8. Georgia
La boda pasa volando entre amor y celebración.
Tom y Valentina intercambian unos votos hermosos en la terraza donde se conocieron. Sirven la cena, el champán corre y la pista de baile nunca parece vaciarse.
¿Y Warren?
No se separa de mí ni un segundo.
Conoce a mis papás y a Krystin. Me saca fotos mientras bailo con las chicas, me hace girar por la pista y me busca la mano cada vez que nadie está mirando. Es la pareja perfecta para una boda: atento, cálido y completamente a gusto con todo el mundo.
Un par de veces logramos escaparnos a otro piso del hotel y pasar unos minutos de la fiesta besandonos en pasillos con poca luz. Me arrincona contra una pared y después contra otra, cubriéndome la boca con la suya mientras sus manos recorren mi cuerpo.
—No puedo besarte así delante de tu papá —murmura contra mis labios en una de nuestras escapadas. Siento su aliento tibio y la risa en su voz—. Recién lo conozco.
Me rio y vuelvo a atraerlo hacia mí.
Al final, la música se apaga, los invitados empiezan a irse y la boda llega a su fin.
Y con ella, el pequeño cuento de hadas que estuve viviendo.
A medida que la noche se termina, la realidad empieza a pesarme en el pecho. Cuando todo esto acabe, no va a haber nada que nos mantenga juntos a Warren y a mí. Ni boda. Ni obligaciones de dama de honor o de padrino. Ningún motivo para seguir encontrándonos.
Solo la vida real.
Él es un héroe de verdad, de esos que se tiran al mar para salvar a otros. Yo soy una estudiante de Derecho que se pasa la mayor parte del tiempo sentada en un aula, todavía tratando de demostrar que merece estar ahí.
Aparto ese pensamiento mientras subimos en el ascensor hasta la habitación que Valentina y yo compartimos anoche. Tengo que buscar mis bolsos, volver a casa y retomar la vida que tenía antes de que Warren apareciera en ella.
—¿Qué tienes esta semana? —me pregunta cuando se abren las puertas del ascensor.
—Mañana tengo dos exámenes importantes. —Entro a la habitación y empiezo a juntar mis cosas—. Después tengo unas semanas libres de la facultad, así que seguramente trabaje algunos días extra en la peluquería.
Warren se apoya en el marco de la puerta y me mira mientras voy de un lado a otro.
—¿Cuándo vuelves a California? —le pregunto.
—El sábado.
Asiento y le dedico una sonrisa pequeña antes de revisar el baño por última vez. De pronto, el sábado se siente mucho más cerca que antes.
—¿Puedo volver a verte?
Algo en su voz hace que me detenga.
Cuando me giro hacia él, su expresión es serena, pero debajo se asoma un rastro de duda. Como si no estuviera del todo seguro de cuál va a ser mi respuesta.
—Me parece que me estás viendo ahora mismo —bromeo.
Una sonrisa lenta y traviesa se le dibuja en la cara.
Se aparta del marco de la puerta y camina hacia mí hasta acortar la distancia entre los dos. Me pone los dedos debajo del mentón y me levanta la cara con suavidad hacia la suya.
—Quiero pasar más tiempo contigo —dice en voz baja—. Antes de tener que irme.
Mi corazón se tropieza.
Me pongo en puntas de pie y le doy un beso. Le rodeo el cuello con los brazos para acercarlo más y sus manos se acomodan en mi cintura.
Cuando me aparto, me quedo tan cerca que mis labios rozan los suyos al contestarle.
—Me encantaría, Warren.
Me despierto con un mensaje de buenos días de Warren y no puedo evitar que se me dibuje una sonrisa en la cara.
Sigo sonriendo cuando me levanto y, no sé cómo, la sonrisa me dura durante la ducha, el viaje a la facultad y los dos exámenes. Salgo del edificio sin terminar de asimilar que solo me faltan dos notas para graduarme. Dos notas, y por fin voy a poder empezar la carrera por la que tanto trabajé.
Media hora después, llego a casa agotada después del día largo y me encuentro a Warren cortando el pasto junto a mi papá.
¿Qué rayos…?
Todavía estoy tratando de entender lo que estoy viendo cuando Warren se da cuenta de que llegué. Apaga la cortadora y viene hacia mí. Llega al auto antes de que yo alcance a abrir la puerta.
—Vaya, hola —le digo a un Warren muy sudado mientras me abre la puerta—. La verdad es que no esperaba verte aquí.
—Hola. —Me tiende la mano.
Se la tomo y, sin ningún esfuerzo, me ayuda a bajar del auto. En cuanto estoy de pie, se inclina y me da un beso en la frente, como si saludarme en la entrada de la casa de mis papás fuera lo más natural del mundo.
—Vine a invitarte a cenar —explica, sonriendo—. Tu papá estaba trabajando en el jardín, así que me ofrecí a ayudarlo.
—No dejes que te engañe —dice papá, rodeando el auto—. Yo no le pedí ayuda. Él insistió.
Los miro a los dos, todavía tratando de entender en qué momento se hicieron amigos.
—Hola, papá.
—¿Cómo te fue en los exámenes? —pregunta con una sonrisa.
—Bastante bien, creo. —Miro a Warren y después a la cortadora de pasto detrás de él—. Pero ¿podemos volver a la parte en la que Warren está cortando nuestro pasto?
—Tu papá me contó que él y tu mamá te iban a llevar a cenar —explica Warren—. Esperaba poder sumarme, si a ti te parece bien.
