16. Warren
Georgia está sentada frente a mí, sosteniendo su café con las dos manos, con una expresión imposible de descifrar.
Todavía no puedo creer que haya venido.
Durante cuatro años, me imaginé qué le diría si alguna vez tenía la oportunidad de volver a verla. Ahora que está aquí, todas las versiones que ensayé me parecen insuficientes.
Se merece la verdad. Toda.
—Necesito que entiendas cómo me sentía cuando te dejé en el aeropuerto.
—Aprieto el vaso entre las manos—. Antes de conocerte, nunca creí que pudiera sentir algo tan fuerte por alguien tan rápido.
Esa semana en California fue una de las mejores de mi vida, y despedirme de ti fue una de las cosas más difíciles que he hecho.
Su expresión sigue a la defensiva, pero no aparta la mirada.
—Para mí eras perfecta, Georgia. Lo sigues siendo.
Sus dedos se cierran un poco más alrededor del vaso de café.
—Me enamoré de ti —sigo—. Eso me aterró, y cuando todo se vino abajo, me convencí de que dejarte ir era lo correcto.
Frunce el ceño.
—No me dejaste ir, Warren. Desapareciste.
Sus palabras son tan duras como un golpe, pero no intento defenderme.
—Tienes razón.
—Leíste mis mensajes y elegiste no contestarlos. No trates de hacerlo sonar como un sacrificio noble que hiciste por mí.
—No es lo que estoy intentando.
—¿Ah, no?
Bajo la mirada. A lo mejor una parte de mí sí lo está intentando. Es más fácil decirme a mi mismo que la estaba protegiendo que admitir que fui un cobarde.
—Manejé todo mal —le digo—. No hay ninguna explicación que pueda justificar lo que hice. Solo quiero que entiendas qué pasó.
Georgia deja el café sobre la mesa y se cruza de brazos.
—Entonces, cuéntame.
Respiro hondo, despacio.
—El día que te dejé en el aeropuerto, me notificaron una demanda por la custodia de Wyatt.
A Georgia le cambia la expresión, pero se queda callada.
—Mi exesposa pedía la custodia exclusiva de Wyatt. Por mis horarios en la Guardia Costera, me había perdido algunos de los días de visita que me había asignado el juez, y ella usó eso para argumentar que yo no era un padre confiable.
El recuerdo de abrir ese sobre me vuelve con una claridad dolorosa. El nombre de Wyatt debajo del sello del juzgado. El miedo paralizante que vino después.
—Para ese entonces, ella ya estaba en una relación seria. Su novio consiguió un trabajo en Carolina del Norte, y querían mudarse allá juntos. Ella alegaba que él podía darle a Wyatt la estabilidad que yo no podía darle por mi trabajo.
Parte de la tensión abandona su postura.
—Si el juez la autorizaba a irse de California, no iba a perder solo algunos fines de semana. Podía pasar meses sin ver a mi hijo.
—Lo siento —dice en voz baja.
—Contraté a un abogado y peleé. Los gastos legales se llevaron casi todos mis ahorros, y el caso duró meses. Mientras se decidía todo, una orden provisional le dio a ella la custodia principal de Wyatt. Yo seguía teniendo visitas, pero menos que antes.
Hago una pausa y me obligo a mirar a Georgia a los ojos.
—Estaba aterrado de perderlo.
—¿Por qué no me lo contaste?
Habla en voz baja, pero el dolor que hay debajo me atraviesa.
—Tenía miedo. Te estabas por graduar, a punto de empezar tu carrera. Eras joven, soltera y libre de construir la vida que quisieras. Miré el desastre que tenía enfrente y decidí que no podía pedirte que formaras parte de eso.
—Lo habría entendido.
—Ahora lo sé.
—Lo sabías en ese momento también. —Le brillan los ojos por las lágrimas que no deja caer, pero la voz se le mantiene firme—. Me conocías lo suficiente como para saber que lo habría entendido. Simplemente no me diste la opción.
Vuelve a tener razón.
—En ese momento, me dije que te estaba protegiendo.
—¿De qué? ¿De saber la verdad?
—De la pelea por la custodia. De los abogados, de la incertidumbre y de la posibilidad de que perdiera a mi hijo. No quería que mis problemas se convirtieran en los tuyos.
—Así que tomaste esa decisión por mí.
—Sí.
Georgia aparta la mirada y aprieta los labios.
—Pensé que te estaba ahorrando el estrés —sigo.
—No me ahorraste el corazón roto.
Sus palabras son filosas, pero me merezco cada una.
Suelta el aire y se frota los brazos con las manos.
—Perdón. Eso fue cruel.
—No, no lo fue. —Me inclino hacia adelante y apoyo los antebrazos en las rodillas—. No tienes que pedir perdón por decirme lo que te hice.
