14. Georgia
Agarro el celular, entro corriendo al baño de mujeres y me encierro en el primer cubículo.
El corazón me late tan fuerte que tapa la música del club. Tengo que estar viendo cosas, porque el hombre del otro lado del salón no puede ser Warren.
Está más grande de lo que recuerdo, con los hombros más anchos y el pelo tan largo que lo lleva atado. Cuatro años pueden cambiar a una persona, pero no le cambiaron esos ojos.
Los reconocería en cualquier parte.
A veces todavía los veo cuando cierro los míos. Me acuerdo de cómo se oscurecían cuando me deseaba y de lo tiernos que se veían por la mañana, cuando me despertaba entre sus brazos.
Esos ojos de un azul profundo, como el océano, son imposibles de confundir.
—¿Georgia?
La voz de Valentina, a unos cubículos de distancia, me trae de vuelta al baño.
—Estoy aquí.
—Todavía estoy tratando de hacer pis —se queja—. ¿Me pasas papel higiénico? En este no hay.
—Claro.
Me tiemblan los dedos mientras saco un buen puñado de papel del rollo. Tiro la cadena aunque no la usé, abro el cubículo y voy hasta el de Valentina.
—Toma. —Me agacho y se lo paso por debajo de la puerta—. ¿Has sabido algo de Warren? —Se me escapa.
El baño se queda en silencio.
—¿Warren? —repite—. La verdad que no. ¿Por qué?
—Olvídalo.
Voy hacia los lavamanos antes de que pueda preguntar algo más. Abro la canilla y pongo las manos bajo el agua, con la esperanza de que el frío me ayude a dejar de temblar.
—Aleluya —suspira Valentina desde su cubículo—. Gracias por dejar que mamá haga pis.
Detrás de mí suena la cadena. Un momento después, Valentina sale con el vestido ya acomodado y preocupación escrita en toda la cara.
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
La respuesta me sale demasiado rápido.
—Es por el club, ¿no? —Se acerca al lavamanos de al lado—. Le dije a Tom que venir aquí no era buena idea.
—A Julia y a su esposo les encanta este lugar.
—Podrías haber dicho que no.
Podría, pero eso habría significado admitir que un hombre al que conocí durante menos de un mes todavía tiene el poder de mantenerme alejada de este lugar cuatro años después.
—Estoy bien —repito.
Valentina no parece muy convencida.
Me giro hacia el espejo y me recojo el pelo en un rodete suelto. Mi castaño natural desapareció hace años, reemplazado por un cobrizo que me llega casi a la cintura. Me retoco el delineado, me pongo otra capa de labial y me concentro en que mi reflejo parezca más tranquilo de lo que estoy.
—Te juro que esta criatura tiene que dejar en paz mi vejiga —refunfuña Valentina mientras se lava las manos—. Vive ahí. Con el trasero sobre mi vejiga todo el santo día. Siento que tengo que hacer pis cada cinco minutos.
Logro esbozar una sonrisa.
—Ya te quedan pocos meses.
—Qué fácil es decirlo.
Se seca las manos y me busca la mirada en el espejo.
—¿Quieres que le pregunte a Tom?
—¿Qué cosa?
—Por Warren.
Se me tensa todo el cuerpo.
—Sé que hablaron alguna que otra vez —sigue—. Tom nunca me cuenta nada porque sabe que todavía estoy enojada por lo que Warren te hizo.
—No tienes por qué enojarte por mí. —Fuerzo una risa—. Warren y yo no éramos pareja. Sabía que no había promesas cuando me acosté con él.
—Eso no justifica que haya desaparecido.
Aparto la mirada, porque no hay nada que pueda decir sin admitir que una parte de mí se pasó cuatro años tratando de justificarlo igual.
Unos minutos después, salimos del baño y encontramos a Tom y a Luca esperándonos.
—Tu hija se mudó de forma permanente a mi vejiga —se queja Valentina mientras se mete entre los brazos de Tom y le da un beso—. Ven a bailar conmigo antes de que tenga que volver a hacer pis.
Tom se ríe y la toma de la mano. Juntos, desaparecen entre la gente.
—Bella. —Luca me rodea la cintura con un brazo y atrapa un mechón de mi pelo entre los dedos—. Me encanta este color —murmura, con el acento cada vez más marcado—. Muy sexy.
Sonrío mientras me besa la mejilla, dejando que sus labios se demoren sobre mi piel.
