Si Algo Me Llega A Pasar (La Historia de Georgia nº 1) 15. Georgia
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15. Georgia

Creo que voy a pasar toda la noche mirando el techo, pero en algún momento antes del amanecer, el cansancio gana.

Dormir no me da mucho alivio.

Sueño con California. La playa, las mañanas tranquilas y despertarme al lado de Warren, con su cuerpo tibio contra el mío. Sus ojos azules me encuentran en cuanto abro los míos, y sonríe antes de murmurarme «buenos días» con esa voz grave que hace cuatro años que no escucho.

El recuerdo se siente tan real que despertarme sin él me deja un dolor en el pecho.

Me quedo mirando el techo, tratando de decidir qué hago ahora. ¿Se supone que lo contacte yo, o espero a que me escriba él? ¿Va a cumplir su promesa, o va a volver a desaparecer antes de que pueda escuchar lo que sea que vino a decirme?

Al final, agarro el celular y reviso las notificaciones. Tengo un mensaje de mamá, uno de Krystin y otro de Luca.

Mamá:

Tu tía llega en dos días. Vamos a cenar en casa y nos encantaría que vinieras.

Krystin:

¿Qué tal estuvo el baile anoche? Me dijeron que había un italiano guapísimo de por medio.

Luca:

Ya te extraño, bella.

Dejo los tres sin contestar y tiro el celular sobre el colchón.

Me siento en la cama y el dolor de cabeza me recuerda, uno por uno, todos los shots de anoche. Me arrastro hasta la cocina, me tomo dos ibuprofenos con un vaso de agua y abro la heladera en busca de mi café frío.

La botella está casi vacía.

—Claro, cuando más te necesito.

Agarro el celular y abro una aplicación de delivery, pero me llama la atención una notificación de Messenger. Casi nunca lo uso, salvo cuando estoy mirando cosas en Marketplace, así que abro el mensaje sin pensar.

Y entonces veo su nombre.

Warren.

Warren:

Pensé que escribirte por aquí iba a ser mejor que preguntarle a Tom si sigues teniendo el mismo número. Estuve tratando de llamarte. ¿Es posible que me hayas bloqueado?

El corazón me golpea contra las costillas.

Dejo el celular y me aferro con las dos manos al borde de la mesada.

Claro que lo bloqueé. Después de meses mirando mensajes sin respuesta y esperando una llamada que nunca llegó, bloquear su número fue la única forma de dejar de ilusionarme con que cada notificación pudiera ser de él.

¿Le contesto?

Acepté darle una oportunidad, y si quiero las respuestas que pasé cuatro años fingiendo que no necesitaba, tengo que dejarlo hablar.

Agarro el celular, miro el mensaje y lo vuelvo a dejar.

¿Qué se supone que le diga?

Claro que te bloqueé. Me rompiste el corazón.

Obvio que sí, hijo de puta.

Respiro hondo y me decido por algo menos hostil.

Yo:

Es posible.

Los tres puntitos aparecen casi al instante.

Warren:

No te culpo.

—Ah, qué bien. Por lo menos en algo estamos de acuerdo.

Antes de que pueda decidir si contestarle, me llega otro mensaje.

Warren:

Me gustaría hablar contigo en persona. Te debo una explicación y, más que nada, una disculpa.

Los dedos se me quedan suspendidos sobre la pantalla.

Yo:

¿Por qué ahora?

Su respuesta llega segundos después.

Warren:

Porque hace cuatro años que me estoy ahogando, y necesito desesperadamente volver a respirar.

Leo el mensaje dos veces.

Una parte peligrosa de mí quiere aferrarse a esas palabras. Quiere creer que el silencio también le dolió a él, que no fui la única que cargó con el peso de lo que pasó entre nosotros.

Pero si sufrió tanto, ¿por qué no me llamó?

¿Por qué tardó cuatro años en volver?

