21. Georgia
Ala mañana siguiente me despierto entre los brazos de Warren, con su cuerpo tibio contra mi espalda. Me quedo quieta unos segundos mientras la luz de la mañana se cuela entre las cortinas y cae sobre la ropa tirada por el piso, la prueba de que lo de anoche no fue algo que me imaginé.
Warren me da un beso suave debajo de la oreja.
—Buenos días.
Tiene la voz ronca de sueño, y lo familiar que me resulta me lleva de vuelta a California. A las mañanas a su lado y a la vida que alguna vez me permití imaginar.
Me doy vuelta entre sus brazos y lo encuentro mirándome con una sonrisa somnolienta.
—Buenos días.
Me aparta un mechón suelto de la cara antes de besarme. Es un beso lento, sin prisa, sin nada de la desesperación de anoche.
Cuando nos separamos, le paso los dedos por el pelo.
—Todavía me estoy acostumbrando a esto —admito.
—¿A mi pelo?
Sonrío.
—A que estés aquí.
Algo se le suaviza en la expresión.
—Yo me podría acostumbrar a estar aquí.
Esas palabras me llenan el pecho de calor, pero me recuerdo que una noche y una mañana juntos no convierten esto en algo más que la oportunidad que acepté darle.
Warren me besa la frente y se acomoda a mi lado, sin sacarme el brazo de la cintura.
—Wyatt tiene un partido de béisbol esta tarde —me dice—. Me tengo que ir al mediodía.
—Ah.
La desilusión me sale antes de que pueda disimularla.
Me acaricia el costado con el pulgar.
—¿Te gustaría venir conmigo?
Levanto la cabeza de la almohada.
—¿Al partido de Wyatt?
—Sí.
La invitación me toma por sorpresa. Ayer a la mañana no sabía si Warren iba a seguir en mi vida después de una conversación. Ahora me está pidiendo que entre en la parte de su vida que más le importa.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
—Se siente como un paso muy importante.
—Lo es. —Me observa con atención—. Entiendo si es demasiado pronto, pero me gustaría que volvieras a pasar tiempo con Wyatt. Es la persona más importante de mi vida, y si le estamos dando una oportunidad a esto, no quiero mantener esas partes de mi vida separadas.
Sus palabras me llenan el corazón, aunque una parte más callada de mí me recuerda lo rápido que está avanzando todo.
—¿Wyatt sabe que me invitaste?
—Todavía no. Quería preguntarte a ti primero. —Se le suaviza la expresión—. Pero se acuerda de ti.
Le estudio la cara.
—¿Y de verdad quieres que vaya?
—No te lo habría pedido si no quisiera.
Hubo una época en que habría dicho que sí sin dudarlo. Cuando Warren desapareció, no lloré solo su pérdida. Lloré la vida que había empezado a imaginar, incluida la posibilidad de ver crecer a Wyatt.
Ahora Warren me está ofreciendo un pequeño lugar en esa vida otra vez.
—Me encantaría verlo jugar.
El alivio le ilumina la cara. Me toma la mejilla con la mano y me besa, lento y tierno.
Es demasiado pronto para saber qué significa todo esto o para confiar en que la vida que alguna vez me imaginé por fin está a mi alcance. Aun así, por primera vez desde que la perdí, ese futuro vuelve a sentirse posible.
Debería haberlo pensado mejor antes de aceptar venir.
La cancha de béisbol está llena de niños con uniformes impecables que corren entre padres y entrenadores, levantando tierra a cada paso.
Recién cuando paso junto a los grupos de madres reunidas a un costado de la cancha, me doy cuenta de que venir al partido de Wyatt significa también conocer a su mamá.
Melissa y Warren encontraron la forma de criar a Wyatt juntos, pero eso no borra todo lo que pasó entre ellos. Y ahora yo me estoy metiendo en medio de ese acuerdo que tanto les costó armar, apenas un día después de aceptar dejar que Warren volviera a mi vida.
¿En qué estaba pensando?
Apenas pisamos la cancha cuando escuchamos a Wyatt gritar desde el otro lado:
—¡Llegó papá!
Viene corriendo hacia nosotros y atrae la atención de casi todos los padres que están cerca, y tengo que aguantarme las ganas de esconderme detrás de Warren.
—Hola, campeón. —Warren se agacha justo a tiempo para atraparlo—. ¿Cómo estás?
Wyatt le rodea el cuello con los brazos, después mira por encima del hombro de su papá y me ve.
—¡Trajiste a Georgia!
La emoción en su voz me toma completamente por sorpresa.
—¿Te acuerdas de mí?
—¡Obvio!
Suelta a Warren y, sin darme tiempo a reaccionar, me abraza por la cintura. Le devuelvo el abrazo, con un nudo de emoción en la garganta.
—¡Qué grande estás! —Me aparto un poco para mirarlo—. ¿Cómo estás?
—Bien. Tienes que conocer a mi mamá.
Se me tambalea la sonrisa.
—Vamos.
Antes de que se me ocurra una excusa educada para postergar lo inevitable, Wyatt me agarra de la mano y me lleva hacia un grupo de padres que está cerca.
—Tú y mi mamá van a ser mejores amigas —anuncia.
Claro que sí.
Hago todo lo posible por recordar si existe algún protocolo para conocer a la exesposa del hombre con el que empezaste a salir oficialmente esta mañana.
Si existe, esa clase me la perdí en la facultad.
Wyatt me lleva directo hacia una mujer alta parada cerca de las gradas.
Melissa.