—¿Estás lista para ir a casa? —susurra.
—¿Un trago más?
Me estudia la cara.
—¿Y después me dejas llevarte a casa?
Asiento.
Le vuelve la sonrisa.
—Margarita con hielo y sal. Me acuerdo.
Me besa la otra mejilla antes de ir hacia la barra.
Me quedo donde estoy, mirando a la gente moverse a mi alrededor. Julia y su esposo están en medio de una bachata complicadísima, completamente perdidos el uno en el otro, mientras Valentina, con panza y todo, le hace a Tom algo muy parecido a un perreo.
Me rio por lo bajo, pero la risa se me apaga cuando la mirada se me va hacia el otro lado del club.
Sigue ahí.
Warren está apoyado contra la pared del fondo, enorme e inconfundible, con los ojos clavados en mí.
Se me corta la respiración.
Durante un segundo desesperado, espero que desaparezca. Quiero que sea el tequila o algún truco cruel de mi cabeza.
Pero se aparta de la pared y empieza a caminar hacia mí.
Todos mis instintos me dicen que me vaya. Debería buscar a Luca, agarrar mi trago y volver a casa con el hombre que nunca fingió ofrecerme nada más que pasarla bien.
En cambio, me quedo ahí, mirando a Warren cruzar el salón.
Se detiene frente a mí, tan cerca que tengo que inclinar la cabeza para mirarlo a los ojos.
—Parece que hubieras visto un fantasma —dice, con una comisura de la boca levantada.
—Algo así.
La voz me sale rara, como si no fuera mía.
Me recorre la cara despacio con la mirada, registrando todo lo que cambió en estos cuatro años. Después se inclina y me apoya los labios en el hueco debajo de la oreja izquierda.
Lo familiar del gesto me provoca un escalofrío antes de que el enojo alcance a reaccionar.
Mi cuerpo se acuerda de él.
Y odio que sea así.
Doy un paso atrás y me lo quedo mirando.
—¿Esto está pasando de verdad?
—Estoy aquí.
—Lo dices como si no hubieras desaparecido cuatro años.
Le cambia la expresión y la sonrisa leve se le borra.
Por un momento, ninguno de los dos habla. La música retumba a nuestro alrededor, pero lo único que escucho son los latidos de mi corazón.
—Estás distinta —dice por fin.
—Tú también.
Se pasa una mano por el pelo, ahora más largo.
—Solo un poco.
Vuelve a posar los ojos en mí, y algo en su expresión se suaviza.
—Estás igual de hermosa que como te recordaba.
Las palabras encuentran la parte de mí que alguna vez habría dado cualquier cosa por escucharlas. Ahora solo me confunden más.
Warren toma un mechón de mi pelo y frota las puntas cobrizas entre los dedos.
—Tu pelo es increíble.
—¿Qué haces aquí?
Se le tensa la mandíbula.
—Vine a hablar contigo.
—Con cuatro años de atraso.
—Lo sé.
La respuesta llega sin dudar, y me toma por sorpresa.
—No hay nada de qué hablar.
—Hay muchas cosas que tengo que contarte.
Niego con la cabeza.
—Estoy en una cita.
—¿El italiano que no deja de manosearte? —Warren echa un vistazo hacia la barra—. Me di cuenta.
—Eso no es asunto tuyo.
—Tienes razón. —Vuelve a mirarme—. No lo es.
Por primera vez desde que se acercó, deja espacio entre los dos.
—Dame una oportunidad de explicarte.
Me dan ganas de reírme. De recordarle que tuvo la oportunidad de explicarme cada vez que leyó uno de mis mensajes y eligió el silencio.
En cambio, miro al hombre que pasé cuatro años tratando de olvidar y me doy cuenta de que todavía quiero saber por qué.
—Una oportunidad —le digo en voz baja.
El alivio le suaviza la cara.
—Es lo único que te pido.
—No te prometo nada más que escucharte.
—Entiendo. —Da otro paso atrás—. Te llamo mañana.
Antes de que pueda decidir si aceptar fue un error, Warren se da vuelta y desaparece entre la gente, dejándome con otra promesa en la que no sé si puedo confiar.
Me quedo ahí parada, tratando de entender lo que acabo de hacer. Warren apareció después de cuatro años, me pidió una oportunidad para explicarse y, en contra de todo lo que me dice el sentido común, se la di.
—¿Bella?
La voz de Luca me saca de mis pensamientos.
