19. Georgia
Perdí la cuenta de las veces que me imaginé volver a ver a Warren.
Vi suficientes comedias románticas y leí suficientes novelas de amor como para inventar todas las versiones posibles de este momento. A veces le exigía respuestas. A veces le gritaba. En mi versión favorita, pasaba a su lado sin sentir absolutamente nada.
Ni una sola vez me imaginé sentada frente a él mientras me contaba sobre la pelea por la custodia, sobre perder la carrera que amaba y sobre criar a Wyatt sin su madre.
Me imaginé a Warren diciéndome que todavía le importaba. Nunca me imaginé enterarme de que había pasado cuatro años preguntándole a Tom por mí, ni de que volver a verme era una de las razones por las que había aceptado regresar a Houston.
Nada de este momento se parece a las versiones que ensayé.
Pasaron cuatro años desde la última vez que lo besé, pero mi cuerpo recuerda la forma de su boca y cómo me sostiene la nuca con la mano.
Me acuerdo de despertarme a su lado, de sus ojos buscando los míos antes de que ninguno de los dos dijera nada.
Me acuerdo de lo segura que me sentía entre sus brazos.
Los recuerdos vuelven tan rápido que no logro separarlos de lo que está pasando ahora.
Cuando el beso por fin se vuelve más lento, ninguno de los dos se aleja demasiado. Warren apoya la frente en la mía mientras recuperamos el aliento.
—Te extrañé —susurra—. Muchísimo. No sabes cuánto.
—Warren.
Se echa un poco hacia atrás y me toma las dos manos.
—Sé que rehiciste tu vida. No espero que sientas lo mismo por mí, y no tengo ningún derecho a pedirte que te olvides de lo que hice. —Me acaricia los dedos con los pulgares—. Pero necesito que me des la oportunidad de demostrarte que no voy a volver a desaparecer.
Miro al hombre que pasé cuatro años tratando de olvidar.
—Yo también te extrañé.
El alivio le transforma la cara, pero le aprieto las manos antes de que confunda esas palabras con algo más.
—Extrañarte no significa que te haya perdonado.
—Lo sé.
—Y un beso no significa que todo vuelva a ser como antes.
—Eso también lo sé.
—Si te doy otra oportunidad, vamos despacio.
—Tan despacio como necesites.
Le estudio la cara, buscando dudas o desilusión, pero lo único que encuentro es la misma esperanza que yo estuve tratando de no sentir.
—Una oportunidad —le recuerdo.
—Una oportunidad —me promete.
Y vuelvo a besarlo.
Esta vez no lo beso porque estoy abrumada ni porque me quedé atrapada entre el pasado y el presente. Lo beso porque quiero.
Me rodea con los brazos y, por unos minutos, me permito dejar de preguntarme si esto es un error.
Besar a Warren no repara los años que hubo entre nosotros, pero me devuelve una parte de mí que creía haber enterrado con ellos.
En estos cuatro años salí con otros hombres, viajé y construí una vida que es completamente mía. Besé a otros y traté de convencerme de que lo que sentía por Warren era algo que el tiempo terminaría borrando.
Pero el tiempo no pudo.
Cuando por fin salimos de la cafetería, Warren me toma de la mano, y lo dejo.
Llegamos a mitad de camino hasta su camioneta antes de que me vuelva a atraer hacia sus brazos. Me rio contra su boca mientras me besa junto a la puerta del acompañante, como dos adolescentes que acaban de descubrir lo lindo que es besarse.
Me lleva las cinco cuadras hasta mi edificio, pero cuando llegamos, ninguno de los dos está listo para despedirse.
Warren se baja detrás de mí y me alcanza delante de la camioneta. Sus manos se acomodan en mi cintura mientras las mías le rodean el cuello, y enseguida nos estamos besando otra vez bajo el sol de media mañana.
—¿Cuándo te voy a volver a ver?
—Te aviso cuando esté lista.
Algo le cruza por la expresión, pero asiente.
—Te espero.
Me da un último beso antes de soltarme y me obligo a entrar sola en lugar de invitarlo a subir.
—Ay, Dios mío.
