10. Georgia #2
—Sé que apenas nos conocemos —sigo, sin poder frenar ahora que empecé—. A lo mejor suena completamente irracional, pero nunca me sentí así con nadie. No quería que las cosas fueran más lejos sin decírtelo.
—No suena irracional.
Su voz es tranquila, pero su expresión se puso seria.
—Lo que me estás contando no cambia cómo te veo —dice—. Pero sí hace que quiera ser más cuidadoso contigo.
—No tienes que tratarme como si fuera de cristal.
—No creo que seas frágil.
Da un paso hacia mí, pero se detiene antes de tocarme.
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres?
—Estoy segura. —Le sostengo la mirada—. Eso no quiere decir que tenga que pasar ahora mismo. Solo necesitaba que lo supieras.
Parte de la tensión se le borra de la cara.
—Ven aquí —dice en voz baja.
Esta vez, soy yo la que acorta la distancia.
Warren me rodea con los brazos y me sostiene contra su pecho. Me da un beso en el pelo y después apoya la mejilla sobre mi cabeza.
—Gracias por confiar en mí.
Suelto un aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Cuando pase, no va a ser porque justo tenemos la casa para nosotros solos —continúa—. Va a pasar cuando te sientas segura, convencida y lista. Y si en algún momento cambias de opinión, me lo dices.
Me echo un poco hacia atrás para verle la cara.
—Mi primera vez no tiene por qué ser perfecta.
—No —coincide, acariciándome la mejilla con el pulgar—. Pero te mereces que se sienta especial.
Y vuelve a besarme.
Esta vez, el beso es suave. No hay urgencia ni expectativas detrás.
Solo paciencia.
Decidimos pasar por el supermercado para comprar ingredientes para la cena y cualquier otra cosa que podamos necesitar los próximos días.
—Nos estamos quedando sin leche y sin huevos —digo mientras empujo el carrito por la entrada.
—Agarra lo que te parezca que haga falta. —Warren señala hacia la sección de farmacia—. Tengo que buscar un par de cosas. Te encuentro en un minuto.
—Está bien.
Me da un beso en la frente antes de desaparecer por el pasillo más cercano.
Empiezo por lo básico: leche, huevos y el cereal que Warren y Wyatt han comido todas las mañanas.
Después decido sorprender a Warren con el cheesecake estilo Nueva York que me contó que le encanta, así que junto queso crema, galletas Graham, mantequilla, crema agria, vainilla, limones y nueces pecanas para la base.
Después de elegir las verduras para la cena, agrego al carrito su cerveza favorita y una botella de Pinot Grigio.
Warren todavía no volvió.
Voy hacia la sección de farmacia y lo encuentro parado frente a los preservativos. Tiene una caja en una mano y un frasco de lubricante en la otra, y mira el estante con mucha más concentración de la que debería requerir esa decisión.
Debería darme la vuelta y dejarle un poco de privacidad.
Antes de que pueda hacerlo, me ve.
Se le suben los colores a la cara.
—Hace mucho que no compro esto.
La confesión es tan inesperadamente tímida que parte de mi vergüenza desaparece.
—Tomo pastillas anticonceptivas —suelto de golpe.
Levanta las cejas.
—¿Sí?
—Desde los quince. Tengo SOP.
—Síndrome de ovario poliquístico —dice.
Me lo quedo mirando.
—¿Sabes lo que es?
—Mi hermana lo tiene. Mi sobrina fue su bebé milagro.
—Ah.
Mira la caja que tiene en la mano.
—Igual prefiero que tengamos protección a mano. Quiero que te sientas segura.
—Me siento segura. —Aprieto las manos alrededor del manubrio del carrito antes de obligarme a hacer la pregunta que me pesa en el pecho—. ¿Te has hecho los análisis?
—Sí. Después de que nos separamos. —Me sostiene la mirada—. No estuve con nadie desde que terminó mi matrimonio.
No esperaba esa respuesta.
Él sería el primero para mí, y yo sería la primera para él desde su esposa.
—No hace falta que uses uno —le digo.
Warren me estudia la cara en lugar de reaccionar a la propuesta.
—¿Estás segura?
—Tomo la pastilla y tú te has hecho los análisis. —Respiro hondo, despacio—. Estoy segura.
—La pastilla no es cien por ciento efectiva.
—Lo sé.
