Si Algo Me Llega A Pasar (La Historia de Georgia nº 1) 13. Georgia
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13. Georgia

Cuatro años después

—¿Y? ¿Cómo te trata la vida?

Ya contesté alguna versión de esa pregunta por lo menos veinte veces hoy.

Estoy en la peluquería arreglándome el pelo, y cada clienta de siempre que me conoce desde que era adolescente se tomó como misión personal averiguar cada detalle.

—¡Están frente a la mejor abogada de inmigración en todo Texas! —grita Julia desde el otro lado del salón.

Me rio.

—Eso es una pequeña exageración.

—Muy pequeña —insiste.

Betty me da un abrazo cálido.

—Qué orgullo, Georgina. Espero que sigas viniendo a visitarnos.

—Siempre.

Y lo digo en serio.

Pasaron muchas cosas desde que era esa chica parada en esta peluquería, preguntándose cómo sería su futuro.

Mis notas finales llegaron poco después de que volviera de California, y me gradué oficialmente.

Después vinieron meses de estudiar para el examen de habilitación profesional, sobreviviendo a base de café y convencida de que me había olvidado de todo lo que había aprendido en mi vida.

Aprobé en el primer intento, aunque revisé los resultados por lo menos seis veces antes de creer que mi nombre de verdad estaba en la lista.

Unos meses después, acepté un puesto en uno de los estudios de inmigración más prestigiosos de la ciudad.

Al principio pasaba la mayor parte del tiempo enterrada en investigaciones, preparando documentos, hablando con clientes hispanohablantes y siguiendo a los abogados con más experiencia a las audiencias, tratando de absorber todo lo que hacían.

Ahora hay familias que me confían algunos de los momentos más aterradores e importantes de su vida. Ayudé a gente a solicitar la residencia, luché para que padres no fueran separados de sus hijos y me senté al lado de clientes mientras esperaban decisiones que podían cambiarlo todo.

El trabajo es agotador. Algunos días me rompe el corazón.

Igual lo amo.

También me mudé de la casa de mis papás a un departamento propio. Llené el pasaporte de sellos, viajé cada vez que el trabajo me lo permitió y aprendí que soy capaz de ir a un lugar nuevo sin necesitar a nadie al lado.

También salí con hombres.

Con muchos, la verdad.

Algunos duraron unos meses. Otros apenas sobrevivieron a la cena. Dejé de esperar que cada conexión se convirtiera en algo para siempre y me permití disfrutar de tener mis veintitantos.

Hay algo en acostarte por primera vez con un hombre y que después te deje en visto que te cambia la forma de encarar la vida.

Después de aquella tarde en el aeropuerto, hace cuatro años, nunca más supe de Warren.

Ni una vez.

Con el tiempo, mis mensajes dejaron de aparecer como leídos y se quedaron en Entregado. Unos meses después del viaje a California, Tom me comentó que Warren había dejado la Guardia Costera. Me di cuenta de que sabía más y de que estaba esperando que le preguntara.

Pero no lo hice.

Lo que fuera que le hubiera pasado a Warren ya no era mi responsabilidad. Me negué a seguir buscando respuestas de un hombre que había decidido desaparecer.

Así que construí una vida que no necesitara ningún tipo de explicación.

No es perfecta, pero es mía.

Esta noche, Julia y su esposo me llevan a cenar y a bailar. Ellos siguen comportándose como si tuvieran veinte años, y me he sumado a sus salidas más de una vez, casi siempre con el hombre con el que estuviera saliendo esa semana.

Esta noche, ese hombre es Luca.

Julia y su esposo ya están esperando en el restaurante cuando llegan Valentina y Tom.

Valentina está embarazada de seis meses y radiante. Tiene una mano apoyada sobre la panza mientras Tom le corre la silla. Los dos todavía parecen vivir en una luna de miel interminable, y viajan cada vez que sus agendas se lo permiten.

Hace seis meses, me sumé a ellos una semana en Italia. Comí demasiada pasta, tomé vino en plena tarde y conocí a unos cuantos italianos muy atractivos.

