11. Georgia
El resto de la semana pasa demasiado rápido.
Tres días a solas con Warren deberían sentirse como suficiente tiempo, pero no.
Volvemos a la playa, cocinamos juntos y nos quedamos despiertos conversando mucho después de la hora en que deberíamos estar durmiendo.
Cada mañana me despierto a su lado y tengo que recordarme que esta no es mi vida real.
El sábado me despierto con el peso de la despedida ya instalado en el pecho.
Ninguno de los dos lo menciona mientras hacemos las maletas. Warren lleva la mía hasta la camioneta, la carga atrás y me abre la puerta como ya es costumbre. Durante el viaje al aeropuerto, maneja con una mano en el volante y la otra en la mía.
Cuanto más nos acercamos al aeropuerto, más se aferra a mi mano.
En el aeropuerto, Warren despacha mi maleta y me acompaña hasta la entrada del control de seguridad.
A nuestro alrededor, todo el mundo va con prisa.
La gente pasa arrastrando valijas, mirando la hora, corriendo hacia sus puertas.
Nosotros, en cambio, nos quedamos quietos, estirando cada segundo como si así pudiéramos frenar el tiempo.
Aquí es donde tiene que dejarme ir.
Tengo la tarjeta de embarque abierta en el celular y mi vuelo sale en poco más de una hora, pero no me animo a ponerme en la fila.
Warren me mira.
—Creo ya es hora de que vayas.
—Lo sé.
Ninguno de los dos se mueve.
Entonces me abraza tan fuerte que lo único que puedo hacer es cerrar los ojos y respirar su aroma.
La última semana ya se siente como algo que soñé. Wyatt. La playa. Las mañanas tranquilas. Warren a mi lado todas las noches. Todo terminándose antes de que yo este lista para dejarlo atrás.
Y ahora tengo que volver a casa sin saber qué va a pasar.
—Prométeme que me vas a escribir apenas aterrices —murmura.
—Te lo prometo.
Me da un beso largo en la cabeza. Me recorre la espalda despacio con la mano, como si quisiera memorizar la forma de mi cuerpo contra el suyo.
Me aparto lo justo para mirarlo.
Sus ojos azules se ven tan tristes como me siento yo.
Todavía no definimos qué es esto. No hablamos de la distancia entre Texas y California ni de cada cuánto nos vamos a ver. Lo único que tenemos son sentimientos que ninguno de los dos está listo para nombrar.
—Prométeme que te voy a volver a ver —susurro.
Warren me abraza más fuerte aún.
Inclina la cabeza y me besa. Es un beso lento y tierno, sin nada de la urgencia de estos últimos días. Se siente como una despedida que ninguno de los dos quiere decir en voz alta.
Cuando se aparta, deja la frente apoyada en la mía.
—Te lo prometo.
Alguien carraspea detrás de nosotros, y me doy cuenta de que estamos bloqueando la entrada a la fila del control.
Warren me da un último beso antes de soltarme.
—Ve —dice en voz baja—. Antes de que decida no dejarte ir.
Me obligo a dar un paso atrás.
Todo mi cuerpo quiere darse vuelta y volver a sus brazos.
La fila avanza y, justo antes de pasar el control, me doy vuelta una última vez. Warren sigue en el mismo lugar donde lo dejé, sin dejar de mirarme.
Cuatro horas después
Yo:
Acabo de aterrizar. Ya voy camino a casa.(Leído)
Treinta minutos después
Yo:
Muchísimas gracias por estos días increíbles. La pasé genial contigo y con Wyatt. Espero verte pronto. <3(Leído)
Me quedo mirando el segundo Leído, esperando los tres puntitos que avisan que está escribiendo, pero nunca aparecen.
—Cuéntame todo —exige Krystin en cuanto su cara aparece en mi pantalla.
—Hola a ti también.
Entrecierra los ojos y me estudia la cara buscando pruebas de todo lo que pasó mientras no estaba.
—Te ves distinta.
—¿Distinta cómo?
—Como alguien que se está enamorando.
Pongo los ojos en blanco. Obvio que iba a llevarlo hasta ahí.
—Sí, en serio —insiste, señalando la pantalla—. Estás radiante.
De pronto, abre los ojos como platos.
—Ay, Dios mío. ¿Tuviste sexo?
—¡Krystin! —le susurro, mientras se me sube el calor a la cara.
Se le cae la mandíbula.
—¡Sí, tuviste!
—¿Puedes bajar la voz? Vas a despertar a mamá.
Me meto corriendo en el vestidor y cierro la puerta.
—Perdón —susurra, exagerando—. Me olvidé de la diferencia horaria.
—Te olvidas cada vez que llamas.
Se tapa la boca con una mano, pero es imposible disimular lo emocionada que está.
—Cuéntame todo.
—Solo si bajas el volumen unos diez niveles.
—Bueno. —Baja la voz todavía más—. Cuéntame todo.
Me dejo caer en el piso y apoyo el celular contra la zapatera.
—¿Qué quieres que te diga? Fue mejor de lo que esperaba. —Se me borra un poco la sonrisa—. Y seguramente no vuelva a pasar nunca más.
A Krystin se le borra la expresión burlona.
—¿Por qué dices eso?
Cuando se acomoda, me doy cuenta de que está sentada en el piso con uno de los mellizos. Se acomoda a Mari contra el pecho y empieza a amamantar sin cortar la conversación.
—Ay, hola, teta izquierda. —Saludo a la pantalla con la mano—. Que gusto volver a verte.
—No me cambies de tema. —Acomoda el celular—. ¿Por qué crees que no lo vas a volver a ver?
—Lo conociste.
—Sí, y el hombre que conocí no podía quitarte las manos de encima. ¿Cuántas veces desaparecieron ustedes dos durante la boda? ¿Pensaste que nadie se había dado cuenta?
—Esperaba que estuvieran todos demasiado borrachos como para que les importara.
—Valentina también se dio cuenta. Hasta bromeó con hacer que Tom le pidiera al hotel las grabaciones de las cámaras de seguridad.
—¿Qué? —Me rio.
—La convencimos de que ninguna de nosotras quería ver lo que podían haber grabado esas cámaras. —Krystin vuelve a estudiarme—. ¿Warren te llamó desde que aterrizaste?
Dudo.
—No. Le escribí dos veces cuando llegué, pero tenía que trabajar. Seguro está ocupado.
—Seguro que te llama.
Su seguridad debería hacerme sentir mejor, pero el silencio del celular me molesta más de lo que quiero admitir.
A Krystin le vuelve la sonrisa.
—Ahora, volvamos a lo importante. ¿Cómo fue?
—Las vacaciones fueron maravillosas.
—Sabes que no me refería a eso.
—Estuvo genial. —Hago una pausa, aguantándome la sonrisa—. Genial con mayúsculas.
—¿Me vas a dar detalles?
—Ni loca.
—Bueno. Entonces contéstame una sola pregunta. Valentina y yo nos morimos por saber…
—Ya sé lo que me vas a preguntar.
Levanta las cejas.
—Del tamaño de tu antebrazo —le digo, sin ninguna expresión.
A Krystin casi se le salen los ojos.
—¿Lo dices en serio?
El grito asusta a Mari, que se pone a llorar enseguida.
—Sí —respondo mientras Krystin intenta calmarla como puede.
Me mira horrorizada.
—Nunca más voy a poder mirar a ese hombre a la cara.
—Eso te pasa por preguntar —le digo, riéndome.