El silencio se estira entre los dos. Quiero tocarla, pero la forma en que se sostiene me dice que no lo haga.
—¿Qué pasó con el juicio por la custodia? —pregunta al final.
—Llevó meses llegar a un acuerdo. El juez rechazó la mudanza a Carolina del Norte y dictaminó que Wyatt tenía que quedarse cerca.
Mi exesposa mantuvo la custodia principal, y a mí me dieron un régimen de visitas fijo.
No era lo que yo quería, pero Wyatt se quedaba lo bastante cerca como para que yo siguiera siendo parte de su vida.
—Y aun así no me llamaste.
—No.
—¿Por qué?
Me quedo mirando el café que ya no quiero.
—Al principio, me decía que te iba a llamar cuando terminara el juicio. Después me dije que te iba a llamar cuando se acomodaran mis horarios. Cuanto más tiempo pasaba, más difícil se volvía explicar por qué había esperado.
—Así que seguiste esperando.
—Seguí siendo un cobarde.
Me sigue mirando fijo, pero no sé si la confesión ayuda o solo empeora todo.
—¿Y después qué pasó? —pregunta.
—Pensé que el acuerdo de custodia por fin nos iba a dar algo de estabilidad, y cuando pensé que todo se había solucionado, Wyatt me contó que su mamá estaba embarazada.
Georgia abre un poco los ojos.
—Lo primero que pensé fue que a lo mejor su vida se estaba acomodando.
Estaba construyendo un futuro con alguien y tuve la esperanza de que eso significaba que las peleas entre nosotros se podían terminar.
Quería que encontráramos la forma de criar a Wyatt sin convertir cada decisión en una batalla.
Hago una pausa.
—Pero perdió el bebé.
Georgia toma aire en silencio, y el enojo en su expresión se suaviza hasta volverse compasión.
—Lo siento.
—Su novio se fue a Carolina del Norte poco después. La orden del juez le impedía mudarse con Wyatt, y él no quería quedarse en California.
—¿La dejó después de que perdió el bebé?
Asiento.
—Un fin de semana, Wyatt vino a quedarse conmigo y me contó que su mamá lloraba todo el tiempo.
Me dijo que la mayoría de los días se quedaba en la cama y que a veces se olvidaba de hacer la cena.
Me preocupaba lo que él estaba viendo, pero también me preocupaba ella.
Había perdido un hijo y después a la persona con la que pensaba construir una vida.
—¿Y qué hiciste?
—Fui a verla. Insistía en que estaba bien, pero era obvio que no. Tenía miedo de que se hiciera daño y no creía que estuviera en condiciones de cuidar a Wyatt sola.
Georgia me observa con atención.
—¿Así que Wyatt se quedó contigo?
—Lo intenté, pero seguía trabajando semanas de sesenta horas y haciendo turnos de veinticuatro. No podía dejarlo solo cada vez que me llamaban, y ella no tenía otro lugar adónde ir.
Ya sé cómo va a sonar lo que sigue.
—Le ofrecí quedarse en mi departamento por un tiempo.
Georgia cambia su postura.
—¿Dejaste que tu exesposa se mudara contigo?
—Sí.
—¿Por cuánto tiempo?
—Seis semanas.
Georgia mantiene la expresión bajo control, pero alcanzo a ver algo que le cruza por los ojos.
—Casi nunca estaba en casa —le explico—.
La mayoría de los días estaba trabajando.
No tenía nada que ver con arreglar nuestro matrimonio ni con empezar algo de nuevo con ella.
Necesitaba saber que Wyatt estaba a salvo, y que se quedaran en mi departamento me pareció la única forma de tenerlo cerca y saber dónde estaban.
Georgia asiente, aunque me doy cuenta de que todavía está tratando de entender todas las decisiones que tomé sin ella.
—¿Y qué pasó después de las seis semanas?
Me doy cuenta de que estoy apretando tanto el vaso que podría aplastarlo, así que lo dejo sobre la mesa.
—Llegué a casa después de un turno de veinticuatro horas y encontré a Wyatt dormido en su cuarto.
—Okey.
—Estaba solo.
Le cambia la cara al instante.
—¿Cómo que solo?
—Su madre se había ido. Había una nota sobre la mesada de la cocina que decía que se había ido una media hora antes de que yo llegara.
—¿A dónde fue?
—No sé. La nota solo decía que no iba a volver.
Los ruidos de la cafetería siguen a nuestro alrededor, pero ninguno de los dos se mueve.
Georgia me mira fijo, como si buscara en mi cara la forma de encajar todo esto en los cuatro años de silencio que hubo entre nosotros.
—Esa nota fue el principio de todo lo que vino después.