Levanto la vista y lo encuentro parado frente a mí con un trago en cada mano y cara de preocupación.
¿Cuánto hace que está ahí?
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
Las palabras me salen en automático, pero ninguno de los dos se las cree.
Agarro la margarita que me ofrece, esperando que el vaso frío me ayude a calmar el temblor de los dedos.
Luca me apoya el dorso de la mano libre en la frente.
—No tienes buena cara. ¿Te sientes mal?
Se me escapa una risa temblorosa.
—No sé. —Es la contestación más sincera que puedo darle—. Creo que me quiero ir a casa.
—Te llevo.
—No. —La respuesta me sale demasiado rápido, así que suavizo la voz—. Gracias, pero le voy a pedir a Valentina que me lleve.
Se le cae la expresión.
—¿Qué pasó?
—Nada. Es que no me siento bien. —Fuerzo una sonrisa y le devuelvo la margarita sin probar—. Tú quédate. Es tu último fin de semana aquí y tus amigos te están esperando.
Me busca la cara como si supiera que hay algo más que no le estoy contando. Es hermoso y amable, pero mientras lo miro, me veo obligada a admitir la verdad que pasé años evitando: no es Warren.
—¿Estás segura? —pregunta.
—Estoy segura.
Luca duda antes de inclinarse y darme un beso suave en los labios.
—Cuídate, bella.
—Tú también.
Lo miro desaparecer entre la gente y odio el alivio que siento.
Warren aparece después de cuatro años y, en cuestión de minutos, estoy despachando a otro hombre. Un hombre que nunca me mintió, que nunca me prometió nada y que nunca me hizo dudar de si merecía una respuesta.
¿Qué me pasa?
Debería alejarme de Warren, negarme a escuchar su explicación y olvidarme de que existe. Debería haberlo hecho hace años.
En cambio, estoy parada en medio de un club lleno de gente, con el corazón a mil, preguntándome qué piensa decirme cuando me llame mañana.
—¿Acabo de ver irse a Luca?
La voz de Valentina me trae de vuelta al presente.
Me giro hacia ella.
—Volvió con sus amigos. Le dije que no me sentía bien.
Se le borra la sonrisa.
—¿Estás bien? ¿Tomaste de más?
Antes de que pueda contestar, Tom se acerca y le pasa un brazo por los hombros.
—¿Todo bien?
No me doy tiempo a pensarlo dos veces.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con Warren?
Tom se pone rígido.
Valentina mira a su esposo y después a mí. Es la primera vez que digo el nombre de Warren delante de Tom desde que pasó todo, y los tres lo sabemos.
—Ayer —responde Tom con cuidado.
Siento un vacío en el estómago.
—¿Está en Houston?
Tom duda, y esa pausa breve me dice que sabe perfectamente por qué pregunto.
—Sí. Llegó ayer.
Valentina se gira de golpe hacia él, pero casi ni lo noto. El ruido del club parece apagarse mientras la verdad me cae encima.
Warren estuvo aquí.
No me lo imaginé.
—¿Qué está pasando? —pregunta Valentina—. ¿Warren estuvo aquí?
Respiro hondo, despacio, pero no me alivia en nada la presión en el pecho.
—¿Me llevas a casa, por favor?
La preocupación reemplaza cualquier otra pregunta.
—Claro.
Me toma de la mano y me estudia la cara.
—¿Vas a estar bien?
Echo un último vistazo al club, pero Warren no aparece por ningún lado.
—No me queda otra.
Diario7 de abril de 2023
Le dije que sí.
Esa es la parte a la que no dejo de volver. No a verlo ni a escuchar su voz de nuevo. Ni siquiera a cómo reaccionó mi cuerpo cuando me tocó.
No dejo de pensar en por qué acepté escucharlo.
Durante cuatro años me dije que no necesitaba una explicación. Que su silencio ya era respuesta suficiente, y que lo que fuera que hubiera pasado no tenía nada que ver con lo que yo valgo.
La mayoría de los días, me lo creo.
Pero siempre hubo una parte de mí que necesita saber si algo de todo eso fue real. Si él sentía de verdad lo que me dijo antes de desaparecer, o si yo creí lo que quería creer.
A lo mejor dije que sí porque estoy cansada de llenar los huecos que dejó.
A lo mejor necesito escuchar la verdad de su propia boca, aunque duela.
Una conversación.
Eso es lo único que acepté.
Escucharlo no significa que tenga que perdonarlo.