20. Georgia
Mientras cae la noche sobre la ciudad, lo único que quiero es volver a ver a Warren.
En lugar de admitirlo, voy a la cocina y abro la alacena. Voy a hacerme algo de cenar, ponerme al día con Outlander y dejar que la historia de amor imposible y atormentada de otra persona me distraiga de la mía.
Es un plan perfectamente razonable. Saco un paquete de pasta y lo dejo sobre la mesada, pero cuando estiro la mano para agarrar una olla, el celular vibra a mi lado.
Warren:
No puedo dejar de pensar en esta mañana.
Leo el mensaje dos veces antes de contestar.
Yo:
Yo tampoco.
Los tres puntitos aparecen casi al instante, y se me acelera el corazón mientras espero.
Warren:
¿Puedo verte esta noche?
Me quedo mirando la pregunta, sabiendo ya, qué quiero contestar.
Antes de que pueda escribirlo, aparece otro mensaje.
Warren:
Vemos una película, puedo llevar algo para cenar juntos. Sin presiones ni expectativas.
Pongo la olla sobre la hornalla y empiezo a caminar de un lado a otro de la cocina: cinco pasos en una dirección y cinco de vuelta.
Lo de esta mañana fue una cosa. Nos vimos en un lugar público, hablamos y acordamos darle una oportunidad a lo que sea que es esto. Invitarlo a mi departamento se siente distinto. Más íntimo. Más difícil de frenar si me doy cuenta de que voy demasiado rápido.
—¿Qué es lo que quieres, Georgia? —susurro.
La respuesta llega sin dudar.
Quiero verlo.
Querer que venga no significa que tenga que abandonar todos los límites que puse esta mañana. Significa cenar y ver una película. Significa pasar tiempo con él y descubrir quién es ahora.
Nada más, a menos que yo decida otra cosa. ¿No?
Yo:
Cena y película. Nada más.
Su respuesta llega segundos después.
Warren:
Nada más. Te lo prometo.
Respiro hondo y le escribo mi dirección.
Yo:
Es el departamento 2307. Aviso abajo para que te den un pase para el estacionamiento.
Warren:
Llego en treinta minutos.
Miro el paquete de pasta sin abrir sobre la mesada.
Adiós a mi plan razonable.
Tengo treinta minutos para verme irresistible.
Lo primero que pienso es que media hora no alcanza para bajar quince kilos. Odio que mi cabeza todavía vaya ahí. Warren ya me vio desnuda, así que, ¿por qué sigo convenciéndome de que tengo que cambiar para él?
Entro corriendo al baño y despejo la mesada del maquillaje, el cepillo y la plancha de pelo que dejé ahí esta mañana. Me desvisto en tiempo récord, me meto bajo el agua tibia y dejo que calme un poco los nervios que me recorren el cuerpo.
Mientras me enjabono, me paso la mano por las piernas y noto que ya tengo algunos pelitos.
El plan es cenar y ver una película, pero al parecer una parte de mí se siente optimista.
Agarro la espuma de afeitar y me paso la maquinita rápido por las dos piernas, convencida de que no tiene nada de malo estar preparada.
Cuando termino, me envuelvo en una toalla y voy al vestidor.
¿Qué se supone que me ponga?
Un vestido luciría mis piernas recién depiladas, pero ¿quién se pone un vestido para ver una película en su propio departamento? Los jeans son demasiado incómodos, y esforzarme tanto dejaría en evidencia que estoy tratando de impresionarlo.
Es una cena en mi sillón, no una primera cita.
Leggings, es la mejor opción.
Me pongo unos con una camiseta holgada y unas medias peluditas. Después de ponerme desodorante y un poco de perfume, me miro al espejo.
Me veo casual y cómoda, aunque decir que estoy completamente tranquila sería mentira. Tendrá que alcanzar.
Mientras saco dos mantas livianas del armario, el celular vibra en la mesa.
ResidentPortal:
A su invitado, Warren Sutton, le fue asignado el estacionamiento número 22C y acceso al ascensor del garaje. Si se trata de un error, comuníquese de inmediato con la recepción.
Llegó.
Tiro las mantas sobre el sillón y le doy una última recorrida al departamento. Los almohadones están derechos, la mesada de la cocina está despejada y no hay nada vergonzoso a la vista.
Ya es tarde para arreglar cualquier otra cosa, así que camino de la cocina al living hasta que golpean a la puerta. Corro a abrir sin mirar por la mirilla, un error que dejaría a mi papá profundamente decepcionado.
Warren está del otro lado, con bolsas de comida para llevar en las dos manos. Sus ojos azules brillantes se encuentran con los míos, y se le dibuja esa sonrisa tan conocida.