Valentina se abanica desde la reposera frente a la mía, con una mano apoyada sobre su panza de seis meses.
La llamé en cuanto entré a casa, y ella enseguida le pidió a Tom que la trajera. Veinte minutos después, estamos junto a la piscina, al aire libre, en el piso catorce de mi edificio, y le estoy repitiendo, casi palabra por palabra, todo lo que me dijo Warren.
Su reacción es casi idéntica a la mía.
Incredulidad total.
—Voy a matar a Tom. —Intenta acomodarse más arriba contra los almohadones—. ¿Sabía todo eso y nunca dijo nada?
—No era su historia para contar.
—Ya sé, pero igual le voy a gritar.
—Me parece justo.
Le paso un vaso de té helado mientras sigo tratando de procesar la mañana.
Valentina toma un trago largo y suspira.
—Haces el mejor té del mundo, pero de verdad me gustaría que pudieras convertirlo en un Long Island Iced Tea. Este no es el momento para estar embarazada.
—Dices eso cada vez que tienes ganas de tomar algo.
—Porque cada vez es verdad.
Toma otro sorbo y me estudia por encima del borde del vaso.
—¿Y cómo te sientes con todo esto?
—No sé. —Miro las gotitas que se deslizan por mi vaso—. Le creo. O, por lo menos, creo que todo lo que me contó pasó de verdad.
—Eso no es lo que te pregunté.
Claro que no.
Miro hacia el horizonte de la ciudad, buscando una respuesta en algún lugar entre los edificios.
—El beso fue increíble —admito—. Sentí como si no hubiera pasado el tiempo.
A Valentina se le abren los ojos como platos.
—Espera. ¿Lo besaste?
Intenta enderezarse demasiado rápido y casi se tira el té encima. La panza no la deja y termina otra vez contra el respaldo.
—¡Mierda! —Fulmina con la mirada su propia panza—. ¿Me dejas un poquito de espacio para reaccionar por favor?
Me rio mientras se acomoda el vestido y rescata su bebida.
—¿No te conté esa parte?
—¡No! ¡Te saltaste la parte más importante!
—Nos besamos como adolescentes. Primero en la cafetería, que justo es mi favorita, así que, si esto termina mal, voy a tener que buscarme otra.
—¿Por qué tendrías que buscarte otra cafetería?
—Porque no pienso volver a mirar a esa gente a los ojos nunca más.
Se le cae la mandíbula.
—Y después aquí mismo afuera del edificio.
—¡Georgia!
—Tampoco creo que pueda volver a mirar a Jimmy a la cara.
—¿Jimmy el portero?
—Ajá. Salió a pedirle a Warren que moviera la camioneta. Parece que tres repartidores de comida se quejaron porque tuvieron que estacionar a mitad de cuadra.
Valentina se me queda mirando.
—Según Jimmy, estábamos causando un problema de tránsito.
—¿Cuánto tiempo se quedaron ahí abajo?
Me encojo de un hombro.
—Lo suficiente como para arruinarle el almuerzo a varias personas.
Suelta una carcajada, y me rio con ella hasta que me duele la panza y se me llenan los ojos de lágrimas.
Cuando la risa se apaga, Valentina se vuelve a acomodar en la reposera y me mira más seria.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—Le dije que le iba a dar una oportunidad más.
Su expresión no cambia, pero me doy cuenta de que está eligiendo con cuidado qué contestar.
—¿Crees que estoy cometiendo un error? —le pregunto.
Valentina se mueve, buscando una posición un poco más cómoda.
—No sé si puedo contestarte eso sin que me influyan mis sentimientos.
—Por eso te lo pregunto.
Suelta un largo suspiro.
—Warren me cae bien. Tom lo adora, y confío en el criterio de mi esposo. Pero que sea un buen amigo para Tom no significa automáticamente que vaya a ser bueno para ti.
La verdad de esas palabras pesa entre las dos.
—También vi lo que pasó después de California —sigue—. Te vi esperar a que te llamara. Te vi cuestionar todo sobre ti misma porque él eligió no contestarte.
—Tenía una razón.
—Tenía una explicación —me corrige con suavidad—. Eso no quiere decir que haya sido una buena razón.