Es la mujer que espié por la ventana en California, el día que nos trajo a Wyatt, aunque esa vez solo la vi por la ventana.
Su piel morena brilla bajo el sol de la tarde y el pelo oscuro, con mechas rubias, le cae en ondas sueltas sobre los hombros.
Sus lentes de sol estilo aviador le tapan la mirada, y lo único que puedo estudiar es mi propio reflejo nervioso en los cristales.
—Mamá, ella es Georgia.
Melissa me mira de arriba abajo, pero me extiende la mano antes de que se me ocurra qué decir.
—Mucho gusto, Georgia.
Su sonrisa es educada y cuidadosamente neutral.
—Un placer conocerte.
Nos damos la mano con la formalidad de dos abogadas cerrando un trato.
—Hoy bateo tercero —anuncia Wyatt, sin darse cuenta de que acaba de meternos a las dos en la conversación más incómoda que se pueda imaginar—. El entrenador quiere que juegue en segunda base porque Robby está enfermo. Siempre juego de jardinero, pero el entrenador dice que me va a ir bien.
—¡Te va a ir super! —Le presto toda mi atención, agradecida de tener a alguien que me mantenga entretenida—. Me muero de ganas de verte jugar.
—Estuve practicando.
—Seguro que te va a ir increíble.
Algunas mamás del equipo, uniformadas con camisetas de «Baseball Mom», se van acercando, y miran a Warren y a mí con atención. Parecen más curiosas que hostiles, pero a mis nervios ya no les interesa hacer esa distinción.
—Ella es Georgia —les dice Melissa.
Hace una pausa breve mientras piensa cómo presentarme.
—Es… amiga de mi exesposo.
Amiga.
Técnicamente, no se equivoca. Warren y yo no hablamos de qué somos, y este no es para nada el momento de definirlo. Aun así, la palabra me cae rara después de haberme despertado entre sus brazos.
Antes de que alguien pueda hacerme una pregunta para la que no estoy preparada, Warren aparece a mi lado y me toma de la mano.
—Wyatt, ¿por qué no le muestras a Georgia tu bate nuevo?
—¡Sí! —Wyatt me agarra la otra mano—. Es el más genial de todo el equipo.
Warren me aleja del grupo mientras Wyatt habla entusiasmado entre los dos. Cuando ya dejamos atrás a las mujeres, suelto el aire.
Warren me mira.
—¿Estás bien?
—Pregúntamelo de nuevo después del partido.
Se le curva la boca y me aprieta los dedos con suavidad.
Ver a un grupo de niños de nueve años jugar al béisbol es tan tierno como divertido. Algunos ya cargan sobre sus pequeños hombros el peso de una futura carrera profesional. Otros se pasan más tiempo arrancando pasto y preguntando cuándo van a poder comer algo.
El primer turno al bate de Wyatt se convierte en el mejor momento del partido.
Batea con todas sus fuerzas y manda la pelota rasante por el lado derecho del cuadro. Los de primera y segunda base deberían estar corriendo para frenarla, pero los dos están agachados en la tierra, completamente distraídos con una lagartija.
Para cuando el jardinero derecho llega a la pelota, Wyatt ya pasó primera. El tiro le pasa por encima de la cabeza al de segunda, y Wyatt sigue corriendo hasta deslizarse a salvo en tercera.
Warren se levanta de un salto y lo festeja como si Wyatt acabara de ganar la Serie Mundial. Yo me rio tanto que se me llenan los ojos de lágrimas.
Wyatt está parado en tercera, con todo un costado del uniforme cubierto de tierra y la sonrisa más orgullosa que vi en mi vida. Mira hacia nosotros y aplaudo todavía más fuerte.
¿Quién necesita béisbol profesional cuando existe este nivel de entretenimiento?
Después de lo que parece el partido de Pequeñas Ligas más largo de la historia, el equipo de Wyatt por fin se lleva la victoria.
Wyatt no pierde ni un segundo en anunciar que McDonald's es el único lugar aceptable para celebrar la victoria, y Warren sabe que no tiene sentido discutir con un niño de nueve años que sigue emocionado por haber llegado a tercera.
—¿Tienes tiempo para cenar temprano con nosotros? —me pregunta Warren.
Acepto, y al rato estamos sentados en medio de un McDonald 's lleno de gente, mientras los niños corren como locos por los juegos. Los padres toman té helado y miran el celular, haciendo como que no ven los pequeños actos de caos que se desatan del otro lado del vidrio.
Warren va al mostrador a ordenar nuestra cena mientras Wyatt y yo nos adueñamos de una mesita cerca de los juegos. Se sienta frente a mí, todavía con el uniforme lleno de tierra, y va directo al grano.
—¿Ahora eres la novia de mi papá?
Parpadeo.
—Eh…
—No pasa nada si lo eres —sigue antes de que se me ocurra una respuesta—. Mi mamá también tiene novio. Ya tuvo novios antes, pero papá no tuvo ninguna novia desde que se divorciaron.
Me lo quedo mirando, sin saber si reírme o preguntarme cuánto más de la vida privada de sus padres piensa contar en medio de este McDonald's.
—Tu papá y yo somos buenos amigos —le digo al fin—. Estamos pasando tiempo juntos y volviendo a conocernos. Espero que te parezca bien.
Wyatt arruga la nariz, claramente insatisfecho con mi respuesta.
—¿Todavía no te lo pidió?
—¿Qué cosa?
—Que seas su novia. —Ladea la cabeza, como si la complicada fuera yo—. Mi mamá dice que el chico le tiene que pedir a la chica.