—Hola.
—Hola.
Siento que mi sonrisa es ridícula, pero no la puedo contener.
Me recorre con la mirada los leggings, la camiseta holgada y las medias peluditas antes de volver a mi cara. La calidez de su expresión me hace sentir más atractiva que cualquier vestido.
—Pasa, por favor.
Me hago a un lado y Warren entra. Con él adentro, el departamento parece más chico mientras va hacia la cocina y deja las bolsas sobre la mesada.
—Pasé por un restaurante chino cerca de la casa de mis papás —explica—. Todo olía bien y no me podía decidir qué pedir, así que puede que haya comprado demasiado.
—¿Cuánto es demasiado?
Empieza a sacar los envases de las bolsas.
—Pollo a la naranja, pollo Kung Pao, carne con brócoli, arroz frito, lo mein, rollitos primavera y arroz blanco.
Me quedo mirando los envases que van ocupando toda la mesada.
—¿Pensabas invitar al resto del edificio?
—Entré en pánico.
Lo admite con tanta naturalidad que me rio.
—Habría estado feliz con un poco de arroz y pollo a la naranja.
—Bien. De eso seguro compré.
Me dedica una sonrisa medio avergonzada.
—Puede que esté un poco nervioso.
Hay algo enternecedor en ver a un hombre de su tamaño admitir que lo pongo nervioso, así que me acerco con los brazos abiertos. Warren no duda antes de atraerme contra su pecho y esconder la cara en la curva de mi cuello. Mientras lo abrazo, la tensión de su cuerpo empieza a aflojar poco a poco.
—Gracias por traer la cena —murmuro—. Estaba por hacer pasta.
—Entonces llegué justo a tiempo.
—Sí.
Las manos de Warren descansan en la parte baja de mi espalda mientras su mirada baja a mi boca y vuelve a mis ojos, haciéndome una pregunta en silencio. Le contesto quedándome exactamente dónde estoy, y él inclina la cabeza para besarme.
El beso empieza despacio, casi con cuidado, pero la ternura no dura mucho. Mis dedos se cierran alrededor de su camisa mientras sus brazos me aprietan más contra él y el calor entre los dos sube hasta que siento exactamente cuánto me desea.
Warren da un paso atrás, con la respiración entrecortada, y suelta mi cintura.
—Lo dije en serio. —Tiene la voz ronca de tanto contenerse—. Quiero respetar tus límites, y si sigo besándote, parar me va a costar muchísimo más.
Que de verdad se detenga solo hace que tenga todavía más ganas de él.
Me pongo en puntas de pie para volver a besarlo, pero es demasiado alto. A Warren se le curva la boca de diversión antes de inclinarse y encontrarme a mitad de camino.
Le doy un beso breve.
Se siente extrañamente natural, como si fuera algo que hacemos todas las noches y no la primera noche que pasamos juntos en cuatro años. Por un momento, pienso en tomarlo de la mano y llevarlo a mi cuarto, pero en cambio me aparto y empiezo a abrir los envases.
—Tenemos comida como para diez personas, por lo menos. —Le paso un plato—. ¿Quieres comer un poco de este exquisito banquete y ver una película conmigo?
Warren agarra el plato y me besa la frente.
—Sí, señorita.
Dos episodios de Outlander después, agarro el control remoto y pongo pausa.
—No puedo creer que nunca hayas visto este show.
Warren está sentado a mi lado, con un tobillo apoyado sobre la rodilla contraria y el brazo estirado sobre el respaldo del sillón. Está lo bastante cerca como para que sienta el calor de su cuerpo, pero apenas nos tocamos, salvo algún roce accidental de vez en cuando.
La distancia es a propósito. No sé cuál de los dos se esfuerza más por mantenerla.
—En mi defensa, lo único que sabía era que tenía viajes en el tiempo —dice—. Pensé que iba a ser un poco cursi.
Me lo quedo mirando.
—¿La juzgaste sin verla?
—Puede que me haya equivocado.
—Te equivocaste, sin ninguna duda. Jamie Fraser es el novio perfecto.
Warren levanta las cejas.
—¿Tengo que preocuparme por Jamie Fraser?
—Deberías estar aterrado.
Su risa me sigue mientras aparto la manta de las piernas y me levanto.
—Tengo que ir al baño. ¿Tomamos una copa de vino cuando vuelva?
—Por favor.
Me escapo al baño antes de que su sonrisa termine de desarmar lo poco que me queda de autocontrol.
Después de hacer lo mío, me lavo las manos y estudio mi reflejo. Tengo las mejillas encendidas de pasar las últimas dos horas haciendo como que Warren no me afecta.
