12. Warren
Cinco horas antes
Me quedo afuera del control de seguridad hasta que Georgia desaparece de mi vista.
Por unos segundos, pienso en seguirla. Podría comprar un pasaje, subirme al avión y resolver todo lo demás cuando aterricemos en Texas.
Es una idea completamente irracional.
Eso no hace que tenga menos ganas de hacerlo.
En cambio, me quedo ahí, mirando el lugar donde la vi por última vez, extrañando ya el calor de su cuerpo contra el mío.
Hace menos de tres semanas, Georgia era la hermosa desconocida sentada frente a mí en Starbucks, haciendo como que no me veía. Ahora la estoy viendo irse y tratando de calcular cuándo voy a poder volver a verla.
Desde el divorcio me siento desconectado de todo. Trabajo. Paso con Wyatt todo el tiempo que puedo. Sigo en movimiento, porque frenar me da demasiado tiempo para pensar en todo lo que se derrumbó.
Y entonces Georgia apareció en mi vida.
Algo cambió en mí. Estar con ella no se siente complicado ni forzado. Se siente como algo que debería haber encontrado hace años.
La última semana fue mejor de lo que tenía derecho a esperar.
Verla con Wyatt hizo que fuera todavía más difícil hacer de cuenta que esto podía seguir siendo temporal.
Se metió en nuestros días como si siempre hubiera sido parte de ellos, y para el final del viaje yo ya estaba imaginando cosas que no tenía por qué imaginar después de conocerla en tan poco tiempo.
Más mañanas junto a ella.
Más viajes.
Una vida que vaya más allá de unos días robados en California.
Sé lo loco que suena. Me bastó menos de un segundo para fijarme en ella en Starbucks, y menos de tres semanas para que se convirtiera en alguien con quien quiero estar.
Debería estar aterrado.
En cambio, ya estoy pensando en mi próximo vuelo a Texas.
El camino de vuelta al estacionamiento se me pasa sin darme cuenta. Repaso la despedida en mi cabeza: el temblor en la voz de Georgia cuando me preguntó si me iba a volver a ver, y la forma en que me miró cuando le prometí que sí.
Lo dije en serio.
La distancia es un inconveniente. Mis horarios son complicados, pero no imposibles. Puedo hacer que esto funcione.
Tengo que hacerlo.
Llego a la camioneta y me detengo.
Hay un hombre parado junto a la puerta del conductor.
Georgia se me borra de la cabeza en un segundo, y años de entrenamiento toman el control.
Hombre. Veintitantos años. Gorra bien baja. Alrededor de un metro setenta. Unos setenta kilos.
Tiene las manos a la vista, pero me planto bien firme y mantengo la distancia suficiente para reaccionar si hace falta.
El hombre me mira acercarme sin moverse.
—¿Warren Sutton?
—¿Quién pregunta?
Mete la mano dentro de la chaqueta.
Se me tensa todo el cuerpo, pero solo saca un sobre de papel manila.
—¿Usted es Warren Sutton? —Vuelve a preguntar.
—Sí.
Me tiende el sobre. Lo agarro con cautela, sin quitarle los ojos de la otra mano.
—Queda usted notificado.
Por un momento, solo me lo quedo mirando.
—¿Qué?
Se da vuelta sin contestar y camina hacia un sedán estacionado a unos metros de distancia.
Miro el sobre que tengo en la mano. Mi nombre está impreso en el frente. En la esquina está la dirección de un estudio de abogados que reconozco enseguida.
El mismo que usó mi exesposa durante el divorcio.
Se me hiela la sangre.
Rompo el sobre. En la parte de arriba de la primera hoja aparecen el nombre del juzgado y un número de expediente. Debajo están mi nombre, el de mi exesposa y el único nombre capaz de hacer desaparecer todo lo demás.
Wyatt.
Diario9 de febrero de 2019
Han pasado siete días.
Siete días desde que Warren me dio un beso de despedida en el aeropuerto y me prometió que lo iba a volver a ver.
Siete días de silencio.
Todos los mensajes que le mandé aparecen como leídos. Ninguno tuvo respuesta.
Sigo tratando de justificarlo. Está trabajando. Está agotado. Pasó algo con Wyatt. Necesita tiempo para volver a acomodarse en su vida.
Pero las explicaciones solo dan para un rato antes de convertirse en excusas.
¿Tan difícil es mandar un mensaje?
Estoy bien.