Bajo la mirada a mi vaso.
—Estaba pasando por algo terrible —le digo.
—Lo sé. Y entiendo por qué se encerró y dejó a todos afuera. Pero entender por qué alguien te lastimó no borra el hecho de que lo hizo.
—¿Qué crees que debería hacer?
—Creo que deberías escucharte a ti misma. No a la parte de ti que lo extrañó durante cuatro años ni a la que quiere el final de una novela romántica. A la parte de ti que sabe lo que necesitas ahora.
—¿Y si esa parte quiere darle otra oportunidad?
—Entonces dásela. — Se inclina como puede y me toma la mano—. Pero no se lo des todo de una vez. Deja que te demuestre que puede quedarse.
Le aprieto los dedos.
—Por esto te tengo cerca.
—Pensé que era porque soy hermosa e inteligente.
—Por eso también.
Me levanto y le tiendo las dos manos para ayudarla a pararse.
—Vamos. Mi sillón es más cómodo que estas reposeras, y tengo esas almendras con chocolate amargo que te gustan.
Se le iluminan los ojos.
—Hubieras empezado por ahí.
Me agarra las manos y suelta un quejido mientras la ayudo a levantarse.
—Estos almohadones son malísimos.
—Ya lo mencionaste.
—Estoy cargando a otro ser humano. Tengo derecho a quejarme.
Valentina camina como un pingüino hacia el ascensor mientras yo junto los vasos y la sigo.
Por primera vez desde que Warren volvió a aparecer en mi vida, siento los pensamientos un poco menos enredados.
Las dos horas siguientes se me pasan entre almendras con chocolate, unos tragos sin alcohol caseros que nos salen horribles y una conversación que vuelve una y otra vez a Warren, a su exesposa y a su regreso a Texas.
Cuando Tom llega a buscar a Valentina, estoy emocionalmente agotada y aun confundida en qué realmente significa darle otra oportunidad a Warren.
En cuanto abro la puerta, Valentina pasa a mi lado con paso firme y apunta a su esposo con un dedo acusador.
—Usted, señor, me debe una explicación.
Tom la mira a ella y después a mí, con la confusión escrita en toda la cara.
—Warren le contó todo —dice Valentina.
A Tom se le nota que entiende.
—No era mi historia para contar.
—Ya lo sé —responde ella—. Igual estoy enojada contigo.
Le digo «perdón» a Tom moviendo solo los labios mientras Valentina me da un abrazo rápido de despedida.
—No seas tan dura con él.
Me hace un gesto con la mano para restarle importancia.
—Vamos, papito. Tu hija quiere helado.
Tom suspira, pero no discute. Se abrazan y caminan juntos hacia el ascensor.
Cierro la puerta detrás de ellos y apoyo la frente contra la puerta.
Sin ellos, el silencio del departamento se vuelve pesado y trae consigo todas las preguntas que logré esquivar mientras Valentina estaba aquí.
Diario8 de abril de 2023
Pensé que escuchar la verdad iba a simplificar todo.
No fue así.
Ahora mi enojo tiene adónde ir, pero mi esperanza también. No sé cuál de las dos me asusta más.
Quiero darle otra oportunidad a Warren. Esa es la verdad que no pude admitir mientras él estaba parado afuera preguntándome cuándo podía volver a verme. Si le hubiera contestado con sinceridad, lo habría invitado a subir.
El problema no es lo que quiero.
El problema es lo fácil que me olvido de tener cuidado cuando estoy cerca de él.
Pasé tanto tiempo aprendiendo a vivir sin respuestas, y una sola mañana con él me hizo dudar de si alguna vez lo superé de verdad. Una parte de mí quiere creer que su explicación es suficiente. Que, como se arrepiente de haberme lastimado, no lo va a volver a hacer.
Pero una explicación no es prueba de que alguien haya cambiado.
A lo mejor eso es lo que tiene que ser esta segunda oportunidad. No un perdón ni una promesa. Solo tiempo para ver si sus acciones pueden demostrar lo que sus palabras no pueden.
Hace cuatro años, Warren tomó la decisión por los dos.
Esta vez, la que elige soy yo.