentina se ilumina con una risa.

—¿Sassenach?

La pregunta llega desde la puerta, en una voz que conozco muy bien.

Levanto la vista y encuentro a Warren parado ahí, con un ramo de flores en la mano. Siento alivio al verlo, y después una pizca de fastidio porque nunca contestó ninguno de mis dos mensajes.

—¿Así es como la vamos a llamar ahora? —pregunta mientras entra a la habitación.

Primero va hacia Tom y le da un abrazo para felicitarlo.

—Felicitaciones, hermano.

—Gracias por venir. —Tom le da una palmada en la espalda.

Warren deja las flores sobre la mesita de luz antes de inclinarse para darle un beso en la frente a Valentina.

—Felicitaciones, mamá.

—Gracias. —Ella levanta los brazos y le da un medio abrazo cansado.

Me levanto con cuidado de la cama, con Claire todavía apoyada contra mi pecho. Warren se acerca, y su sonrisa de siempre se suaviza al mirar a la bebé.

Entonces su mirada se encuentra con la mía.

Hay algo raro en su mirada.

La sonrisa está ahí, pero tiene los ojos rojos e irritados. Le estudio la cara, preguntándome si está agotado o si pasó algo después de que lo dejé en mi departamento.

Se inclina y me besa. Sus labios se quedan un momento sobre los míos, y por un instante, la preocupación le cede el lugar al alivio de que por fin esté aquí.

—Me encantaría tenerla en brazos —dice en voz baja.

Casi sin pensarlo, acerco a Claire un poco más a mi pecho.

—¿Estás bien?

Le cambia la expresión por un instante, tan rápido que es casi invisible.

—Perfectamente.

La respuesta llega con demasiada facilidad. Vuelvo a mirarle los ojos enrojecidos, sin poder sacarme de encima la sensación de que algo en él no está bien.

Diario2 de mayo de 2023

Por fin Valentina está en casa y Claire se está adaptando de maravilla.

No me canso de ella. Cada vez que la tengo en brazos, algo dentro de mí se calma. Ver a Valentina convertirse en mamá fue increíble, y Tom ya está completamente entregado a su hija.

Su felicidad parece sencilla.

Ojalá pudiera decir lo mismo de la mía.

Todavía no le pregunté a Warren dónde estuvo la noche en que nació Claire. No le pregunté por qué ignoró mis mensajes ni por qué tenía los ojos tan rojos cuando llegó al hospital.

Me dije a mi misma que no iba a dejar pasar las situaciones, aun cuando me incomodaran, las iba a enfrentar. Me había prometido que iba a prestar atención cuando algo no se sintiera bien.

Pero no dije ni una palabra.

Sigo esperando el momento indicado, aunque estoy empezando a sospechar que nunca va a llegar. La verdad es que tengo miedo de que su respuesta cambie la forma en que lo veo. Mientras no pregunte, puedo seguir creyendo que hay una explicación razonable.

A lo mejor se quedó dormido.

A lo mejor se le murió el celular.

A lo mejor tenía los ojos rojos porque estaba cansado.

Hay un montón de posibilidades inofensivas y ya las consideré todas.

Lo que me asusta es lo mucho que me estoy esforzando por no considerar ninguna otra.

Tres meses después

Diario1 de agosto de 2023

Hace tres meses que no abría este diario.

Tres meses de días largos en el trabajo, de noches con Warren y de aprovechar cada momento posible con Wyatt cuando está con nosotros. Tres meses construyendo la vida que alguna vez creí haber perdido.

Hace un mes admitimos que Warren pasaba más noches aquí que en la casa de sus papás.

Traer sus cosas nos pareció el siguiente paso lógico.

Su ropa cuelga al lado de la mía en el vestidor.

Su café está en la alacena, sus botas de trabajo casi siempre están junto a la puerta y su alarma nos despierta a los dos antes del amanecer.

A veces me acuesto a su lado y pienso en cuánto deseé esto alguna vez.

No solo a Warren, sino también las partes cotidianas de compartir una vida con él.

Hace dos semanas, nuestra pequeña familia creció cuando adopté un cachorro al cual le puse Bruno.

Vi una publicación sobre una camada de cachorros que necesitaban hogar y tomé la decisión completamente racional de traerme uno a casa sin consultarlo con el hombre que ahora comparte mi departamento.

A Warren no le hizo gracia.

Me recordó que los cachorros son caros, que hay que educarlos y que tienen una capacidad impresionante para destruir todo lo que quede a su alcance. No le faltaba razón, pero en cuanto vi esa carita, dejarlo ahí ya no era una opción.

Warren dice que todavía no me perdonó. Los premios que descubrí pasándole a escondidas por debajo de la mesa dicen lo contrario. Anoche, el cachorro durmió sobre su pecho durante casi toda una película, y Warren se negó a moverse para no despertarlo.

La mayoría de los días, esta vida se siente como todo lo que quería.

Pero también hubo momentos en que no.

Dos veces, Warren llegó a casa mucho más tarde de lo que esperaba. Las dos veces tenía los ojos inyectados en sangre, olor a alcohol en el aliento, y había algo en su forma de moverse que me inquietó.

La primera vez, me dije que había parado a tomar unos tragos después del trabajo y se le había pasado la hora. Trabaja mucho, extraña a Wyatt cuando no está con nosotros y carga con más de lo que admite.

La segunda vez fue más difícil de explicar.

Casi le pregunto dónde había estado, pero entonces me abrazó y me dijo cuánto me amaba. Me tragué todas mis preguntas, porque dejar que me abrazara era más fácil que alterar la paz entre nosotros.

Dos noches malas no deberían alcanzar para definirlo. La gente pasa por momentos difíciles. Comete errores. Necesita a alguien dispuesto a quedarse cuando las cosas se complican.

Quiero ser esa persona para Warren.

Quiero ayudarlo con lo que sea que le está pesando. Solo me gustaría que me dijera qué es.

Todavía creo en nosotros.

Ojalá creer en nosotros fuera tan fácil como hace tres meses.