—Después de todo lo que trabajó en el jardín, lo mínimo que puedo hacer es darle de comer —agrega papá.
Los observo mientras mi cerebro trata de ponerse al día.
¿Esto es la vida real?
—Claro. —Siento que me estoy sonrojando, pero no puedo dejar de sonreír—. Podemos ir todos a cenar juntos. Con mis papás. No tiene nada de raro.
—Genial. —Warren me regala esa sonrisa que me deja sin aliento—. Terminamos aquí y después me voy a casa a ducharme.
—Yo me encargo del resto —le dice papá, dándole una palmada en el hombro—. Ve a arreglarte. Nos vemos en la cena.
—¿Tengo que hacer una reserva? —le pregunta Warren.
—No, ya hice una.
—Perfecto —dice Warren.
—Perfecto —repito yo, todavía parada ahí sin poder creerlo.
Warren vuelve a mirarme.
—Nos vemos en una hora. ¿Te parece bien?
—Sí, me parece bien —respondo, tragando saliva.
La sonrisa le llega hasta esos ojos azules. Antes de que pueda prepararme, se inclina y vuelve a besarme la frente.
—Nos vemos pronto.
Le hace un pequeño saludo militar a mi papá y trota hacia su Jeep. Lo miro alejarse y después me giro hacia mi papá, que ya está volviendo a la cortadora como si no hubiera pasado nada fuera de lo común.
Tengo una hora para arreglarme.
¿Qué se supone que me ponga para mi primera cita con el hombre que no me puedo sacar de la cabeza, si en la cita también van a estar mis papás?
Como si arreglarme en una hora no fuera lo bastante difícil, mamá me sigue por todo el cuarto haciéndome pregunta tras pregunta sobre el hombre misterioso que apareció en casa, ayudó a papá a cortar el pasto y que ya ocupa demasiado lugar en mis pensamientos.
—A ver, ¿qué sabes de él? —pregunta, cruzándose de brazos.
—Nada —miento mientras reviso las blusas del ropero como si encontrar la indicada fuera cuestión de vida o muerte.
—¿Y esperas que te crea que no sabes nada del hombre que se pasó media boda metiéndote la lengua hasta la garganta? —resopla.
Me doy vuelta, horrorizada.
—¡Qué asco, mamá! Y no tengo idea de qué estás hablando.
—Ay, por favor. —Revolea los ojos—. Tu hermana y yo los estuvimos mirando toda la noche. ¿De verdad pensaste que no nos íbamos a dar cuenta de que desaparecían juntos y volvían unos minutos después con los labios hinchados?
Maldición.
Carraspeo, buscando cualquier forma de cambiar de tema.
—Hablando de mi hermana, ¿dónde está?
—Nos encuentra en el restaurante. —Mamá entrecierra los ojos—. Y no trates de distraerme. ¿Qué sabes de él, en serio?
Suelto un quejido y me pongo dos blusas por delante para compararlas en el espejo.
—No mucho —admito—. Es el mejor amigo de Tom. Está en la Guardia Costera y su base está en California. Es divorciado, tiene un hijo y parece que le gusto.
—¿Divorciado? —Le cambia el tono.
—Sí. —Le sostengo la mirada a través del espejo—. Divorciado.
—¿Con un hijo?
—Sí, mamá. Con un hijo. —Tiro las dos blusas sobre la cama y vuelvo a meterme en el ropero—. Por favor, no lo conviertas en algo más grande de lo que es. Se va el sábado, y seguramente ahí se termine todo. No hay de qué preocuparse.
Mamá me sigue, sin ninguna intención de dejar la conversación. Estira el brazo por delante de mí, saca una blusa azul que me regaló hace unos meses y me la pasa.
—¿Te gusta? —pregunta, ahora con la voz más suave.
Suelto un largo suspiro mientras agarro la blusa.
—Claro que me gusta. —Me la pongo y miro mi reflejo—. ¿Lo viste? Es imposible que no me guste.
—No me refería a eso.
—Ya sé. —Se me escapa una sonrisita—. Pero también sé que esto es temporal, así que no me voy a estresar. No es para tanto, ¿okey?
Mamá me observa un momento antes de asentir.
—Okey.
Agarro el cepillo.
—¿Quieres que te ayude con el pelo? —me pregunta.
—No, pero sí quiero que me prestes tus tacones negros. —Le sonrío a través del espejo—. Los de gamuza que me gustan.
—Ahora te los traigo —dice, riéndose.
Llega hasta la puerta, pero se detiene y me mira con una expresión que deja claro que no se creyó ni una palabra de lo que le dije.
—Sí es para tanto, mi amor —dice con dulzura—. Porque tú te mereces el mundo entero y más.
Después se va, y me deja preguntándome si estuve tratando de convencerla a ella o a mí misma.
Diario21 de enero de 2019
No tengo tiempo para escribir, pero necesito descargar estos nervios en algún lado antes de volverme loca.
Tengo el estómago hecho un nudo. El corazón no se me calma. Ya me cambié de blusa tres veces y estoy empezando a cuestionar cada decisión que tomé en mi vida.
Es solo una cena.
Pero no lo es.
Es mi primera cita con Warren, si es que se le puede llamar cita cuando mis papás van a estar sentados en la misma mesa. Al parecer, el universo decidió que no estaba lo bastante nerviosa.
Todavía no entiendo por qué quiere pasar tiempo conmigo ni qué significa todo esto para él.
Lo único que sé es que para mí sí significa algo.
De verdad quiero que esta noche salga bien.
La cena sale mejor de lo que me hubiera imaginado.