No sé si su explicación va a responder esas preguntas o me va a dejar con más. Aun así, si me niego a escucharlo ahora, siempre me voy a preguntar qué quería decirme.

Yo:

Tengo la mañana libre.

Warren:

Dime cuándo y dónde, y ahí voy a estar, Georgia.

Le mando la dirección de mi cafetería favorita. Me contesta que puede estar ahí en cuarenta y cinco minutos.

No sé dónde se está quedando, y no le pregunto. La cafetería queda a unas pocas cuadras de mi departamento, así que tengo tiempo de vestirme sin apurarme.

Me pongo unos jeans y una camiseta holgada, y me maquillo simple: corrector, rímel y bálsamo labial. Hay muchas posibilidades de que termine llorando antes de que esto finalice, así que meto unos pañuelos de papel en mi cartera antes de salir.

Las cinco cuadras se me hacen mucho más largas de lo que son. Con cada paso, se me encoge más el estómago y no dejo de secarme las palmas de las manos en los jeans.

Llego quince minutos antes del horario acordado, agradecida de tener tiempo extra para pedir algo y prepararme antes de que llegue.

Pero en cuanto entro, me doy cuenta de que no voy a tener tiempo para prepararme, porque el ya está aquí.

Warren camina de un lado a otro en el medio de la cafetería, llamando la atención sin parecer darse cuenta. Lleva jeans, una camiseta negra ajustada y botas negras. Tiene el pelo largo recogido atrás, y no hay nada que suavice la tensión de su mandíbula.

Cambia el peso de un pie al otro, se hace sonar los nudillos y mira hacia la entrada.

Por primera vez, se me ocurre que a lo mejor está tan nervioso como yo.

Cuando nuestras miradas se cruzan, le cambia toda la expresión y se le dibuja esa sonrisa tan conocida que se me hace casi imposible pensar con claridad.

Warren cruza la cafetería a grandes zancadas mientras yo me quedo cerca de la entrada, incapaz de moverme. La puerta se abre detrás de mí y me obliga a correrme a un lado justo cuando él llega.

No tengo tiempo de decir nada antes de que me rodee la cintura con los brazos y me atraiga hacia él.

—Hola —murmura.

Me roza la mejilla con los labios, suave y familiar.

Mi cuerpo reacciona antes de que mi cabeza lo alcance. Durante un segundo desconcertante, vuelvo a estar en California, envuelta en sus brazos como si no hubiera pasado el tiempo.

Y entonces me acuerdo de exactamente cuánto tiempo pasó.

—Dijiste cuarenta y cinco minutos.

—Lo sé. —Se aparta lo justo para mirarme—. Salí en cuanto me mandaste la dirección. No podía quedarme sentado esperando ni un minuto más.

No sé qué contestarle.

—¿Quieres sentarte? —pregunta—. Te pedí el café. Ya casi debería estar listo.

Asiento y voy hacia los sillones del fondo. Cuando pasamos por el mostrador, Melanie, mi barista favorita, llama a Warren por su nombre.

Él busca las dos bebidas mientras yo me siento y dejo la cartera sobre la mesa.

Un momento después, me tiende un vaso.

—Macchiato de caramelo con un shot extra. —Su expresión se vuelve insegura—. Espero que siga siendo así.

Miro el vaso y después lo miro a él.

Después de cuatro años, se acuerda de cómo tomo el café.

—Es perfecto.

Acepto la bebida y Warren se sienta en el sillón de enfrente con su café negro. Durante varios segundos, ninguno de los dos habla.

—Gracias por venir —dice por fin—. Sé que es todo muy de repente, y sé que no tengo ningún derecho a esperar que me escuches.

—Tuviste cuatro años para explicarte.

—Lo sé.

Baja un momento la mirada al vaso que tiene entre las manos.

—Debería haberte llamado. Debería haber contestado cada mensaje que me mandaste, y lo siento. —Vuelve a mirarme—. Pero necesito que sepas qué pasó y por qué tardé tanto en volver.