10. Georgia
Vamos camino a buscar las maletas cuando Warren recibe una llamada.
No dice mucho durante la conversación, pero algo le cambia en la expresión. La sonrisa relajada que tuvo toda la mañana desaparece, y se queda callado mientras buscamos las maletas y caminamos hacia la camioneta que alquiló Warren.
Quiero preguntarle qué pasó, pero no sé si me corresponde.
Me lo cuenta recién cuando terminamos de cargar las maletas.
—Era la mamá de Wyatt. —Warren cierra el maletero y se gira hacia mí—. Compró entradas para llevarlo a Legoland el jueves, así que nos lo va a traer esta noche y lo pasa a buscar el miércoles.
—Ah.
La realidad de conocer a su hijo de cinco años me cae encima de golpe.
—¿Te parece bien que sea esta noche? —pregunta. Hay algo casi cauteloso en su expresión, como si mi respuesta de verdad le importara.
—Claro que sí. —Intento sonar más segura de lo que me siento—. La idea de este viaje era que pasaras tiempo con él.
Se le relajan los hombros.
—Eso quiere decir que, después de que se vaya el miércoles, vamos a tener tres días para nosotros solos.
Tres días.
Solo los dos.
El estómago me da un salto, y esta vez no le puedo echar la culpa a la turbulencia.
—¿No vuelve con nosotros después de Legoland? —le cuestiono, más que nada porque necesito concentrarme en otra cosa.
—No me dijo.
—A lo mejor deberías preguntarle.
Warren me estudia la cara.
—¿Quieres que vuelva?
—Tengo muchas ganas de pasar tiempo a solas contigo —admito—. Pero esta es tu oportunidad de estar con tu hijo. No quiero que pierdas ni un minuto con él porque yo estoy aquí.
No responde enseguida.
—¿Lo dices en serio? —pregunta.
—Claro que sí. Solo va a tener cinco años una vez. —Le dedico una sonrisa nerviosa—. Me alegra poder pasar tiempo con los dos, aunque conocerlo me asuste un poquito.
Algo se suaviza en la expresión de Warren.
Da un paso hacia mí, me rodea la cintura con los brazos y me atrae con firmeza contra su pecho. La forma en que me mira me hace doler el corazón, como si le hubiera dado algo mucho más importante que una simple respuesta.
—Eres tan especial —murmura.
Inclina la cabeza y me besa despacio. Se queda así un momento más antes de apartarse.
—Me muero de ganas de que lo conozcas.
Conozco a Wyatt esa misma noche.
Una Range Rover blanca se estaciona frente a la casa mientras Warren está en la cocina, y los nervios me vuelven de golpe.
—¡Llegó! —aviso.
Por una rendija entre las cortinas, veo bajarse a la mamá de Wyatt. Es alta y bronceada, con el pelo castaño largo y unos lentes de sol estilo aviador que le tapan casi toda la cara. Es exactamente el tipo de mujer con la que me imagino a Warren.
Es hermosa, segura y está completamente a gusto consigo misma.
Warren se acerca a mi lado y mira hacia afuera.
—Voy a buscarlo.
Me besa la sien antes de salir y me deja sola con unas ganas repentinas de mirarme al espejo.
Por la ventana, veo a la mamá de Wyatt abrir la puerta de atrás de la camioneta. El niño baja de un salto y, en cuanto ve a Warren, se le ilumina toda la cara.
—¡Papá!
Sale corriendo hacia él. Warren se agacha justo a tiempo para atraparlo, riéndose mientras Wyatt le rodea el cuello con los dos brazos.
—Hola, campeón. —Warren lo abraza fuerte—. Te extrañé.
—Yo también te extrañé.
La mamá de Wyatt saca la mochila del niño mientras Warren se pone de pie, sin sacarle la mano del hombro a su hijo. Ella le dice algo que no alcanzo a escuchar antes de darle el bolso.
Entonces gira la cabeza hacia la casa.
Las cortinas están casi cerradas, y no hay forma de que pueda verme parada detrás, pero igual me alejo de la ventana.
Un momento después, se abre la puerta de entrada y Wyatt entra al lado de Warren.
Verlos juntos me llena el pecho de una ternura que no esperaba. Warren es otra persona: tiene la mirada más suave mientras Wyatt le cuenta todo sobre el viaje y lo escucha con la misma atención con la que me escucha a mí.
Hasta que Wyatt se da cuenta de que estoy ahí.
Deja de hablar y me estudia con curiosidad, sin ningún disimulo. De repente no sé qué hacer con las manos.
Warren le saca la mochila de los hombros.
—Hay alguien que quiero que conozcas.
Wyatt no espera a que lo presente.
—¿Eres la novia de mi papá?
La pregunta me agarra completamente desprevenida y por un momento no se que contestar.
—No —digo finalmente— Soy amiga de tu papi.
—¿Papi? —repite Wyatt, ladeando la cabeza—. Yo no le digo papi. Le digo papá.
—Claro. —Siento que se me sube el calor a la cara—. Amiga de tu papá.
Wyatt se encoge de hombros, como si la diferencia no importara.
—No pasa nada si eres su novia. Mi mamá tiene novio, ¿sabes?
Detrás de él, Warren aprieta los labios, claramente tratando de no reírse.
—Wyatt —le dice—, ¿te presentaste?
A Wyatt se le abren mucho los ojos.
—Me olvidé.
Se acerca y me tiende su manito con una seriedad sorprendente.
—Hola. Soy Wyatt. Mucho gusto.
Me muerdo el interior de la mejilla para no sonreír demasiado mientras le doy la mano.