Espera un momento más, dándome todas las oportunidades de cambiar de opinión.
Y después pone los preservativos en el carrito de todos modos.
—Por las dudas —dice—. Prefiero tenerlos y no necesitarlos.
El cuidado detrás de esa decisión me calma un poco los nervios.
—Está bien.
Pone el lubricante al lado y se hace cargo del carrito, como si no acabáramos de tener la conversación más íntima de mi vida en medio de un supermercado.
—Compraste cerveza —dice, mirando adentro del carrito.
—Tu favorita.
—¿Y queso crema?
—Quiero hacerte un cheesecake.
Su mano encuentra la mía.
—De verdad eres alguien muy especial, Georgia.
Sus palabras me llegan al alma. Los nervios se me van calmando y en su lugar queda solo la ilusión de lo que viene.
Esa noche, después de cenar, Warren me ayuda a ordenar la cocina mientras el cheesecake se enfría sobre la mesa.
—Gracias por el cheesecake —dice.
—No fue para tanto.
—Para mí sí. Te acordaste.
Cierro la heladera y me giro hacia él. Esa seguridad suya de siempre desapareció, y en su lugar hay algo que nunca le había visto.
—¿Estás nervioso? —le pregunto.
Suelta el aire y se pasa una mano por la cabeza.
—Un poco.
—¿Tú? ¿Nervioso?
—Quiero que todo sea completamente perfecto para ti.
La sinceridad en su voz se lleva lo último que me quedaba de vergüenza.
Camino hacia él y apoyo mis manos en su pecho.
—Ya es perfecto.
Me pone las manos en la cintura con cuidado.
—Sabes que hoy no tenemos porqué hacer nada.
—Lo sé.
—Y que me hayas dicho que quieres esto no significa que no puedas cambiar de opinión.
—Eso también lo sé.
Me estudia la cara.
—¿Qué quieres tú?
La pregunta debería ponerme nerviosa, pero no lo hace.
—A ti —le digo—. Quiero estar contigo.
Warren me besa despacio, dándome tiempo para apartarme. En cambio, le rodeo el cuello con los brazos y me acerco más.
Sus manos se quedan en mi cintura mientras el beso se vuelve más profundo. Aun con la casa para nosotros solos y con todo lo que hablamos en el supermercado, no da nada por sentado. Espera a que yo dé el siguiente paso.
Cuando nos separamos, apoya la frente en la mía.
—¿Sigues segura? —formula.
—Sí.
Me tiende la mano.
La miro y entiendo exactamente lo que me está preguntando, sin que tenga que decirlo.
Entonces pongo mi mano en la suya y dejo que me lleve hacia el dormitorio.
En la puerta, se detiene una última vez.
—Si quieres que vaya más despacio o que pare, me lo dices.
—Te lo digo.
Warren me besa una vez más, lento y profundo. Lo atraigo hacia mí y me entrego a lo que queda de la noche.
Diario30 de enero de 2019
Lo hicimos.
Durante años me imaginé mi primera vez como una línea divisoria clarísima. Iba a estar la persona que era antes y después, alguien más grande, más sabia y completamente distinta.
Pero no me siento distinta.
Solo me siento más cerca de él.
Lo que no dejo de recordar no es lo físico. Es lo vulnerable que me permití ser. Warren vio cada parte de mí que suelo esconder, incluida la inseguridad, y en ningún momento me hizo sentir avergonzada por nada de eso.
No fue perfecto. Estaba nerviosa, y hubo momentos en que ninguno de los dos parecía saber qué decir. Pero estuvo atento. Me preguntaba todo el tiempo cómo estaba, y cada vez que lo hacía, esperaba mi respuesta.
Confié en él.
Eso me parece mucho más importante que haber dejado de ser virgen.
Le dije a Warren que no le estaba pidiendo un para siempre, y lo dije en serio. Acostarme con él no nos promete un futuro ni convierte esto en algo que no es.
Por lo menos, eso es lo que me sigo diciendo.
Porque cuando terminó y me abrazó contra su pecho, no quise pensar que esto pronto se iba a acabar. Quise más noches con él. Más mañanas. Más de esta vida que empezó a sentirse familiar antes de lo esperado.
A lo mejor no cambió nada.
O a lo mejor me permití querer algo a lo que no voy a saber renunciar.
Eso es lo que me da miedo.