Me tomo unos minutos de más en el baño, tratando de recuperar el control.
Estuve mirándolo de reojo durante los dos episodios.
La camisa azul le queda demasiado bien en los hombros, y el jogging gris parece un intento deliberado de poner a prueba los límites que acordamos.
Es imposible que se lo haya puesto por casualidad.
Me recojo el pelo en un rodete desprolijo y vuelvo al living, pero encuentro el sillón vacío.
Warren está en la cocina, apoyado contra la mesada, con los brazos cruzados sobre el pecho. Mientras yo no estaba, juntó los envases de comida, tiró la basura y guardó las sobras en la heladera.
—Ordenaste.
—Quería ser útil.
La mirada se me queda en cómo la camisa azul se le tensa sobre el pecho. Cuando Warren me descubre mirándolo, espero una sonrisa de suficiencia, pero la que me dedica es casi tímida.
—Usas mucho el azul —le digo.
—Es mi color favorito.
—Te resalta el azul de los ojos.
Se le agranda la sonrisa mientras paso a su lado y entro a la despensa.
El vino está en el estante de arriba, justo fuera de mi alcance.
Estoy por agarrar el banquito cuando Warren se me acerca por detrás.
Estira el brazo por encima de mi cabeza y baja la botella sin ningún esfuerzo, rozándome apenas la espalda con el pecho.
—Podrías haberme pedido ayuda —murmura.
—Lo tenía controlado.
—Ya veo.
Su aliento me entibia el costado del cuello y me provoca un escalofrío por la espalda. Me giro para decirle algo sarcástico y me doy cuenta, demasiado tarde, de lo cerca que está.
Tengo los estantes contra la espalda, y Warren ocupa toda el vano de la puerta. En una mano tiene la botella de vino, y la otra la apoya en el marco, por encima de mi hombro.
Atrapada entre los estantes y Warren, debería sentirme acorralada, pero lo único en lo que puedo pensar es en la forma en que me está mirando.
Lo juguetón desaparece de su expresión, y en su lugar aparece el mismo hambre que estuve tratando de no reconocer toda la noche.
Vuelve a dejar la botella en el estante sin quitarme los ojos de encima.
—No sé cuánto tiempo más puedo seguir fingiendo que no me muero de ganas de tocarte —dice en voz baja.
Se me dispara el pulso.
—Lo estás fingiendo bastante mal.
Se le curva la boca, pero la intensidad de su mirada no se apaga.
—Lo dije en serio. No quiero presionarte.
—No me estás presionando.
—Georgia.
La advertencia en mi nombre me da una última oportunidad de apartarme, pero en cambio lo agarro de la camisa y lo atraigo hacia mí.
—Bésame.
Warren me apoya una mano en la parte baja de la espalda, y con la otra me sostiene el cuello. Su boca encuentra la mía con todo el autocontrol que estuvo conteniendo toda la noche.
El beso empieza despacio, casi con cuidado. Después me pego más a él, y el poco control que nos queda empieza a deshacerse.
Sus dedos me aprietan la espalda mientras los míos se enredan en su pelo. El calor de su cuerpo me envuelve, y la despensa ya angosta de repente parece demasiado chica para todo lo que se desata entre nosotros.
Warren interrumpe el beso lo justo para buscarme la mirada.
—Dime si quieres que pare.
—No quiero.
Vuelve a besarme.
Esta vez no hay ninguna duda. Su boca se mueve contra la mía con un hambre que me deja sin aliento, y mi cuerpo responde con una urgencia que ya no puedo seguir fingiendo que no existe.
Warren me saca de la despensa, pero ninguno de los dos siquiera piensa en volver a ver televisión. Nos detenemos junto al sillón, sin dejar de besarnos, y pierdo la noción de cuánto tiempo nos quedamos abrazados.
Cuando por fin se aparta, apoya la frente en la mía.
—Dijimos cena y película —me recuerda, con la voz entrecortada.
—Lo sé.
—Lo decía en serio cuando te dije que no había ninguna presión para nada más.
—Eso también lo sé.
Me busca los ojos.
—¿Qué quieres?
La respuesta me sale con una certeza que me asusta.
—A ti.
Lo tomo de la mano y lo llevo por el pasillo. Cuando llegamos a mi cuarto, me doy vuelta y lo encuentro mirándome, esperando.
—¿Sigues segura? —pregunta.
—Sí.
Warren vuelve a besarme, esta vez más despacio, y me sigue a mi habitación. Cuando me rodea con los brazos, me permito creer que no estamos repitiendo el pasado.
Estamos empezando de nuevo.