—El gusto es mío. Me llamo Georgina, pero mis amigos me dicen Georgia.
—¿Yo te puedo decir Georgia? —pregunta.
—Claro que sí.
Vuelve a sonreír con esa sonrisa contagiosa, y todos los nervios que tenía antes de que llegara empiezan a desaparecer.
Cuando miro a Warren, nos observa con una sonrisa de pura felicidad.
Y es ese el momento en que me doy cuenta de que mi corazón no tiene escapatoria.
Diario29 de enero de 2019
Estos últimos cuatro días se sintieron como entrar en una vida que me estaba esperando sin que yo lo supiera.
Pensé que iba a haber momentos incómodos. Que Wyatt no se iba a sentir a gusto conmigo, o que yo me iba a sentir como una extraña metiéndome en su tiempo juntos.
Pero no.
Todas las mañanas preparamos el desayuno, pasamos horas en la playa y caminamos hasta el centro a tomar helado. Warren me toma de la mano adondequiera que vamos, y Wyatt me habla como si me conociera desde hace mucho más que cuatro días.
Lo más raro es que no me siento una invitada.
A la noche vemos películas hasta que Wyatt se queda dormido. Warren lo lleva a la cama y, cuando la casa queda en silencio, viene a mi cuarto.
Hablamos de todo y de nada. Nos reímos hasta tener que taparnos la boca para no despertar a Wyatt.
Y nos besamos.
Dios mío, cómo nos besamos.
No es solo la forma en que Warren me toca, aunque con eso ya me cuesta pensar. Es la forma en que me mira cuando hablo. Me escucha como si cada palabra importara. Cuando me abraza, no siento que ocupo demasiado lugar.
Siento que pertenezco aquí.
Nuestro tiempo a solas nunca dura tanto como yo quisiera. Tarde o temprano, Wyatt se despierta porque quiere agua, porque necesita ayuda para ir al baño o simplemente porque necesita a su papá. Y Warren siempre va con él sin dudarlo.
Una parte de mí se desilusiona cada vez que se va.
Otra parte adora verlo ser papá.
Después llega la mañana, y empezamos todo de nuevo.
Cuatro días no deberían alcanzar para encariñarme con una vida que no es mía, pero ya es tarde y creo que nunca había deseado tanto que el tiempo pasara más despacio.
El miércoles llega demasiado rápido, y antes del mediodía Wyatt ya está de vuelta con su mamá, listo para el viaje a Legoland.
Sin él, la casa está extrañamente silenciosa.
—¿Qué quieres hacer hoy? —pregunta Warren mientras enjuago los platos del desayuno en la pileta.
—Me gustaría volver a la playa. —Pongo un plato en el escurridor—. Me encanta verte surfear.
Cuando miro por encima del hombro, me está sonriendo. Es esa misma sonrisa fácil, cómplice, que hace que un calor me recorra todo el cuerpo.
Cruza la cocina, se detiene detrás de mí y me pone las manos en la cintura antes de girarme para quedar frente a frente.
—Siempre sabes exactamente qué decir, ¿no?
—Me gusta verte surfear —repito, tratando de que no me tiemble la voz—. Y yo me siento en la arena con mi libro. Ganamos todos.
Su boca encuentra la mía antes de que pueda decir algo más.
El beso empieza despacio, pero no se queda así por mucho tiempo. Me aferro a su camiseta y lo atraigo hacia mí, y el sonido que se le escapa contra mi boca me enciende entera.
Sus manos bajan por mis caderas y, un momento después, me levanta y me sienta en la mesada, junto a la pileta. Le rodeo la cintura con las piernas mientras él se acomoda entre ellas, sin dejar espacio entre los dos.
Quiero estar con él, y por un momento esa certeza es lo bastante fuerte como para acallar el miedo. Pero no lo hace desaparecer y sé que tengo que decírselo antes de que esto vaya más lejos.
—Warren —susurro mientras sus labios bajan de mi boca a mi cuello—. Tengo que decirte algo.
Se aparta al instante y me busca la mirada, atento.
—¿Qué pasa?
—Es importante.
En su expresión, la preocupación reemplaza al deseo.
—Georgia, ¿qué pasa?
—Nada. —Le apoyo las manos en el pecho—. Solo necesito un segundo.
Retrocede sin hacer preguntas y me deja el espacio suficiente para bajarme de la mesada. En cuanto toco el piso, extraño el calor de su cuerpo.
Me cruzo de brazos, tratando de encontrar las palabras, pero no recuerdo ninguna de todas las versiones que ensayé.
Warren espera sin apurarme.
Respiro hondo.
—Soy virgen.
Las palabras me salen tan rápido que casi ni las escucho.
La sorpresa le cruza la cara, y después se le suaviza la expresión.
—Está bien —dice con dulzura.
—¿Está bien?
—Gracias por contármelo.
Me lo quedo mirando, esperando algo más. Una pregunta. Un chiste. Cualquier señal de que ahora me ve distinto.
No se acerca. No intenta volver a tocarme.
—No tienes que hacer nada para lo que no estés lista —dice—. No tiene por qué pasar nada entre nosotros.
—Pero yo quiero que pase.
La confesión me sale más fuerte de lo que pretendía.
Levanta un poco las cejas.
Me arde la cara, pero me obligo a seguir.
—Pasé años diciéndome que iba a esperar a la persona indicada. Siempre pensé que iba a saber que era el elegido y que todo iba a tener sentido. —Niego con la cabeza—. No te estoy pidiendo que me prometas nada. Solo necesito que entiendas que quiero esto. Quiero estar contigo.
Warren se queda callado un momento.