Te llamo cuando pueda.
No me olvidé de ti.
Es lo único que necesito.
En cambio, me paso el día mirando el celular, buscando su nombre cada vez que se ilumina la pantalla. A veces juraría que lo veo, hasta que me doy cuenta de que mi cabeza me está dando lo que él no me da.
No necesito otro viaje ni una gran declaración. Necesito saber que el tiempo que pasamos juntos significó algo para él, que no me imaginé la forma en que me miraba ni las promesas que me hizo.
A lo mejor entendí todo mal.
A lo mejor no fui más que una escapada temporal de su vida real.
Lo que más odio es lo rápido que su silencio me ha hecho dudar de todo, incluso de mí misma.
Diario25 de febrero de 2019
Pasaron más de tres semanas, y ya no puedo seguir haciendo como que estoy bien.
No me puedo concentrar. Me siento con un libro y leo la misma página hasta que las palabras dejan de tener sentido. Cada vez que vibra el celular, se me acelera el corazón, y cada vez que no es él, me siento una tonta por haberme ilusionado.
Me duermo pensando en él.
Me despierto buscando el celular.
Todas las mañanas me digo que hoy va a ser distinto. Que hoy me va a llamar. Que hoy me va a explicar.
Nunca lo hace.
Por fin hablé con Valentina, porque necesitaba decir todo en voz alta. Necesitaba saber si Tom había tenido noticias de él.
Las había tenido.
Warren está vivo. Le contestó a Tom.
Simplemente no quería hablar.
Le doy vueltas a esas palabras una y otra vez, tratando de entender qué significan.
¿No quería hablar de mí?
¿Le pidió a Tom que no me dijera nada?
Por lo menos ahora sé que su silencio es una decisión.
Y eso duele más que no saber dónde estaba.
Sigo buscando en mis recuerdos el momento en que todo cambió. ¿Contarle que era virgen hizo que me viera distinto? ¿Acostarse conmigo era lo único que quería? ¿Pedí demasiado al importarme lo que pasara después?
A lo mejor confundí su atención con algo más profundo. A lo mejor cada promesa solo importaba mientras yo estaba parada frente a él.
Pero si se arrepiente de lo que pasó, ¿por qué no me lo puede decir?
Podría sobrevivir a la verdad.
Es el silencio lo que me está destrozando.
Diario3 de agosto de 2019
Seis meses.
Seis meses desde la última vez que vi a Warren. Seis meses sin escuchar su voz. Seis meses tratando de aceptar que a lo mejor nunca entienda por qué desapareció.
Sigo adelante con mis días porque es lo que todos esperan de mí. Me levanto, voy a trabajar, contesto preguntas, sonrío cuando corresponde y vuelvo a casa.
La mayoría de los días, casi no siento nada.
Hasta hoy, que todo volvió de golpe.
Warren publicó una foto.
Por un segundo humillante, ver su nombre me hizo dar un salto el corazón. Mi cuerpo reaccionó antes de que me acordara que ignoró todos mis mensajes y me dejó a mí inventarme mi propio final.
En la foto está parado en la playa, con Wyatt en un brazo y una tabla de surf debajo del otro. Le sonríe a quien sea que esté detrás de la cámara.
Se lo ve feliz.
No con esa felicidad forzada de las fotos. Se lo ve relajado. En paz. Como si estos seis meses no lo hubieran tocado, cuando a mí me dejaron cuestionando todo sobre mí misma.
Me quedé mirando la foto hasta que me ardieron los ojos.
Quise tirar el celular. Quise gritar. Quise exigirle una explicación a un hombre que ya dejó claro que no cree que merezca una.
¿Cómo puede verse tan tranquilo cuando yo me pasé seis meses cuestionando cada momento que compartimos?
¿Cómo puede seguir con su vida como si yo nunca hubiera formado parte de ella?
Odio que en mis recuerdos existan dos versiones de él. El hombre que me abrazaba, me escuchaba y me prometió que lo iba a volver a ver, y el hombre que leyó mis mensajes y eligió no contestar.
No sé cuál de los dos era el real.
A lo mejor los dos lo eran.
Y esa puede ser la verdad más difícil de aceptar.
Después de seis meses, debería estar lo bastante enojada como para que dejara de importarme. Debería poder mirarle la cara sin acordarme de lo segura que me sentía a su lado.
Pero no puedo.
Todavía lo extraño.
Y también lo odio por eso.