Uno de ellos fue Luca.

Hicimos match en una aplicación de citas mientras yo estaba en Sicilia, y lo que iba a ser un trago terminaron siendo dos días juntos. Seguimos en contacto cuando volví a casa y cuando me dijo que iba a venir a Texas a visitar a un amigo, lo invité a sumarse.

También aceptó ser mi pareja de baile oficial por esta noche.

—Ciao, bella.

Luca me rodea la cintura con un brazo y me da un beso en la mejilla.

—Luca. —Le sonrío—. ¿Cómo estás?

—Mejor ahora.

Me da un beso en la otra mejilla.

Es alto, mide bastante más de un metro ochenta, con rizos castaños despeinados y unos ojos verdes que hacen que sostenerle la mirada sea peligroso. Cuando sonríe, sabe perfectamente el efecto que provoca.

—¿Quieres algo de tomar, bella?

—Una margarita con hielo, por favor.

Me roza los labios con los suyos antes de ir hacia la barra.

—Así que ese es Luca —dice Valentina a mi lado, mientras las dos lo miramos alejarse.

—Ese es.

—Ahora entiendo por qué desapareciste casi tres días.

—Te dije que estaba ocupada —respondo con una sonrisa.

—Ocupada. —Apoya las dos manos sobre la panza—. Si no estuviera felizmente casada y esperando un hijo de Tom, tendrías competencia.

Las dos nos reímos.

—¿Qué pasa por aquí? —pregunta Tom al acercarse.

—Nada —contestamos a la vez.

Su cara de sospecha solo hace que nos riamos más fuerte.

Julia y su esposo van directo a la pista y bailan con una energía que ya quisiera yo tener a su edad.

La noche se llena de baile, risas y más tequila del que necesito. Sigo aceptando shots mientras hago como que este club no me afecta.

Pero los recuerdos invaden mi mente.

Este es el club al que trajimos a Valentina para su despedida de soltera, donde Warren y yo bailamos juntos y nos besamos por primera vez.

Y ahora, cuatro años después, estoy de vuelta en el mismo lugar con otro hombre.

Me digo que no importa. Que Warren no es más que alguien que conocí durante unas semanas cuando tenía veintidós años. Que dejé de esperar respuestas hace años.

Aun así, los recuerdos y lo que pudo ser, me encuentran.

Sé que Valentina se da cuenta. Me observa con demasiada atención cada vez que se me borra la sonrisa, pero no dice nada. Ya nadie habla de Warren. Su nombre se convirtió en algo que todos saben que hay que evitar.

Así que me tomo otro shot, me rio un poco más fuerte y me pego más a Luca cuando bailamos.

Ya sé cómo va a terminar la noche. Me voy a llevar a Luca a casa porque es atractivo, conocido y se va pronto. No hay ningún riesgo en querer a alguien cuando ninguno de los dos espera nada a cambio.

—Tengo que ir al baño otra vez —le dice Valentina a Tom cuando vuelvo a la mesa.

—Te acompaño. —Le tomo la mano—. Vamos, panzona.

—Puede que tarde. Este bebé ha estado usando mi vejiga de almohada toda la noche.

—No te preocupes, yo te espero.

Vamos hacia los baños y por una vez, no hay fila afuera del de mujeres.

—Mira eso —le digo con una sonrisa—. No vas a tener que usar la carta del embarazo para colarte.

Valentina me da un manotazo en el brazo antes de correr dentro del baño, y el celular se me cae de la mano.

—Grosera —le digo mientras me agacho a recogerlo.

Cuando me enderezo, mi mirada recorre el salón y se detiene en un hombre que me está mirando desde el otro lado del club.

Es altísimo, de hombros anchos y cuerpo musculoso. Lleva una camisa azul con las mangas arremangadas hasta los antebrazos, jeans oscuros y botas texanas. Tiene las manos en los bolsillos mientras la gente se mueve a su alrededor.

Pero sus ojos no se apartan de los míos.

Los mismos ojos de un azul imposible que una vez creí que nunca volvería a ver.